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Memoria

Un lujo para ver las estrellas

Hace 125 años, una solicitud de fondos presupuestarios para la observación de Venus provocaba discusiones sobre el apoyo a la investigación científica

Un episodio acaecido hace 125 años provocó uno de los primeros debates sobre las inversiones en ciencia en Brasil.  De común acuerdo con Don Pedro II, el ministro de la Marina, Bento de Paula Souza, solicitó ante el Parlamento brasileño un presupuesto de 30 contos [nota del tr.: antigua moneda]  para costear tres expediciones científicas con el objetivo de observar desde puntos favorables el paso de Venus sobre el disco solar. Las observaciones, que se realizarían el 6 de diciembre de 1882, ayudarían a determinar la distancia existente entre la Tierra y el Sol.

Una de las expediciones fue a la localidad de Olinda, Pernambuco. Pero las principales se concentraron en la isla de Santo Tomás, en las Antillas, y en Punta Arenas, en el sur de Chile. “Esos dos lugares formaron la base de un inmenso triángulo, y uno de los vértices tocaba el planeta Venus”, explica Marcomede Rangel, físico del Observatorio Nacional, institución que coordinó las expediciones, y que en la época tenía el nombre de Imperial Observatorio de Río de Janeiro. “Por semejanza de triángulos se llegaba a la distancia de la Tierra a Venus y de Venus al Sol”. Otros países enviaron equipos para hacer observaciones en diversos puntos del globo.

El pedido del emperador y del ministro suscitó protestas en la Cámara de Diputados y en el Senado, y muchas caricaturas en la prensa, en especial en la Revista Ilustrada, diseñada y editada por Angelo Agostini. “Fue uno de los más vivos debates sobre el uso de la ciencia básica”, afirma Ronaldo Rogério de Freitas Mourão, investigador del Museo de Astronomía y Ciencias Afines (Mast) y estudioso del tema.

En el Senado, Silveira da Mota, contrario a la concesión de la partida, se quejaba: “El pueblo quiere otras cosas, no quiere observaciones astronómicas (…) el pueblo quiere vías férreas, quiere mucho café, mucho tabaco, mucha libertad individual, gobiernos muy austeros y muy moralizados (…) el pueblo quiere todo eso, y no le interesa saber que hay en las estrellas… eso es un lujo”. En la Cámara de Diputados, el diputado Ferreira Viana le hacía coro al senador.  Los políticos no entendían cuáles eran los beneficios que las expediciones traerían a las poblaciones. Y así fue como el Parlamento no concedió los 30 contos. Pero, para atender al emperador, el consejero Leão Velloso consiguió el dinero con dos ricos hacendados y las expediciones se realizaron.

La polémica sobre Venus fue un hecho aislado para la época, de acuerdo con la antropóloga de la Universidad de São Paulo, Lilia Moritz Schwarcz, autora del libro As barbas do imperador (editorial Companhia das Letras, 1998). La actividad científica aún era incipiente en 1882, y el mayor interesado en practicarla, si bien que como aficionado, era precisamente Don Pedro II.  Don Pedro ejercía el mecenazgo en las artes, las letras y la ciencia. Además de desear dotar de autonomía cultural a la elite local, el emperador tendía también distinguirse de otros soberanos, incluyendo los del pasado. “En la época, para ser considerados ilustrados, los reyes y las reinas tenían que ser científicos”, dice Lilia. Otro factor que contribuyó a evitar polémicas en la ciencia de aquel tiempo era el hecho de que Don Pedro ejercía la ciencia de manera privado – era astrónomo aficionado y tenía un observatorio en el Palacio de São Cristóvão. Existía también el Museo del Emperador, donde estaban las momias que le obsequiaran en Egipto, material etnográfico y la colección de gemas de Leopoldina.  “Allí sólo entraban científico sus invitados.”

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