Imprimir

Ciencias políticas

El voto que realmente vale

El sistema electoral brasileño constituye en la actualidad un modelo de eficiencia y democracia

ARQUIVO / AGÊNCIA ESTADO / AEElectores hacen cola para votar, en São Paulo, durante las elecciones de 1945ARQUIVO / AGÊNCIA ESTADO / AE

El 7 de octubre, 138,5 millones de brasileños mayores de 16 años estaban preparados para participar en el proceso de elección de nuevos alcaldes y concejales en 5.564 municipios. El voto es obligatorio y los que no comparecieron a las urnas tienen 60 días de plazo para justificar su ausencia, o se harán pasibles a la aplicación de una multa. En esta contienda, 15.601 candidatos de 30 partidos –muchos de ellos en coalición– disputaron cargos de intendentes, y alrededor de 450 mil, los de ediles, según estadísticas del Tribunal Superior Electoral (TSE). Todos se hallaban inscriptos desde el día 30 de junio y, durante el transcurso de los 43 días previos a los comicios, partidos y coaliciones pudieron divulgar sus candidaturas en horario gratuito en televisión. Pocas horas después del cierre de las elecciones, la mayoría de las ciudades ya conocía el nombre de los futuros alcaldes y concejales y aquéllas con más de 200 mil electores, donde ningún candidato obtuvo la mitad de los votos válidos (50%+1), comenzaron los preparativos para la 2ª vuelta, prevista para el día 28 de octubre.

Cuando se proclamen los resultados finales, ciertamente, Brasil habrá dado nuevamente pruebas de la eficiencia de su sistema electoral. “Contamos con uno de los modelos más exitosos en la promoción de la justicia política”, evalúa Fernando Limongi, del Centro Brasileño de Análisis y Planificación (Cebrap) y de la Universidad de São Paulo (USP). El voto universal es obligatorio, el sistema de inscripción de electores, las urnas electrónicas e incluso el horario electoral gratuito –que, en su opinión, debe acreditarse en la cuenta de financiación pública de la campaña– contribuyen en forma inequívoca para neutralizar la incidencia de grupos de intereses y ampliar la participación política; y en los últimos 30 años, han ayudaron a consolidar la democracia en el país. “La Justicia Electoral y las decisiones del Congreso han facilitado el acceso a las urnas, permitiendo que los electores se manifiesten”, añade Argelina Maria Cheibub Figueiredo, del Instituto de Estudios Sociales y Políticos (Iesp) de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (Uerj).

La evolución del sistema electoral brasileño es tema de estudio en el Centro de Estudios de la Metrópolis (CEM), uno de los Centros de Investigación Innovación y Difusión (Cepid) financiados por la FAPESP, con la colaboración de investigadores ligados al Proyecto Temático Instituciones políticas, modelos de interacción Ejecutivo-Legislativo y capacidad de gobierno, coordinado por Limongi y Figueiredo, y también con el apoyo por la Fundación. “Nuestro objetivo consiste en analizar el sistema electoral brasileño desde un ángulo menos comprometido con los modelos de democracias más avanzadas o con la idea de que, sobre Brasil, pende siempre una catástrofe inminente”, explica ella.

Esa misma perspectiva brindó marco a la investigación de Jairo Nicolau, también de la UFRJ, de reciente publicación en el libro Eleições no Brasil – Do Império aos dias atuais, lanzado por editorial Zahar. “Brasil ostenta una de las experiencias más duraderas del mundo en cuanto a elecciones, que comenzó hace 190 años, y un sistema electoral de los más eficientes, que no requiere la asistencia de observadores internacionales”, subraya Nicolau. “Hoy tenemos elecciones transparentes, sin riesgo de fraudes. Hay un ambiente democrático de libertad. El elector decide y su voto no resulta adulterado, lo cual permite crear un ambiente realmente competitivo”.

La experiencia electoral brasileña comenzó cuando todavía era un Imperio. Mediante elecciones indirectas, los hombres católicos, con más de 25 años de edad, propietarios de tierras, entre otros requisitos proclamados por las Ordenaciones del Reino, elegían entre sus pares a los electores, los cuales elegían jueces, ediles y procuradores. En la Primera República, una vez definidas las bases institucionales del nuevo régimen ‒presidencialismo, federalismo y sistema bicameral–, se instituyó el voto directo de electores alfabetizados para la elección de nombres para cargos ejecutivos, todavía sin la exigencia de inscripción previa de candidatos o partidos. Las primeras elecciones competitivas y efectivamente democráticas, sin embargo, recién ocurrieron en 1945, cuando Brasil emergió del Estado Novo, de acuerdo con Limongi. “Una elección, en sí misma, no basta para calificar al régimen naciente como democrático. La creación de la Justicia Electoral, por ejemplo, forma parte de este amplio proceso de transformación estructural de la sociedad”, dice. Pero la contienda que consagró a Eurico Gaspar Dutra como presidente de la República, además de diputados y senadores, sucedió en circunstancias excepcionales, subraya. El país se encontraba bajo el comando del presidente del Supremo Tribunal Federal (STF), José Linhares, quien asumió el cargo luego de la caída de Getúlio Vargas, apartó a los interventores de los estados y determinó que los alcaldes vinculados con partidos políticos fueran sustituidos por miembros del Poder Judicial. Con esa medida neutralizó el poder de las oligarquías locales. Adicionalmente, en esa elección la legislatura limitó la inscripción a candidatos registrados por partidos políticos acreditados ante el TSE, lo cual dependía del aval de 10 mil electores en cinco distritos electorales. En la elección participaron veinte partidos y se consagró victorioso el candidato del Partido Social Democrático (PSD), el mencionado Dutra.

114-117_Ciencias Politicas_200_novo

Participación
El proceso de participación electoral avanzó en 1950, cuando el Congreso promulgó el Nuevo Código Electoral, adoptando la representación proporcional para la Cámara de Diputados, Legislaturas de Estados y Concejos Deliberantes Municipales, así como la regla mayoritaria para la elección de presidente, gobernadores y alcaldes, y sus respectivos vices. Las papeletas electorales, no obstante, aún eran impresas por los partidos. “El elector recibía el ‘santinho’ (la papeleta de voto). Antes que entrara en el cuarto oscuro era necesario verificar si no llevaba consigo un fajo de boletas, lo cual implicaba coacción y control del elector”, comenta Limongi. El problema sólo sería resuelto a partir de la década de 1960, cuando las elecciones mayoritarias y proporcionales comenzaron a utilizar boletas oficiales. “Constituyó un avance, ya que se redujo la posibilidad de impugnación del voto y el control sobre el elector”, relata.

Votar, sin embargo, era una empresa difícil para el elector con baja calificación frente a la “complicación” de escoger o registrar el nombre de candidatos en la papeleta electoral. De tal manera, pese a ampliarse la participación, creció el número de votos en blanco y nulos. “El costo de votar era muy alto, mucha gente terminaba excluida”, dice Limongi. El inconveniente se “atenuó” con el bipartidismo impuesto por el régimen militar, toda vez que facilitó el registro del nombre de los candidatos en la papeleta oficial, ampliando, paradójicamente, el derecho al voto. “Para el caso de los candidatos a diputados estaduales y federales, el elector escribía el nombre o el número del candidato o marcaba una cruz en el lugar del partido”. El número de votos en blanco y nulos descendió hasta las elecciones de 1986, cuando se eligieron diputados y senadores que serían responsables por la elaboración de la nueva Constitución, entonces sí, con el voto de los electores analfabetos, autorizado en mayo de 1985 por la Enmienda Constitucional nº 25. Esa restricción, por cierto, ya había perdido importancia electoral durante el régimen militar, un período en que descendió el índice de analfabetismo en el país. “Cuando se suprimió la restricción, alrededor del 80% de los brasileños se encontraban aptos para votar”, calcula Limongi.

Voto electrónico
La nueva Carta Magna adoptó el sistema de mayoría absoluta en dos vueltas para la elección de los jefes del Ejecutivo –presidente, gobernadores y alcaldes de las ciudades con más de 200 mil electores– si uno de los candidatos no obtuviera más del 50% de los votos válidos en la primera vuelta. El 15 de noviembre de 1989 se realizaron elecciones directas para la Presidencia, luego de casi tres décadas.

Ocurre que la Constitución también estipuló que el mandato del presidente sería de cinco años. De tal manera, en 1994 coincidieron las elecciones presidenciales, del Congreso Nacional y de los cargos estaduales. “Hubo dos boletas electorales: una para las elecciones mayoritarias y otra para las proporcionales. El índice de votos en blanco y nulos explotó”, recuerda Limongi. Más graves aún fueron los fraudes registrados en algunas circunscripciones electorales de Río de Janeiro, y que condujo a la anulación de la contienda para diputados estaduales y federales en el estado. “Se hizo necesario modificar la forma de emisión del voto y la solución fue la urna electrónica”, afirma Limongi.

El sistema electrónico de voto ya había sido ensayado desde 1990 en algunos municipios brasileños, relata Nicolau. En 1996 sustituyó a las boletas de papel en 37 ciudades –capitales y municipios con más de 200 mil electores– y, en 1998, se lo utilizó por primera vez en las elecciones nacionales, en cuatro estados y en el Distrito Federal, hasta que fue definitivamente adoptado en todo el país en 2000. Desde entonces la variación de votos en blanco y nulos se estabilizó en torno a un 10%, el riesgo de fraude desapareció y los índices de abstención en las elecciones se estacionaron en un 20%. “El paso siguiente será la urna con identificación biométrica”, dice Nicolau.

El éxito del sistema de representación en Brasil reside en la posibilidad de que todas las fuerzas políticas relevantes se encuentren representadas en las elecciones. Y contar, con algún espacio en el horario electoral gratuito. “No hay en el país un partido político de extrema derecha, tampoco partidos hiperliberales o nacionalistas. Pero, si existieran, ciertamente serían generosamente acogidos”, afirma Nicolau.

Republish