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Entrevista

Jacó Guinsburg: El editor de la academia

Entrevista_04 ok_2JG6006Léo RamosCon el mismo humor rebosante de sabiduría que hace las delicias de los lectores de cuentos y obras de teatro ídish, una de las varias especialidades de Jacó Guinsburg, él, a sus 92 años y al frente de la editorial Perspectiva, define su vida como “una secuencia irregular y contradictoria de experiencias y búsquedas”, cuyo desarrollo estuvo signado por el propio devenir de la existencia, “más que por las escasas escuelas que frecuenté y los diplomas que no obtuve”. Una curiosa observación de uno de los grandes maestros de la crítica teatral, quien, en su rol docente, tuvo un paso por la Escuela de Arte Dramático (EAD) de Alfredo Mesquita y, posteriormente, ingresó en la Escuela de Comunicación y Artes de la Universidad de São Paulo (ECA-USP).

Además, Guinsburg, como editor, fue el encargado de dar a conocer en Brasil nombres tales como Umberto Eco, Erich Auerbach, Bashevis Singer y tantos otros. En el catálogo de la editorial figuran Lourival Gomes Machado, Mário Pedrosa, Antonio Candido, Décio Pignatari y Décio de Almeida Prado, habiendo sido una de las editoriales del concretismo, en especial, de Haroldo de Campos. Hijo de inmigrantes judíos y también inmigrante, Guinsburg arribó a Brasil cuando contaba con 3 años, proveniente de Besarabia (Europa oriental). Como muchacho pobre del barrio de Bom Retiro, en la ciudad de São Paulo, fue la aflicción de sus padres, siempre metido en la izquierda política, peleas de pandillas de barrio, libros y un espíritu inquieto que, hasta los veintitantos años, le impidió asentarse en la vida, tal como él mismo lo reconoce.

En 1947, junto a Edgard y Carlos Ortiz, y algunos otros amigos, fundó la editorial Rampa, un rejunte de poco dinero, búsqueda intelectual y, finalmente, un fracaso comercial. Pero constituyó la preparación para el futuro. Vendió libros de puerta en puerta y tradujo muchos textos, escribiendo, a veces, ficción en su tiempo libre, un buen hábito que mantiene, para el encanto de algunos críticos. En 1954, invitado por Jean-Paul Monteil, trabajó en la recién creada Difusión Europea del Libro (Difel), donde pudo editar clásicos tales como la colección Garnier; las colecciones Saber Atual; História Geral da Civilização, de Maurice Crouzet; História Geral da Civilização Brasileira, dirigida por Sérgio Buarque de Holanda, y A Presença da Literatura Brasileira, de Antonio Candido y José Aderaldo Castelo, entre otras colecciones y títulos.

Autodidacta, comenzó a colaborar con el Suplemento Literario de O Estado de S. Paulo, invitado por Décio de Almeida Prado, donde conoció a Sábato Magaldi,  crítico teatral. Entre 1962 y 1963 viajó a Francia como becario para especializarse en ediciones y asistió a clases de filosofía en el Collège de France. En 1964 lo invitaron a estudiar en la EAD y, posteriormente, en 1967, en la ECA-USP. “Jamás soñé con ser profesor, e incluso pasé buena parte de mi vida aborreciendo la institución educativa”, recuerda. En 1965 fundó la editorial Perspectiva, donde publica obras de vanguardia y la bibliografía básica del área de humanidades, en especial, la famosa colección Debates, un hito de la editorial. Casado desde hace más de 50 años con Gita y con dos hijos, Guinsburg le concedió la siguiente entrevista a Pesquisa FAPESP. 

Edad: 92 años
Especialidad:
Teatro y literatura
Educación:
Escuela de Comunicación y Artes de la Universidad de São Paulo (doctorado)
Institución:
Universidad de São Paulo
Empresa:
Editorial Perspectiva
Produción científica:
Es autor de 11 libros que abarcan ensayos de literatura y teatro y cuentos

¿Cómo es su relación con los libros?
No sé cómo definirla. No se trata solamente de amor por los libros. Hay algo de eso, pero no es lo único. Es una relación que se fue moldeando a lo largo de las lecturas y de mi trabajo. No podría señalar otra cosa a esta altura de mi vida, con la que me haya relacionado y a la que me haya dedicado con la misma continuidad. No lo digo para destacar ninguna cualidad mía. Creo que alguien que vive cultivando un jardín es un jardinero nato, si lo queremos ver en retrospectiva, aunque haya aprendido jardinería al final de su vida. De modo que no sabría definir mi conexión con los libros. No obstante, no tomo al libro como el único sentido de la existencia y de la cultura. La cultura trasciende al libro. El libro es un medio, un instrumento, que crea un universo mediante el cual el hombre accede a sí mismo. No sólo por sí mismo, sino por lo que proyecta de sí, que es el mundo de la cultura, de la humanidad y de la sociedad.

¿Cómo concibe a la cultura y al saber? ¿Para qué sirven?
Es difícil decir para qué sirven: tienen un costado práctico, positivo y elevado, y otro eventualmente dañino también. Nada se muestra en la vida del hombre sólo con su apariencia angélica. El demonio también surge de un ángel. La cultura depende de cómo la definimos. Si separamos entre cultura y civilización, todos los pueblos, incluso los más primitivos, poseen cultura, pues la condición del hombre es cultural. Es todo lo que se hizo: desde la chispa que se obtuvo por la fricción de dos piedras hasta la Teoría de la Relatividad de Einstein. La evolución de ese proceso adquisitivo, que no diría que es desarrollista, ha sido una lenta marcha y, muchas veces, extremadamente cruel. La conciencia de lo que significa cultura, el reconocimiento de los valores, es lo que eleva al ser humano por encima de su condición animal y, sin duda, constituye un dato existente. La preocupación de índole ética es otro dato, y es primordial. De cualquier modo, no podemos situar la dimensión del universo en que actúa el hombre actual en el mismo plano que existía en cualquier otro período. En primer lugar, porque las otras épocas desaparecieron, y no disponemos de otros elementos de comparación. Segundo, porque sus producciones se incorporaron y se transfirieron a través de las generaciones subsiguientes, teniendo en cuenta el actual mundo digital que virtualmente constituye nuestro hábitat. Además, no disponemos de referentes absolutos. Dicen que así fue… ¿Lo fue, de hecho? Está demostrado que tomar los relatos históricos con mera objetividad no es una buena medida, porque la objetividad histórica se concentró durante siglos en la formalización de ciertos aspectos, solamente eso. ¿Sería sólo eso? La historia moderna de las mentalidades está poniendo en jaque a esa noción y destacando otros aspectos. Ellos existían, pero se decía que la historia de las marginalidades de la vida en sociedad era tan sólo el relato de hechos y eventos que no revestían importancia. Vea, la tecnología existe desde que el hombre dio sus primeros pasos sobre la Tierra. No es sólo la invención del cohete. El corte de una lasca de piedra es de por sí una tecnología. La conciencia y el avance de ese conocimiento y de los valores que implica son cosas fundamentales. En ese sentido, las herramientas para ello son de suma importancia para la vida humana. Así como la polis, en sentido general, no sólo como ciudad en su estricto sentido, sino como la vida en sociedad, constituye una realidad innegable, ella implica necesariamente ethos. Ethos no significa solamente moral: también significa política. La conciencia en relación con ello es producto del desarrollo, para lo cual los diferentes instrumentos de la cultura resultan esenciales. Y no es tan sólo el libro. Dejando de lado el rol de la ciencia, de la filosofía, de los saberes y de las diferentes artesanías para la ampliación de las prácticas y de las herramientas cognitivas, pensemos en las artes: la danza, la música, la pintura, la escultura, el teatro, etc.; todas ellas, aisladas o en conjunto, interactúan y afectan rotundamente nuestras experiencias y vivencias, como así también el horizonte de alcance de nuestra mente.

Ser autodidacta: ¿para usted eso es un halago o una ofensa?
Ni una cosa ni la otra. Fue una realidad. No sabría decirle hasta qué punto beneficiosa o perjudicial. Incluso fue bastante sufrida en algunos aspectos. En otros, fue una forma de adquisición, no un intento de valorar aquello que se aprende, sino una aprehensión ya vivenciada, porque son experiencias personales en el juego de las circunstancias. “El hombre y sus circunstancias”, para hacer de cuenta que cito a Ortega y Gasset. Entonces, no es elogio ni ofensa, es un camino, como cualquier otro. Claro que eso tiene su costo. La educación formal, mediante su procesamiento, produjo formas perfeccionadas de adquisición del conocimiento, herramientas didácticas e instituciones educativas muy eficientes, en términos de racionalidad del trabajo. Eso no quiere decir nada, ya que sabemos que incluso en Auschwitz, algunos de los verdugos eran personas altamente educadas y capacitadas. ¿Y entonces? Lo más sencillo que hay en el mundo también es lo inverso, la víctima transformada en victimario, ya que ambos cohabitan en él, lo cual no significa que el mal siempre sea algo banal. ¿Existe un relativismo? En efecto; pero, cuando vamos hacia lo absoluto, necesariamente debemos relativizar, lo cual no quiere decir que no debamos proyectar ciertos valores, porque de lo contrario nos hallaríamos flotando en un mar sin tierra a la vista. No veo en el autodidactismo ninguna virtud mayor. En nuestra sociedad eso es más doloroso y, por eso mismo, menos eficaz. Porque el autodidacta está condenado a aprender lecciones y cosas que la metodología, la tecnología y los conocimientos proporcionan de un modo más sistemático, fecundo y, por cierto, más crítico. Por otro lado, la adquisición de conocimientos formales implica, para el receptor, un trabajo autodidacta de asimilación. La transformación de lo que eso es para él en aquello que formará parte del él constituye un proceso individual y personal. Pero no noto en ello ningún valor de carácter romántico. Lo atravesé de un modo más anárquico de lo que yo mismo creía.

¿La cultura judaica fue esencial en su educación?
No diría que salí indemne de su influencia, ya que nací en el seno de una familia de inmigrantes que, en buena medida, se mantenía en ese ámbito. Hábitos, rituales, el idioma ‒el ídish particularmente‒ y algunas maneras de pensar, de actuar y de reaccionar ante los impactos contextuales que me acompañaron, evidentemente, desde la infancia. Eso en cuanto al modelado signado por las raíces y las tradiciones. Pero, en este caso concreto, es necesario resaltar que provengo de un grupo en el que leer forma parte del ser, puesto que desde la Antigüedad el judaísmo generó el recinto cultural de la sinagoga y en él la necesidad de la lectura de textos. Entonces el niño judío está obligado a leer las Escrituras para preparar su mayoridad religiosa y confirmar su pertenencia a la comunidad. Debe ser alfabetizado, necesita conocer los signos. Y los signos, en lugar de ser un monopolio exclusivo del sacerdote, fueron objeto de un proceso de democratización, puesto que todo fiel, para la práctica de su credo judío, independientemente de su clase y su función social, debe ser provisto de un acceso autorizado y reconocido al Libro. Esto constituye, sin lugar a dudas, el puente por el cual los judíos transitaron a lo largo de su historia: los caminos de la exégesis y la reflexión rabínica para hacer sus captaciones sobre la sociedad y el mundo, la filosofía, las ciencias, las letras y el arte. En ese sentido, podría citarse una larga lista en la que figurarían desde el platonismo de Filo, el aristotelismo de Maimónides, el racionalismo de Mendelssohn y Salomon Maimon, hasta, en los años más recientes, Isaac Deutscher. Esa permeabilidad crítico-hermenéutica es, pues, un dato que, dejando de lado las condiciones específicas y propias de cada individuo, invadió por tradición toda la relación del judaísmo moderno en la interacción con sus integrantes, bajo innumerables aspectos, ciertamente, en los ámbitos de su presencia y en el campo de la cultura. Sería pretensioso de mi parte invocar tales características como intervinientes en mi educación, pero no puedo dejar de pensar que el valor que se les atribuye dentro del grupo en el cual me crié tenía algo que ver con mis atracciones intelectuales y mis opciones profesionales. Lo que queda claro en la Judaica, la colección con la cual inauguré las publicaciones de Perspectiva, es que en sus 13 tomos intenté echar luz sobre algunos de los principales aspectos del pensamiento religioso, filosófico y político de la literatura popular y de la creación literaria y poética de la historia cuatrimilenaria del judaísmo. Como contrapartida, sin embargo, también debo decir que mi educación se desenvolvió mediante la convivencia, no menor, con la gente, la lengua, las costumbres y los problemas brasileños de este São Paulo donde estoy radicado desde 1930. Por supuesto que a la edad que tenía cuando llegué a Brasil adquirí un rápido dominio del portugués en los años sucesivos de la escuela y de la calle; y así se convirtió en el único idioma que utilicé y utilizó, y con el cual soy capaz de expresarme con mayor precisión. No haría falta agregar que mis focos de interés convergieron con lo que la vida y la cultura en Brasil me comunicaron en términos de historia, literatura, artes, política y, sobre todo, del modo brasileño de ser ¿Cuál es el producto? Éste que está a la vista.

¿El nombre Perspectiva señala lo que usted piensa que debe ser una editorial?
Por supuesto que nunca le asigné un carácter normativo. Pero la propia denominación ya de por sí conlleva dos ángulos de visión. Uno es aquél que se revela cada fin de mes: muchos libros y poco dinero… El otro, es ése que se proyecta hacia el infinito, signado por cierto apego al proyecto inicial de la editorial, y en pos del cual estamos o nos gustaría estar avanzando. Jamás se me ocurriría crear una editorial pensando preponderantemente en lo que vendería. ¡Eso es un error! Aunque innegablemente nos preocupemos por la circulación de lo que se produce, nuestro criterio de elección, para bien o mal, siempre ha sido y sigue siendo la calificación intelectual, científica o artística del título seleccionado. Queda claro que a veces nos equivocamos. Pero en conjunto, la meta siempre fue ofrecerle al público lo mejor del patrimonio consagrado, así como la discusión y el debate actual sobre temas candentes e incursiones vanguardistas. Por lo tanto, el foco de nuestra perspectiva tiende a lo clásico, en el sentido amplio del término, y hacia una producción actual, en tanto y en cuanto se encuentre a nuestro alcance. Por ende, uno de los dominios en los que hemos cumplido un rol relativamente destacado es el teatro. Nuestra participación nació sin duda debido a mi actividad como docente en la ECA-USP. Las carencias que constataba en el plano bibliográfico eran las que notaba que surgían en el salón de clases. Intenté subsanarlas, en parte, por ser también un editor. Sin ningún proyecto formal previo, enfoqué las publicaciones de Perspectiva en esa dirección. Por eso se incluyeron obras que abarcan desde los griegos y los rituales primitivos hasta el posmodernismo, más allá de la significativa participación de la producción académica de los alumnos en sus trabajos de maestría y doctorado, sin dejar de mencionar la de los profesores, los críticos, los directores y los actores de nuestro teatro. Pero una editorial debe estar abierta hacia todos los costados. Los títulos de autoayuda o de grandes narradores de best seller siempre merecen considerarse, no sólo por lo que promueven en términos de público y éxito comercial, sino por la función que pueden desempeñar en la compleja red de estímulos a la lectura. Esa es la percepción que nos condujo a valorar desde el comienzo los trabajos sobre cómic, comunicación e información, derechos humanos, arte y educación, judaísmo, urbanismo y arquitectura e incluso indagaciones místicas. Ésa fue la perspectiva de nuestra Perspectiva.

La editorial funcionó como fuente bibliográfica para la universidad editando obras tales como Mímesis, de Erich Auerbach, u Obra abierta, de Umberto Eco.
Pretendíamos iniciar el sendero de una nueva bibliografía que no se estaba editando aquí en Brasil en ciertas áreas. Sería injusto decir que esto ocurría en todos los sectores, puesto que tanto Civilização Brasileira como Zahar y Difel eran editoriales que publicaban títulos nacionales y traducían autores extranjeros representativos de las modernas corrientes en el plano de los estudios universitarios y en el campo político. De todos modos, la literatura ensayística y el debate filosófico-estético que se daba en las décadas de 1960 y 1970 eran escasamente vertidos hacia nuestro público lector. Parecía una fuente marginal, destinada a selectos intelectuales. Ése era el caso de Umberto Eco, por ejemplo, a quien tan sólo algunos, como Haroldo de Campos, conocían. Por eso creamos la colección Debates, para promover la difusión del pensamiento de ése y de otros autores, con la denominación y presentación gráfica que la caracterizan como una especie de apertura de Obra abierta. La propuesta, en general, tuvo buena acogida, especialmente en los círculos universitarios, lo cual nos condujo a nuestra segunda colección, en este caso con carácter monográfico, intitulada Estudos, y luego Stylus, una serie que agrupa ensayos convergentes sobre los diferentes movimientos estéticos y estilísticos en los distintos sectores de la creatividad artística de Occidente. En esas tres colecciones y en las demás, como fueron Perspectivas, Paralelos, Khronos, Textos, Elos, Judaica y Big Bang, le hemos ofrecido al público la producción de autores de destacada competencia y participación en debates en vastas áreas del conocimiento y de los saberes. Esa lista abarca nombres que van desde Le Corbusier a Hannah Arendt, desde Foucault a Merleau-Ponty, de Câmara Cascudo a Sábato Magaldi y Roberto Romano, por ejemplo.

¿Y a quiénes estaban dirigidos esos libros?
Al lector, un receptor que es una incógnita, que no sé quién es, pero que tengo la certeza de que existe. Estoy convencido de que Jorge Amado no esperaba que yo lo leyera. Encontré un libro suyo por casualidad, creo que era Sudor, en una librería de viejos de la calle Quintino Bocaiúva; me atrajo y ese interés me condujo, más tarde, a Jubiabá, Capitanes de la arena y sucesivamente, a toda su obra. Algo parecido me pasó, alrededor de la misma época, con las obras de José Lins do Rego, Raquel de Queiroz y sobre todo Graciliano Ramos. No había nada que me condujera a esos libros. Fue un acceso aleatorio a la temática del nordeste. Quizá esa atracción haya surgido remotamente por la lectura en mi etapa escolar de Los sertones, de Euclides da Cunha. Con su dramática descripción de Canudos regresaba, a veces, a mi memoria, no tanto por el mero hecho histórico, social y humano que la desafortunada campaña representaba, sino por la exaltada riqueza de su lenguaje. Ella me introdujo en una región y una problemática que me resultaban completamente extrañas. Repensando esa trayectoria, incluso creo que el ciclo de la novela del nordeste en parte hace pie en el sertón euclidiano. Aludo a ello para rastrear en mi propia vivencia los senderos que pueden recorrer los libros, hasta y con su desconocido destinatario. Ésos son también los lectores que contemplo, y no solamente los que buscan temas definidos y especializados. Ésos escapan a las estadísticas del mercado; pero no cabe duda que están presentes en buen número en la expresión del público lector.

Para usted, ¿en qué forma, la edición de un libro constituye una cuestión política?
Creo que toda elección es un acto político en el sentido amplio del término. Desde esta perspectiva, que también está relacionada con la libertad de pensar y expresarse, no quedan dudas que el espectro de los temas de las publicaciones debe ser tan amplio como sea posible. Pero tampoco podemos soslayar las elecciones personales o las preferencias ideológicas. Por lo tanto, editar también es una cuestión política en la cual la libertad no se reduce a un concepto abstracto. Como gran parte de los editores, creo que no asumo preferencias rígidas, aunque sí elijo… Basta con leer los títulos del catálogo de Perspectiva.

Usted fue muy importante para los concretistas.
Se dijo que Haroldo de Campos estaba ayudando a la sinagoga paulista, porque publicó parte de sus obras conmigo. Descartando el evidente carácter antisemita y un eventual despecho, no me di por aludido. Mi vínculo con ese grupo no se basó en las tesis que sostenían, sino, sobre todo, en la calidad de la propuesta y de la producción. Considero importantísimo al trabajo de Haroldo, y desde el comienzo de nuestra relación me pareció que él, Augusto y Décio constituían una bocanada picante, pero renovadora, en el ámbito literario brasileño. Conocí a Haroldo de Campos en la editorial Difel. Íbamos a editar la obra de Oswald de Andrade, bajo la dirección de Antonio Candido. Él mismo sugirió el nombre de Haroldo para que escriba el estudio introductorio a João Miramar. Como yo era el encargado de la edición, entré en contacto con Haroldo. Como lector del Correio da Manhã y del Jornal do Brasil, en esa época, estaba al tanto del movimiento de las letras y de los debates críticos de la prosa y de la poesía, donde ya se notaba, frecuentemente, la presencia del grupo concretista y el nombre de Haroldo, en particular. Por la misma época, Anatol Rosenfeld me llamó la atención sobre la audacia y la estética de las ideas de aquellos jóvenes. Cuando fundé Perspectiva, no sólo me atrajo el trabajo poético de Haroldo, sino también su pensamiento crítico y filosófico. Él poseía un vastísimo dominio de las fuentes de la literatura clásica y moderna, una extraordinaria versatilidad para la asimilación de idiomas y un aguzado oído musical. Pero eso estaba puesto al servicio de algo completamente nuevo, no sólo en cuanto a su tono sino por su forma. Se trataba de una nueva concepción de la escritura en el juego y en las interfaces de los signos, así como en sus conexiones con las ciencias y los saberes. Haroldo de Campos era un verdadero polígrafo, que con su polémica expresión agitaba a la modorra literaria imperante. ¿Cuál fue la gran zamarreada en nuestras letras luego de la renovación modernista? El concretismo y Haroldo de Campos. Ellos introdujeron la visión que hoy en día prevalece, ligada con la tecnología de la información y de la comunicación, llevando al extremo lo que, en cierto modo, ya se había iniciado con Mário y Oswald de Andrade. Pero su mayor objetivo nunca fue destructivo, sino constructivo. Lo atestiguan las obras de Augusto de Campos, Décio Pignatari, José Lino Grünewald, Affonso Ávila y las del propio Haroldo de Campos, junto con las de otros poetas que integraron el movimiento. Podría aun invocar a favor de estas afirmaciones mías el trabajo realizado por Haroldo en la colección que dirigió para Perspectiva, la colección Signos, la cual, por sí sola, vale el espacio que pasó a ostentar entre nuestros autores.

¿Cómo toma la llegada de los medios electrónicos para los libros?
Lo primero que hay que destacar es la democratización de la comunicación, de la información, de la cultura y del ejercicio de la ciudadanía. Y la extensión a los más vastos sectores de la población del derecho de manifestación de la reivindicación; pero esto trae, por añadidura, la exhibición de las intimidades en una evisceración a veces impúdica de las relaciones de toda índole. Eso sin mencionar las tonterías circulantes y el uso delincuente de esos medios. Pero así es el proceso sociohumano. Tales recursos han llegado para quedarse y poseen un poder multiplicador de acción e inclusión social. Lo cual no impedirá la existencia de elites con competencias específicas, que se constituyen de diversas maneras, en los diversos campos de la actividad humana, de grupos que se estructuran en dominios económicos, técnicos, políticos, científicos, artísticos, beneméritos, etc., con mayor expertise en los medios y que los utilizan. ¿Hacia dónde conduce esa dinámica? Para mí resulta algo imprevisible. Si yo fuera creyente, diría incluso que Dios tal vez quiera introducir el calentamiento global como un futuro correctivo por esta disparada al infinito. Por ahora, lo que podemos afirmar es que constituye uno de los motores de la globalización, en todas las sociedades y naciones, y en todos sus valores específicos. La situación de aislamiento grupal e incluso personal ha desaparecido, porque el contacto virtual se convirtió en una “realidad” y los intercambios se aceleran más que nunca, tanto positiva como negativamente. ¿Llegaremos al libro global, en esperanto electrónico? Sea como sea, el libro perdurará, con o sin papel, como una herramienta eficaz para proveerle al lector, individualmente, los elementos épicos, líricos o dramáticos que agavillan las elaboraciones de su imaginario, sus vivencias y su creatividad, por un lado, y los productos de su búsqueda en la ciencia, la filosofía, la mística y los saberes, por otro. De mi parte, no logro embarcarme en tan altos vuelos futuristas y permanezco en mi tierra a tierra de editor y lector, entregado al hábito, el recorrido y el goce de los caracteres preferentemente impresos.