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Literatura

Las fluctuaciones de Dostoyevski

De acuerdo con un estudio, el prestigio de los escritores rusos durante la primera era de Getúlio Vargas osciló al calor de la política

Reproducción Sérgio Guerini Xilografía de Axl Leskoschek que ilustra un pasaje de Los demonios, publicado en el año 1940Reproducción Sérgio Guerini

En 1943, el jurista y periodista Clovis Ramalhete, en un artículo publicado en la revista Directrizes e intitulado “Dostoyevski en la calle Ouvidor”, decía que en los años anteriores “Dostoyevski fue sucesivamente en Brasil un novelista de morro, un cuentista a la vera del río, un calamburista noctámbulo y otros tipos frecuentes en el registro civil de la literatura brasileña”. No es posible saber a ciencia cierta a quién Ramalhete se refería cifradamente, pero la ironía es clara: el novelista ruso Fiódor Dostoyevski  (1821-1881) se había convertido en una referencia literaria omnipresente en el país, aun cuando pudiese adaptárselo a contextos sumamente distintos entre sí.

El investigador Bruno Barretto Gomide, profesor de lengua y literatura rusa en la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la Universidad de São Paulo (FFLCH-USP), tomó prestado el título del artículo para su tesis de libre docencia, aprobada en agosto de este año, en donde aborda las relaciones entre la recepción de la literatura rusa en los medios políticos y culturales brasileños y las “fluctuaciones políticas de la era Vargas”, en referencia al período de tiempo comprendido entre 1930 y 1945, especialmente el régimen dictatorial instaurado después de 1937. Una de las conclusiones de la investigación indica que, al final de esa época (1944-1945), con la publicación de una colección de obras del autor por la editorial José Olympio –que quedaba en la calle Ouvidor, en el centro de Río de Janeiro–, Dostoyevski  “adquirió un carácter ecuménico” en Brasil.

Barretto Gomide, quien había estudiado la recepción de Dostoyevski en Brasil entre 1888 y 1937 durante su doctorado, origen del libro Da estepe à caatinga (Edusp, 2011), se dedicó durante ocho años a la investigación de la era Vargas, trabajando en cuatro ejes interrelacionados: la crítica literaria brasileña, el mercado editorial destinado a los rusos, con relieve para la colección de editorial José Olympio, la actuación de los órganos de censura del Estado Novo con relación a la literatura rusa y la política cultural soviética de difusión internacional de sus escritores. Además del mapeo y del análisis de textos de prensa y de libros publicados en Brasil, Barretto Gomide realizó, con el apoyo de la FAPESP, viajes a Rusia (Moscú y San Petersburgo) y a Estados Unidos (para consultas en el sistema de bibliotecas de la Universidad Harvard), en los cuales estudió entre otros temas la recepción de la literatura rusa en varios países “para detectar aproximaciones y diferencias con relación al caso brasileño”. Con el objetivo de contrastar los efectos de la censura estatal de Dostoyevski en Brasil, Baretto Gomide verificó la aparición y la desaparición del autor en la colección de libros didácticos de la Facultad de Educación de la USP.

Reproducciones Sérgio Guerini En ésta y en la otra página, xilografías de Axl Leskoschek, austríaco radicado en Brasil, para la edición brasileña de Los hermanos KaramazovReproducciones Sérgio Guerini

Caída abrupta
“La forma de relacionarse de los actores políticos y culturales con la literatura rusa, movilizando pasiones a favor y en contra, permite trazar un bloque significativo de la historia cultural brasileña”, sostiene Barretto Gomide. Según el investigador, hubo entre el comienzo y mediados de la década de 1930 aquello a lo que el crítico Brito Broca calificó como “fiebre de eslavismo”: varias editoriales, muchas asociadas a intelectuales e imprentas de izquierda, publicaban libros de escritores rusos, en coincidencia con las políticas de difusión literaria de la Unión Soviética (URSS) y la formación, en el plano internacional, de redes de apoyo al régimen y al pueblo del país.

Con el alzamiento comunista liderado por Luiz Carlos Prestes en 1935 y la instauración del Estado Novo en 1937, la publicación de obras rusas sufrió una caída abrupta, que sólo volvió a cobrar fuerza a finales de 1942. Barretto Gomide sostiene que, aun con esos vaivenes, la literatura rusa nunca estuvo totalmente ausente del escenario brasileño, pero los autores publicados eran los del siglo XIX, no los posteriores a la revolución comunista de 1917. Ya sea en alza o en baja, la recepción brasileña durante ese período siempre estuvo referenciada por matices políticos.

Durante la era Vargas, el investigador identifica tres grupos de lectores críticos. Uno de ellos sostenía que la literatura rusa del siglo XIX no tenía nada que ver con el bolchevismo. Formaban parte de ese grupo intelectuales católicos tales como Alceu Amoroso Lima y Taso da Silveira, algunos de ellos vinculados al integralismo (el movimiento político brasileño emparentado con el fascismo). “Para ellos, la revolución había enterrado a la literatura rusa”, afirma Barretto Gomide. Había un segundo grupo que, pese a la dimensión antirrevolucionaria de autores como el propio Dostoyevski, veía una relación directa entre sus obras y la revolución. “Consideraban que todos los escritores del período eran de izquierda y usaban como argumento la confrontación de algunos, tales como Dostoyevski  y Lev Tolstói (1828-1910), con el Estado”, dice Barretto Gomide. El tercer grupo tenía una visión intermedia: sus integrantes creían que las obras de ese conjunto de escritores “profetizaban” el futuro próximo, pero no podían ser responsabilizadas por la revolución. Una figura insigne de esa tendencia –que veía a Dostoyevski  “con una mezcla de fascinación y horror”‒ fue Gustavo Barroso, teórico del integralismo.

“La caída de la publicación de los rusos que ocurrió con el Estado Novo coincide con la represión policial violenta de los intelectuales de izquierda”, asevera el investigador. “Los editores se asustaron y se sintieron disuadidos de publicar a los rusos”. Un caso paradigmático del cambio de escenario fue el del intelectual modernista Jaime Adour da Câmara, quien al final de los años 1920 había viajado a la URSS por su interés en la literatura del país. Pero una noticia publicada en la revista Dom Casmurro en 1937 dio cuenta de que Adour había abandonado un estudio sobre Tolstói porque había viajado “al monte”. Barretto Gomide subraya que varios otros intelectuales de esa época fueron igualmente “al monte”. “Los intelectuales de izquierda se callaron, y muchos pasaron a trabajar en las esferas del Estado Novo.”

Un momento clave en esa etapa fue la convocatoria policial al único traductor directo del ruso en esa época, Georges Selzoff. “La policía le aconsejó que parase”, comenta Barretto Gomide. Prontuarios que el investigador halló en los archivos del Departamento de Orden Público (Deops) registran acciones directas de incautación de materiales relacionados con temas rusos. En 1945, una crónica del poeta Carlos Drummond de Andrade (1902-1987), Livros assasinados, evocaba la en ese entonces reciente persecución contra libros de todos los autores cuyos apellidos terminasen en “ov” e “insky”.

Incluso el régimen soviético, según Barretto Gomide, nunca vio con buenos ojos la literatura de Dostoyevski. Su material de difusión cultural destinado al exterior no incluía libros ni textos de este autor. “Dostoyevski  era visto como un genio cruel, un talento usado para el mal”, afirma el investigador. “Para el régimen, las obras del autor estaban pautadas por patologías y estados perversos que no correspondían con lo que una sociedad del futuro deseaba”. Barretto Gomide recuerda que Dostoyevski era también, desde el punto de vista directamente político, un personaje que el gobierno comunista prefería dejar de lado: todas las novelas de la etapa final del escritor –las más conocidas, tales como Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov, y fundamentalmente Los demonios– contenían polémicas con la izquierda rusa.

Reproducciones Sérgio Guerini En ésta y en la otra página, xilografías de Axl Leskoschek, austríaco radicado en Brasil, para la edición brasileña de Los hermanos KaramazovReproducciones Sérgio Guerini

El alma rusa
Las cosas empezaron a cambiar en Brasil a medida que ‒al final de la dictadura de Vargas‒ el gobierno se fue acercando a los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, especialmente después de la batalla de Stalingrado, entre 1942 y 1943, en la cual el Ejército ruso derrotó a las tropas nazis, y que fue el hito del viraje del conflicto. El mercado editorial brasileño reaccionó rápidamente a los nuevos tiempos. Editorial José Olympio lanzó la colección Dostoyevski, la primera en Brasil dedicada a un mismo escritor extranjero (simultáneamente, editorial Globo publicaba las obras del francés Honoré de Balzac). Durante ese período de final de la dictadura, Barretto Gomide detecta una conciliación entre las tendencias de izquierda y de derecha. Nunca se publicó tanta literatura rusa en Brasil como en esa época, aunque en la mayoría de los casos por medio de traducciones del francés o del inglés. El investigador contabilizó 83 títulos entre 1943 y 1945, un volumen mayor que el del auge actual, que se inició a finales de la década de 1990, en que se destacan las traducciones directas consideradas de excelente calidad realizadas por figuras como Paulo Bezerra y Boris Schnaiderman (1917-2016). Este último, en rigor, ya traducía ruso desde la década de 1940.

Para Bezerra, profesor jubilado de la Universidad Federal Fluminense, quien tradujo en portugués, entre otros, Crimen y castigo, con más de 120 mil ejemplares vendidos desde 2002, “la traducción directa le hace sentir al lector la autenticidad de los personajes y el ritmo de la narración”. En la actual “fiebre de eslavismo”, la valoración de la popularidad de Dostoyevski, para Bezerra, se debe “a la actualidad de los problemas no resueltos por la sociedad  moderna y a la forma revolucionaria de sus novelas, en las cuales los representantes de los diversos segmentos de la sociedad  se manifiestan con la misma importancia”. Andrea de Barros, docente de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo (PUC-SP), quien estudió la recepción de Dostoyevski  en Brasil, afirma que el comienzo de la buena acogida internacional del escritor en el siglo XIX obedeció a una idea de que “había en aquella literatura una especie de redención del positivismo europeo”. Según la investigadora, “aún hoy en día la idea de un ‘alma rusa’, una visión romántica de Rusia y de los rusos, atraviesa el imaginario de los lectores brasileños”.

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