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Historia

Esa nostalgia que mata

Discuten en el marco de una investigación la polémica cuestión del "banzo", la "añoranza mortal" de los esclavos

REPRODUÇÃO DO LIVRO "RIO DE JANEIRO - CIDADE MESTIÇA"“Va con la sombra creciendo el bulto enorme/ Del baobab…/ y crece en el alma el bulto de una tristeza, inmensa, inmensamente…”, escribió el poeta parnasiano Raimundo Correia, en el soneto Banzo, tal el nombre dado a esa tristeza. Era un estado de depresión psicológica que tomaba a los africanos esclavizados tan pronto como desembarcaban en Brasil, y sería una enfermedad crónica, una nostalgia profunda que levaba a los negros a la muerte. “En el siglo XIX, obras como las del médico francés François Sigaud y la del naturalista Carl F. von Martius, como así también las crónicas de los viajeros europeos, transmitieron la idea de una nostalgia fatal de los esclavos. En esos relatos, las muertes voluntarias de los cautivos se describen como una forma pasiva de suicidio –rechazaban los alimentos y se dejaban morir por inanición y tristeza– y también por los métodos universales: la horca, el ahogamiento, el uso de armas blancas, etc.”, explica la psiquiatra Ana Maria Galdini Oda, profesora adjunta del Departamento de Medicina del Centro de Ciencias Biológicas y de la Salud de la Universidad Federal de São Carlos (UFScar), quien analizó el banzo en su investigación intitulada De los disgustos provenientes del cautiverio: una historia de la psicopatología de los esclavos brasileños en el siglo XIX, que contó con una beca de la FAPESP en el marco del Programa Joven Investigador en Centro Emergente. “Invariablemente, los narradores adjudicaban ese deseo de morir a una enfermedad melancólica, relacionada con la situación de cautiverio: el disgusto causado por el alejamiento violento de África, una rebeldía por la pérdida de la libertad y de reacción a los castigos pesados e injustos.”

Según la investigadora, el análisis histórico de la enfermedad reafirma la necesidad de echar por tierra explicaciones simplificadoras sobre los males de esclavos, ya sea sobre el banzo o su forma extrema, el suicidio, como producto de los “disgustos provenientes del cautiverio”, fórmula empleada en el siglo XIX para encubrir la naturaleza violenta de la relación entre esclavos y amos. En la historia del banzo se cruzan así diversas rutas de la historia: historias de la psicopatología, de la trata transatlántica de esclavos y de las enfermedades. “La enfermedad siempre aparece en una doble posición: es una entidad clínica, una variación de la nostalgia europea en los trópicos, asociada a otras enfermedades de los negros que, al mismo tiempo, no se disocia de los debates políticos sobre el cautiverio negro”, sostiene la investigadora. Según el Vocabulário, de Bluteau, de 1712, un juego es ‘banzeiro’ cuando ninguna de las partes gana: es una indefinición enervante. “La historia del banzo remite a un juego de esos, de esclavos contra amos, de la vida contra la muerte, en una larga y tensa pelea”. Curiosamente, el concepto de banzo debe su origen a una formulación europea de la nostalgia como enfermedad. El punto inicial de esa historia es la tesina del médico suizo Johannes Hofer (Basilea, 1678), De nostalgia, en la cual éste describe a la “nostalgia”, palabra compuesta a partir de los radicales griegos nóstos (regreso) y álgos (dolor físico o moral), como una enfermedad a la cual los suizos manifestarían predisposición, conocida como Heimweh (o maladie du pays en Francia, o mal del corazón en España). La melancolía sería una indisposición ocasionada por estar ausente del hogar que se transformaba en enfermedad mortal.

En el transcurso de los siglos XVIII y XIX, la nostalgia se convirtió en objeto de muchos trabajos médicos y, poco a poco, la melancolía helvética fue dejando de ser suiza: la elevada ocurrencia de esta enfermedad en los ejércitos de diversas naciones europeas había hecho de la patología un objeto de especial interés por parte de los médicos militares (como el cirujano del ejército de Napoleón, Larrey), que relataban sobre verdaderas epidemias de nostalgia. Hasta el célebre Phillipe Pinel se dedicó al tema, en la Encyclopédie méthodique. “En efecto, los postulados de los distintos médicos militares y otros científicos se extendieron a los africanos esclavizados. Por eso, se puede considerar que el banzo es una aplicación del concepto de nostalgia, desarrollado en Europa”, dice la autora. Pero el primer ilustrado que analizó la cuestión desde el punto de vista de los esclavos y describió el banzo fue el abogado portugués, aunque nacido en Bahía, Luis Antonio de Oliveira Mendes, en su Memória (1793), sobre la gran mortalidad de los africanos transportados a Brasil, hecha a pedido de la Academia Real de Ciencias de Lisboa. “Su trabajo fue la primera publicación en lengua portuguesa que se ocupó de la salud de los esclavos, y es la principal fuente de las descripciones del banzo en el siglo XIX”, dice Ana Maria. Al destacar las conexiones entre las enfermedades mortales y el pésimo tratamiento dado a los cautivos, Oliveira Mendes señala que, aun siendo bárbaros, los africanos eran sinceros y constantes en los afectos. El banzo es expuesto como una “gravísima enfermedad, causada por la exacerbación del sentimiento de saudades”.

Esa imagen del banzo como fruto de la crueldad de la trata se extendió a la primera mitad del siglo XIX y se incorporó a las narraciones de viajes, a los compendios de medicina tropical y a las tesis de medicina. “Es la vocación del banzo de ser un tipo de ‘enfermedad-argumento’, movilizada en la lucha contra la esclavitud”, recuerda la autora. Sigaud, en Do clima e das doenças do Brasil (1844), publicado por primera vez en portugués este año por la editorial Fiocruz, consideraba que el banzo era una enfermedad mental, una variante de la nostalgia-melancolía desencadenada por causas morales tales como la  añoranza de África o el resentimiento por los castigos injustos. En tanto, Martius, en Natureza, doenças, medicina e remédios dos índios brasileiros (1844), efectúa una comparación entre el banzo de los negros y el de los indios, afirmando que en ambos casos la melancolía reina como la causa de la muerte, con la salvedad de que los negros parecían sentir más que los indígenas los sentimientos dolorosos, ya que estos últimos serían fríos y distantes en oposición a los africanos, emotivos y pasionales. Joaquim Manuel de Macedo, en su monografía sobre la nostalgia, escrita en 1844 (el mismo año de la publicación de A moreninha) como tesis presentada en la Facultad de Medicina de Río de Janeiro para la obtención del título de doctor, considera que el banzo es una afección mental originada en la añoranza de la patria, y tiene su sede en el cerebro. “Identificado con la clase señorial, el escritor romántico no demuestra ninguna simpatía por los esclavos, pero pensaba que la nostalgia de los negros merecía ser estudiada, pues la consideraba como una potencial amenaza a la economía nacional”, informa la investigadora. Además de estos tres, otros extranjeros abordaron la cuestión de la muerte voluntaria entre esclavos en el siglo XIX: Debret, Henry Koster, Rugendas, Thomas Ewbank, Robert Walsh, F. Dabadie, entre otros. “Después de ese interés, el banzo permanecerá casi adormecido hasta los años 1930 y 1940, cuando los llamados estudios afro-brasileños lo reubicaron como potencial objeto de investigación. Será tomado como algo real, una enfermedad un poco misteriosa, pero sin demasiada problematización”, comenta la autora.

REPRODUÇÃO DO LIVRO "RIO DE JANEIRO - CIDADE MESTIÇA"

El hogar
Surge incluso una nueva etimología para la palabra: el banzo estaría vinculado a la voz del quimbundo mbanza, aldea, y por eso significaría la “añoranza de la aldea”, y por extensión, del hogar. “El origen africano de la palabra me parece un poco incierto. En el Vocabulário, de Bluteau, por ejemplo, la palabra “banzar” aparece como la acción de ‘sorprender con pena’ y “banzeiro” sería algo ‘inquieto, mal sujetado’. Hay quienes creen que existe un origen portugués de la palabra”. En 1933, el concepto reapareció en las páginas finales de Casa-Grande & Senzala (1933), de Gilberto Freyre, cuya visión signó los relatos modernos de la palabra: “No fue todo alegría en la vida de los negros. Hubo aquéllos que se suicidaron comiendo tierra, ahorcándose, envenenándose. El banzo, la añoranza de África, acabó con muchos. Hubo aquéllos que, de tan ‘banzeiros’, quedaron tontos, idiotas”, escribió Freyre. En 1939 empezaron a surgir visiones médicas de la afección, como la del parasitólogo Manoel Augusto Pirajá, quien afirmaba que el banzo era una forma de la enfermedad del sueño, la tripanosomiasis africana, hipótesis descartada actualmente. “Una propuesta que debe considerarse es la del psiquiatra Álvaro Rubim de Pinho, de la Facultad de Medicina de Bahía, expuesta en Aspectos históricos da psiquiatría folclórica no Brasil (1982). Según él, el banzo se aproximaría a los llamados ‘síndromes de campo de concentración’, dice la autora. El modelo es multicausal: el mal de los esclavos sería un cuadro en el cual se superpondría un estado mental depresivo (característico de situaciones de terror, hambre, confinamiento, etc.) a síntomas derivados de la acentuada carencia nutricional y de vulnerabilidad a enfermedades graves, varias de las cuales serían las responsables de los síntomas físicos y mentales del banzo.”

La producción historiográfica de los años 1960 y 1970, que cuestionó lo que se denominó como “mito de la esclavitud blanda”, preconizado por Freyre, enfatizó el carácter violento de las relaciones entre amos y esclavos y dio nueva acepción al banzo. “Estudios de ese período asocian actos tales como suicidios, homicidios y agresiones físicas a la excesiva carga impuesta por el cautiverio, y para algunos autores (como Alípio Goulart en Da fuga ao suicídio, de 1972, o Fernando Henrique Cardoso en Capitalismo e escravidão no Brasil meridional, de 1962), dichos actos eran evidentes manifestaciones de rebeldía, de las pocas facultadas a los esclavos. Los suicidios serían señales de rebelión individual, así como los ‘quilombos’ [asentamientos de esclavos fugitivos] y las insurrecciones, de rebeldía colectiva”, explica la investigadora. Sin embargo, para ella, ya sea desde la perspectiva de Freyre o desde ésta, más comprometida, se dio poco espacio a los factores subjetivos implicados en las acciones de los sujetos históricos. Así, el suicidio cautivo puede verse también, pero nunca únicamente, como una forma de protesta o de fuga de la situación de cautiverio, siempre considerando la complejidad de la experiencia del cautiverio y la capacidad humana de descubrir formas de vivir en situaciones adversas. “El adjudicarle la motivación para la muerte únicamente a la condición cautiva implica un abordaje simplista. Los actos suicidas son manifestaciones extremas, que no pueden reducirse a una explicación única, ya sea sociológica, antropológica o psicopatológica”, asegura el historiador Saulo Veiga Oliveira, quien analizó la cuestión en el artículo “El suicidio de esclavos en São Paulo”, publicado en la revista História, Ciências, Saúde – Manguinhos. “Basta con ver que el alto índice de suicidios entre los esclavos durante las últimas dos décadas de la esclavitud en general se le atribuye a los ‘disgustos del cautiverio’, como una reacción a la condición servil. Pero hay muchos otros motivos: problemas con  la Justicia o el miedo a los castigos impuestos por el amo.”

Asesinatos
“El índice de ‘muertes voluntarias’ entre esclavos, si se lo compara con el de hombres libres, era dos o tres veces más elevado, y en general atribuido al banzo”, afirma el historiador Renato Pinto Venâncio, de la Universidad Federal de Ouro Preto y autor de Ancestrais: una introdução à história da África Atlântica (Editora Campus). “Pero, como todo testimonio del pasado, eso debe ser leído con ojos críticos: el registro de suicidios puede encubrir asesinatos practicados por los amos. Eso no implica disminuir al banzo como una de las expresiones trágicas de la locura común a millones de personas víctimas de la trata de esclavos. La divulgación de este sufrimiento en los periódicos habría contribuido a la formación de la sensibilidad abolicionista en la sociedad imperial. De allí que se entienda al banzo como una forma no intencional de protesta política, un ejemplo primario de lucha por la no violencia”. Los números esconderían otras motivaciones. “Los hombres libres ocultaban sus casos en busca de evitar sanciones morales y religiosas, que impedían el sepelio en cementerios, lo que puede explicar el elevado número de muertes de cautivos”, explica el historiador Jackson Ferreira, de la Universidad Federal de Bahía y autor del artículo “Por hoy basta: suicidio esclavo en Bahía (1850-1888)”. “Los actos suicidas fueron más que una expresión de mecanismos de desespero, sino también formas de negociar mejores condiciones, de resistir a las condiciones de cautiverio o liberarse de éste, abandonando definitivamente esta ‘tierra de los vivos’, como escribió el esclavo Timóteo en su nota de suicidio.”

Ana Maria Oda se encuentra actualmente investigando el curioso “suicidio por ingestión de tierra”, citado con a menudo por los viajeros, en el marco del proyecto Geofagia y esclavitud, financiado por el Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (CNPq) y vinculado al Grupo de Investigación Esclavitud, Raza y Salud, con sede en la Casa de Oswaldo Cruz, Fiocruz. “La ‘pica’ (la alteración del hábito alimentario que incluye la ingestión de tierra o barro –la geofagia–, de cal, de madera, etc.) es interpretada como una deliberada acción en dirección hacia la muerte, un método de suicidio lento de los negros esclavos”, dice la investigadora. Debret retrató esclavos con  máscaras de hierro destinadas a evitar la práctica. “La geofagia como suicidio no se sostiene. No se determinaron sus consecuencias buenas o malas sobre la salud.”

El proyecto
De los disgustos provenientes del cautiverio (nº 2004/07810-9); Modalidad Beca Joven Investigador; Coordinadora Ana Maria Oda – UFScar; Inversión R$ 230.994,90 (FAPESP)

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