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Epidemiología

Rasgos definidos

Los genes y los hábitos culturales tienen efecto sobre el riesgo de surgimiento de tumores de cabeza y cuello

Por fin se ha vuelto un poco más fácil entender cómo surgen los tumores malignos de boca, faringe, laringe y tiroides, cuatro formas de cáncer que son más frecuentes en los países en desarrollo, como Brasil y la India. Un pormenorizado análisis genético realizado por 65 científicos paulistas reveló la existencia de alrededor de 950 genes que, ora más activos que lo normal, ora menos, entorpecen el funcionamiento regular de las células, y favorecen la aparición de los mencionados problemas, casi siempre curables si se los detecta en sus fases iniciales. El próximo paso de dicho estudio, publicado este mes en Cancer Research, consistirá en verificar el grado de actividad de cada uno de los genes relacionados con esos tumores, que cada año afectan a unas 22 mil personas en el país, y en los casos más graves deforman el rostro y dificultan el habla y la alimentación (los tumores de cerebro se tratan por separado). Del análisis más minucioso de los genes, que se extenderá algunos años, podrían surgir nuevas formas de tratamiento y tests que detecten precozmente los tumores de boca, faringe, laringe y tiroides, que actualmente se detectan únicamente haciendo análisis clínicos.

Simultáneamente, grupos de investigación formados esencialmente por médicos, en tres instituciones brasileñas y una canadiense, relacionaron el sitio de aparición de los tumores con los hábitos y la historia de vida de las personas, poniendo así en evidencia las principales razones que derivan en un aumento de la probabilidad de surgimiento de cáncer de cabeza y cuello en la población brasileña, que exhibe uno de los más altos índices de esos tipos de cáncer en el mundo, con alrededor de diez casos de cada 100 mil hombres y tres de cada 100 mil mujeres. Al margen de la, por ahora, incontrolable herencia genética, que amplía de 1,2 a 8,5 veces el riesgo de desarrollar un cáncer, dependiendo de la relación de parentesco y de la ubicación del tumor, factores relativamente controlables mostraron ser importantes en su calidad de causas de estos problemas. El excederse en la cerveza, en el vino o en bebidas con tenor alcohólico más elevado aumenta entre 2 y 12 veces el riesgo de desarrollar un cáncer, específicamente en la boca y en la faringe, que se manifiesta bajo la forma de heridas indoloras que no cicatrizan. Estudios recientes dimensionaron los riesgos de cáncer, evidentemente más elevados para aquellos que fuman en demasía, tienen una alimentación pobre en frutas y legumbres o, sencillamente, aquellos que no se cepillan los dientes al menos una vez por día. Son números que preocupan, pero no deben alarmar, pues apuntan probabilidades, no certezas. Quienes consumen bebidas alcohólicas o fuman corren mayores riesgos de desarrollar cáncer, como así también una persona que sale a la calle todos los días tiene más chances de ser atropellada que otra que se la pasa todo el tiempo dentro de la casa.

Procesamiento – El análisis genético es una consecuencia del proyecto Genoma Humano del Cáncer, financiado por la FAPESP y por el Instituto Ludwig de Investigaciones sobre el Cáncer. En marzo de 2001, el Genoma Cáncer ingresaba su última etapa, con la publicación en internet de un banco de datos con 1,2 millones de fragmentos de material genético de tumores de siete regiones del cuerpo. Una sexta parte de esos fragmentos -ó 213 mil tramos desconectados de ADN- se relacionaba con los cánceres de boca, faringe, laringe y tiroides. Era un volumen de información 35 veces superior al producido en el mundo hasta ese momento.

“Ante tanta información, decidimos analizar ese rico material antes de que apareciera algún grupo del exterior interesado en dichos datos”, comenta la bióloga Eloiza Tajara, de la Universidad Estadual Paulista (Unesp) de São José do Rio Preto, quien coordinó el estudio en colaboración con el genetista Emmanuel Dias Neto, de la Universidad de São Paulo (USP). “En 2001, cuando trabajaba en el Hospital del Cáncer, yo pretendía producir resultados con mayor posibilidad de aplicación práctica”, afirma Dias Neto, uno de los creadores de un método de secuenciamiento de ADN llamado Orestes, que permite encontrar genes activos, y que demostró ser bastante útil para seleccionar los genes de dicho estudio. Dias Neto se trasladó al Instituto de Psiquiatría de la USP al año siguiente, y participó en otras investigaciones, pero no dejó de lado el trabajo que había comenzado.

Durante casi tres años, el equipo, bajo su coordinación, escudriñó los 213 mil fragmentos de ADN de tejidos de la cabeza, el cuello y la tiroides. De ellos, alrededor de 190 mil eran de tumores de boca, faringe, laringe y tiroides, extraídos por el equipo del cirujano Luiz Paulo Kowalski, del Hospital del Cáncer A. C. Camargo. A esas muestras de tejidos anormales se les sumaron los 23 mil fragmentos de genes de células sanas, que sirvieron como patrón de comparación. Luego de eliminar los tramos de genes repetidos o duplicados, los investigadores llegaron a 4.100 genes activos apenas en esos cuatro tumores. Entre ellos, hay casi 950 genes con alguna nueva forma de alteración, capaz de modificar el comportamiento de las células y hacer que se multipliquen descontroladamente, originando así un tumor. Fueron también encontrados otros 500 genes de función desconocida, la mitad de los cuales se ubica en tramos del material genético donde se creía que no hubiera genes.

Un análisis más detallado de dichos 950 genes apuntará cuáles de ellos son característicos de determinadas formas de cáncer: son los oncogenes, que pueden funcionar como marcadores biológicos de la enfermedad, a ejemplo del gen responsable de la producción del factor relacionado con la zuotina 1 (ZRF1), una proteína involucrada en el control de la multiplicación celular. El equipo paulista corroboró que, en general, ese gen es aproximadamente dos veces más abundante en los tumores de boca, y hasta 13 veces en el cáncer de laringe, el tubo cartilaginoso que permite el paso del aire a los pulmones. La identificación de los oncogenes es importante, ya que las proteínas que éstos producen, cuando se las encuentra en la sangre, pueden indicar la propagación del cáncer por el cuerpo. Según Dias Neto, de dicho estudio también han de emerger genes activos apenas únicamente en las células sanas de dichos órganos, que podrían utilizarse en terapias génicas para combatir los tumores.

Hábitos y riesgos – A estos descubrimientos se suman aquéllos a los que arribaron los equipos de Kowalski, del Hospital del Cáncer A. C. Camargo, y el del epidemiólogo brasileño Eduardo Franco, que actualmente trabaja en la Universidad McGill, Canadá. Luego de entrevistar a 1.568 personas sin cáncer y a otras 784 con tumores de cabeza y cuello atendidas en tres capitales brasileñas -São Paulo, Curitiba y Goiânia-, quedaron más claros los factores de riesgo genéticos y ambientales asociados al surgimiento de los tumores de boca, faringe, laringe y tiroides, en particular los de un tipo bastante agresivo: el carcinoma de células escamosas, responsable del 90% de los casos de cáncer de cabeza y cuello. Los hallazgos -realizados en colaboración con Benedito Oliveira, del Hospital Erasto Gaertner de Curitiba, y Maria Curado, del Hospital Araújo Jorge de Goiânia- resultaron en diez artículos científicos publicados durante los últimos 15 años en revistas internacionales especializadas.

De todos los factores de riesgo evaluados, uno no puede evitarse: la hereditariedad. Quienes tienen un pariente de primer grado -padre, hermanos o hijos- con un tumor maligno en cualquier parte del cuerpo, corren un riesgo entre 1,2 a 2,4 veces mayor de desarrollar cáncer de cabeza y cuello. Esta posibilidad varía bastante, dependiendo de la localización del tumor y de la relación de parentesco: si el familiar tuviera un cáncer de cabeza y cuello, el riesgo es 3,7 veces mayor y puede llegar a 8,5 veces en caso de que la persona afectada sea un hermano o una hermana, de acuerdo con un análisis de estos investigadores, publicado en International Journal of Cancer.

Así y todo, cabe efectivamente dedicarle una atención especial a los otros factores, muchas veces controlables. Ingerir cantidades elevadas de alcohol, un hábito del 13% de los varones y el 3% de las mujeres en Brasil, aumenta el riesgo de desarrollar cáncer, específicamente en la boca y en la faringe, posiblemente debido a la acción del propio alcohol o de sus subproductos sobre la capa de células que reviste dichos órganos. De acuerdo con otro artículo de este grupo de médicos, publicado en 2001 en Cancer Causes and Control, la probabilidad de desarrollar algunos de esos cánceres crece al menos 4 veces para quienes beben un vaso de cerveza por semana durante uno y quince años. Ese riesgo es 6 veces mayor para la persona que bebe hasta diez medidas de cachaça por semana, ó 10 veces más elevado en quienes, en lugar de cachaça, prefieren un buen whisky.

En tanto, la probabilidad de desarrollar un tumor de laringe, que se manifiesta bajo la forma de dolor de garganta y ronquera permanente, se eleva al menos 5 veces en las personas que fuman cualquier tipo de tabaco -un hábito de un tercio de la población adulta- y se ubica entre 8 y 11 veces más arriba para los que fuman cigarrillos industrializados, cigarrillos armados o en pipa. Los resultados publicados en 1999 en Epidemiology demostraron también que ese riesgo disminuye ostensiblemente entre cinco y diez años después de dejar de fumar (cigarrillos industrializados o armados). Y asociada a los daños físicos y funcionales surge una complicación adicional: la baja de la autoestima, que lleva a casi la mitad de las personas portadoras de tumores de cabeza y cuello a sufrir depresiones- y una de cada cien a quitarse su propia vida, siendo así ésta la segunda causa de suicidios entre los afectados de cáncer.

Algunos hábitos culturales brasileños también son perjudiciales. El uso de fogón de leña, aún común en el interior do país, eleva 2,7 veces la probabilidad de que una persona padezca una de esas cuatro formas de cáncer, informan los investigadores en International Journal of Epidemiology. Sucede que la quema de leña o de carbón emana gases y partículas que, según se cree, pueden provocar cáncer en quienes los inhalan. Índices similares se observaron entre las personas que no mantienen una buena higiene bucal. El hecho de no cepillarse los dientes al menos al menos una vez al día duplica el riesgo de contraer cáncer de lengua, e incrementa 2,4 veces el riesgo de tumor de faringe, el tubo muscular que conecta la boca con el sistema digestivo y la laringe. El uso de dentaduras inadecuadas, que molestan y lastiman las encías, multiplica por nueve las chances de contraer cáncer de lengua, de acuerdo con el artículo de Oral Oncology.

Y la desinformación agrava este cuadro, ya de por sí preocupante. En general, las personas no conocen los síntomas iniciales del cáncer -lesiones en la boca o dolor de garganta persistente- y tardan en consultar al médico o al odontólogo. Muchos profesionales de la salud, por su parte, demoran alrededor de tres meses para establecer el diagnóstico. Es mucho tiempo. Esa lentitud, que es la principal razón de lo infructuoso de los tratamientos contra el cáncer de cabeza y cuello en el Brasil, produce consecuencias graves: cuando se deriva al paciente al especialista en cáncer, su enfermedad ya se encuentra en una fase tan avanzada que no es mucho lo que se pueda hacer.

En un análisis más reciente, publicado en enero de 2004 en Head and Neck, el equipo de Kowalski constató que los tratamientos llevados a cabo en el Hospital del Cáncer de São Paulo son tan eficientes como los aplicados en uno de los más importantes centros de tratamiento del cáncer del mundo: el Memorial Sloan Kettering, de Estados Unidos. “La diferencia radica en que acá las dos terceras partes de las personas llegan al hospital con el tumor en estadio avanzado, mientras que allá el diagnóstico en fase avanzada se efectúa en tan solamente una tercera parte de los pacientes”, explica Kowalski. ¿Cuál sería la solución? “Realizar campañas públicas para alertar a la gente sobre los factores de riesgo asociados a esas formas de cáncer, y sobre los síntomas iniciales de la enfermedad; eso al margen de mejorar la formación de los médicos y los odontólogos, por supuesto.”