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ECOLOGÍA

América acuática

La degradación de hábitats podría amenazar la estabilidad de la mayor diversidad de peces del mundo

Léo Ramos, tomadas en el acuario de São PauloEn América del Sur, la diversidad de peces incluso es mayor de lo que se pensaba. Mientras que hace menos de 20 años, las estimaciones que contemplaban 8 mil especies eran consideradas una exageración, las más de 100 especies descritas en la última década permiten estimarla actualmente en alrededor de 9 mil especies. Entre ellas, una cifra relativamente baja, que va del 4% al 10%, se encuentra bajo amenaza de extinción, mientras que en América del Norte y Europa, esos índices son de 27% y 37% respectivamente. No obstante, aquí, el avance del desmonte, de la urbanización, de los embalses fluviales, entre otros factores, amenaza ese bienestar relativo. Eso es lo que revela el artículo del biólogo Roberto Reis, de la Pontificia Universidad Católica de Rio Grande do Sul (PUC-RS), publicado en una edición especial de Journal of Fish Biology lanzada en el mes de julio, que aporta datos inéditos acerca de la conservación de los hábitats acuáticos: no sólo en lo referente a ríos y mar, sino también en cuanto a manglares, estuarios, lagunas costeras, lagos y arroyos.

Los estuarios, más sensibles a las alteraciones ocasionadas de la actividad humana que los grandes cuerpos de agua, son sitios importantes para la reproducción y cría de los peces que habitan tanto en ríos como en el mar. Además, las lagunas y arroyos cobijan especies endémicas que, al no existir en otro lugar, pueden resultar extintas cuando se alteran esos ecosistemas. “Especialmente en las costas del nordeste y sudeste de Brasil, hay muchas lagunas que ni siquiera figuran en los mapas y se convierten en pantanos o se secan por completo a raíz del drenaje y la acumulación de sedimentos, impidiendo saber si había especies endémicas”, dice la bióloga Ana Cristina Petry, del Núcleo de Ecología y Desarrollo Socioambiental de Macaé, en la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ).

En un trabajo conjunto con un equipo de científicos de Piauí a Mar del Plata, Argentina, Petry recopiló datos de 103 lagunas de la costa atlántica del continente, que sumaron alrededor de 5.400 kilómetros cuadrados (km2) de superficie y una cifra variable de especies: desde tan sólo una hasta 76. Hay un dato alarmante: alrededor del 80% de las lagunas estudiadas no están contempladas como unidades de conservación. “Las lagunas costeras prestan servicios ecosistémicos importantes como sitios de reproducción y cría, no sólo para peces marinos y de agua dulce, sino para insectos, anfibios, reptiles y aves, aparte de ser sitios de pesca”, explica. Varias de las lagunas en estudio sufrieron, a lo largo de décadas, profundas modificaciones en cuanto a su área y diversidad de especies.

Una amenaza reside en la introducción de especies exóticas, que compiten por el alimento y las áreas de reproducción con las nativas, causando un desequilibrio al sistema. En el caso de las pequeñas lagunas costeras nordestinas, con una superficie menor a 1 km2, esas especies foráneas representan el 50% de las especies.

Otros ambientes acuáticos sensibles a la actividad humana son los arroyos, cuyas dimensiones son menores a las de los ríos y normalmente se encuentran cerca de la selva. Los organismos que pululan en sus aguas dependen del alimento que aquella les aporta en forma de hojas, frutos e insectos. Algunos arroyos forman microcuencas independientes de las grandes cuencas hidrográficas y se encuentran incluso más amenazados por el desmonte y la contaminación. Ese es el caso del río Mato Grosso, que, a pesar de su nombre, es un arroyo en el estado de Río de Janeiro. La bióloga Rosana Mazzoni, de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (Uerj), analizó la fauna de tres segmentos diferentes de ese arroyo: uno bien preservado, con aguas transparentes donde no penetra la luz, dado el dosel cerrado que forman los árboles sobre el mismo, un segundo tramo, donde la selva fue parcialmente talada y un tercero, donde el desmonte es total, con bastante incidencia de luz y aguas turbias debido al exceso de algas y a la erosión de las costas.

Léo Ramos, tomadas en el acuario de São Paulo Pirarucú: pesca controlada en la Amazonia, aunque no se sabe cuántas especies se encuentran amenazadasLéo Ramos, tomadas en el acuario de São Paulo

Impacto
La bióloga y sus colaboradores detectaron disparidades significativas en esos sitios, en cuanto a la densidad piscícola y su pauta alimentaria. Mientras que cinco especies de peces se hallan presentes en cada uno de esos lugares, la zona sin selva propició la proliferación de animales tolerantes a los sedimentos, como son los casos del plecostomo punteado (Hypostomus punctatus) y el vulgarmente conocido como “limpia vidrio” (Parotocinclus maculicauda), dos especies cuyo nombre popular es vieja del agua. Además, mientras que en el área preservada la principal fuente de alimento de los peces eran invertebrados tales como larvas, en las zonas de desmonte esa dieta la suplantaban con detritos, materia orgánica y algas, que se tornan abundantes en ausencia de una cobertura forestal, gracias a una mayor incidencia lumínica que propicia la fotosíntesis. “En este caso, la remoción de la selva al menos no extinguió especies, las cuales lograron adaptarse”, dice Mazzoni. “Empero, la densidad de algunas de ellas es bastante variable según las condiciones locales”. Del mismo modo que las viejas del agua proliferan en las áreas degradadas, las mojarras Astyanax taeniatus y Characidium vidali, que abundan en las áreas preservadas, van tornándose más raras a medida que aumenta el desmonte.

El biólogo Mário Barletta, editor de la edición especial del Journal of Fish Biology y docente de la Universidad Federal de Pernambuco (UFPE) hace hincapié en la necesidad de encauzar las políticas de conservación acorde a datos científicos, algo que no siempre se realiza. “El desarrollo económico es necesario, pero se debe tener siempre en cuenta el impacto que ocasiona en el ambiente”, recomienda. El investigador pone énfasis en las grandes obras de infraestructura, cuya ejecución no siempre es precedida de estudios. En uno de los casos en los que sí se hizo, él pudo hacer un mapeo de la fauna de un área de estuario previamente, durante y después de un dragado para la construcción de una terminal portuaria en el complejo estuarino de la bahía de Paranaguá, en el estado de Paraná. El gradiente de salinidad de los estuarios ‒una transición entre río y mar‒ favorece tanto a peces como a crustáceos.

El dragado, donde se extraen sedimentos del fondo, se realiza en áreas portuarias para profundizarlas y posibilitar que atraquen grandes buques. “La acumulación de sedimentos en el fondo se produce, en parte, porque las costas de los ríos fueron taladas. La selva retiene esos materiales y no deja que vayan a parar al agua”, explica Barletta. Si no hubiera vegetación en la zona, poco tiempo después del dragado, el mismo vuelve a ser necesario, porque los sedimentos tienden a acumularse nuevamente en el lecho.

En el estudio del estuario de la bahía de Paranaguá, una importante área de pesca artesanal, lugar de reproducción y cría de peces marinos y estuarinos, ciertas especies de importancia comercial local, tales como la especie que en Brasil denominan betara o papa-terra (Menticirrhus americanus) y la corvinata blanca (Cynoscion leiarchus) prácticamente desaparecieron durante e inmediatamente después de la obra. Simultáneamente y atraídos por los peces muertos, los bagres Cathorops spixii y Aspistor luniscutis incrementaron hasta 10 veces su densidad durante la ejecución de la obra. Barletta y otros investigadores involucrados en el estudio determinaron, por lo tanto, que los dragados deberían hacerse entre el final de la estación lluviosa y el inicio de la seca, cuando no se registra actividad reproductiva en el área. “Gracias al estudio previo, determinamos la mejor época para la realización de la obra y reducir su impacto”, comenta.

Léo Ramos, tomadas en el acuario de São Paulo Cachama (Colossoma macropomum): la diversidad genética puede alterarse por interferencias en la Cuenca AmazónicaLéo Ramos, tomadas en el acuario de São Paulo

Plástico
Incluso cuando se respeta la época de reproducción de los peces, existe una amenaza creciente que incide en el inicio de la vida de estos animales: la presencia de plástico en los cuerpos de agua. En otro estudio publicado en el mismo fascículo, Barletta intentaba enumerar las especies presentes en los manglares del estuario del río Goiana, en la costa de Pernambuco, según las fases de la luna. De acuerdo con el biólogo, los estudios de poblaciones de peces normalmente tienen en cuenta escalas temporales de meses y años, raramente ciclos lunares o períodos de días o semanas. Sin embargo, en esos breves intervalos puede percibirse una relación más directa entre el hábitat y sus recursos (alimentación, resguardo, protección ante predadores y otros comportamientos).

Más allá de enumerar las especies, en todas las áreas estudiadas se hallaron micro y macroplásticos (fragmentos menores o mayores a 5 milímetros, respectivamente), en densidades similares a las de los huevos y larvas de la tercera especie más abundante, la sardina (Rhinosardinia bahiensis). Durante el período de luna menguante, cuando hay menos zooplancton (larvas y crías muy pequeñas), es justamente cuando se detecta mayor cantidad de microplásticos, como resultado de la degradación de botellas PET, bolsas, hilos y redes de pesca, bajo los efectos del sol y el agua.

La presencia de esos residuos en los manglares es especialmente alarmante, ya que es en esos ecosistemas donde viven las larvas, alevinos y crías de otros animales acuáticos hasta alcanzar una edad segura que les permite migrar hacia un río, estuario o al océano. “Al compartir el hábitat de los peces y larvas, el microplástico puede ser ingerido incorporándose a la cadena trófica, junto con los contaminantes que contiene, tales como cadmio, cobre y zinc”, explica Barletta. Esto significa que los contaminantes no sólo afectarán a los seres que comieron el microplástico, sino que pasarán a sus predadores y, sucesivamente, a los que se alimentan de ellos, llegando a los seres humanos.

Léo Ramos, tomadas en el acuario de São Paulo Pez gato de cola roja (Phractocephalus hemioliopterus): su dieta incluye otros peces, lo que aumenta el riesgo de contaminación por mercurioLéo Ramos, tomadas en el acuario de São Paulo

Pesca
Ese es el motivo por el cual, los proyectos de conservación deben tener en cuenta el factor humano. En el caso del pirarucú (Arapaima sp.), por ejemplo, pese a que su pesca se encuentra prohibida en el estado de Amazonas, se comercializa ampliamente allí. Una posible solución sería lo que se denomina manejo comunitario. El biólogo Thiago Petersen, quien realiza un doctorado en el Instituto de Investigaciones de la Amazonia (Inpa) estudió de cerca la recuperación de la población de pirarucús de la Reserva de Desarrollo Sostenible Piagaçu-Purus, uno de los pocos sitios donde ese pez, de hábitat lacustre, puede pescarse en Amazonas.

“En el caso del manejo comunitario se efectúa un recuento de la población de pirarucús de cada lago, y a continuación se genera un plan de gestión con la comunidad, en el cual se establecen cuáles lagos permitirán la pesca comercial, cuáles sólo para el consumo de la comunidad y aquellos en los que no se puede pescar”, dice Petersen. En los lugares donde ese modelo de gestión es más antiguo, como es el caso de la Reserva de Desarrollo Sostenible Mamirauá, también en Amazonas, se permite la extracción de hasta un 30% de la población piscícola por año. En las áreas que recién se inician en el empleo del manejo comunitario, tal el caso de Piagaçu-Purus, se estipula un límite más conservador, que va de un 8% a un 10%. En este caso, el esfuerzo dio resultado: desde 2008, cuando se implementó ese tipo de manejo, hasta 2014, el aumento de las poblaciones del pez fluctuó entre un 62% y un 99%.

Pese a algunas tentativas exitosas de preservación, Leandro Castello, coautor del artículo sobre pirarucús y docente del Virginia Polytechnic Institute and State University, en Estados Unidos, advierte que falta información para conocer con mayor precisión cuántas son las especies amenazadas. “En la Amazonia, por ejemplo, la degradación de esos ecosistemas es relativamente baja, pero esto está cambiando aceleradamente y es cuestión de tiempo hasta que el panorama se altere por completo”, afirma. Uno de los factores que afectan directamente a los peces amazónicos son las centrales hidroeléctricas. “Los peces incluso atraviesan los embalses para desovar en los tramos altos del río”, relata Roberto Reis. “Sin embargo, cuando los huevos descienden por el río y llegan a una represa, ya no hay corriente que los empuje y quedan fondeados en un lecho sin oxígeno y mueren. Los que quedan, son engullidos por los millones de mojarras que habitan en las represas”.

Artículos científicos
REIS, R. E. et al. Fish biodiversity and conservation in South America. Journal of Fish Biology. v. 89, p. 1-16. Jul. 2016.
LOBÓN-CERVIÁ, J. et al. Effects of riparian forest removal on the trophic dynamics of a Neotropical stream fish assemblage. Journal of Fish Biology. v. 89, p. 50-64. Jul. 2016.
BARLETTA, M. et al. Effects of dredging operations on the demersal fish fauna of a South American tropical-subtropical transition estuary. Journal of Fish Biology. v. 89, p. 890-920. Jul. 2016.
LIMA, A. R. A. et al. Changes in the composition of ichthyoplankton assemblage and plastic debris in mangrove creeks relative to moon phases. Journal of Fish Biology. v. 89, p. 619-40. Jul. 2016.
PETERSEN, T. A. et al. Recovery of Arapaima sp. populations by community-based management in floodplains of the Purus River, Amazon. Journal of Fish Biology. v. 89, p. 241-48. Jul. 2016.
PETRY, A. C. et al. Fish composition and species richness in eastern South American coastal lagoons: Additional support for the freshwater ecoregions of the world. Journal of Fish Biology. v. 89, p. 280-314. Jul. 2016.

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