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Año internacional de la química

Ciencia, una palabra (poco) femenina

Un siglo después de ser galardonada, Marie Curie sigue siendo una de las pocas en la lista del Nobel del área

ILUSTRACIÓN PAULA GABBAI, FOTO JAMES STOKLEY Marie Curie en la foto divulgada en ocasión del Nobel de 1903ILUSTRACIÓN PAULA GABBAI, FOTO JAMES STOKLEY

Marie Curie, nacida en Polonia y radicada en Francia, fue la primera mujer en obtener el Nobel y hasta ahora es la única galardonada en dos categorías del premio. El primero de ellos, en 1903, le fue concedido en compañía de su marido Pierre Curie, junto a Antoine Henri Becquerel, por sus estudios con la radioactividad. Pero fue su segundo Nobel el que mereció los festejos como tema central del Año Internacional de la Química en 2011. Un siglo antes, Madame Curie obtuvo en soledad el Premio Nobel de Química por el descubrimiento del radio y del polonio, dos elementos radioactivos. Nada más adecuado, en función de ese homenaje, que tratar sobre ella y sobre las mujeres en la ciencia, durante el último día del ciclo organizado por la FAPESP y por la Sociedad Brasileña de Química y divulgado por Pesquisa FAPESP todos los meses desde mayo pasado.

“El aporte femenino a la ciencia es de un tercio del total”, advirtió la coordinadora, Marília Goulart, de la Universidad Federal de Alagoas. “¿Cuál será el aporte dentro de 10 años?” Para ella, la ciencia requiere pasión y no es una cuestión de género. Pero se hacen necesarias políticas que promuevan un equilibrio entre científica y madre, una división de roles que todavía les ocasiona dificultades a las mujeres en esa carrera que requiere dedicación absoluta. Las conferencias se desarrollaron el día 9 de noviembre y contaron con la presencia de la química Maria Vargas, de la Universidad Federal Fluminense (UFF), la historiadora de la ciencia Ana Maria Alfonso-Goldfarb, de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo (PUC-SP), y el sociólogo Gabriel Pugliese, de la Escuela de Sociología y Política de São Paulo. Una mesa compuesta en sus dos terceras partes por mujeres, invirtiendo la predominancia en ciencias.

Escasas ilustres
La mirada sobre el rol de las mujeres científicas prometido en el título de Maria Vargas comenzó allí mismo, en el interior del auditorio: Vanderlan Bolzani, docente en la Universidad Estadual Paulista (Unesp) de Araraquara y una de las organizadoras del ciclo de conferencias en la FAPESP, fue la primera mujer en presidir la Sociedad Brasileña de Química, entre 2008 y 2010. Pero, retrocediendo en el tiempo, la investigadora de la UFF hizo hincapié en destacar a Clara Immerwahr, quien en 1890 se inclinó por los estudios ante la propuesta de casamiento realizada por el químico Fritz Haber, conocido por la síntesis del amoníaco. Cursó química como oyente y fue la primera mujer alemana en lograr el título de doctora, en 1900. Al año siguiente, no obstante, aceptó casarse y, quizá sin saberlo, firmó el fin de su carrera científica. Pese a trabajar junto a su marido, el nombre de Clara nunca fue citado. El casamiento representó también, de cierto modo, el fin de su propia vida: ella se opuso a su marido y al país en cuanto a la producción de armas químicas durante la Primera Guerra Mundial, lo cual consideraba una “perversión de la ciencia”. Como protesta contra el rol de Haber en la supervisión del primer ataque con gas de la historia militar, ella, acusada por su marido de traición a la patria, se suicidó en 1915, a los 45 años. Una mujer que podría haber sumado aportes a la ciencia, de tal modo, terminó entrando en la historia por su coraje al manifestar su convicción pacifista sin ceder a las presiones sociales ni familiares.

En toda la historia del Premio Nobel, han sido galardonadas 40 mujeres: solamente cuatro en química. La primera fue Marie Curie, en 1911. Casada con el físico Pierre Curie desde 1985, los dos llevaban adelante parte de su trabajo en conjunto, y así descubrieron que la pechblenda, un mineral descubierto por Becquerel, era rica en polonio y radio, dos elementos más radioactivos que el uranio. Su dedicación a la vida científica, que ella logró conciliar con la vida familiar, también le costó caro a Marie. En 1934 falleció de leucemia, tal como mucha gente que trabajaba con la química de la radioactividad antes de conocerse los efectos nocivos de esas sustancias.

Poco después le tocó el turno del Nobel a su hija Irène, quien dividió el premio con su marido (y antiguo doctorando de Marie Curie), Frédéric Joliot, en 1935. Luego de que Pierre y Marie Curie se destacaran por sus estudios con la radioactividad natural, su hija logró el lauro máximo de la ciencia por el descubrimiento de la radioactividad artificial, en la que los elementos que no presentaban ese comportamiento son inducidos a ser radioactivos. Al igual que su madre, Irène no fue elegida para la Academia Francesa de Ciencias, sino que sus respectivos maridos lo fueron.

Otro destacado de Maria Vargas fue la británica nacida en Egipto, Dorothy Crowfoot Hodgkin, quien se enamoró de la química al realizar un experimento de crecimiento de cristales de sulfato de cobre en la escuela. Desarrolló su pasión con amplio apoyo de sus padres, que le permitieron montar un laboratorio en el desván de su casa. En 1945, mediante estudios de cristalografía, determinó la estructura química de la penicilina, descubierta por Alexander Fleming 16 años antes. Para transformar el hongo en un medicamento antibiótico, que luego sirvió para salvar millones de vidas, era necesario sintetizar en laboratorio la sustancia activa. Ese descubrimiento la condujo, a los 47 años y ya con tres hijos, a convertirse en miembro de la Royal Society, la academia de ciencias británica.

LEO RAMOSMaria Vargas, Ana Maria Goldfarb y Gabriel PuglieseLEO RAMOS

Casada con Thomas Hodgkin, un idealista de izquierda, obtuvo el reconocimiento como investigadora y como madre: se le concedió la primera licencia por maternidad paga en la Universidad de Oxford. Dorothy también determinó la estructura de la vitamina B12, un trabajo que derivó en varias aplicaciones médicas y por el que se le otorgó el Nobel en 1964.

Recientemente, en 2009, la israelí Ada Yonath, del Instituto weizmann, fue la quinta ganadora del Nobel de Química, por descubrir la estructura del ribosoma, una estructura fundamental para la producción de proteínas. Entre las galardonadas, ella es la única de quien no se hace mención al casamiento, por eso escapa a la conclusión de la disertante Maria Vargas: “Elijan bien a su marido si quieren desarrollar una buena carrera científica”.

De la cocina al laboratorio
Ana Maria Goldfarb buceó en la historia hasta los registros de la visión sobre las características femeninas en la Antigua Grecia de Aristóteles y Ptolomeo: entre otras, hizo referencia a la fragilidad, la dulzura, la cobardía, la voluptuosidad, la habilidad y la astucia. Las dos últimas hoy parecen positivas, pero en esa época eran vistas como relacionadas con el conocimiento del techné, una capacidad manual más emparentada con la cocina que con el laboratorio. De cualquier modo, el antiguo laboratorio químico estaba atiborrado de calderos, y por ello era un territorio abierto para las damas.

La escena se modificó en el siglo XVII, cuando la nueva ciencia envió a las mujeres nuevamente a la cocina. Aunque algunas se resistieron y siguieron con sus investigaciones mediante asociaciones con varones. Ése fue el caso de la irlandesa Lady Ranelagh, a quien estimuló su hermano Robert Boyle a estudiar química en su laboratorio de destilación. La proyección por los estudios químicos que ingresó para la historia de la ciencia fue toda de él, aunque, de acuerdo con Ana Maria, la impronta de su hermana trasluce en todos sus escritos.

La ciencia superficial para salones se destacó en el siglo XVIII. Fue la época de actividad del matrimonio Lavoisier, donde Antoine quedó eternizado con el justo título de fundador de la química moderna. Madame Lavoisier cumplió un rol menor, pero era políglota y dibujaba esquemas de los experimentos realizados por su marido y colegas. Empero, permaneció invisible, se lamenta Ana Maria. “Ella necesitaba conocer bastante de ciencia como para separar lo importante y registrarlo”.

Durante el siglo XIX y el comienzo del siglo XX, la educación a veces era percibida como algo nocivo para la propia salud de las mujeres y para las funciones como esposa y madre que deberían desempeñar. Asimismo, algunos trabajos científicos eran desempeñados por mujeres, que poseían mayor capacidad de concentración precisamente por tener la mente vacía de pensamientos e ideas, según una declaración del físico británico James Chadwick citada por Ana Maria.

Ése fue el contexto que superó Marie Curie, aunque sin lograr que se destacaran las demás mujeres de su laboratorio, que permanecieron entre las muchas – ilustres desconocidas – de la ciencia. “Ella era un verdadero tractor”, analizó Ana Maria, “pasaba por arriba de lo que fuese necesario pasar, más allá de ser una buena estratega”. De otro modo, habría permanecido ensombrecida por su marido.

Una relativa excepción
Fue precisamente de eso que trató Gabrel Pugliese. La elección de un buen compañero, tal como en el caso del matrimonio Curie, pudo al mismo tiempo abrir caminos y ensombrecerlos, reveló. “Marie Curie logró éxito como una excepción en la tradición de mujeres invisibles”, dijo. En su opinión, el trabajo de ella sobre el descubrimiento de la radioactividad fue ignorado en la Academia de Ciencias hasta que su marido asumió la coautoría. Recién entonces comenzó a discutirse el tema, que se convirtió en algo relevante.

“Su matrimonio le permitió a Marie Curie el acceso al mundo científico, aunque también fue restrictivo”. Según Pugliese, este matrimonio constituye un ilustre ejemplo de cómo se percibía a la química y a la física: la primera formaba parte del campo del hacer, de las habilidades manuales y por lo tanto, más femenina, tal como ya había demostrado Ana Maria Goldfarb. En tanto, la física exigía pensamiento teórico, una capacidad más masculina. En cuanto la radioactividad trascendió a la química y se emparentó con la física, el descubrimiento cobró entonces interés para Pierre Curie y le significó al matrimonio el Nobel. De Física.

Esta identificación de la física y de la química con los estereotipos de lo masculino y lo femenino resalta lo contradictorio del rol del matrimonio para el ascenso de la mujer a una posición destacada en la producción del conocimiento. Y es esa paradoja lo que Pugliese destaca en el libro que publicará en 2012, Sobre o caso Marie Curie. Y es lo que torna irónico, desde el punto de vista histórico, el homenaje del Año Internacional de la Química a Marie Curie.

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