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Entrevista

Antonio Paes de Carvalho: Un camino de piedras

Antonio Paes de Carvalho

MIGUEL BOYAYAN Antonio Paes de CarvalhoMIGUEL BOYAYAN

No hay ninguna exageración en calificarlo a los 70 años como un hombre obstinado. Ni tampoco en considerarlo un visionario. Al fin de cuentas, Antonio Paes de Carvalho dio pruebas de obstinación y visión de futuro cuando, hace 20 años, concibió el primer polo de biotecnología del país, enfrentando el escepticismo de muchos colegas. A la época era director de Biofísica de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) y un científico respetado. Especialista en electroquímica del corazón, tuvo decenas de artículos publicados en revistas internacionales indexadas, entre éstos dos en Nature.

Creía que la biotecnología era el área del conocimiento de mayor interfaz con la industria, ya fuese ésta química, cosmética o farmacéutica. En los años 1980 Brasil aún no tenía el relieve internacional que proyectos como el Genoma de la FAPESP o las investigaciones desarrolladas por la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa) confirieron a la biotecnología nacional.

Carioca, proyectó y presidió durante 12 años el polo de biotecnología de Río de Janeiro, donde se gestaron empresas importantes, actualmente consolidadas en el mercado. Al final de los años 1990 decidió crear Extracta, con la misión de ofrecer a la industria extractos de la inmensa biodiversidad brasileña como alternativa al uso de ginseng, gincobiloba y otros productos asiáticos.

Se movía por un propósito que, en la actualidad, él mismo reconoce ingenuo: ofrecer “cosas maravillosas” a la industria nacional de tal forma hacerla competitiva. La empresa fue inaugurada en la medida exacta del sueño más audaz de cualquier emprendedor: un socio inglés – con el 49% del capital social –, un contrato millonario con Glaxo, algunos con angel investors (una empresa o un individuo que apuesta a un emprendimiento de riesgo) y un grupo de inversionistas.

Un año después comenzaron los problemas como consecuencia de la ausencia de marcos de regulación para el acceso al patrimonio genético – que suministraba la materia prima para las actividades de Extracta – y de programas de incentivo a las empresas de base tecnológica, que, asociados a las dificultades clásicas de gestión, casi llevaron a la empresa a cerrar definitivamente sus actividades. Los 60 empleados, 20 de los cuales eran doctores y másteres, fueron despedidos.

Paes de Carvalho, mientras tanto, resistió e insistió. En 2004 la empresa consiguió una licencia del Consejo de Gestión del Patrimonio Genético (CGEn) que legitimó, digámoslo así, el acceso a la biodiversidad. Ahora, según Paes de Carvalho, los clientes comenzaron a regresar y Extracta comienza a dar señales de recuperación. Por precaución, él no revela los nombres ni da detalles de la marcha de los nuevos contratos.

Menciona solamente que negocia una asociación con Petrobras y tiene algunos acuerdos “articulados” –  pero igualmente protegidos por sigilo – con diversas empresas nacionales del área de cosméticos, perfumería y fármacos para el desarrollo de productos a partir de extractos procesados por Extracta. “Todas esas empresas son brasileñas. Las multinacionales no se ocupan más de esto”, destaca.

Paes de Carvalho atribuye esta reanudación de los negocios también al hecho de que las grandes industrias farmacéuticas y las empresas agroquímicas brasileñas están volcándose nuevamente “a la química de la naturaleza”, lo que, en su opinión, abre nuevas perspectivas para la ciencia nacional. Y considera “obvia” la convergencia de la biodiversidad con el esfuerzo de la genómica y la proteómica para la comprensión del mundo macromolecular y proteico.

Hace 20 años se firmó un protocolo de intenciones para la instalación del polo de biotecnología de Río de Janeiro. ¿Cómo surgió la idea de crear el primer polo de biotecnología del país?   
Fue en 1982. Yo era director de Biofísica de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) y creía que la biotecnología era lo que teníamos más moderno en términos de ciencia orientada al mercado. Llegué a hablar del tema con el entonces ministro de Planificación Antonio Delfim Netto, sobre el proyecto de crear un polo de biotecnología en Río al año siguiente. Él dijo: “Tenemos que hacerlo en este año, pero es necesario negociar con la industria”. El problema es que no teníamos dinero y el proyecto del polo fue postergado.  Creé entonces Biomatrix, la primera empresa de biotecnología vegetal del país, que en 1985 fue vendida a Agroceres, que cinco años después, se la vendió a Monsanto. En 1985 Renato Archer, que era ministro de Ciencia y Tecnología y era carioca, vino con la noticia de que los franceses querían crear un centro de biotecnología en Brasil y que él pretendía instalarlo en Río de Janeiro. Fue ahí que resurgió la idea del polo. En 1988 fue creada la Fundación Bio-Río, gestora del polo, en el mismo año en que firmamos el convenio de concesión para el uso del área con la UFRJ por un plazo de 30 años, para la creación del parque tecnológico. Yo fui el primer secretario general de la Fundación Bio-Río y su presidente hasta 2000. Conseguimos un área dentro del campus de la universidad y, a pesar de la oposición de algunos sectores académicos, el proyecto avanzó. Uno de sus principales defensores fue Horácio Macedo, entonces rector de la Federal. A los críticos, él les argumentaba: “Vamos a poner el capital y el trabajo mirándonos cara a cara”. Reformamos el edificio en donde funcionaba un restaurante y lo transformamos en una incubadora de empresas con ocho lugares. La primera en instalarse fue WL Imunoquímica, dedicada al área de la salud humana y que tuvo su origen en el Instituto de Microbiología de la UFRJ. Otras empresas también tuvieron éxito, se emanciparon y se instalaron alrededor de la  incubadora que tenía un área total de 200 mil metros cuadrados. Hoy en día el polo tiene más de 20 empresas, ninguna depende del gobierno y todas están haciendo su mercado.

¿Cómo surgió la idea de crear Extracta?
Yo comencé a pensar en montar Extracta en 1998. La idea era crear una empresa que tuviera acceso, catalogase y analizara la inmensa variedad química de la biodiversidad vegetal, dentro de las reglas establecidas por la Convención de la Biodiversidad y de la ley brasileña. Pensaba, como científico tonto que era, que íbamos a ofrecer cosas maravillosas a la industria nacional y que ella se tornaría competitiva. A lo largo de estos años, reunimos una extensa colección de extractos aislados, recolectados en el Bosque Atlántico y en el Amazonas. Esos extractos están listos para los ensayos de selección en el descubrimiento de nuevas sustancias de interés industrial.  Nuestro banco de datos reúne muestras representativas de casi cinco mil especies vegetales brasileñas.  Aún es poco comparado con las alrededor de 60 mil especies conocidas y catalogadas de la biodiversidad brasileña. Y estamos en fase de expansión para otros biomas, de manera de alcanzar muestras extraídas de animales, microorganismos y organismos marinos. Esa colección es uno de los grandes valores de la empresa.  La idea de que las plantas tienen moléculas biológicamente activas tiene sentido. A diferencia de nosotros, las plantas no consiguen defenderse por el mecanismo de luchar o huir. Pero tienen defensas contra los animales que las atacan. Buscar la biodiversidad química, por lo tanto, es muy importante. Otto Gottlieb [químico, ex profesor de las universidades de São Paulo y de la Federal Fluminense e investigador de plantas no tenía sentido porque éstas tienen una estructura unificada que permite conocer exactamente donde estará determinada molécula.  Pero entre la teoría y la práctica hay una enorme diferencia. Usted recolecta plantas de la misma especie y estás hacen enmascaramientos bioquímicos completamente diferentes.

¿Usted contó con el apoyo de aliados para pagar la inversión?
Xenova, una empresa inglesa, que era dirigida por una química brasileña, entró como socia con el 49% del capital. Pero la alianza duró poco: el holding de Xenova, Xenova Group, iba mal y ellos relevaron las aventuras médicas. Colocaron 50 mil dólares y pararon. Comenzamos entonces a negociar con Glaxo, con quien sellamos el primer contrato de tecnología, en 1999.  Con eso, vinieron los inversores nacionales – los angel investors. Fue el mayor contrato de tecnología con terceros hecho por Glaxo debajo de la línea del Ecuador: 3.2 millones de dólares. Ellos querían saber si la naturaleza brasileña tenía respuesta para ocho blancos de enfermedades traídas por la empresa. Eran objetivos para buscar moléculas medicamentosas y uno de ellos era una enzima relacionada con la insulina. Erigimos un laboratorio de 700 metros cuadrados con el estándar de calidad requerido por el socio y con la misión de crear ensayos biológicos para ensayos naturales. Sólo los aparatos costaron dos millones de dólares.

¿Extracta también contó con inversiones de riesgo?
Cuando comenzamos a tener presencia, atrajimos a los inversores de riesgo. La Fundación Biominas aportó con 400 mil dólares del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y de la Solits Biotecnología – una join venture capital del Banco Pactual – con 1.7 millones de dólares. Formamos poco a poco una enorme colección de la biodiversidad brasileña. Teníamos 4.5 mil especies, con 11 extractos primarios, sobre las cuales se aplicó el screaming, es decir, la selección de alta velocidad. Todo estuvo muy bien hasta que, un año después, tuvo lugar el desastre de Novartis y  Bioamazônia [En 1999, el gobierno federal consideró ilegal un acuerdo de bioprospección celebrado entre la asociación Bioamazônia y la multinacional Novartis, que tenía por objeto identificar sustancias con potencial industrial.]. En 2001se promulgó el Decreto 2.186 que creó una serie de reglas para el acceso al patrimonio genético y dificultó la bioprospección. Nos salvamos solamente porque el contrato con Glaxo ya estaba firmado. Pero a partir de aquel momento no tuvimos nuevos contratos. Los clientes desaparecieron. Tres de ellos, incluso, ya estaban prácticamente cerrados. Los tres contratos eran con multinacionales, ya que la industria brasileña no tiene manera de pedir una definición de blanco a nivel molecular ni celular.

¿Las nuevas reglas establecidas por el decreto requirieron cambios de procedimientos en la recolección de Extracta?
Desde el punto de vista de los procedimientos, no sentimos diferencias. Las expediciones salían y traían flores, frutos y semillas y los botánicos los clasificaban. Antes del decreto, ya habíamos creado todo lo que estaba previsto en la Convención de la Biodiversidad. El problema era con los clientes. En marzo de 2002 se creó el Consejo de Gestión del Patrimonio Genético (CGEn) y, 15 días después, Extracta pidió y obtuvo una licencia especial para la bioprospección hasta junio de 2004. A propósito, la reglamentación del acceso al patrimonio genético tuvo como base el caso Extracta-Glaxo, como modelo. Lo que importa es que cumplimos el contrato con Glaxo, que tenía que ver con respecto a diez moléculas sobre dos de los objetivos de la enfermedad. El problema es que Glaxo se fundió con SmithKline y ellos perdieron el interés. No usaron esas moléculas. Tenemos el material y el derecho de utilizarlas. Es por eso que ahora, cuando estamos retomando las actividades, las queremos utilizar. Son extractos ya fraccionados con alta tecnología. Todos fueron probados in vitro, de acuerdo con estándares aceptados internacionalmente para la industria farmacéutica. Entre ellos, tenemos 15 extractos antibióticos.

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¿Y qué sucedió con Extracta después de eso?
Cuando expiró el contrato, en 2002, los ingresos de la empresa cayeron a cero. No teníamos otro contratante y quedamos en una situación crítica. Intentamos rearticular con Glaxo, pero ellos no quisieron, cambiaron de socio: transfirieron el contrato a un centro de investigaciones en Singapur y abandonaron las investigaciones sobre la naturaleza. El negocio de ellos ahora está en el genoma y el proteoma. Recientemente comenzaron a regresar, ya que las existencias de investigaciones se están secando con el aumento de los costos. Después de 2002 pasamos un período peligroso. Nuestro socio principal, el Banco Pactual, ya había metido en la empresa mucho más de lo previsto y la Fundación Biominas también. Los angel investors también invirtieron dinero y comenzaron a tener que sustentar a Extracta vacía. El Pactual quería cerrar esa empresa. A la época, yo debía haber aceptado, pero no la dejé cerrar. Yo tenía el voto de Minerva – el 51% – y no estuve de acuerdo. Eso llevó a los inversores a una posición defensiva, ya que ellos querían salir del negocio con el mínimo perjuicio. En 2003 se aproximó a Extracta Oxiteno, un socio que nos pareció de enorme potencial. Se trataba de una apuesta de venture capital que comenzó con una pequeña inversión. Pero la expectativa era que ese valor se multiplicase por tres. Pero ahí comenzaron los nuevos problemas: el Banco Pactual decidió salir y eso preocupó a la Oxiteno. El temor era asociar la imagen a algo que había quebrado. La cosa llegó a tal punto que uno de nuestros investigadores ángeles nos llamó la atención diciendo que no tenía sentido que Pactual y Oxiteno estuvieran asociadas a un negocio como éste. Hoy en día Extracta es en un 87.5% Antonio Paes de Carvalho, con los ángeles por las espaldas. Biominas se quedó con el 9%. Ellos tienen inversión institucional y no pueden salir. Y Xenova, nuestro primer socio, tiene un 2.5%. Teníamos cero recursos del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) y ningún recurso de la Finep (la Financiadora de Estudios y Proyectos).

¿Ustedes nunca solicitaron recursos de la Finep?
Sí. Participamos de los foros de venture capital y ganamos un premio de 150 mil reales. El dinero no fue liberado y al año siguiente avisaron que aquel programa se había cerrado y que el dinero llegaría por las vías de un préstamo. Ellos me preguntaron si yo quería. “Usted va a pagar con un porcentaje de su facturación, pero si no tiene facturación de aquí a cinco años desaparece el préstamo”, me explicaron. Entonces yo les dije: “Por supuesto que yo quiero”. Fue entonces que dijeron que necesitábamos estar con todos los papeles en orden y que teníamos que presentar la autorización del consejo de administración de Extracta. Fui al consejo de administración y el Banco Pactual y Oxiteno no autorizaron la empresa a hacer el préstamo. Argumentaron que 150 mil reales no resolverían la vida de la empresa y que ésta tendría que mantenerse abierta hasta que el préstamo terminara. Le comuniqué a la Finep que los socios no querían y me dijeron: “Líbrese de sus socios”. Yo indagué: “¿Si yo me libro de los socios, la Finep me sostiene?”. La respuesta fue sí. Yo confié en la Finep. Convencimos a los socios a que salieran. La Finep pidió nuevamente todos aquellos papeles notariales, y yo no conseguí todas las certificaciones.  Había reventado una deuda y tarda hasta pagar y cancelar la objeción. No conseguí cerrar nada con la Finep. Intenté una alianza con Fiocruz, pero ellos contrataron como hace Extracta, una parte en Singapur y la  otra en Europa. No fueron capaces de atravesar la avenida Brasil. Van a buscar productos de este tipo con las plantas de Oriente. Hoy en día si me preguntasen si quiero hacer negocios en el gobierno yo digo que no.

¿Después de todos esos trastornos, la empresa se está recuperando?
Nuestra colección es precisa. Es uno de los grandes valores de Extracta. A partir de 2004, después de la licencia de la CGEN, los clientes comenzaron a regresar. Los nuevos clientes también fueron atraídos por la estabilidad de la economía, una señal positiva para los socios. Hoy en día tenemos alianzas que están articulándose en diversas empresas del área de cosméticos, perfumería, fármacos, etc. Lo que estamos intentando demostrarle a la industria farmacéutica brasileña es lo siguiente: ustedes están en busca de los fitoterapéuticos. En vez de estar haciendo ginseng y gincobiloba, miren hacia nuestra biodiversidad. Son centenares de extractos para varios objetivos. Todas son empresas brasileñas. Las multinacionales ni miran eso. Sólo se interesan en la molécula pura porque no pueden meterse en el mercado internacional.

¿Cómo garantizar la producción sostenible de las plantas a partir de las cuales se obtienen esos extractos?
La expedición va al campo, pide autorización al propietario y presenta una propuesta concreta: vamos a recolectar, pero usted puede con un mínimo esfuerzo, de aquí a un año, estar con la planta cultivada. Con eso usted trae una parte del negocio de vuelta a la base de la tierra. Los propietarios están haciendo eso. Hay comunidades más simples que hacen eso. Eso no tiene nada que ver con el conocimiento tradicional. Tiene que ver con la planta.

El Ministerio del Medio Ambiente está elaborando un proyecto de ley de acceso a la biodiversidad. ¿Qué piensa de los términos de la propuesta?
Lo que ellos quieren hacer es consecuencia de las enormes quejas de los investigadores, científicos y hasta de las empresas. Todo lo que fue recolectado antes de 2000, antes del decreto, está bajo sospecha. Ergo, no puede usarse. Ahora ellos quieren hacer lo siguiente: no quieren saber más dónde se extrae, cómo se contrata, etc. Lo quieren todo dentro de la norma, pero el control se hará solamente en el contrato final con el gran cliente, en el caso de que el producto llegue al mercado. Este sí será registrado en el CGEN. Concuerdo con eso, porque nunca pensé diferente. Pero la propuesta contiene algo que puede estorbar: ellos quieren que en el gran contrato salga un porcentaje para un fondo manejado por el gobierno, para distribuir beneficios y asegurar la conservación de la naturaleza en comunidades que no tienen nada que ver con el contrato. Eso va a convertirse en una confusión. La Asociación Brasileña de Biotecnología es frontalmente contraria a la creación de un fondo público que va a acabar distribuyendo donaciones gratuitas. Eso no va a funcionar, va a parar a las manos erradas, tendrá distribución política. Sería mucho mejor que las empresas que trabajan con la bioprospección, como Extracta o Natura, fuesen obligadas a constituir fondos que ellas registrasen y cuyos proyectos controlasen. Todo transparente.

¿Extracta ya hace algo parecido con eso?
Extracta, que nunca distribuyó un centavo de royalties, porque no recibimos royalties de nada, ya invirtió 600 mil reales en la Universidad Federal de Pará. Construimos una central de extracción igual a la que tenemos en Río de Janeiro, equipamos enteramente el laboratorio y pagamos al personal durante dos años, para que pudiesen hacer nuestra colección amazónica, que es el 20% del total de nuestra colección. Todo eso “más la tecnología para hacer la extracción” fue a parar al patrimonio de la Universidad Federal de Pará. La universidad no sabía qué hacer con aquello y casi lo dejó morir. Ahora nos aprestamos a sellar un contrato muy interesante con Petrobras que va prácticamente a duplicar nuestra colección usando cosas de la Amazonia. Los socios son Extracta, Petrobras y Universidad Federal de Pará.

¿Extracta continúa abierta a los inversores de riesgo?
Si los contratos que actualmente tenemos en el proyecto de Extracta se concretizan, no necesitaremos de capital de riesgo ni de nada. Uno de ellos es tres veces mayor que el de Glaxo, una multinacional del área farmacéutica. Extracta regresará al nivel de ingresos anterior.

¿A la época del contrato de Glaxo, cuántas personas trabajaban en Extracta?
En el auge del contrato con Glaxo, teníamos 60 personas trabajando, de los cuales eran 20 másteres y doctores.

¿Y que sucedió con ese personal?
Sucedió una cosa típica de Río de Janeiro: un 20% fue inmediatamente contratado por empresas paulistas. Natura se quedó con varios del área de química, por ejemplo. El resto se quedó flotando en una nube en torno a la   UFRJ, la Fiocruz, una beca de posdoctorado aquí, otra acullá. Y todo el mundo preguntando cuándo va a volver. Nosotros tuvimos que despedir a uno por uno, pagando todos los haberes, sin deber nada.

Fuera de su obstinación, ¿a qué usted atribuye esa recuperación de la empresa?
Eso se debe al hecho de que las grandes industrias farmacéuticas, las agroquímicas, entre otras, están volviendo a mirar hacia la química de la naturaleza. Es una tendencia clara. He conversado con mis colegas paulistas y he sostenido que hacer medicamentos a base de proteínas, con excepción de las vacunas, es difícil de administrar. Me parece obvio que es posible hacer converger la biodiversidad con todo el esfuerzo de genómica y proteómica que nos hace entender cada vez más del mundo macromolecular y proteico que hacen funcionar nuestro organismo. Es necesario identificar las pequeñas moléculas que permitan la llave en medio de la cerradura de estas y girar. Hay una ligación obvia entre lo que Extracta hace y la genómica y la proteómica.

Usted ha tenido todos tipos de socios que una empresa de biotecnología podría tener. ¿Cuál habría sido el socio ideal?
El socio ideal fue Glaxo. Los socios de inversiones de riesgo ingresaron por cuenta del contrato de Glaxo. Oxiteno fue más precavida. Votorantim tenía abierto su fondo de inversiones “Votoratim Ventures” y Oxiteno quería tener uno también.

¿La biotecnología brasileña tiene futuro?
Brasil tiene un potencial científico muy bueno, pero que tiende a debilitarse. Eso no es válido para São Paulo. Vale para Río que representaba entre el 17% y el 20% de la producción científica nacional y hoy está en decadencia, con las personas yéndose al exterior o buscando en São Paulo el sueño dorado. Me vuelvo loco cuando dicen que eso sucede porque São Paulo tiene dinero. No se puede estar con la boca abierta esperando que el gobierno suelte los migajones. Todos los programas del gobierno, desde el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, fueron programas cada vez con menos tomadores. Así, los recursos están cayendo exponencialmente en el tiempo. Se puso mucho esmero en la calidad, mientras que la cantidad de recursos caía. La FAPESP dio un salto enorme. El Programa Innovación Tecnológica en Pequeñas Empresas (Pipe), que reprodujo el modelo del estadounidense Small Business Innovation Research (SBIR), fue importante para ese salto. Cuando conocí el SBIR, en Estados Unidos, me sorprendí: “Ustedes están poniendo dinero público para fines privados”. Ellos me miraron como si yo fuese un ET y respondieron: “Es la mejor inversión que lo público estadounidense puede hacer por medio de su gobierno, porque es por eso que nosotros tenemos tecnología suficiente como para venderles cosas a ustedes todo el tiempo”.

¿Y cuál es la salida para que el país avance?
Aún estamos comenzando a madurar. No podemos esperar la solución política que tiene como lema principal la construcción del superávit de la economía y la garantía de que los grandes negocios del país tendrán una visibilidad buena en el exterior. No está previsto que vayamos a desarrollar nada en términos de ciencia y tecnología. La convención de la biodiversidad biológica se hizo para que los países ricos vengan aquí, usen nuestras cosas y nos dejen unos espejitos y unas baratijas.