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El último acto de la favorita del emperador

Imágenes en 3D revelan los secretos de la momia de una sacerdotisa cantora de 2.800 años, la estrella de la colección egipcia del Museo Nacional de Río

Sarcófago de Sha-Amun-em-su, la sacerdotisa cantora del templo de Amón

Eduardo CesarSarcófago de Sha-Amun-em-su, la sacerdotisa cantora del templo de AmónEduardo Cesar

Un libro por una momia. El intercambio fue bueno para el emperador don Pedro II, un estudioso de la cultura del Antiguo Egipto. Durante su segundo viaje a la tierra de los faraones, entre 1876 y 1877, el monarca de Brasil le obsequió al jedive Ismail, por ese entonces soberano local, una obra sobre el país, y recibió de él, como regalo, un sarcófago cerrado. Dentro del ataúd de madera estucada y pintada se encontraba la momia de una sacerdotisa cantora, que entonaba cánticos sagrados en el templo dedicado al dios Amón, en Karnak, en las cercanías de Tebas (la actual Luxor). La mujer falleció cuando contaba con unos 50 años, durante la Dinastía XXII, alrededor del año 750 a. C. El féretro de Sha-Amun-em-su, tal el nombre de la cantora, que significa “los lozanos campos de Amón”, permaneció en el estudio de Pedro II, dentro del palacio imperial de la Quinta da Boa Vista, en Río de Janeiro, hasta 1889. Era una de las pasiones del emperador, quien, según cuenta la leyenda, incluso llegaba a intercambiar algunas palabras con el sarcófago. Al proclamarse la República, la momia fue incorporada a la colección egipcia del Museo Nacional, que desde 1892 ocupa la antigua residencia de la familia real brasileña, actualmente perteneciente a la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ).

Aunque nunca fue abierto desde que se convirtió en la postrera morada de Sha-Amun-em-su, el ataúd se convirtió en los últimos años en una preciosa fuente de información al respecto de los hábitos funerarios que adoptaban los egipcios para garantizar una buena existencia después de la muerte a sus sacerdotisas cantoras.

Con la ayuda de exámenes de tomografía computada por rayos X, que permiten visualizar en tres dimensiones las estructuras internas preservadas durante 2.800 años en el interior del féretro, el equipo del arqueólogo Antonio Brancaglion Junior, curador de la colección egipcia del Museo Nacional, descubrió recientemente que la garganta de la cantora parece hallarse revestida por un vendaje con resina. Aparentemente, los encargados del proceso de momificación de Sha-Amun-em-su, se preocuparon por proteger una zona vital para alguien que usaba la voz en rituales sagrados, una habilidad que, de acuerdo con la religión de los antiguos egipcios, también le sería útil en el más allá. “Existen escasas momias de cantoras en el mundo, y aún menos dentro de un sarcófago sellado”, dice Brancaglion. “Hay otra en Chicago, en Estados Unidos, que también parece ostentar una protección en su garganta”.

Tomografía por rayos X de su momia: puede verse una protección en la garganta destinada a preservar la voz

IUGIRO KUROKITomografía por rayos X de su momia: puede verse una protección en la garganta destinada a preservar la vozIUGIRO KUROKI

El arqueólogo se refiere a Meresamun, otra sacerdotisa cantora del templo de Amón, la principal divinidad egipcia en aquel período, quien vivió alrededor del año 800 a. C., también durante la Dinastía XXII. Meresamun, que significa “la amada de Amón”, fue casi contemporánea de Sha-Amun-em-su. Con un estilo de elaboración similar al del ataúd de su compañera de oficio que fue a parar a Río de Janeiro, el sarcófago que actualmente forma parte del patrimonio del Instituto de Estudios Orientales de la Universidad de Chicago, tampoco fue nunca violado. En su interior se encuentra el cuerpo de una joven que murió aproximadamente a los 30 años. Una tomografía realizada a finales de 2008 reveló que la boca y el cuello de la cantora se encuentran revestidos con protectores acolchados que parecen hechos de tierra prensada con algún tipo de atadura. Cualquier semejanza con la protección que se observa en el cuello de Sha-Amun-em-su no sería una mera coincidencia. Brancaglion sospecha que el vendaje presente en la zona de las cuerdas vocales de ambas cantoras podría denotar una norma específica de momificación para las mujeres encargadas de la música en el templo de Amón.

Aunque no pertenecían a familias nobles, las sacerdotisas cantoras de ese lugar sagrado eran provenientes de una elite local, una especie de clase media alta. Por lo general, aprendían su arte con sus madres y no era raro que una familia aportase sucesivas generaciones de cantoras. Incluso sin ser necesariamente vírgenes, se las consideraba extremadamente puras, a punto tal de poder ejercer su don en el interior de una edificación tan importante y simbólica como aquélla que estaba dedicada al culto de Amón.

En las tomografías realizadas en Sha-Amun-em-su, a cargo del radiólogo Iugiro Kuroki, bajo la supervisión de la paleopatóloga Sheila Mendonça, de la Fiocruz, en una clínica privada de Río de Janeiro, también aparecen amuletos guardados dentro del cajón, incluso el escarabeo o escarabajo del corazón, un símbolo relacionado con la resurrección de los muertos. Estaba compuesto por una piedra ovalada verde, engarzada en una placa de oro que, como un colgante, estaba prendida a un cordón igualmente dorado y llevaba el nombre de la momia escrito con jeroglíficos. Se colocaba sobre el corazón de la momia o en su mismo sitio en caso de que el órgano hubiera sido extraído durante el proceso de embalsamamiento. “Los antiguos egipcios consideraban al corazón como el sitio donde residían la inteligencia y las emociones”, dice Brancaglion, también profesor de letras orientales en el posgrado de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la Universidad de São Paulo (FFLCH-USP). Entre las revelaciones anatómicas obtenidas mediante las imágenes de rayos X, llama la atención una curiosidad odontológica: la cantora conservaba casi todos sus dientes, faltándole sólo uno.

Desvendar virtualmente
La tomografía computada, ampliamente utilizada en medicina para visualizar huesos y tejidos blandos sin necesidad de practicar una incisión en el paciente, permite igualmente que los arqueólogos y los antropólogos físicos oteen el interior de un objeto en forma no destructiva ni invasiva. Según las calibraciones realizadas en el dispositivo, cada secuencia de la tomografía puede resaltar un contenido interno constituido por un material diferente: huesos, piedras, metales y, en el caso de las momias, incluso las vendas de lino utilizadas para proteger un cuerpo embalsamado. “Podemos desvendar virtualmente una momia sin producirle ningún daño al material analizado”, afirma Jorge Lopes, coordinador del Núcleo de Experimentación Tridimensional (Next) de la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro (PUC-Río) e investigador del Instituto Nacional de Tecnología (INT). “O también revelar el tamaño del cuerpo embalsamado en relación con las dimensiones del sarcófago”.

Montaje con imágenes del sarcófago, de la momia y del esqueleto de la cantora

Simone Belmonte Montaje con imágenes del sarcófago, de la momia y del esqueleto de la cantoraSimone Belmonte

Colaborador frecuente en los trabajos realizados por el equipo de Brancaglion, Lopes coordinó la producción de las tomografías y la realización de escaneados tridimensionales del ataúd de Sha-Amun-em-su y de otras piezas de la colección egipcia, e hizo lo propio en objetos pertenecientes a otros sectores del Museo Nacional, tales como dinosaurios y aves prehistóricas conservadas en la sección de paleontología. Si la tomografía por rayos X es capaz de revelar las entrañas de seres u objetos, el escaneado 3D, que emite haces de luz láser o de luz blanca, logra reproducir con lujo de detalles los contornos de una superficie.

Ambas técnicas generan archivos con datos tridimensionales, las denominadas coordenadas ortogonales, que pueden utilizarse como parámetros en las impresoras 3D. Así resulta posible confeccionar una réplica en menor escala del esqueleto de Sha-Amun-em-su, y de los rasgos externos del colorido sarcófago que lo protege de la curiosidad humana desde hace 2.800 años. “La impresión 3D se vale del mismo concepto empleado en la construcción de las pirámides o de una casa”, afirma Lopes. “Un objeto se construye mediante la adición de nuevas capas sobre las anteriores, bloque por bloque. Es un principio antiguo. Lo que es moderno y más preciso es tan sólo la tecnología”. Junto con Brancaglion, el paleontólogo Sergio Alex Azevedo, también del Museo Nacional, y el médico Heron Werner Jr., Lopes es uno de los editores del libro Tecnologias 3D: desvendando o passado, modelando o futuro, de reciente publicación.

La preservación digital
La producción de imágenes tridimensionales de las piezas que componen una colección de biología o de historia natural se convirtió en un procedimiento casi obligatorio en los grandes museos del mundo. Para los investigadores de las más diversas áreas, la existencia de archivos digitales con las formas internas y externas de un sarcófago del Antiguo Egipto, de una osamenta humana de la Edad de Piedra, del esqueleto de un dinosaurio del Jurásico o incluso de una nueva especie de coleóptero recientemente descubierta representa un nuevo modo de estudio y análisis. Las imágenes y modelos en 3D también constituyen una herramienta para la enseñanza, la difusión pública y la preservación, si bien que digital, de las características de un objeto o un monumento. “Ha habido un boom del empleo de esta tecnología en los últimos años”, dice Lopes.

En noviembre del año pasado, el Instituto Smithsonian, con sede en Washington, presentó una iniciativa denominada Smithsonian X 3D. En su página de internet, la institución estadounidense ‒que congrega a 19 museos, 9 centros de investigación y el Zoológico Nacional‒ provee herramientas para visualizar y explorar imágenes tridimensionales de piezas escaneadas de sus colecciones, un enorme repositorio con 137 millones de objetos, obras de arte y ejemplares de distintas especies. También se pueden bajar archivos con modelos e imprimir una pieza con una impresora 3D. Una organización sin fines de lucro radicada en California, CyArk, es titular de un gran proyecto global de escaneado de monumentos del planeta que corren riesgo de ser destruidos o que están considerados patrimonio cultural de la humanidad. Sitios tales como la antigua ciudad maya de Chichén Itzá, en México, o el teatro Ópera House, en Sídney, Australia, forman parte de su lista de edificaciones que se están escaneando para la posteridad.

Momias de gatos al lado de sus respectivas osamentas reproducidas por una impresora 3D: el tomógrafo y el escáner al servicio de la egiptología

Jorge LopesMomias de gatos al lado de sus respectivas osamentas reproducidas por una impresora 3D: el tomógrafo y el escáner al servicio de la egiptologíaJorge Lopes

El ataúd de la cantora constituye la pieza más llamativa de la colección del Museo Nacional, pero no es la única que ha sido analizada mediante estas nuevas tecnologías. El Museo Nacional posee momias de gatos, una pasión egipcia. A algunas de éstas también se las ha escaneado y se les han realizado tomografías. Ocultos por los vendajes, los esqueletos de algunos de dichos felinos incluso se reprodujeron con impresoras 3D. Las nuevas tecnologías colaboraron incluso para dilucidar por completo una duda acerca de una pieza misteriosa de la colección. Una momia que estaba registrada como perteneciente a un humano recién nacido, en realidad, era un gato. “Escrutando atentamente la momia, incluso se podía desconfiar de que no fuera de un bebé. Pero sólo tuvimos la certeza luego de la tomografía”, dice Brancaglion. La duda podría haber sido resuelta antes si se desvendase a la momia, pero, obviamente, esa estrategia de trabajo no estaba contemplada.

Sin exagerar, los analistas estiman que en el Antiguo Egipto se embalsamaron millones de felinos, envolviéndolos en tiras de paño y sepultándolos en forma similar a la de los humanos. El gato, un animal sagrado para los antiguos egipcios, representaba a Bastet, la diosa de la fertilidad. También existían razones prácticas para que a los hombres dedicados a la agricultura les agradara ese ágil compañero cuadrúpedo. Un felino podía espantar o incluso matar serpientes y, sobre todo, ratones, que amenazaban con devorar las cosechas. “A los gatos se los consideraba miembros de la familia”, comenta Brancaglion. “Aquél que los mataba podía ser condenado a muerte”. La preservación de los felinos para una vida en el más allá era una práctica tan difundida entre los antiguos egipcios que, hacia finales del siglo XIX, una expedición halló unas 300 mil momias de gatos en tan sólo un enclave funerario, en Beni-Hassan, en la costa oriental del río Nilo, en el centro del país. Sin revestir importancia para sus descubridores modernos, los miles de cuerpos de felinos embalsamados fueron vendidos a una empresa inglesa que los habría utilizado como fertilizante.

Adquisición en subasta
Pese a su pequeñez, comparada con el patrimonio de las instituciones de Europa, de Estados Unidos y del propio Museo de El Cairo, que posee 120 mil piezas en sus dependencias, la colección egipcia del Museo Nacional, con aproximadamente 700 objetos funerarios, es la más antigua e importante de Sudamérica. “En general, todo el mundo piensa que se inició con Pedro II, pero no fue así: empezó con Pedro I”, relata Brancaglion. La colección comenzó a erigirse en 1826, cuando Pedro I le adquirió un gran lote de objetos al comerciante italiano Nicolau Fiengo. Esos objetos constituían el botín de pillajes realizados por occidentales en los monumentos del Antiguo Egipto. Oriundas básicamente de tumbas de funcionarios del imperio, que integraban una especie de clase media en el Antiguo Egipto, las piezas que hoy se conservan en el palacio de la Quinta da Boa Vista tenían originalmente como destino final la ciudad de Buenos Aires, donde deberían haber sido vendidas. Pero el primer monarca del imperio brasileño consiguió adquirirlas en una subasta en Río de Janeiro, durante una escala en territorio fluminense del mercader europeo.

La mayoría de las piezas probablemente proviene de la necrópolis de Tebas. Aparte de Sha-Amun-em-su, hay otras tres momias completas de adultos, dos de niños y partes embalsamadas de cuerpos humanos. La momia de Kherima, una joven que vivió durante el período de la dominación romana en Egipto, entre los siglos I y II d.C., es considerada una rareza. Cada brazo y cada pierna fueron envueltos en forma aislada, separados del resto del cuerpo. “Se conocen tan sólo nueve momias en el mundo que recibieron este tratamiento externo”, dice Brancaglion.

Detalle de un sarcófago de aproximadamente 1.000 años a. C. del patrimonio del Museo Nacional

Eduardo Cesar Detalle de un sarcófago de aproximadamente 1.000 años a. C. del patrimonio del Museo NacionalEduardo Cesar

La colección también cuenta con tapas de sarcófagos, máscaras, amuletos, vasijas y estatuas. Sólo de un tipo de estatuillas funerarias, los shabtis, hay más de 200 ejemplares, que incitaron a una ex alumna de maestría de Brancaglion al estudio de esos objetos en museos del exterior (lea el texto en la parte inferior). Otra pieza singular es la figura que aparece en una estatuilla de bronce de 18,5 centímetros de altura, que se encuentra parcialmente destruida. En su falda hay un jeroglífico que contiene la única mención conocida al hecho de que el sacerdote Menjeperra, que vivió entre los siglos XI y X a. C., ejerció el poder como faraón. “Por eso, la imagen mezcla atributos reales y sacerdotales”, afirma Cintia Facuri, quien cursa su maestría en arqueología egipcia en el Museo Nacional.

El patrimonio de la institución fluminense también posee estelas funerarias, un tipo de monolito que contiene dibujos e inscripciones. En uno de esos bloques líticos, conocido con el nombre de estela de Haunefer, esculpido en roca calcárea entre los años 1300 y 1200 a. C. en la antigua ciudad de Abidos (Egipto central), hay una inscripción que constituye la primera alusión conocida a un oficio muy específico del Antiguo Egipto: el de “fabricante de mantas rayadas” del faraón. En la estela Senusret-Iunefer, también proveniente de Abidos, pero del final del siglo XIX a. C., aparece el registro más antiguo del término asiático en una fuente egipcia.

Además de empeñarse en trabajos que emplean tecnologías modernas para estudiar el mundo de los antiguos egipcios, Brancaglion se dedica a supervisar maestrandos y doctorandos en egiptología, un área de investigación en la que el país no posee un historial. En ese sentido, son útiles las colaboraciones e iniciativas internacionales que está concertando el equipo del Museo Nacional. Junto con la historiadora Violeta Pereyra, docente de la Universidad de Buenos Aires y directora de la misión arqueológica argentina en Luxor, Brancaglion visitará este año la tumba de Neferhotep, un alto funcionario del antiguo imperio egipcio que fue contemporáneo del faraón Tutankamón y murió alrededor del año 1350 a. C. El sepulcro, ubicado cerca del Valle de los Reyes, en un área que forma parte de la gran necrópolis de Tebas, es uno de los mayores construidos por un individuo que no poseía sangre real ni pertenecía a la nobleza. Luego del óbito de su constructor fue utilizado como tumba por otros individuos. En los últimos dos siglos fue explorado por equipos de arqueólogos de Francia, Inglaterra y Estados Unidos, y también sufrió incendios.

El viaje de Pedro II a Egipto

Biblioteca Nacional El viaje de Pedro II a EgiptoBiblioteca Nacional

Desde 1999, Pereyra posee la “llave” de la tumba y controla el acceso al sitio. “Para ser sincera, conseguí la tumba porque nadie la quería. Se encontraba toda revuelta y con sus pinturas oscurecidas”, afirma la estudiosa, quien, junto con colegas alemanes, lleva adelante un trabajo pionero de restauración en el interior del monumento. El hollín que cubría en parte los jeroglíficos y las pinturas de las paredes, especialmente un mural con la representación del templo de Amón en Karnak, ha venido siendo removido poco a poco durante los últimos años, con la ayuda de un dispositivo láser. Es la primera vez que las autoridades egipcias autorizan el uso de esta tecnología para un proceso de restauración de monumentos antiguos. “Necesitábamos un arqueólogo en nuestro grupo y lo invitamos a Brancaglion”, dice Pereyra.

Estudiosa de las poblaciones prehistóricas brasileñas, la arqueóloga y bioantropóloga Claudia Rodrigues-Carvalho, directora del Museo Nacional, dio inicio en 2009 a un proyecto de investigación interesante con la misión arqueológica italiana en Luxor: comprender por qué los ladrones saquearon la extraordinaria tumba de Harwa, ubicada en la necrópolis de El-Assasif, cerca de Tebas. Ese personaje enigmático fue un alto funcionario imperial que, según nuevas interpretaciones, podría haber sido efectivamente el gobernador de todo el sur de Egipto a comienzos del siglo VII a. C. Durante la Dinastía XXV, la región fue conquistada por los nubios y ascendieron al poder los denominados faraones negros. Con posterioridad, la tumba fue muy utilizada, a lo largo de la historia, para albergar nuevas sepulturas. “Eso ocurrió durante mucho tiempo”, informa Rodrigues-Carvalho, quien intentará establecer una cronología de la ocupación y del saqueo del sepulcro.

El pillaje de piezas de la antigua tierra de los faraones fue una actividad impulsada por el colonialismo de las grandes potencias, como así también la viveza y la codicia de algunos individuos durante cierto tiempo. Nada más natural que la actividad de los usurpadores de reliquias, hoy en día se haya convertido en objeto de estudios.

 

Shabtis del faraón Tutankamón

Shabtis del faraón Tutankamón

Al servicio de la momia en el más allá
La creencia en la vida eterna después de la muerte es uno de los rasgos distintivos de la religión del Antiguo Egipto, que estimuló el ejercicio de diversas prácticas y el de distintos amuletos funerarios, que tenían como objetivo final permitir la resurrección y tornar más placentera una segunda existencia. Los shabtis, unas estatuillas con tamaños variables entre 10 y 60 centímetros que separaban a las sepulturas donde se encontraban las momias, son uno de los objetos más representativos de dichas creencias, aunque se hallan envueltos en el misterio. Su función era muy conocida: trabajar para el muerto en el más allá, específicamente, debían arar los campos de Osiris, el dios de la vida después de la muerte y del mundo subterráneo.

A diferencia de buena parte de los hábitos religiosos del Antiguo Egipto, que generalmente surgieron primero entre los faraones y luego se difundieron entre el pueblo, la confección de los shabtis recorrió un camino inverso. Alrededor del año 2000 a. C., la nobleza empezó a encomendar a los artesanos la confección de esas pequeñas figuras, construidas con barro, madera o piedra, habitualmente con un aspecto similar al de minimomias. “Pasaron unos 500 años hasta que los faraones comenzaron a construir sus estatuillas funerarias”, dice la arqueóloga paulista Cintia Alfieri Gama Rolland, quien realiza un doctorado sobre los shabtis de los faraones en la Escuela Práctica de Altos Estudios de la Sorbona, en París.

¿Por qué los hombres más poderosos del Antiguo Egipto, que no precisaban trabajar en vida, comenzaron a preocuparse por ser sepultados junto a un séquito de estatuillas sirvientes destinadas a trabajar por ellos en el más allá? Ésa es la cuestión central que Rolland intentará dilucidar en su tesis doctoral, luego de haber estudiado en su magíster la colección con 244 shabtis (provenientes de tumbas de gente común y del faraón Seti I) del Museo Nacional. Durante el Nuevo Imperio, entre los siglos XVI a. C. y XI a. C., el período de esplendor del poder de los grandes faraones, la cantidad de shabtis sepultados junto a las momias de los ricos y poderosos aumentó ostensiblemente. “Originalmente, una persona construía un sólo shabti para ser sepultado junto a ella. La estatuilla era una suerte de copia del individuo y trabajaría en su lugar después de la muerte”, explica Rolland.

Cuando los faraones comenzaron a adoptar esta práctica funeraria, el número de shabtis en sus tumbas se multiplicó y las estatuillas asumieron el carácter de sirvientes del fallecido, en lugar de ser una réplica del muerto. Algunos faraones poseían un shabti por cada día del año ‒cada jornada en el más allá, un sirviente diferente asumiría el trabajo que originalmente debería realizar su amo‒ e incluso estatuillas capataces, encargadas de velar por el cumplimiento de ese esquema de trabajo. En la tumba de Tutankamón, el famoso faraón niño, se hallaron 417 shabtis de madera (con oro), fayenza, alabastro, granito y cuarcita. Hasta ahora, Rolland ha analizado 1.507 de esas estatuillas en tumbas de faraones, que se encuentran en museos de Europa, Estados Unidos y Egipto.