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Boris Schnaiderman

Boris Schnaiderman: Memorias de un excombatiente

El profesor de literatura, pionero de la traducción de libros rusos y exsoldado durante la Segunda Guerra Mundial, presenta un libro sobre su participación en ese conflicto bélico

Entrevista Boris_01LÉO RAMOSAl profesor y traductor Boris Schnaiderman, de 98 años, puede encontrárselo en su apartamento de la capital paulista, y no rara vez mecanografiando; sí, en una máquina de escribir Olivetti. No, él ya no traduce a los grandes autores rusos, ni tampoco prepara clases de lengua y literatura rusa. En los últimos tiempos, Schnaiderman se ha venido dedicando con mayor énfasis a dos temas que lo acompañan desde hace 70 años. El primero es casi una obsesión: la revisión constante de libros que tradujo en busca de mejores soluciones semánticas y literarias. El segundo tiene un carácter más íntimo, debido a la experiencia visceral que implica: se trata de su participación como soldado de la Fuerza Expedicionaria Brasileña (FEB) durante la Segunda Guerra Mundial. Las remembranzas del conflicto lo llevaron a publicar Caderno italiano [Cuaderno italiano] (Perspectiva), un libro con sus memorias de ese tiempo, que aún le provocan repulsa, indignación y frustración.

Schnaiderman es conocido como uno de los primeros traductores de cuentos, novelas y poemas directamente del ruso en portugués, a partir de la década de 1940. Judío ucraniano con formación rusa, nació en el año de la revolución comunista de 1917, que dio origen a la Unión Soviética. Su familia inmigró a Brasil en 1924, insatisfecha con las condiciones y perspectivas de vida en el Este Europeo, y se afincó en Río de Janeiro. El joven Boris tenía verdadero interés en la literatura, pero tardó hasta lograr dedicarse únicamente a las traducciones y ensayos y a la docencia. Antes se graduó en agronomía y trabajo en ese campo. Solamente en las horas libres hacía traducciones, que raramente le agradaban. “Mis primeros textos tienen muchos defectos y actualmente no acepto más aquellas versiones”, dice el profesor, famoso por el rigor con que aborda su propio trabajo y por transponer en portugués textos de Tolstói, Dostoyevski, Pushkin, Chékov, Gorky y Mayakovski, entre otros.

Su producción se tornó más constante después de ingresar en 1960 como docente a la Universidad de São Paulo (USP), donde fue uno de los creadores del primer curso libre de ruso. En 1964, Schnaiderman lanzó su primer libro como autor, Guerra em surdina (actualmente publicado por editorial Cosac Naify), una memoria mixturada con ficción, y un buceo reflexivo del período que pasó en Italia, donde estaba a cargo de los cálculos del lugar donde deberían caer los proyectiles para dar en el blanco. Pasados 70 años del final del conflicto bélico mundial, Schnaiderman vuelve al tema para reafirmar su punto de vista como partícipe de aquel tiempo.

Schnaiderman está casado desde 1986 con la profesora e investigadora en Comunicación y Semiótica de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo (PUC-SP) Jerusa Pires Ferreira. Tiene dos hijos de su primer casamiento: la psicoanalista y cineasta Mirian, y Carlos, actual secretario de Salud de la ciudad de Guarulhos, situada en la Zona Metropolitana de São Paulo. En la siguiente entrevista, se refirió a las memorias de la Segunda Guerra, a su trayectoria profesional y a los desafíos de la traducción.

Edad
98 años
Especialidad
Lengua y literatura rusa
Estudios
Licenciado en Agronomía (Escuela Nacional de Agronomía), doctor en Literatura (FFLCH-USP)
Institución
FFLCH-USP
Producción científica
Ocho libros como autor (ensayos, ficción y autobiografía) y decenas de otros como traductor

En Caderno italiano, usted escribió que se siente frustrado con la imagen que quedó de la campaña brasileña durante la Segunda Guerra, considerada ora excesivamente edificante, ora desprovista de cualquier importancia. ¿Por qué tiene esa impresión?
En el libro comento que me deparé en Brasil con una ignorancia completa con relación a lo que fuimos a hacer en Italia. Nuestra participación en la guerra era algo extraño. Llegamos allá provenientes de Brasil, donde había una dictadura de tendencia fascista, para luchar en Europa y defender la democracia ajena. La mayoría de los soldados no tenían ningunas ganas de luchar y no entendían por qué estaban allí. No obstante, lucharon y salieron relativamente airosos. Para mí fue una situación muy extraña, una paradoja de la historia. En un momento escuchábamos las arengas pro Eje del gobierno de Vargas, y al momento siguiente debíamos aceptar tranquilamente ir a luchar a favor de los Aliados. Yo era antimilitarista, pero seguía las noticias y estaba trastornado con lo que estaba sucediendo en Europa, si bien que aún no se tenía una dimensión exacta de lo que era el Holocausto. Por eso me pareció que debía ir a la guerra.

En el libro también hay una demostración de una cierta tristeza por el no reconocimiento de la actuación de los soldados brasileños, como si ustedes hubiesen viajado a pasear.
Aun mal preparados, los brasileños cumplieron su rol de la mejor manera posible. Lucharon de verdad, con ímpetu y muchas veces con capacidad real, adquirida en el propio campo de batalla. Yo estaba allá y lo vi. Ésa es una de las perplejidades que me acompañan hasta los días actuales: esos luchadores eficientes no percibían que tenían un ideal por el cual luchar.

¿Por qué volvió al tema 70 años después de la guerra y cuál es la razón de sentirse impotente ante las historias al respecto?
Aún siento esa necesidad de mostrar qué ocurrió realmente, de acuerdo con lo que vi. Quiero recordar que los brasileños fueron a la guerra y lucharon, aun cuando la mayoría de ellos no estaban motivados. También quedo disconforme al ver que prevalece una versión menos deprimente que la mía sobre los sucesos que pasan durante las guerras, cuando todos los conceptos de civilización y de progreso desaparecen. Esto está bien discutido en Guerra y paz, cuando Tolstói llega a la conclusión de que el hombre crea sus mitos bélicos y, después de cada guerra, acomoda los hechos de acuerdo con ellos.

Usted también se queja un poco de los periodistas brasileños que escribieron sobre el tema.
No todos. Ruben Braga y Joel Silveira hicieron aportes sumamente importantes sobre el período. Sucede que ellos no apuntaron la contradicción básica: el hecho de que los brasileños estuvieran luchando por la democracia como enviados de un gobierno de cuño fascista. Y luchando sin ninguna convicción. Ninguno de ellos habla de eso. Ruben Braga a lo sumo llega cerca. Hay otros autores, completamente desconocidos, que lucharon en la guerra y escribieron testimonios personales más fuertes, más viscerales. Pero hoy en día quedamos pocos vivos como para hablar de eso.

En 1964 salió Guerra em surdina sobre el mismo tema, en medio del comienzo de la dictadura militar. ¿Usted sufrió algún tipo de intimidación?
Ese libro se ubicaba entre las consideraciones personales y la ficción. Es un relato de la guerra escrito en el plano interior y expresaba aquello que va por dentro de un individuo en tales momentos. Por eso su nombre, Guerra em surdina. En tanto, Caderno italiano aborda mis memorias de aquel período y es una narración autobiográfica. En 1964 no se produjo ninguna reacción extremada, aunque el libro escapase de los relatos oficiales de la FEB. Sufrí después, a causa de algunas actitudes de protesta durante la dictadura militar.

¿Llegó a ir preso?
Me detuvieron cuatro veces. Como otros, yo protestaba a causa de la situación política y participaba en manifestaciones fuera y dentro de la universidad. Aunque fuese naturalizado, me sentía totalmente brasileño, me olvidaba de que no había nacido acá. Una de esas veces fui detenido dentro de un aula. Pero nunca quedé realmente preso ni sufrí la violencia que otros docentes sufrieron. Era “convocado” a dar explicaciones durante algunas horas y después me soltaban. Tampoco llegué a ser cesanteado por los actos institucionales que promulgó el régimen militar.

Brasileños en Camaiore, comuna italiana ocupada por la FEB

Archivo personal/Caderno Italiano Brasileños en Camaiore, comuna italiana ocupada por la FEBArchivo personal/Caderno Italiano

Hablemos un poco más sobre el comienzo de su trayectoria. Su familia salió de Odesa cuando usted tenía ocho años. ¿Por qué sus padres eligieron Brasil?
No soy de Odessa, fui allá con un año de edad. Nací en Uman, una ciudad mediana de Ucrania. Tuvimos que salir porque enseguida después de la revolución rusa ocurrieron los pogromos, masacres de judíos en algunas ciudades del este de Europa. Mi primera infancia fue en Odesa y tuve una educación totalmente rusa. Cuando quisimos emigrar no había muchas posibilidades de elección. Se iba adonde se obtenía la visa. Un primo mío había salido unos meses antes furioso, al ser excluido de la universidad por no provenir de una familia proletaria. Salió clandestinamente por Viena, anduvo por varias embajadas consultando dónde podría radicarse y lo aceptaron en la de Brasil. Vino a São Paulo y empezó trabajando como albañil en la construcción civil. Después se graduó en ingeniería y tuvo algunos cargos importantes. Se llamaba Pedro Pasternak. Él nos escribía contándonos maravillas de Brasil. Terminamos viniéndonos acá y nos quedamos a vivir en Río de Janeiro. Como mi padre era comerciante, durante algún tiempo vivió también en Porto Alegre.

¿Por qué decidió seguir agronomía?
Cuando tenía unos trece años, por alguna razón dije que quería ser agrónomo. Un poco después, entre los catorce y quince años, atravesé una gran crisis de identidad y me sentí más brasileño que antes. Al mismo tiempo, empecé a ocuparme de la literatura, que era lo que más me agradaba. No obstante, y a todo efecto, la familia me había destinado a la agronomía y cursé la carrera.

¿Trabajó en el área?
Sí, durante varios años trabajé como ingeniero agrónomo. Cursé en la Escuela Nacional de Agronomía de Río y me recibí en 1940, a los 23 años. Luego me naturalicé, hice el servicio militar y fui a la guerra. A mi regreso, viví algunos años en São Paulo y trabajé en Barbacena, una ciudad de Minas Gerais.

¿Y qué lo llevó a abandonar definitivamente la profesión?
La agronomía me mantenía, aunque yo nutría un cierto gusto por ese trabajo. Antes de la guerra, yo había conseguido un empleo en la zona de Baixada Fluminense, en el Instituto de Ecología Agrícola, que después pasó a llamarse Instituto de Ecología y Experimentación Agrícola. Cuando terminó la guerra, seguí allí, pero por poco tiempo. Quería ocuparme de algo más literario, que tuviera que ver con textos, y terminé trabajando en la agencia Tass, la Agencia Telegráfica de la Unión Soviética. Fui secretario del corresponsal de Tass, Yuri Kaluguin, durante poco más de un año, enseguida después de 1945.

Entonces, de algún modo, usted trabajó haciendo periodismo. ¿Le gustaba trabajar en el área?
Trabajé con gusto, aunque no fuese lo ideal. Hacía resúmenes y traducciones de noticias que salían en periódicos brasileños. Lo ayudaba al periodista ruso que escribía. Poco a poco, las cosas fueron poniéndose difíciles para alguien proveniente de la Unión Soviética y que trabajaba en instituciones soviéticas. Mi padre, que era un comerciante y en aquel tiempo hacia la distribución de películas rusas en Brasil, me dijo que necesitaba que lo ayudara. Y entonces salí de Tass.

Schnaiderman dos días después del fin de la guerra

Archivo personal/Caderno Italiano Schnaiderman dos días después del fin de la guerraArchivo personal/Caderno Italiano

Después de eso usted fue a Barbacena, y en la década de 1950 se radicó en São Paulo. ¿Qué lo trajo acá?
Permanecí en Minas Gerais dese 1948 hasta 1953 dirigiendo el Núcleo de Agricultura de la Escuela Agrotécnica de Barbacena. Mi primera mujer, Regina, era química y después se convirtió en psicoanalista. Su madre vivía en São Paulo y tuvo cáncer. Nos vinimos acá a ayudarla y me vi sin trabajo. Un cierto día, leí un anuncio en el diario en donde pedían gente que supiera idiomas. Me arriesgué y me presenté. Me contrataron para trabajar en la redacción de la enciclopedia Mérito, de la editorial estadounidense Jackson. Fui uno de los redactores y debo haber escrito algunos miles de entradas. Ellos tenían oficinas instaladas acá en São Paulo en una situación muy extraña.

¿Extraña por qué?
Durante mucho tiempo, la enciclopedia no salía del comienzo de la letra A; parecía que nada funcionaba. Era evidente que la casa matriz estadounidense no iba a permitir eso durante mucho más tiempo. Había un supervisor para América Latina que era colombiano y aparecía sólo de vez en cuando. Hasta que un día hicieron una limpieza general, despidieron a casi todos y fui uno de los que quedaron, junto con otros dos o tres redactores. Trabajé allí durante siete años. No me quedé hasta el final porque me eligieron para empezar con las clases de ruso en la USP, en 1960. Y posteriormente me convertí en responsable de la carrera de lengua y literatura rusa de la USP.

Usted era agrónomo, no estaba graduado en letras. ¿Cómo lo contrataron?
Mis traducciones directamente del ruso al portugués eran ya muy conocidas, y eso  bastó, hizo las veces de certificado de aptitud. Pero tuve que convertirme en autodidacta en letras.

Su editor en editorial Perspectiva, Jacó Guinsburg, otro autodidacta, ya dijo que el autodidactismo puede tener un alto precio. ¿Usted coincide con eso?
Plenamente. El autodidacta tiene la ventaja de aprender libremente, pero sufre mucho más para encontrar los mejores caminos por sí solo, lo que termina demandando mucho más tiempo que la educación formal. En la USP yo terminé por encontrar esos caminos. Yo ya había tenido una experiencia anterior como profesor en la Escuela Agrotécnica de Barbacena, aunque en la USP era completamente distinto. Pero me las arreglé bien en el ambiente universitario paulistano. Al cabo de algunos años, hice un doctorado.

¿Quién fue su director de tesis?
Fue Antonio Candido. Él me aceptó pero me dijo que, en la práctica, no iba a dirigirme. A esa altura, él decía que yo iba a lograr defenderme solo y que solamente firmaría la tesis. Me concedió toda la libertad y toda su confianza. Cuando terminé, se la llevé, la leyó y la aceptó de muy buen grado. Defendí la tesis en 1971. Su título era La poética de Mayakovski a través de su prosa, que redundó en un libro de editorial Perspectiva.

¿Entonces fue antes, a comienzos de la década de 1960, que usted conoció a los poetas concretos Haroldo y Augusto de Campos y dio inicio a su colaboración con ellos, incluso traduciendo a Mayakovski?
Exactamente. Fue muy bueno el contacto, el intercambio y trabajar con ellos. Con Augusto sigo teniendo un buen trato hasta ahora [Haroldo de Campos falleció en 2003]. En esa época a mí no me gustaba la poesía concreta; pero, como traductores, ellos eran magistrales. Augusto lo sigue siendo. Fui profesor particular de ruso de Haroldo, mientras que Augusto se inscribió en la carrera de la USP y siguió hasta el final de segundo año. En la práctica, fui profesor de ambos. Haroldo tenía una inmensa facilidad y aptitud para los idiomas. Ambos eran capaces de hacer traducciones libres y fieles al mismo tiempo, cosa que nunca es fácil.

En Tradução, ato desmedido, usted escribió: “El arrojo, la osadía, los vuelos de la imaginación son tan necesarios en la traducción como la fidelidad al original, o mejor dicho: la verdadera fidelidad sólo se obtiene con esa dosis de libertad en el trato con los textos”. No obstante, cuando empezó su actividad como traductor, firmaba como Boris Solomonov, y actualmente usted manifiesta una crítica a su trabajo de aquella época. Dice que esos textos eran un poco almidonados…
Ese libro que usted menciona es de 2011 y yo ya había aprendido el oficio. Empecé a traducir a comienzos de los años 1940. Los textos eran muy formales, especialmente debido a la revisión. En editorial Vecchi, de Río, donde empecé a publicar, el revisor quería todo en un lenguaje muy clásico. Si el novelista usaba un lenguaje coloquial, como el de Dostoyevski, el revisor lo reemplazaba por un portugués castizo y anticuado. El traductor ni siquiera veía ese proceso y no tenía poder para cuestionarlo en esa época.

¿Por qué usaba un seudónimo cuando empezó a traducir?
Empecé a traducir en las horas libres de un empleo que tenía en el Ministerio de Agricultura. En esa época yo leía mucho en ruso, todavía luchaba con un problema de bilingüismo y no lograba expresarme de una manera satisfactoria en portugués. Hice varias traducciones de un modo un tanto inseguro, por eso firmaba como Boris Salomonov, abreviatura de Salomonovitch, mi patronímico ruso [apellido derivado del nombre del padre o de un antecesor paterno, obligatorio en Rusia. En este caso, Salomonovitch significa “hijo de Salomón”, el padre de Boris]. No era precisamente un seudónimo, porque era un apellido que yo no usaba normalmente, pero era mi apellido del medio. No existían ni siquiera diccionarios de ruso-portugués en Brasil y yo debía ir a la Biblioteca Nacional para ver palabras y términos que no conocía en los diccionarios de ruso-francés y ruso-inglés. Todavía no tenía ni la formación ni la experiencia suficiente en traducción y no conocía gente que pudiera criticarme y advertirme. Posteriormente aprendí que ninguna traducción puede considerarse como concluida, de no existir un cotejo con el original mediante la lectura de lo traducido en voz alta. De todos modos, en la década de 1940, editorial Vecchi se interesó por mi trabajo. Ya me han dicho que fue importante publicar los grandes autores rusos en aquella época en ediciones populares, tal como lo hacía Vecchi. Pero no estoy de acuerdo. Las traducciones tenían muchos problemas.

¿Cuál fue su primer libro traducido y publicado?
Empecé ya con Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski, publicado en 1944, que incluso tuvo una buena acogida de la crítica. Pero fue también una temeridad. Si yo hubiera conocido el libro antes, no lo habría traducido. Es una traducción llena de defectos y hoy en día no la acepto más.

Jeep de la Central de Tiro brasileña repleto de soldados atraviesa el río Panaro, en Italia

Archivo personal/Caderno Italiano Jeep de la Central de Tiro brasileña repleto de soldados atraviesa el río Panaro, en ItaliaArchivo personal/Caderno Italiano

¿Cuándo empezó a usar el nombre de Boris Schnaiderman?
Recién en 1959. Publiqué Contos [Cuentos], una compilación de Chejov en la cual hice la selección, la traducción, el prefacio y las notas para la editorial Civilização Brasileira, de Río de Janeiro. Creía que ya estaba entonces suficientemente maduro, pero me horroricé cuando lo vi impreso, porque encontré una serie de lagunas e imprecisiones. De todos modos, Otto Maria Carpeaux formuló grandes elogios en el en ese entonces Suplemento Literário del periódico Estadão. Me prometí a mí mismo hacer una nueva traducción mejorada, cosa que sólo logré hacer en 1985, cuando salió con otro título, A dama do cachorrinho e outros contos, por editorial Max Limonad. Seguí estando insatisfecho con algunos de los cuentos, y en 1999 logré publicar el mismo libro en Editora 34, con mejores soluciones. En la década de 1960, mi actividad como traductor fue grande. Después de Contos, adopté una nueva técnica: otra persona leía en voz alta el texto en portugués que yo había traducido mientras yo seguía la lectura en ruso. Tardé varios años para descubrir la importancia de una práctica elemental como ésa.

¿Eso resolvió los problemas de las traducciones?
En buen medida, sí. Con esa técnica logré eliminar muchos equívocos semánticos, pero todavía me choca el lenguaje demasiado solemne que utilicé en aquella época. Para algunos escritores podía funcionar. Para Tostói, con su rebeldía antiliteraria, y para Dostoyevski, con su escritura “relajada”, no funcionaba, era malo.

Esa eterna insatisfacción con sus propias traducciones y su hábito de rehacerlas constantemente debe ser angustiante. ¿Es por eso que usted clasifica a la traducción como un “acto desmedido”?
No tengo dudas en cuanto a ello. Desmedido porque es una violencia agarrar una obra de Tolstói o de Dostoyevski y traducirla. No soy ni Tolstói ni Dostoiévski, y sin embargo, intento transponer al portugués lo que ellos dijeron en ruso dentro del contexto de la cultura rusa. He traducido a grandes autores, tales como Pushkin, Chékov, Gorki y Mayakovski. El “acto desmedido” vale para todos ellos. Traduje Hadji Murat, de Tolstói, por primera vez en 1949, y desde entonces hice otras cuatro traducciones distintas del mismo libro, para mejorarlo y disminuir eso a lo que denomino violencia. La última de esas traducciones salió en 2010 por Cosac Naify. Eso sucedió con muchos otros libros también.

¿A quién más le gustó traducir?
El que me generaba más entusiasmo era Chéjov. Él murió tempranamente, a los  44 años, y dejó una obra vasta. Se consagró con historias cortas, si bien que escribió de todo.

¿Cómo eran las traducciones del ruso al portugués antes de que usted empezara a hacerlas usted?
La mayoría derivaba de las traducciones francesas. Hasta donde sé, las primeras traducciones directamente del ruso en portugués se hicieron a comienzos de 1930. Entre los amigos de mis padres había gente que llegó proveniente de Riga, en Letonia, de formación rusa. Eran personas que salieron de la Unión Soviética durante la revolución o enseguida después, y fueron hacia los países vecinos hasta que consiguieron emigrar otra vez. Uno de ellos, Yuri Zeltzóv, vino a Brasil a finales de 1920 y acá creó la Biblioteca de Autores Rusos. Él tenía un modo propio de trabajar. Como conocía mal el idioma, traducía en voz alta los textos en ruso. Brito Broca y Orígenes Lessa, dos escritores en comienzo de carrera, escuchaban la traducción y la escribían en buen portugués. Hasta la mujer de Orígenes, Elsie Lessa, tradujo al menos un libro con Zeltzóv. La traducción llevaba solamente su nombre, y él firmaba como George Selzoff, aunque era una producción conjunta. Él traducía, imprimía y vendía. Duró poco tiempo y no sabría decir si antes alguien más hizo traducciones directamente del ruso.

Usted es contemporáneo de Tatiana Belinky (1919-2013), rusa naturalizada brasileña, quien, además de haber sido importante para la literatura infantil en Brasil, también fue una de las pioneras de la traducción de libros directamente del ruso. ¿Le gustaban sus traducciones?
Me gustaban mucho. Tengo un gran respeto por el trabajo de Tatiana. La traducción de Almas muertas, de Gógol, es absolutamente admirable. Ella tradujo bastante del ruso y también de otras lenguas.

¿Cómo ve usted la literatura rusa en Brasil actualmente?
Desde el comienzo del siglo XX ha habido un gran interés en Brasil por Rusia y por los temas rusos. En la década de 1950, por razones ideológicas, hubo una declinación de ese interés. Después, en las últimas décadas del siglo XX, volvió a crecer. Actualmente veo una demanda significativa de esa literatura, con publicaciones de los más diversos autores y buenas traducciones.

¿Y lo contrario? ¿Cree que los autores brasileños serían apreciados por los rusos?
La literatura brasileña está poco divulgada en Rusia. Si hubiera un buen trabajo de traducción y divulgación, creo que tendría público. Cuando Jorge Amado fue traducido allá, hace mucho tiempo, tenía éxito y tenía un público grande.

¿A sus 98 años, todavía traduce?
Actualmente no hago más traducciones nuevas. Sólo mejoro traducciones antiguas. Mientras tenga cabeza, seguiré.