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Aníbal Faúndes

Aníbal Faúndes: El hombre que aprendió a ver a las mujeres

El médico chileno que ayudó a transformar los cuidados referentes a la salud femenina habla sobre sexualidad, violación e interrupción del embarazo

Entrevista_Anibal_04LÉO RAMOSA los 85 años, el médico chileno Aníbal Faúndes parece incansable. Experto en reproducción humana y sexualidad femenina, Faúndes ayudó a transformar los cuidados referentes a la salud de las mujeres a finales de los años 1980, al demostrar que los programas a éstas destinados no las beneficiaban, y aún hoy en día mantiene una agenda repleta de compromisos que lo hacen viajar al exterior algunas veces por mes. Entre abril y mayo de este año, el médico empalmó una secuencia de actividades que lo llevaron a siete países de tres continentes. Estuvo en la India, en Zambia, en Suiza, en Camerún, en Dinamarca, en Kirguistán y en Turquía. Siempre por trabajo.

Faúndes se graduó en medicina en 1955 en la Universidad de Chile. Aún en el internado, el período de la carrera de grado en el cual los alumnos trabajan y viven en el hospital, se sensibilizó frente a los malos tratos y el estigma que enfrentaban las mujeres que se sometían a abortos –tema del libro El drama del aborto, que publicó en 2007 junto a su colega José Barzelatto– y se abocó a trabajar para disminuir los abortos inseguros, una de las principales causas de muerte materna. “Son dos los mecanismos tendientes a disminuir la cantidad abortos: la educación sobre la sexualidad y la información sobre métodos anticonceptivos eficaces, aparte del acceso a los mismos”, comenta Faúndes, quien preside el grupo de trabajo sobre prevención del aborto inseguro de la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia (Figo). “La mujer que aborta no es favorable a el mismo, pero lo ve como una solución”, afirma.

En 1973, cuando el general Augusto Pinochet tomó el poder en Chile, el médico tuvo que abandonar su país. José Aristodemo Pinotti, en ese entonces director de la Facultad de Ciencias Médicas de la Unicamp, y exalumno de Faúndes, lo invitó a radicarse en Campinas. En Brasil, Faúndes trabajó en programas pioneros de asistencia a la salud femenina y ayudó a crear el Programa de Atención Integral a la Salud de la Mujer (Paism).

En la mañana del 30 de mayo, dos días después llegar procedente de Estambul, el especialista recibió a Pesquisa FAPESP en el Centro de Investigaciones en Salud Reproductiva de Campinas (Cemicamp), una organización no gubernamental abocada a los estudios referentes a la salud y a los derechos sexuales y reproductivos en colaboración la Unicamp. Alto, delgado, de voz baja e ideas ágiles, Faúndes culminó la entrevista al cabo de dos horas y media de conversación y bajó cuatro tramos de escaleras a pasos rápidos. Ante la pregunta: “¿No se cansa?”, contestó: “Cuando yo tenía su edad me cansaba”.
¿De qué manera la sociedad percibe a la mujer en Brasil y en el resto del mundo?

Por desdicha, aún se la ve a la mujer como alguien muy dependiente del hombre, al que debe servir para que esté tranquilo. Creo que la propia mujer se siente un poco así.

¿Por qué sigue pasando eso?
Es la famosa historia de que detrás de cada hombre hay una mujer, que es importante porque ayudó al hombre y no por sí misma. Es el sentimiento general. La mujer es tenida como alguien que se dedica a mejorarle la vida al varón, para que éste se alimente y se vista bien. Yo aprendí a entender la posición de la mujer durante mi primer casamiento [con la socióloga argentina Ellen Hardy, quien falleció en 2010]. Tuve una educación intensiva.

¿Cómo fue esa educación?
Conocí a Ellen cuando yo ya era médico y ella estaba haciendo el secundario: era nueve años más joven que yo. Cuando la conocí, ella tenía 17 años y nos casamos dos años después, en Chile. Yo ya era más o menos conocido y pensaba: “La voy formar a mi manera”. Pero fue al revés. Al principio ella cumplió el rol de ama de casa, al cuidado del marido y de los hijos, hasta que nos fuimos a Estados Unidos, donde permanecimos entre 1963 y 1964, con una beca de estudios. Ella era una lectora extraordinaria, devoraba los libros. Todas las semanas pasaba por delante de casa una biblioteca ambulante y ella retiraba libros. Así fue como leyó The feminism mystique, de la primera feminista famosa, Betty Friedan, y descubrió por qué no era feliz, aunque desempeñase un papel que, socialmente, había sido diseñado para ella. Ellen no estaba feliz porque no estaba desarrollando su intelecto, su capacidad de producir. Me planteó entonces ese problema y yo le dije: “Cuenta con mi apoyo, estudia lo que tú quieras; cuando volvamos a Chile buscaremos a alguien que cuide a los niños”.

Edad
85 años
Especialidad
Ginecología y obstetricia
Estudios
Carrera de grado en medicina en la Universidad de Chile (1955)
Institución
Universidad de Campinas (Unicamp), Centro de Investigaciones en Salud Reproductiva de Campinas (Cemicamp)
Producción científica
Escribió alrededor de 460 artículos científicos, dos libros y 83 capítulos de libros. Dirigió 26 tesinas de maestría y 26 tesis doctorales

¿Dónde vivían en Estados Unidos y qué estudiaba usted allá?
Vivíamos cerca de Boston. Fui a la Fundación Worcester para la Biología Experimental, donde se creó la píldora anticonceptiva. Allí estaba Gregory Pincus, uno de los investigadores que ideó la pastilla. Al regresar a Chile, ella decidió estudiar sociología. Teníamos dos hijos y hacía unos ocho años que ella había salido de la escuela secundaria. Se recibió en la Universidad Católica de Chile, donde es más difícil ingresar, y años más tarde, ya estando en Brasil, la contrataron como docente en la Unicamp, donde desempeñó un papel importante en el desarrollo del posgrado. Ella introdujo en la Facultad de Ciencias Médicas o concepto de ética en la investigación científica y creó el primer comité, antes de que existiera la Conep, la comisión nacional de ética en la investigación científica.

¿Cómo influyó ella?
Cuando me contó por qué no estaba feliz, me dijo: “¿Por qué, por ser mujer, no puedo ser como vos? Tengo capacidad para producir y estoy sólo limpiando la casa y cuidando a los chicos. ¿Por qué mi mente debe restringirse a eso?”. Progresivamente me fue mostrando que existía una diferencia de funciones que obedecía a que ella era mujer y yo varón. Al venir a la Unicamp, donde mi vida fue más tranquila, empecé a compartir con ella y con nuestros tres hijos las tareas de la casa. Ella creó una lista de quehaceres, uno lavaba los platos y el otro limpiaba la casa. Empecé a entender el sentido del feminismo y la necesidad de que tengamos derechos iguales. Ella me mostraba cómo se aceptaba que la mujer tuviera menos derechos que el hombre y me corregía siempre, cuando yo me comportaba de acuerdo con la mentalidad en la cual habíamos sido formados. Después ella aprendió a pensar distinto y yo a reconocer que varones y mujeres tienen los mismos derechos. Ella fue la que me lo enseñó.

Y usted llevó ese conocimiento a su trabajo.
Por supuesto. Cuando nos convencemos de algo, pasamos a obrar de un modo distinto. En el Cemicamp ella realizó un estudio sobre la violencia sexual en el cual una de las preguntas era si alguna vez la mujer ya había tenido sexo en contra de su voluntad. Al ver el resultado, no podía creer que el 63% de las mujeres ya había tenido sexo en contra de su voluntad al menos una vez en la vida. La proporción de violaciones era del 7%, y el veintitantos por ciento era de sexo bajo amenaza, cuando el hombre impone una condición tipo “si no tienes sexo conmigo, habrá tal consecuencia”. Otra proporción similar era de mujeres que se sentían obligadas a tener sexo por ser mujeres. Ellen me dijo: “¿Vos nunca me obligaste a tener una relación sexual?”. Le contesté que no y ella me dijo: “¿Ah, no? ¿Y aquella vez…?” Así ella me mostraba de qué manera vamos perdiendo la noción de que existe desigualdad de derechos, producto de una cultura que nos enseñó que la mujer tiene obligaciones que el hombre no tiene. Y que el varón tendría poder sobre la mujer. El hombre pasa a ser más feliz cuando acepta a la mujer con igualdad de derechos, porque su compañera también está feliz así.

¿Esta visión sobre la mujer existe en todo el mundo?
Es raro que algún país haya logrado cambiarla. Estados Unidos es machista. Europa está muy atrás. Los países de Escandinavia y Suiza quizá son un poco menos machistas. Los peores son los países árabes. Se ve eso en todas partes: en países socialistas, capitalistas y en dictaduras.

¿De qué manera esa cultura de la superioridad masculina afecta a la salud de las mujeres?
Hace tiempo escribí un paper llamado Género, poder y derechos sexuales y reproductivos. Allí analicé los tres tipos de demora que dos investigadoras estadounidenses, Sereen Thaddeus y Deborah Maine, asociaron a la mortalidad materna. La primera demora consiste en aceptar que existe un problema y es necesario buscar ayuda. La segunda demora consiste en, una vez tomada la decisión, llegar al lugar de atención. Y la tercera radica, dentro del servicio de salud, en el tiempo que se tarda para tratar el problema. La primera ocurre porque en muchos países las mujeres no pueden decidir ir al hospital si sus maridos no las autorizan o no están con ellas. Esto es común en África. Pero, si pensamos en el Brasil actual, ¿cuál es el grado de independencia tiene una mujer para consultar a un médico sin que el marido lo sepa?

¿Todavía sucede?
Sí, todavía ocurre. En mayo, estaba en Turquía hablando con grupos de los países árabes sobre las mujeres que dejan de usar anticonceptivos porque los maridos no las autorizan, aun cuando necesitarían tomarlos. En buena parte de Brasil es así, y en Chile también. Las mujeres no pueden usar un método anticonceptivo si los hombres no están de acuerdo. Hace 15 ó 20 años hicimos un estudio dirigido por Ellen sobre la reversión de ligadura de trompas, uno de los métodos de esterilización femenina. Entrevistamos a mujeres que solicitaron la reversión de las ligaduras porque querían tener hijos y descubrimos que, en muchos casos, las intervenciones se habían realizado porque sus maridos se las habían solicitado directamente a los médicos, sin que sus mujeres lo supieran.

¿Era común?
No lo sé, pero el problema existía en una época en la cual en Brasil se aprovechaba la cesárea para hacer la ligadura. El médico acordaba con la mujer el parto quirúrgico y aprovechaba para hacerle la ligadura, cobrando aparte, aunque llevaba a cabo los procedimientos valiéndose de la estructura de los servicios públicos. Entre los casos que estudiamos, había aquéllos en los cuales la mujer se había sometido a la ligadura muy tempranamente y otros en que ni siquiera sabía que se la habían hecho. Existen también otras formas de que el hombre interfiera en la salud de la mujer. Hay casos en que la mujer no puede ir al prenatal porque el marido no está dispuesto a pedir franco para quedarse a cuidar al niño que ellos ya tienen. La diferencia de poder entre los géneros contribuye para que la mujer descuide su salud. El hombre corteja a la mujer y le dice que usará preservativo. Cuando llega la hora, no lo usa y la mujer que se las arregle. En todos los estudios realizados, cuando se evalúa de quién es la responsabilidad de prevenir el embarazo, se ve que es de la mujer. Los varones no se hacen cargo de propia sexualidad. Los médicos que atienden a las mujeres deben hacerlo con suma atención, pues existe un abismo de poder entre quienes brindan asistencia a la salud y quienes la reciben. Esta diferencia de poder se vuelve aún mayor si es un médico, un varón, el que atiende a la mujer.

Faúndes y su primera mujer, Ellen Hardy, el día en que se casaron, en enero de 1959

Archivo personal Faúndes y su primera mujer, Ellen Hardy, el día en que se casaron, en enero de 1959Archivo personal

¿Cuáles son los principales problemas de salud reproductiva de la mujer?
Con relación a la salud sexual, el principal problema es la mortalidad materna, que en Brasil y en los otros países de Latinoamérica llega a cifras injustificables. Acá en Brasil, la tasa de mortalidad se ubica alrededor de las 50 muertes por grupo de 100 mil nacidos vivos. Digo alrededor porque no existe nada que sea más subnotificado que esto. La mujer muere durante el embarazo, durante el parto y en el posparto y no aparece en las estadísticas. Cuando se cuestiona por qué murió, se llega a la conclusión que por hemorragia, insuficiencia renal aguda o anemia.

Se registra la causa específica.
Exactamente. Pero la hemorragia ocurre en el parto, en el aborto. En los lugares donde es crimen, se oculta la muerte por aborto. En un estudio realizado por la médica Mary Angela Parpinelli, que analizó alrededor de mil muertes de mujeres de entre 10 y 49 años en Campinas a comienzos de la década 1990, la causa de muerte materna más subnotificada era el aborto. Existe una cantidad de muertes que aparecen en las estadísticas oficiales, que son las que están registradas en los certificados de defunción. Sin embargo, al estudiar una por una las muertes de mujeres con edades entre 10 y 49 años, se descubre un número importante de muertes maternas que no estaban en las estadísticas. Si no me equivoco, aparecía sólo el 35% de las muertes por aborto en los registros. No debería ocurrir ninguna muerte por aborto, pues hoy en día es un procedimiento tan sencillo que no debería causar más riesgo que una inyección de penicilina. No estoy exagerando: un parto es mucho más arriesgado que un aborto.

¿Usted es favorable al aborto?
No, no lo soy y no conozco a nadie que lo sea. Pero soy absolutamente contrario que una mujer que se hace un aborto sea condenada. Son cosas totalmente distintas. Tan es así que los países con menores índices de aborto suelen ser aquéllos que cuentan con leyes menos restrictivas y con más acceso a la asistencia. Publicamos el año pasado un artículo en el cual mostrábamos que, cuando se legaliza el aborto, inicialmente se produce un aumento de la tasa. No sabemos si es porque se registra más o porque aumenta efectivamente. Enseguida después, la tasa empieza a caer. El efecto de la legalización del aborto consiste en disminuir la cantidad de abortos.

¿Y qué es lo que explica esos datos?
Con el aborto caracterizado como crimen, si una persona de clase media necesita someterse a este procedimiento, busca a buen un profesional y le paga por ello. La persona que realiza el aborto está ganando dinero. Cuando se permite que los servicios de salud realicen el aborto, esas instituciones no desean que la mujer regrese para hacerse otro. La institución suministra información acerca de cómo prevenir el embarazo, explica los riesgos y sugiere o administra un método anticonceptivo. De este modo se logra reducir el aborto repetido, que suma la mitad o más de todos los casos de aborto. El mantenimiento de esa práctica clandestina es una manera de mantener la tasa elevada. Es una estupidez absoluta cuando los legisladores hacen proyectos de leyes contra ese procedimiento e incluyen el aumento de la pena para quienes se sometan al mismo. Está demostrado que prohibir el aborto no reduce sus cifras. Aumenta la muerte de mujeres y eleva los costos para el sistema de salud entero.

Termina siendo más barato enseñar a evitar el embarazo.
Es necesario saber por qué se hacen abortos. Los mecanismos tendientes a reducirlos son dos: el primero es la información sobre la sexualidad; el segundo, la información sobre los métodos anticonceptivos. Educación sexual significa poner a disposición de las escuelas a gente preparada para responder preguntas sobre la sexualidad. Los adolescentes tienen un montón de preguntas sobre la sexualidad. ¿Y dónde encuentran respuestas? En internet y en las revistas, que muchas veces suministran información errónea. Estudios realizados en Brasil muestran que cuando se les enseña a los chicos y a las chicas a actuar con responsabilidad, en lugar de aumentar la frecuencia de relaciones sexuales y la cantidad de parejas sexuales, disminuye la frecuencia de esas relaciones. Es necesario enseñar que si se va tener una relación, hay que usar preservativos para que no haya transmisión de enfermedades y para protegerse de un embarazo para el cual no se está preparado. También es necesario dar información sobre métodos anticonceptivos y acceso a ellos. Desafortunadamente, el profesional de la salud sigue la ley del menor esfuerzo. Resulta mucho más fácil y más rápido esperar sentado en el consultorio prescribiendo pastillas anticonceptivas o inyecciones mensuales o trimestrales que tener que levantarse, examinar a la paciente y ponerle un dispositivo intrauterino, un DIU.

¿Cuál es la eficacia del DIU?
Es mucho mayor. Ése es otro tema. Cuando se habla de la eficacia de los métodos anticonceptivos, en general se hace mención a la eficacia con uso perfecto, descrita en los prospectos. Ésa es la eficacia de los ensayos clínicos, que son bien controlados. James Trussel, que es economista y docente de la Universidad de Princeton, en Estados Unidos, comparó la eficacia observada en estudios poblacionales midiendo cuántas mujeres quedaban embarazadas un año después de empezar a usar regularmente pastillas, anillo vaginal o inyecciones, y denominó a esto eficacia en el uso habitual.

¿Cuáles fueron los resultados?
Con el uso perfecto, tres mujeres de cada mil están embarazadas al final del primer año tomando pastillas. Con el uso habitual, esa cifra se eleva a nueve. Vea como son malas las informaciones suministradas sobre la eficacia de los métodos anticonceptivos. En la vida real es distinto. Hay casos de mujeres que, cuando se quedan sin dinero, atrasan la compra de un nuevo blíster y sólo vuelven a tomar la píldora un poco después del plazo ideal. Si la mujer se atrasa dos o tres días, puede quedar embarazada. Realizamos un estudio tiempo atrás sobre la distribución de anticonceptivos que lleva a cabo el Ministerio de Salud. Vimos que los métodos llegaban a los municipios, pero ni el 30% de los consultorios externos contaba con anticonceptivos en forma permanente. Muchas veces, la mujer se embaraza porque, si no tiene ni el dinero ni el conocimiento adecuado, puede no tener acceso al método anticonceptivo.

Ésa es la realidad de la mayor parte de la población brasileña.
Exactamente. Asimismo, la gente no tiene conocimiento de que el mejor método anticonceptivo, disponible gratuitamente en Brasil, es el DIU de cobre, cuya eficacia en el uso perfecto es igual a la eficacia en el uso habitual y es la misma de la ligadura de trompas. En el consultorio externo del Cemicamp, quien coloca el DIU es la enfermera. Campinas es el único lugar de Brasil donde una enfermera hace eso porque muchos años atrás yo traje a una matrona chilena que sabía poner el dispositivo muy bien. En Chile, en Inglaterra y en Escandinavia, las enfermeras ponen el DIU. Acá se lo considera un acto médico. El Ministerio de Salud tiene interés en implementar el uso del DIU porque esos dispositivos ya se han comprado y distribuido. Pero los médicos no los ponen. Estoy trabajando en Recife en un proyecto destinado a brindar acceso a métodos anticonceptivos de alta eficacia en el uso habitual, específicamente el DIU y el implante hormonal, destinados a mujeres que viven en áreas con zikay  que no desean embarazarse. Este proyecto consiste en suprimir las barreras que impiden el acceso a esos métodos. Esto significa tener el método disponible y médicos capacitados y motivados para proteger a esas mujeres.

¿Ese trabajo se llevará cabo sólo en el estado de Pernambuco?
Lo haremos también en el estado de Paraíba. Pretendemos demostrar que es posible hacerlo, para que el ministerio y las secretarias estaduales de salud se interesen en reaplicar este modelo. El objetivo es descubrir cómo hacer para que la mujer que vive en la favela realmente tenga acceso a estos métodos. Mediremos la proporción de gestaciones no planificadas. En el mundo, más de la mitad de los embarazos no se desean.

Antes usted comentó que no conocía a nadie que sea favorable al aborto. ¿Ni siquiera las mujeres en situación precaria?
La mujer que se hace un aborto preferiría no haber quedado embarazada. No es que sea favorable: simplemente ve en el aborto la única solución. No está correcto decir que la mujer tendrá problemas emocionales si se somete a ese procedimiento. Tendrá problemas emocionales por haber quedado embarazada cuando no quería tener un hijo. Lo que el aborto causa en la mujer es alivio. El estar a favor o en contra constituye un falso dilema. Y la condena a la mujer no hace sino dificultar la resolución del problema. La salida es brindarle acceso universal a la educación sexual desde niña, a la información correcta y a los métodos anticonceptivos de alta eficacia, siguiendo la elección de la mujer. Porque si la mujer quiere usar pastillas y no el DIU, es su derecho. Si no se cuida, la probabilidad de que quede embarazada siempre será mayor.

Es el derecho que tiene la mujer sobre su propio cuerpo, ¿no?
Seguramente. Una vez el expresidente Bill Clinton dijo que el aborto debería ser legal, seguro y raro. Estoy absolutamente de acuerdo con eso. Una amiga feminista dijo que toda mujer tiene derecho sobre su cuerpo, incluso derecho a no querer usar anticonceptivos y a querer abortar. No estoy de acuerdo, porque creo que la mayor parte de las mujeres no coinciden con eso. No acepto la idea de que la mujer tenga derecho a no usar anticonceptivos porque puede abortar. Eso es cosa de personas que hablan por otras.

Usted paga un alto precio por expresar esas opiniones.
Un sacerdote de Goiás puso en internet mi retrato cubierto de sangre y dijo que era de los fetos por cuyas muertes yo era culpable. Es un concepto ridículo. Recientemente, cuando la Cámara de Diputados de Chile discutía el proyecto de despenalización del aborto, que aún no ha sido aprobado, algunos diputados que votaron en contra y perdieron dijeron que quienes votaron a favor serían culpables de la gran cantidad de abortos que habrá en Chile. Dicen eso como si allá no hubiese entre 80 mil y 150 mil abortos por año. Como el aborto es clandestino e ilegal, para ellos no existe. Si es legal y seguro, así ellos no quieren. Uruguay legalizó el aborto en diciembre de 2012 y al cabo de dos meses puso ese servicio a disposición de todas las mujeres. En 2015, el índice de abortos allá era de 12 cada mil mujeres, uno de los más bajos del mundo. En Brasil es de 30 ó 40 cada mil mujeres.

Cambiemos de tema. ¿Cuándo llegó a Brasil usted?
El 4 de julio de 1976. Hubo alguna dificultad para que me contrataran en la Unicamp porque el gobierno brasileño, que en esa época era militar, consultó al gobierno chileno, también militar, y le dijeron que yo salí de allá porque era un médico peligroso. Fui director del programa de salud de la mujer del gobierno de Salvador Allende, tumbado por los militares. Separé lo materno y lo infantil con el argumento de que la mujer existía no solamente cuando era madre. La mujer existe también antes y después y tiene necesidades de salud que no dependen del hecho de ser madre. El programa de salud de la mujer de Brasil es una copia fiel de aquel que iniciamos en Chile en los años 1970.

¿De dónde salió esa idea?
En algún momento me di cuenta de que los programas de salud de la mujer que existían eran programas que usaban a la mujer, pero no eran para la mujer. El programa de atención prenatal es para que el recién nacido esté sano. El de amamantamiento materno es para que el niño esté alimentado y crezca bien. El de planificación familiar era para que disminuya el crecimiento de la población. El tratamiento antirretroviral ofrecido a mujeres VIH positivas era para no transmitir el virus al feto. Los programas de salud de la mujer tenían otros objetivos y a la mujer se la usaba como medio para alcanzar esos objetivos, todos muy positivos. Faltaba un programa de salud de la mujer para la mujer.

¿Usted fue pionero al proponerlo?
En Chile y acá en Brasil sí. Allá fui asesor de salud materno-infantil durante el gobierno de Jorge Alessandri, que era de derecha, durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, que era cristiano, y cuando surgió Allende, de izquierda, me invitaron a pasar de ser asesor a ser director del programa. Estuve algo más de un año en el cargo porque empezaron a exigirme que entrase en el partido político. Soy demasiado independiente como para aceptar los matices de un partido político. Volví al trabajo normal en el servicio nacional de salud. Afortunadamente, porque si hubiera estado aún en el cargo, habría terminado preso inmediatamente después del golpe. Una semana después yo había ido a una reunión de investigación en Miami y, al día siguiente, mi nombre apareció en una lista de médicos exonerados del hospital. Mi mujer averiguó y yo estaba en la lista de médicos peligrosos elaborada por el Colegio Médico de Chile. Me pusieron en la lista de médicos peligrosos porque era jefe de guardia del único hospital de Santiago que no entró en una huelga nacional. Trabajábamos en un área muy pobre. Si hiciéramos huelga, ¿quién iba a atender a aquellas mujeres? Todos los que fueron detenidos fueron enviados a una isla situada al sur del estrecho de Magallanes. Menos yo, que estaba fuera del Chile y no regresé.

¿Y qué hizo entonces?
Antes nosotros ya habíamos mandado a nuestros tres hijos a Buenos Aires, donde vivía mi suegra. Eso fue en junio y el golpe fue en septiembre. De Miami me fui a Buenos Aires y mi mujer me encontró allá. Largamos todo en Chile. Mi mujer era muy linda, rubia, de ojos verdes, y hablaba inglés. Según la lógica de los golpistas no podía ser revolucionaria, de izquierda, entonces salió sin problemas. Junto con un amigo, yo ya formaba parte de un programa de capacitación en salud sexual
y reproductiva de la Organización Mundial de la Salud, la OMS. Hubo una reunión en Buenos Aires a la semana siguiente a mi llegada y propusieran que yo fuera a Ginebra, a la sede de la OMS. En esa época existía la discusión sobre fuga de cerebros de los países latinoamericanos para trabajar en los países desarrollados. Mi mujer y yo estábamos en contra y decidimos no salir de América Latina. Yo ya era conocido y me ofrecieron un puesto en República Dominicana, donde viví dos años y medio antes de venirme a Brasil.

Práctica en Uruguay, en 1961: en los círculos, Faúndes de pie y Caldeyro sentado

Archivo personal Práctica en Uruguay, en 1961: en los círculos, Faúndes de pie y Caldeyro sentadoArchivo personal

¿Qué hacía allá?
Era asesor de un programa de planificación familiar. Trabajaba en el Ministerio de Salud y también puse en marcha un programa de prevención del cáncer de cuello de útero, aparte de organizar un programa de amamantamiento infantil, el programa de la mujer.

¿Podría contarnos cómo surgió la invitación a venir a Brasil?
José Aristodemo Pinotti, quien había sido alumno mío en Chile y era el director del Departamento de Tocoginecología de la Unicamp, fue la primera persona que nos telefoneó después del golpe y me invitó a venirme acá. Bussámara Neme, que había creado el departamento en la Unicamp, mandó a Pinotti a estudiar conmigo y nos hicimos muy amigos. En el telefonema, Pinotti me dijo que, cuando decidiera salir de República Dominicana, que le avisase. En esa época empezaron a ofrecer puestos en distintos lugares. No aceptamos ir al mundo desarrollado y entonces decidí venirme acá.

¿Con qué se encontró al llegar, dado que la carrera de medicina de la Unicamp estaba recién en sus comienzos?
Estábamos en el hospital Santa Casa de Misericórdia, en el centro de Campinas. Cuando llegué descubrí que era común que las personas entraran a la sala de parto vestidas con la ropa que usaban en la calle, mientras todos estaban allí con ropa quirúrgica. Una vez llegó un parto pélvico y llamamos al residente. Éste entró vestido como en la calle y se puso un delantal. Yo le dije: “No se entra para hacer un parto vestido así. Lo hago yo”. Decidí que nadie más entraría allí sin la ropa adecuada. Impuse disciplina. Era docente en sala de parto, en la enfermería. Cada alumno tenía dos pacientes y yo los incentivaba a conocerlas mejor a cada una de ellas, porque yo las conocía a todas. Nunca acepté que no conocieran a la paciente por su nombre, ni que llegasen para examinarlas sin decir al menos buen día ni sin pedirles permiso para examinarlas. Creo que es debido a ese respeto que esa maternidad goza de una buena calificación entre las pacientes.

¿Hubo alguna resistencia a su contratación en la Unicamp?
Zeferino Vaz era el rector y era muy amigo de Roberto Caldeyro Barcia, mi instructor en Uruguay. Después de que Caldeyro le dijo que ésa era una contratación muy buena, Zeferino le dijo al gobierno brasileño que se responsabilizaba por mí. Llegué el 4 de julio y 10 días después el Ministerio de Salud me invitó a discutir problemas de salud materno-infantil. En ese encuentro, yo dije que era necesario crear comités de mortalidad materna, los cuales funcionaron bien durante un tiempo. Aún creo que uno de los problemas de Brasil es la falta de esos comités, formados por personal calificado que evalúa cada muerte materna de determinada región. El objetivo es verificar por qué no se evitaron las muertes, ya que la mayor parte de éstas es evitable, y tomar medidas para corregir ese problema.

¿No es algo punitivo?
El castigo no funciona. En Campinas funcionó un comité municipal hasta hace poco tiempo. Siempre dije que esos comités debían profesionalizarse y no podían funcionar con trabajo voluntario. Resulta difícil investigar este tipo de muertes si no existe un sistema que recabe información y la haga llegar a la dirección del comité. Eso tiene un costo y requiere la existencia de personal especializado. Organizamos en Campinas el primer seminario sobre mortalidad materna. Discutimos el tema y elaboramos el libro Morte materna, uma tragédia evitável. Es evitable, pero no se la evita.

Desde que usted llegó a Brasil, ¿ha mejorado la atención a la salud de la mujer?
En algunos lugares sí; en otros ha empeorado. El problema en Brasil es la cesárea, que reviste un gran riesgo. Deja una cicatriz en el útero y, cuando la mujer quiere tener otro hijo, el riesgo de que haya placenta previa, placenta acreta o ruptura prematura de membranas es mayor. Estamos creando generaciones de mujeres con alto riesgo de tener complicaciones. Muchos médicos aún creen que la cesárea es más segura para el recién nacido y que no causa riesgo para la mujer. Evidencias recabadas en todo el mundo muestran que no es así. Es mayor el riesgo para el bebé y para la mujer. Y muestran también que el porvenir obstétrico de esa mujer queda comprometido para toda la vida. Hoy en día tenemos muchos más casos de placenta previa que los que había antes, ya que, en una nueva gestación, la placenta se asienta sobre la cicatriz. Y hay más casos de placenta acreta, que penetra en el miometrio y no puede ser retirada, lo cual exige la extracción del útero, que provoca hemorragia y mortalidad materna alta. Cuantas más cesáreas la mujer se haya hecho, mayor será el riesgo.

Usted dice que la mortalidad materna es evitable en todo el mundo. ¿Dónde se es más eficiente a la hora de evitar esas muertes en nuestra región?
Uruguay tiene actualmente una mortalidad materna más baja que la de Estados Unidos. En toda América, la tasa de mortalidad materna de Uruguay sólo es más alta que la de Canadá. Los países con menor mortalidad materna de América Latina son Uruguay, Chile, Cuba y Costa Rica.

En la década de 1980 ustedes le propusieron al gobierno federal brasileño la creación del Programa de Asistencia Integral a la Salud de la Mujer (Paism), visto con alguna reserva porque planteaba formas de controlar la fertilidad. ¿Cómo debería funcionar?
Imagínese que una mujer va a una unidad de salud porque tiene diabetes. Nadie piensa que puede quedar embarazada. Ni que, de quedar embarazada, su diabetes va a empeorar y su gestación será de riesgo. Se piensa en la diabetes, no en la mujer. Hay que pensar en la mujer: es necesario ofrecerle un método anticonceptivo apropiado y hacerle un seguimiento. Es un concepto sencillo. Siempre les he dicho a mis alumnos: “Ustedes no están atendiendo al útero. Están atendiendo a una mujer, que sigue viviendo después de salir de la maternidad. Deben preocuparse con las otras necesidades que ella tiene, no sólo con el parto”. Los médicos pensábamos únicamente en la parte de la salud, y un grupo de feministas que había en el ministerio empezó a pensar también en las necesidades psicológicas y sociales. Es necesario ver a la mujer integralmente, no ver únicamente el motivo que la llevó a la consulta. Ese programa no se puso totalmente en práctica, pero la atención mejoró mucho.

Usted tiene un estudio sobre la violencia contra la mujer. ¿Qué encontró en él?
Ellen, mi primera mujer, había hecho la investigación sobre sexo sin consentimiento, a la que ya me referí antes. Y nuevamente remitía a la cuestión del aborto, que es permitido en Brasil en caso de violación y violencia sexual. Uní las dos cosas. Por un lado está la violación; por el otro lado, empecé a detectar que ninguna mujer logra hacer la interrupción del embarazo ocasionado por una violación. En la Unicamp atendíamos entre uno y dos casos por año porque existía un convenio con una ONG llamada SOS Mulher. Cuando ocurría un embarazo producto de una violación, enviaban a la mujer a nuestra maternidad y el jefe de la ginecología, que era evangélico bautista, pero muy humano, procedía a la interrupción. Cuando yo llegué, éramos él y yo. Nadie más quería hacerlo. Tiempo después, la maternidad Fernando Magalhães empezó a hacerlo en Río de Janeiro y también el Hospital Municipal de Jabaquara, en São Paulo. Sólo tres maternidades en Brasil cumplían la ley. Por eso decidimos investigar de qué manera la mujer había logrado informarse acerca de esos servicios y someterse a la interrupción del embarazo. También investigamos cuáles eran los procedimientos seguidos en esas maternidades. Después hicimos un estudio de base poblacional, inspirado en un artículo de American Journal of Obstetrics and Gynecology, que correlacionaba la historia de violencia sexual con alteraciones menstruales. evaluamos a las mujeres que habían sido violadas, mujeres que habían sufrido coerción para tener sexo y mujeres que declaraban no haber sufrido nada y las correlacionamos con patologías ginecológicas y obstétricas, fundamentalmente alteraciones menstruales y problemas sexuales tales como falta de orgasmo y de libido.

¿Cuáles fueron los resultados?
Encontramos lo mismo que había sido descrito en Estados Unidos. Existe una mayor frecuencia de trastornos menstruales en las víctimas de violaciones. Cuanto mayor es la gravedad de la violación, mayor es la frecuencia. Las mujeres violadas presentaban más problemas de esa índole que aquéllas que habían tenido sexo bajo coerción. Y entre éstas, era mayor que en aquéllas que tenían sexo por obligación. Existía una secuencia. Y lo mismo se vio en la esfera sexual. Falta de libido, falta de orgasmo, todo eso está relacionado con la historia de la violación.

¿Existe en la sociedad aquello a lo que algunos denominan cultura de la violación?
La cultura indica que la mujer debe aceptar lo que el varón decide. Y existe aquel mito de que la mujer dice que no, pero quiere, y después termina gustándole. A quien sufre un abuso no le gusta la situación. La violación es la peor forma de violencia. En el caso de la chica de 16 años que sufrió una violación colectiva en mayo en Río, leí en internet que ella dijo que lo que le dolía no era el útero sino el alma. En 1976 realizamos el primer seminario sobre violencia sexual y se creó el concepto de atención de emergencia para mujeres que sufren violencia sexual. En esa atención, lo primero que se hace es dar apoyo psicológico, porque lo que más duele es el alma. Después viene la protección contra enfermedades sexualmente transmisibles y contra el embarazo. Y por supuesto, el seguimiento a largo plazo.

¿Ese servicio se ofrece efectivamente?
Es uno de los éxitos que partió de una iniciativa nuestra. Tenemos un programa que se llama Superar Barreras. Existe aún una resistencia a la interrupción del embarazo. Pero hoy en día hay más de mil hospitales en Brasil que ofrecen atención de emergencia a mujeres que sufren violencia sexual.

¿Qué debe hacer ella primero, ir a la comisaría o al hospital?
Al hospital del servicio público. Acá en Campinas, donde el servicio está mejor organizado y existe el apoyo del municipio, al principio había más denuncias ante la policía que atenciones en el hospital. Ahora hay muchas más atenciones en el sistema de salud que denuncias en las comisarías.

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