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Historia

Las fotos secretas del profesor Agassiz

Una exposición y un libro arrojan luz sobre las imágenes polémicas tomadas por el rival de Darwin

Las tres poses típicas de las fotos de Agassiz

“Los que ponen en duda los efectos perniciosos de la mezcla de razas y, debido a una falsa filantropía, son llevados a romper todas las barreras que se interponen entre ellas, deberían venir a Brasil”, afirmó el zoólogo suizo Louis Agassiz (1807-1873) en su libro A journey to Brazil (1867), escrito junto a su mujer, la americana Elizabeth Cary, como producto de la visita al país como líder de la Expedición Thayer entre 1865 y 1866, de la cual tomaron parte entre otros el futuro filósofo William James (1842-1910) y el geólogo Charles Frederick Hartt, yendo de Río de Janeiro al Amazonas. Docente de la Lawrence School, una rama de la Universidad Harvard, y fundador del Museo de Zoología Comparada de dicha universidad, Agassiz era el más notable y popular científico de Norteamérica, defensor del creacionismo, del poligenismo, adepto a la teoría de la degeneración de las razas y un opositor feroz al evolucionismo. Sin embargo, luego de la publicación de El origen de las especies (1859), de Darwin, su prestigio pasó a ser cuestionado por jóvenes naturalistas americanos que rechazaban sus interpretaciones teológicas y racistas. Entonces abrazó con entusiasmo la posibilidad de venir a Brasil con el objetivo de investigar los peces de la cuenca amazónica para probar la “falacia” de las tesis darwinistas.

No menos importante, el viaje era la oportunidad de visitar un “paraíso racialista”. Agassiz aprovechó su estancia para recabar pruebas materiales de la “degeneración racial” provocada por el “mulatismo”, común en la población brasileña, fuertemente mestizada. El resultado fue una serie compuesta por 200 imágenes, conservadas en el Museo Peabody de Harvard, en su mayoría inéditas debido a lo su polémico contenido: retratos desnudos de la población africana de Río y de los tipos mestizos de Manaos. Un grupo de 40 de esas fotografías está en exhibición por primera vez en la exposición Rastros y razas de Louis Agassiz: la fotografía, el cuerpo y la ciencia de ayer y hoy, muestra que forma parte de la 29ª Bienal de Artes de São Paulo y está en cartelera en el Teatro de Arena hasta fin de mes. Al mismo tiempo, acaba de publicarse el catálogo homónimo de la exhibición, editado por su curadora, Maria Helena Machado, docente del Departamento de Historia de la Universidad de São Paulo (USP). La investigadora también es la organizadora del libro O Brasil no olhar de William James (publicado por Edusp, saldrá a fin de año), que contiene cartas, diarios y dibujos del filósofo norteamericano, hermano del escritor Henry James, como integrante de la Expedición Thayer. James, en ese entonces un joven de 23 años estudiante de medicina de Harvard, era admirador del suizo, pero la estada en Brasil modificó su visión del “Profesor” (como se refiere a Agassiz), como así también, como sostiene Maria Helena, fue un punto decisivo en la vida del filósofo del pragmatismo, pues habría sido aquí en el país que decidió dedicarse a la filosofía. “Yendo contra la corriente del momento, sus registros de Brasil son peculiarmente empáticos, pese ha haber contraído viruela, lo que lo dejó temporalmente ciego, y chocan con la visión del mentor del viaje, Agassiz, cuya posición política e ideológica lo vinculaba a los defensores del racismo y de las teorías de la degeneración debido al hibridismo”, sostiene la profesora.

“Paseando por el edén amazónico, la Expedición Thayer, con el apoyo del gobierno estadounidense y del brasileño, desmenuzarían la Amazonia, apropiándose de los peces y las rocas, y capturando imágenes de los mestizos y mestizas de la región, fotografiados desnudos en posiciones dudosas, congelados como ejemplos de la degeneración racial, en nombre de la construcción de un inventario de los peligros del mestizaje”, sigue Maria Helena. Agassiz se había convertido en el principal divulgador de una ciencia idealista y cristiana, que reafirmaba el creacionismo, al tiempo que empleaba un lenguaje “vanguardista”, lleno de nombres técnicos y alusiones a procedimientos científicos. “Si bien se alineaba en el campo de los adeptos a la ciencia empírica como clave del conocimiento por un lado, se reconciliaba con las visiones metafísicas y religiosas, que apuntaban a interpretar los designios divinos en el libro de la naturaleza, por otro”. El zoólogo había sido discípulo del naturalista francés Georges Cuvier, quien negaba la interconexión genética de las diferentes especies, cuyo análisis presuponía una descripción empírica minuciosa de los seres observados, ya que cada especie era única en sí misma. Asimismo, Cuvier creía que el mundo había sufrido innumerables catástrofes que habrían diezmado a las especies que lo poblaban, y posteriormente otras fueron creadas por la mano divina. Así, los animales que conocemos habrían sido originados por una creación reciente, hipótesis que daría cuenta del gran problema para los no evolucionistas: la diferencia entre los animales fósiles y los actuales.

“Agassiz también preconizaba que todos los seres organizados fueron creados para pertenecer a una determinada ‘patria’, es decir, que existiría una ligazón entre los seres y sus hábitats. Las diferencias de clima no bastaban para explicar la distribución de las especies. La lógica del poblamiento saldría directamente de Dios”, explica la historiadora Lorelai Kury, investigadora de la Fundación Oswaldo Cruz y docente de la Universidad del Estado de Río de Janeiro. Según el suizo, existirían “provincias zoológicas”, ya que Dios, luego de haber creado nuevas  especies en diferentes épocas, le habría dado una “patria” a cada una.

Las imágenes servirían de argumento racialista

“El científico, para Agassiz, era un ser privilegiado que sabría develar el plan divino mediante la observación científica de la naturaleza, ocupando el lugar tradicionalmente reservado a los teólogos. Su visión se vinculaba a una    perspectiva platónica y estática de la vida y de la ciencia, cuyas directrices se reportaban a certezas tales como la existencia de tipos ideales y, sobre todo, la reafirmación de la precedencia del plan divino sobre la realidad del mundo natural”, dice Maria Helena. También, según el zoólogo, habría una jerarquía natural en la escala de los seres, de los animales a los humanos, como así también entre las razas humanas, fruto de la intención divina de imponerle un orden al mundo. “Cabía a los hombres entender y respetar eso. Los negros, que habrían sido creados por Dios expresamente para habitar los cinturones tropicales, provenían de una especie humana inferior, cuya virtud sería la fuerza física y la capacidad de servir. Ante los blancos, superiores, ellos abdicaban de su autonomía en nombre de la seguridad del mando y la protección de sus maestros. Con tales ideas comulgaban los proesclavistas y los abolicionistas como Agassiz”. Tal concepción de mundo tenía una amplia aceptación, en especial entre el público lego americano, pues calmaba sus angustias en un mundo en rápida transformación. “Durante ese período, Agassiz estaba más interesado en dirigirse a las preocupaciones del público que a la comunidad científica. Ignoraba olímpicamente la cantidad creciente de intelectuales que habían perdido el interés en la idea de creaciones separadas, y seguía dictando conferencias abiertas en defensa del poligenismo y del pluralismo”, sostiene la antropóloga Gwyniera Isaac, curadora de etnología americana del Smithsonian’s National Museum of Natural History y autora del artículo “Louis Agassiz’s Photographs in Brazil.”

El viaje a Brasil era por eso mismo una necesidad, ya que, con la publicidad de la expedición, creía que reuniría aliados para rebatir al evolucionismo y defender la firmeza de las especies y las creaciones sucesivas. “En la región amazónica, Agassiz se abocó a recabar pruebas de una reciente glaciación que habría marcado una ruptura entre las especies actuales y las extinguidas (lo que llevó a Hartt a aparatarse de él), dentro del espíritu de las catástrofes naturales como responsables de la generación de nuevas  especies, aisladas y sin ligazón con otras. Con relación a los peces, creía que las especies encontradas variaban a lo largo del Amazonas y eran diferentes según cada afluente”, afirma Lorelai. En contrapunto con Darwin, Agassiz pensaba que la variabilidad de cada especie era nula y, a lo que actualmente se considera como una variedad, el zoólogo lo tomaba como una nueva especie.

Foto de un negro: un intento de crear tipos raciales puros

El suizo también tenía otros intereses, menos científicos. Desde su arribo a Estados Unidos, en 1840, se había involucrado en el debate norteamericano sobre las razas, abrazando la teoría de la degeneración, que sostenía que el mestizaje o el hibridismo era un camino seguro hacia la degeneración social. Al fin y al cabo, si Dios había creado la flora, la fauna y al hombre en nichos precisos, ¿por qué el ser humano enfrentaba esos designios mezclando climas y razas y, lo que es peor, las hacía interactuar? “Para algunos abolicionistas y pensadores racialistas del siglo XIX, además del mal de los desplazamientos de negros, producto de la trata, el otro error, peor todavía, sería el ‘mulatismo’, la mancha de sangre ocasionada por el mestizaje. La solución sería la emigración colectiva, o al menos, la segregación de los afroamericanos en un cinturón de clima cálido del sur, en el cual vivirían lo más apartados posible, bajo la tutela de los blancos”, comenta Maria Helena. “Así, los defensores de la incompatibilidad de la convivencia de la raza negra con la civilización creían que los negros serían impedidos de cometer daños irreparables al cuerpo de la nación – en medio de la Guerra de Secesión, circulaban, en el norte y en el sur de Estados Unidos, propuestas de ‘repatriación’ de los ex esclavos, incluso a Brasil (léase ‘El día que Brasil le dijo no a Estados Unidos’, en la edición 156 de Pesquisa FAPESP). Los argumentos de Agassiz sobre as provincias zoológicas, que destinaban las áreas tropicales a la raza negra, teñían esas propuestas con un aura de filantropía. Por eso, sostiene la investigadora, los intereses de la Expedición Thayer iban más allá de la ciencia. ‘Por detrás del discurso público del científico-viajero había otro que ligaba a Agassiz a los intereses norteamericanos en la Amazonia, conectado dos líneas de acción diplomática: la de apertura del Amazonas a la navegación internacional y la de los proyectos de asentamiento de negros norteamericanos como colonos o aprendices en la vega amazónica, vista como extensión natural del ‘Destino Manifiesto’ de EE.UU.”. El gobierno estadounidense sabía acerca de la ligazón entre Agassiz y Don Pedro II, que intercambiaban correspondencia desde 1863, y el suizo vino a Brasil para presionar al emperador para abrir la navegación de la Amazônia, en lo que tuvo éxito, y también para ayudar a promover la inmigración de negros.

“En ese sentido, Brasil era visto como el lugar ideal para recabar pruebas de los peligros de la degeneración, que serían transmitidos a su regreso a EE.UU. Para ello, pensó en hacer una expresiva colección de fotografías que documentaría las heridas de la mezcla entre razas puras e híbridas, todo con carácter abiertamente racialista”, sostiene Maria Helena. “La consecuencia natural de las alianzas entre personas de sangre mezclado es un tipo de individuos en el cual lo puro desaparece, como así también todas las cualidades físicas y morales de las razas primitivas, produciendo mestizos tan repulsivos como perros mestizos”, sostuvo Agassiz. De allí la observación precisa de Darwin sobre el rival: “Recaba datos para probar una teoría en lugar de observar esos datos para desarrollar una teoría”. Ése es el principio que explica las fotografías brasileñas. “Para demostrar su tesis, recabó imágenes sobre el tipo ‘híbrido’ de poblaciones que, según creía, existían en Brasil. Los humanos, como cualquier otra especie, requerían de análisis mediante métodos empíricos y ‘fríos’ como la fotografía”, acota Gwyniera Isaac.

Con el objetivo de ilustrar el perfil de los brasileños, Agassiz le solicitó al fotógrafo profesional Augusto Stahl una serie de daguerrotipos de africanos, que calificó como “tipos raciales puros”, y generó así dos series de fotografías: una en forma de portraits y otra de carácter científico y fisonómico de tipos étnicos de negros y negras de Río de Janeiro, e incluyó a algunos chinos que vivían en la ciudad. Los retratados aparecen desnudos y en tres posiciones fijas: de frente, de espaldas y de perfil. En Manaos, fue aún más lejos y creó un Bureau d’Antropologie para documentar las diferencias entre las razas puras y mixtas, contando para ello con la ayuda del fotógrafo improvisado Walter Hunnewell en los retratos de los tipos híbridos amazónicos. Agassiz ya había hecho eso antes, en 1850, en una serie similar con esclavos norteamericanos de Carolina del Sur, una experiencia que, según afirma, habría consolidado sus ideas racistas. “Al emplear nuevos recursos técnicos como la fotografía, surgieron teorías sobre las nuevas  formas de capturar el cuerpo humano, visto como un vehículo de los rasgos raciales que debían revelarse mediante la capacidad del naturalista de ‘leer los cuerpos’. Inauguró una representación somatológica y frenológica del otro africano que se generalizaría durante las siguientes décadas y poblaría los nacientes museos antropológicos”, evalúa Maria Helena.

“La antropología se había transformado en aquella época en la ciencia de lo visible, del cuerpo físico, con sus marcas de distinción racial, y así, las representaciones visuales eran cruciales. En EE.UU., eso se obtenía a través de la contraposición del color de la piel, lo que hacía de la raza un concepto basado en el contraste. La visión de la imagen de un negro al lado de la de un blanco inmediatamente provocaría en el público la idea de la supuesta diferencia ‘inherente’ entre las razas. Para reforzar eso, Agassiz interpoló en su colección de fotos de negros imágenes de estatuas clásicas griegas, una versión idealizada de los blancos”, explica la antropóloga Nancy Stepan, de la Universidad Columbia, y autora del libro Picturing tropical nature. “La fotografía aparecía como la certeza de la verdad para los científicos, en lugar de los antiguos dibujos, que serían limitadores. Fue así empleada en la psiquiatría, en la medicina, en la categorización de criminales, y a finales del siglo XIX se había constituido en parte esencial de la administración del Estado moderno.”

En ésta y en la próxima página: mestizos del Amazonas

Agassiz, sin entrenamiento en las complicadas mediciones antropométricas, vio en la fotografía una salida, y adjudicó a la invención una “importancia de época”. “Con todo, él buscaba el tipo estable que comprobase su noción de la rigidez de las especies. Esta búsqueda de un tipo al cual los individuos podrían teóricamente ser reducidos, a contramano del flujo continuo de los seres, cegó a Agassiz ante la evidencia que llevó a Darwin y Wallace a plantear la teoría de la evolución. La misma falacia hizo que sus fotografías fuesen para él al final tan confusas e inesperadas”, afirma la antropóloga. Eran también polémicas. “Fui al establecimiento y allí fui cautelosamente admitido por Hunnewell con sus manos negras. En la sala estaba el profesor ocupado en persuadir a tres muchachas, a las cuales se refería como indias puras, pero, tal como se confirmó después, tenían sangre blanca. Andaban muy bien vestidas y eran aparentemente refinadas, de algún modo, no libertinas. Ellas consintieron en que se tomasen con ellas las mayores libertades y fueron inducidas a desvestirse y a posar desnudas. Entonces llegó el Sr. Tavares Bastos y me preguntó irónicamente si yo estaba vinculado al Bureau d’Antropologie”, describió William James. “En la tradición europea, de la cual Agassiz formaba parte, estar vestido era señal de civilización, y las ropas eran un    símbolo de status y género. El hecho de dejar a las personas desnudas les robaba su dignidad y su humanidad. Para él, eso era posible porque muchas eran esclavas”, sostiene Nancy.

“Sin embargo, muchas de las mujeres fotografiadas eran de la buena sociedad de Manaos, y el clima en el Bureau no era de los más respetuosos. Las fotos se ubican en una incómoda zona entre lo científico y lo erótico, géneros que se cruzaban a menudo en el siglo XIX. Las observaciones de James revelan el clima de secreto, lo que contrasta con las afirmaciones de Agassiz sobre la naturaleza abiertamente científica de las fotos. Asimismo, la mención de James sobre las ‘manos negras’ de Hunnewell tiene un doble sentido que va más allá de la suciedad de los productos químicos”, analiza el antropólogo John Monteiro, de la Universidad Estadual de Campinas. Al mismo tiempo, las fotos se encuadraban en la convención etnográfica de introducir al cómodo espectador blanco a aquello que no solamente es exótico, y está a una distancia segura, sino que también es invisible. Con todo, el resultado de las imágenes recabadas no era el esperado por Agassiz. “El libro de la pareja y los diarios de James están plagados de ejemplos frustrados de encontrar tipos ‘puros’. Brasil logró confundir a Agassiz, que creía estar en un país con ejemplos definidos de las tres razas ‘puras’. Pero se deparó con ‘híbridos’ que se cruzaron con otros ‘híbridos’ y así sucesivamente, lo que generó una compleja realidad que no podría aprehenderse en sus fotografías”, dice Nancy. “Eso era imposible sin echar mano de otros recursos, tales como las leyendas, lo que se confrontaba con su método científico en el cual ‘las razas hablaban por sí mismas’. Paradójicamente, al desvestir a sus modelos, Agassiz removió algunos de los pocos signos que podría haber usado para sostener las identidades raciales de los tipos.”

La colección brasileña nunca fue divulgada y en A journey to Brazil aparecen únicamente algunas como base para xilograbados. “A ello contribuyeron diversas razones políticas y académicas que terminaron tornando inviable su proyecto de estudio de las razas. Se debe considerar también el ambiente moral rígido de Nueva  Inglaterra y la pérdida de la credibilidad científica de Agassiz. Sin embargo, las fotos tienen una cierta actualidad, pues evocan los rostros y las vidas de personas que fueron anuladas no solamente por la ‘objetalización’ de la ciencia, sino también por las políticas de olvido”, dice Maria Helena. William James resume bien la cuestión: “Me he beneficiado al oír hablar a Agassiz, no tanto por lo que dice, pues nunca escuché a nadie proferir tamaña cantidad de tonterías, sino por que aprendí cómo funciona esa vasta y práctica máquina que es él”.

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