Imprimir

TAPA

Los pueblos de Lagoa Santa

Sepulturas humanas en Minas Gerais revelan un entramado de costumbres entre 10 mil y 8 mil años atrás

Mauricio de Paiva Un albergue en medio del Cerrado, Lapa do Santo parece haber sido un importante centro de rituales ligados a la muerteMauricio de Paiva

Una abertura en la ladera de un peñasco en medio del Cerrado, en la región de Lagoa Santa, estado de Minas Gerais, ha suscitado sorpresas para arqueólogos, biólogos y antropólogos. Esa caverna, denominada Lapa do Santo, ha sido un importante enclave de rituales ligados a la muerte, tal como revelan las excavaciones descritas en un artículo en proceso de publicación en la revista Antiquity, una de las más prestigiosas del área. Complejos patrones de sepulturas, con desmembramiento de cadáveres y siguiendo una disposición bajo reglas estrictas, revelan un repertorio de culturas muy disímiles en un período al cual se consideraba homogéneo, hace alrededor de 10 mil años. “El mayor mérito ha sido poder vislumbrar esas transformaciones culturales a lo largo del tiempo, que, por algún motivo, nadie había podido entrever”, analiza el arqueólogo brasileño André Strauss, profesor visitante en la Universidad de Tubinga y doctorando en el Instituto Max Planck, ambos en Alemania, y autor principal del artículo. El estudio indaga más allá de la muerte y permite echar una ojeada al modo de vida para entender quiénes eran esas personas.

Strauss percibió que ahí había algo singular cuando cursaba el primer año de la carrera de geología en la Universidad de São Paulo (USP), cuando efectuó su primera expedición de campo como pasante junto al bioantropólogo Walter Neves, del Instituto de Biociencias de la Universidad de São Paulo (IB-USP), en 2005. “Estaba en el fondo de una fosa de 2 metros de profundidad, cavando y separando lo que encontraba”. Mientras se hallaba allí, Strauss quedó maravillado con lo que había por descubrir y anhelaba dedicarse a algo distinto que concentrarse en la medición de cráneos y en la búsqueda de indicios de una coexistencia con grandes animales, la megafauna. Esa era la perspectiva de las investigaciones que se llevaban a cabo hacia el siglo XIX, cuando el naturalista danés Peter Lund descubrió huesos humanos asociados a otros de grandes animales en una cueva de Lagoa Santa dando el puntapié inicial a una tradición de excavaciones, en lo que se transformó en una de las más longevas regiones arqueológicas del país. Cinco años después, cuando ya realizaba un máster bajo la supervisión de Neves, Strauss notó que había cierto orden en el caos aparente de ese sitio: aquello que parecía un barullo de huesos sin sentido, en realidad se ajustaba a un modelo. “Resulta difícil percibir las sutilezas, las sepulturas son muy complejas”.

“Tal cosa fue posible porque Neves invirtió el orden habitual de los procedimientos de campo”, dice Strauss. Según él, la arqueología brasileña se centra, de modo general, en utensilios, y solamente convoca a expertos en fósiles humanos cuando se encuentran huesos. “Muchos esqueletos se dañan durante el proceso”. En los proyectos de Neves, quien desde 1988 analiza la evolución humana en América, mediante un estudio de caso en la región, los bioantropólogos son quienes coordinan la excavación y documentan todo lo hallado, junto a expertos que analizan los artefactos, que en el caso de Lapa do Santo, incluyen piedras talladas y herramientas de hueso tales como espátulas, buriles y (raramente) anzuelos.

En esa caverna, donde hay paredes decoradas con dibujos en relieve que aluden a rituales de fertilidad (imágenes fálicas), el resultado fue determinante. Strauss, Neves y otros colegas identificaron tres períodos distintos de ocupación humana, donde el más antiguo data de 12.700 a 11.700 años atrás. Entre 2001 y 2009, se exhumaron y analizaron 26 sepulturas humanas efectuadas aproximadamente entre 10.500 y 8 mil años atrás que revelan ritos mortuorios altamente variables y nunca detectados anteriormente en las tierras bajas de América del Sur, descritas en el artículo de la Antiquity y en otro firmado solamente por André Strauss, que fue publicado en la edición de enero-abril del Boletín del Museo Paraense Emílio Goeldi.

“En los Andes existieron prácticas funerarias altamente sofisticadas”, relata Neves, “pero las momias chilenas estudiadas son más recientes que el material de Lapa do Santo”. Otra de las particularidades es que en la caverna minera no hay ofrendas mortuorias, mientras que la práctica habitual de los cazadores-recolectores consistía en sepultar a sus muertos, mínimamente, junto a sus pertenencias. “La complejidad de las prácticas de Lapa do Santo no reside en los objetos, sino en una gran manipulación del cuerpo y del esqueleto en forma muy sofisticada”, afirma el profesor de la USP.

Rituales de muerte
El modelo de sepultura más antiguo, datado entre 10.600 y 9.700 años atrás, fue descrito basándose en un hombre y un niño de alrededor de 5 años, ambos enterrados enteros. El niño fue dispuesto sentado, con sus piernas flexionadas y las rodillas cerca de la cabeza. La mandíbula separada, como si la boca estuviese abierta, indica que la fosa no fue tapada completamente.

La remoción de partes de los cadáveres ni bien morían es una característica del período siguiente, entre 9.600 y 9.400 años atrás. Ese conjunto fue descrito como un segundo patrón, representado por siete sepulturas, además de algunos huesos dispersos. Algunos de los esqueletos estaban articulados, pero les faltaban partes. Un caso revelador fue el de un hombre cuya testa parece haber sido removida horas después de la muerte y enterrada junto a las dos manos (también seccionadas, tal como lo atestiguan las marcas de corte en los huesos de la muñeca) cubriendo el rostro, una dispuesta hacia arriba y otra hacia abajo, tal como describieron Strauss y sus colaboradores en 2015, en la revista PLOS ONE.

Otros esqueletos se hallaban completamente desmembrados y amontonados en bultos, indicando que los huesos se almacenaron juntos, tal vez empaquetados, y se los enterró solamente después que estuvieron descarnados y secos. Muchos de los huesos aislados también sufrieron alteraciones, tales como quema, cortes, aplicación de pigmento rojo y remoción de los dientes. En algunos casos, se hallaban huesos combinados de niños (uno o dos) con el cráneo de un adulto, y viceversa, de modo tal que sugiere un ritual muy preciso acerca de cómo debía realizarse esa sepultura. Las piezas dentales también se enterraban con los restos mortales de otros individuos.

Mauricio de Paiva Un cráneo con los dientes extraídosMauricio de Paiva

El tercer modelo de sepultura, que data de entre 8.600 y 8.200 años atrás, incluye a nueve osamentas dispuestas completamente desarticuladas en cavas circulares (de 30 a 40 centímetros de diámetro) y tan sólo 20 centímetros de profundidad. Cada fosa tapada completamente, albergaba un único individuo. En el caso de los adultos, los huesos más largos generalmente eran quebrados luego del fallecimiento y sólo así cabían en las exiguas tumbas.

Incluso entre tantos desmembramientos, no hay indicios de que la violencia en vida fuese una práctica corriente. “Nosotros leemos los huesos, todo queda registrado en ellos”, comenta Strauss. Y ellos presentan muy bajos niveles de fracturas reconstituidas, lo cual indicaría que hubieran ocurrido en vida. De manera general, Strauss considera que los hallazgos representan un cambio en el paradigma sobre la percepción de la ocupación humana del local en ese período, al comienzo del Holoceno. “Durante mucho tiempo, el tema en cuestión era si Luzia era la más antigua de América y si se asemejaba a los africanos”, dice, refiriéndose al cráneo de 11 mil años descrito por Neves y que redefinió cómo debería pensarse la ocupación humana de esa región. “Ahora sabemos que no hubo un pueblo de Luzia en Lagoa Santa; fueron varios pueblos los que habitaron la región, que registraron transformaciones culturales evidentes” Al fin y al cabo, se trata de un período de alrededor de 5 mil años, tiempo suficiente para asentamientos muy diversos, incluso aunque fueran hasta cierto punto descendientes unos de otros.

Pronto se dispondrá de estudios de ADN que comenzarán a arrojar resultados y brindarán algunas respuestas acerca del modo en que esos grupos se sucedieron y cuál era el parentesco entre ellos. “La morfología craneana revela que ellos poseían una misma ‘arquitectura’ general”, comenta Walter Neves. Hay una variación permanente dentro de ese gran grupo al que él define como paleoamericano. En concordancia con su teoría, que sostiene que el origen de los pobladores de América fueron dos migraciones distintas, los primeros individuos con características asiáticas habrían arribado allí hace alrededor de 7 mil años, y no hay vestigios humanos en Lagoa Santa datados entre 7 mil y 2 mil años atrás. Eventualmente, los indicios de ahí y de otros lugares, poco a poco van redefiniendo la hipótesis. “Yo creía que la segunda oleada migratoria habría sustituido al pueblo de Luzia”, admite. “Pero ahora contamos con evidencias muy fuertes de que aquella morfología perduró prácticamente intacta hasta el siglo XIX”. Ese es el caso, por citar un ejemplo, de los aborígenes Botocudos (que fueron diezmados durante el período colonial), según puede comprobarse mediante los cráneos que se conservan en el Museo Nacional de Río de Janeiro, tal como sostienen Strauss, Neves y otros colegas en un artículo publicado en 2015 en la revista American Journal of Physical Antropology.

Mauricio de Paiva Anzuelos de huesoMauricio de Paiva

Prácticas de vida
Desde el inicio de su doctorado, en 2011, Strauss coordina los trabajos en Lapa do Santo, con financiación alemana. La riqueza arqueológica garantiza el interés de la colaboración a los dos países, que incluye convenios para estudios genéticos. La contraprestación brasileña en el proyecto es Walter Neves, y su Laboratorio de Estudios Evolutivos y Ecológicos Humanos (LEEEH) recibe todo el material recolectado en las expediciones. En los últimos años, no se han encontrado vestigios de cerámica en el lugar, un fuerte indicio de que eran poblaciones de cazadores-recolectores que habitaban allí una parte del tiempo, y no agricultores, corroborando lo que ya se creía. Los animales que cazaban eran peces, lagartos, roedores, armadillos, pecaríes y pequeños venados, todos transportados enteros hacia la caverna. Nada de animales mayores, tales como tapires, ni de los inmensos mamíferos representantes de la megafauna, que se consideraba asociada a los humanos de Lagoa Santa desde que Peter Lund  halló dicha asociación en otra caverna de la región, entre 1835 y 1844. No siempre, por lo visto.

“Ellos incluso comían mocós”, exclama Neves, refiriéndose a un roedor similar a la mara patagónica (Kerodon rupestris) algo mayor que un cobayo. Para él, no existe nada más precario  que incluir a esos animales en la dieta, una señal de que los grupos humanos de Lagoa Santa no tenían mejores fuentes de proteína a disposición y vivían en una situación límite para garantizarse la subsistencia. Eso es tan sólo una hipótesis, pero la escasez de pertenencias en las sepulturas podría indicar que no había espacio para el desperdicio, y las herramientas ‒tales como anzuelos, de los cuales se hallaron siete en Lapa do Santo‒ eran necesarias para los vivos. “Ellos empleaban su tiempo en posibilitar la existencia del grupo”, especula Neves. Y eran grupos grandes, estima.

André Strauss/ Universidad de Tubinga Imágenes del trabajo de campo…André Strauss/ Universidad de Tubinga

Su modo de vida ahora podría definirse mejor, pero esa conclusión también plantea un enigma: los análisis químicos que reflejan su dieta por medio del cálculo de isótopos de carbono y nitrógeno, que llevó a cabo el biólogo brasileño Tiago Hermenegildo como parte de su doctorado en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, revelaron que los habitantes de la región consumían muchos vegetales y complementaban su dieta con presas de caza. Tal alto grado de consumo de vegetales resulta inesperado entre cazadores-recolectores, especialmente con una dieta rica en carbohidratos que se ve reflejada en las frecuentes caries de los dientes encontrados.

El odontólogo Rodrigo Elias de Oliveira, investigador del grupo de Neves, es coautor de un artículo bajo el liderazgo de Pedro Tótora da Glória, también del LEEEH, al respecto de la salud dental en Lapa do Santo, que será publicado en la revista Annals of the Brazilian Academy of Sciences. Oliveira, quien colabora con Strauss desde 2006 en las excavaciones de Lapa do Santo, explica las discrepancias entre la incidencia de caries que ha observado y lo que se ha documentado para otras poblaciones de cazadores-recolectores, en el hecho de que Lagoa Santa es una región con clima tropical, que alberga la flora típica del Cerrado. “El resto de los ejemplos con que contamos son de climas templados”, compara. “Los alimentos disponibles naturalmente aquí ‒muchos frutos y tubérculos‒ pueden generar más caries”. Él apuesta por el pequi o nuez souari y el guapinol, muy empleados también en la actualidad en la región, como una fuente alimentaria ya desde aquél tiempo. Se trata de frutos ricos en carbohidratos y se hallaron restos carbonizados de ellos en los yacimientos arqueológicos de Lagoa Santa.

Oliveira, quien realizó su doctorado con Walter Neves y ahora hace una pasantía de posdoctorado en periodoncia en la Facultad de Odontología de la USP, le aporta al proyecto un estudio detallado de los dientes, cuyo material constitutivo, más resistente que los huesos, los torna abundantes en los sitios arqueológicos. “El diente funciona como una cápsula, acaba convirtiéndose en nuestra caja fuerte”, afirma. Él explica que los huesos se renuevan constantemente, hasta el punto que puede afirmarse que cada 10 años, una persona sustituye totalmente su esqueleto. Sin embargo, los dientes de un adulto, son testigos del período de vida en el cual se formaron los dientes permanentes. Él espera que los estudios con isótopos, actualmente en curso en colaboración con Hermenegildo, ayuden a profundizar los aspectos de la dieta hasta poder determinar qué tipos de plantas consumían, las migraciones que efectuaban en el curso de su vida y cuánto tiempo amamantaban a los niños. El odontólogo adelanta que los isótopos de estroncio, así como el formato del fémur, que está ligado a la acción de la musculatura, indican que los individuos hallados en Lapa do Santo eran nativos de Lagoa Santa. “Se movilizaban, pero no eran nómades”.

Mauricio de Paiva …y laboratorioMauricio de Paiva

Un suelo de cenizas
La deducción de una intensa ocupación humana surge de la confirmación del hallazgo de muchas hogueras en Lapa do Santo. “Ellos empleaban el fuego permanentemente, sabían lo que hacían”, sostiene la arqueóloga Ximena Villagran, del Museo de Arqueología y Etnología (MAE) de la USP. Ella analizó bajo el microscopio los sedimentos de la caverna y detectó una gran cantidad de cenizas hasta una profundidad de 1 metro, según lo consigna en un artículo publicado en julio en el sitio web de la revista Journal of Archaeological Science. Más que un control del fuego, los habitantes de la región aparentemente planificaban su uso, almacenando madera en proceso de descomposición. Tal nivel de minuciosidad resulta posible gracias a los análisis de petrología orgánica, una técnica que comenzó a emplearse recientemente en la arqueología, y a la cual Villagran tuvo acceso por medio de una colaboración con el geólogo francés Bertrand Ligouis durante una pasantía de posdoctorado en la Universidad de Tubinga, donde él está a cargo del Laboratorio de Petrología Orgánica Aplicada.

Otra técnica avanzada que ella utilizó fue la Espectrometría Infrarroja por Transformada de Fourier (FTIR, según su sigla inglesa), que normalmente se emplea para el análisis de sedimentos sueltos. Villagran dispuso sus muestras en portaobjetos de vidrio, de manera tal que podía estudiar con precisión por qué el sedimento está compuesto por agregados de varios tonos de amarillo, anaranjado y rojo. Al caracterizar el sedimento interior de la caverna y alrededor de ella, quedó claro que la producción de cenizas ocurría dentro del refugio. Ella también detectó fragmentos de termiteros, lo cual indicaba que, por algún motivo, llevaban ese material para el interior de la cueva. “Tal vez lo usaran como piedras calientes para cocinar o como horno, tal como los aborígenes xavantes lo utilizan para cocinar sus tortas de maíz”, especula. Luego del estudio a escala microscópica, se dio cuenta de que los campos de Lagoa Santa están repletos de termiteros.

Hay un enigma que surgió al comprobar que la coloración roja oscura presente en ciertas partes del sedimento habría exigido altas temperaturas, más de 600 grados Celsius (ºC). En experimentos en los cuales encendía hogueras e introducía en las llamas un termómetro de cable bien largo, Villagran comprobó que el suelo debajo del fuego no se veía afectado por tan altas temperaturas. La explicación literalmente cayó en su cabeza la segunda vez que visitó el sitio arqueológico. “Noté que caía una lluvia de sedimento desde el paredón de piedra situado arriba de la entrada de la caverna”, relata. Si cayesen directamente sobre una hoguera, esas partículas se toparían con temperaturas entre 800 ºC y 1000 ºC.

Adriano Gambarini Al analizar la microestructura del sedimento alrededor de las sepulturas, Villagran notó una continuidad alterada en ciertos puntos, como si alguien hubiera cavado para hacer una fosa. Ella quiere proseguir con los análisis para describir cómo se construían las sepulturas. Strauss también quiere saber si las prácticas funerarias sofisticadas sólo se daban en Lapa do Santo: él cree que habría sido una cultura más difundida. “Estudié las publicaciones antiguas y las pruebas se encuentran ahí, sólo que no se las analizó de esta manera”, sostiene el arqueólogo, quien se propone ampliar los estudios para otras regiones del país.

Hay una limitación, y esta es que lo que ya se ha excavado no puede recuperarse, a no ser que se lo haya documentado muy meticulosamente. Y hasta hace poco, los registros eran defectuosos, incluso por falta de recursos. “Cuando se hace una excavación, es lo mismo que leer un libro y quemar sus páginas”, compara Strauss, quien se especializó en documentación arqueológica. Él relata que excavar una sepultura demanda entre 20 y 25 días, durante los cuales se extrae poco a poco el sedimento mientras se genera un modelo tridimensional de los hallazgos y se registra todo con fotografías y video. Según él, las libretas de campo de los arqueólogos deben consignar minuciosamente la información y observaciones y ser públicas: nada de diarios personales. “Este enfoque incluso se está profundizando en la arqueología brasileña”.

Desde 2011 en adelante, se exhumaron otras 11 sepulturas, que corroboran los modelos descritos con anterioridad y atraviesan un proceso de estudio. Las excavaciones prosiguen en Lapa do Santo e incluso prometen revelar otros lapsos de tiempo y costumbres. En opinión del arqueólogo estadounidense Kurt Rademaker, docente de la Universidad del Norte de Illinois y experto en cazadores-recolectores, el trabajo en Lagoa Santa se suma al que se realiza en la región de los Andes y que alumbra una gran diversidad cultural. “Strauss y su equipo interdisciplinario están haciendo ciencia arqueológica de punta y enriqueciendo nuestro conocimiento al respecto de la apariencia física, la antigüedad y los modos de vida de los antepasados sudamericanos y, en particular, sobre sus interesantísimas prácticas rituales”, afirma. Resulta imposible saber lo que se les pasaba por la cabeza a esos antiguos habitantes de lo que hoy es el estado de Minas Gerais, pero el equipo involucrado en los estudios está empeñado en la construcción de un retrato aproximado.

Proyecto
Orígenes y microevolución del hombre en América: Un abordaje paleoantropológico (III) (nº 2004/01321-6); Modalidad Apoyo a la Investigación – Temático; Investigador responsable Walter Alves Neves (IB-USP);Inversión R$ 2.032.930,19

Artículos científicos
STRAUSS, A. et al. Early Holocene funerary complexity in South America: The archaeological record of Lapa do Santo (east-central Brazil). Antiquity. En prensa.
DA-GLORIA, P. J. T. et al. Dental caries at Lapa do Santo, central-eastern Brazil: An Early Holocene archaeological site. Annals of the Brazilian Academy of Sciences. En prensa.
STRAUSS, A. et al. Os padrões de sepultamento do sítio arqueológico Lapa do Santo (Holoceno Inicial, Brasil). Boletim do Museu Paraense Emílio Goeldi. Ciências Humanas. v. 11, n. 1, p. 243-76. ene.-abr. 2016.
STRAUSS, A. et al. The oldest case of decapitation in the New World (Lapa do Santo, east-central Brazil). PLOS ONE. sept. 2015.
STRAUSS, A. et al. The cranial morphology of the Botocudo indians, Brazil. American Journal of Physical Anthropology. v. 157, n. 2, p. 202-16. jun. 2015.
VILLAGRAN, X. S. et al. Buried in ashes: Site formation processes at Lapa do Santo rockshelter, east-central Brazil. Journal of Archaelogical Science. Online. 26 jul. 2016.

Republish