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ARQUEOECOLOGÍA

Un enorme huerto

La distribución de árboles y geoglifos resaltan el impacto de las poblaciones humanas precolombinas en la selva amazónica

Carolina Levis Árboles utilizados por el hombre predominan en un área de tierra fértil del Parque Nacional de Humaitá, en el estado de AmazonasCarolina Levis

Mucho antes del arribo de los europeos a América, la Amazonia estaba poblada por indígenas que sabían valerse muy bien de la selva en beneficio propio. Seleccionaban y cultivaban plantas a punto tal de alterar sus propiedades, excavaban zanjas circulares o cuadrangulares visibles a kilómetros de altura y disponían de reservorios de agua. El resultado de milenios de alteraciones es una selva que poco tiene de virgen, según los botánicos y los arqueólogos.

“Detectamos que en las proximidades de los sitios arqueológicos existe una mayor concentración y diversidad de árboles que eran utilizados por los indígenas”, comenta la bióloga Carolina Levis, doctorando en el Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonia (Inpa) y en la Universidad de Wageningen, en Holanda, que es la primera autora de un artículo publicado este mes en la revista Science, que por primera vez analizó correspondencias entre los registros arqueológicos y botánicos. Las diferencias son tan evidentes que la investigadora sugiere el empleo de la composición de la flora como característica para la localización de asentamientos humanos antiguos. Teniendo en cuenta a los árboles actuales, ella detectó 85 especies usadas y domesticadas por los aborígenes, como son la palmera de asaí (Euterpe oleracea), la nuez de Brasil (Bertholletia excelsa) y el árbol del caucho (Hevea brasiliensis).

Los resultados fueron posibles gracias a dos extensos bancos de datos. Uno compilado por el arqueólogo Eduardo Tamanaha, doctorando en el Museo de Arqueología y Etnología de la USP (MAE-USP), y por el ecólogo André Junqueira, quien actualmente realiza una pasantía posdoctoral en la Universidad de Wageningen, que incluye datos de más de 3 mil sitios arqueológicos. El otro fue creado por el botánicos Hans ter Steege, del Centro de Biodiversidad Naturalis, en Holanda, que integran una red de investigadores que hicieron inventarios botánicos en 1.170 parcelas de muestreo en la Amazonia, con más de 4 mil especies arbóreas.

Edison Caetano El geoglifo Hortigranjeira, descubierto en el estado de Acre, es considerado complejo por contar con varios elementosEdison Caetano

Quien haya visitado un huerto y aprendió cuáles árboles son los que rinden los mejores frutos puede imaginarse a esta selección como el primer paso de la domesticación. Poco a poco, empieza a haber un manejo diferenciado de estas plantas. El próximo paso consiste cultivarlas fuera del entorno de la selva, como por ejemplo, en huertas y chacras. Con el tiempo, la morfología y la genética del fruto se van alterando, generando poblaciones e individuos con características muy disímiles a las del original.

Itinerarios
La prospección de pistas del proceso de domesticación en el material genético de esas plantas es el objetivo que se propuso el biólogo estadounidense Charles Clement, del Inpa, codirector de doctorado de Levis junto a la bióloga Flávia Costa, y uno de los autores del artículo. Un ejemplo de ello es el chontaduro o (Bactris gasipaes), una palmera a la cual destaca por lo apreciado que son sus frutos, no sólo por el palmito más conocido en el sudeste. En la variedad silvestre, cada fruto pesa alrededor de 1 gramo (g), pero puede llegar a 200 g en la Amazonia occidental, en la versión doméstica. Los estudios, que lleva adelante desde su maestría, indican que la domesticación del chontaduro se inició en lo que hoy es la Amazonia boliviana y se difundió por dos rutas distintas. La variedad que abunda en la Amazonia occidental es fuente de pulpa buena para la fermentación. “La cerveza de chontaduro es la predilecta de los aborígenes”, comenta. En la región de Manaos y Belém, los frutos, ricos en aceites, no fermentan bien. En este caso, se los cuece y son muy apreciados como aperitivo. Los marcadores genéticos, sin embargo, no permiten determinar cuándo ocurrieron esos eventos.

La botánica Priscila Moreira, doctoranda bajo la dirección de Clement, obtuvo resultados más precisos con el jícaro (Crescentia cujete), empleando métodos de secuenciación que realizó en colaboración con el genetista Yves Vigouroux, del Instituto de Investigación para el Desarrollo, en Francia. En un artículo aceptado para su publicación en la revista Evolutiuonary Applications, la investigadora refuta que el jícaro haya sido domesticado en la Amazonia o en México. La planta llegó a la Amazonia ya domesticada y se cruzó con el jícaro silvestre, generando híbridos que producen frutos menores que los de la especie doméstica. Su formato también varía, y los aborígenes actuales utilizan cada tipo de una manera específica.

Val Moraes/ Central Amazon Project Cerámicas de más de mil años en el sitio Hatahara, cerca del río SolimõesVal Moraes/ Central Amazon Project

Para Clement, las investigaciones sugieren que la agricultura no es inherente a las grandes sociedades. Para aquél que vive en una selva, la domesticación del hábitat puede generar tanto alimento como los cultivos en otros lugares del mundo. La abundancia de las plantas empleadas por los pueblos originarios sugiere que muchas de las domesticaciones ocurrieron en el sudoeste de la Amazonia, donde también habrían surgido familias lingüísticas importantes, como las del tupí y el arawak. “Estos grupos podrían haber transportado a las plantas a través de grandes distancias”, sugiere Levis. La correlación entre árboles hiperdominantes e indicios de poblaciones humanas antiguas es más concluyente en el sudoeste de la Amazonia, tal el caso del estado de Rondônia, así como también en la región del delta del Amazonas, pero las conclusiones definitivas apuntan a amplias extensiones desconocidas, tanto desde el punto de vista de la flora como desde lo arqueológico. Una de las dificultades radica en determinar si la distribución de los árboles realmente fue alterada por generaciones tras generaciones de aborígenes, o bien, si esos pueblos se afincaron allí donde ya había recursos valiosos. Levi apuesta al primer supuesto. “Hallamos árboles con preferencias ecológicas distintas creciendo en las mismas parcelas de muestreo, algo que sería improbable que ocurriera naturalmente”.

La vida en la selva
“Los resultados corroboran la suposición de que siempre hubo gente habitando la Amazonia y la selva actual no es tan natural como podría creerse”, desafía el arqueólogo Eduardo Góes Neves, docente del MAE y uno de los autores del estudio. El próximo paso consiste en trabajar con mayor minuciosidad, investigando a partir de los datos arqueológicos las especies domesticadas en el pasado. “La arqueología es una ciencia social pero debe interactuar con las ciencias naturales”.

William Farfan-Rios …y arte rupestre en Hinkiori, PerúWilliam Farfan-Rios

Según Góes Neves, la lentitud de los estudios arqueológicos constituye un obstáculo. “Los botánicos pueden recoger muestras de varios puntos predefinidos en una semana”, dice. “Nosotros pasamos años excavando en un mismo sitio, es un ritmo muy lento de producción de conocimiento”. Por eso el estudio de la revista Science solamente tuvo en cuenta la presencia o ausencia de sitios arqueológicos. La variación, por ende, podría ser inmensa, tanto en lo referente a las características de los habitantes como en cuanto al tiempo.

Una porción importante de esta historia antigua está en Rondônia, cerca de la localidad de Porto Velho, donde Góes Neves comenzó a excavar hace 10 años junto al arqueólogo Fernando Almeida, por entonces su alumno y ahora docente de la Universidad Federal de Sergipe. Una abundancia de tierra negra, como resultado de sucesivas quemas que desintegran la materia orgánica, incluso los excrementos (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 183), sugiere una gran población durante un período prolongado. Es un suelo más fértil que no se degrada con el paso del tiempo y de las aguas. Además, su pH casi neutro preserva vestigios de plantas, cerámicas y otros indicios de habitación humana, en este caso, de hasta 6.500 años atrás. “En esa época ya había plantas domesticadas”, relata el profesor del MAE.

Durante sus migraciones por las inmensas extensiones amazónicas, los grupos humanos probablemente se topaban con una barrera en la cascada de Teotônio, en el río Madeira. Ahí había cantidades industriales de peces a disposición hasta que el área fue inundada cuando se construyó la represa de la central hidroeléctrica de Santo Antônio, en 2011. “La pesca favorecía el sedentarismo”, comenta Almeida. Pero también hay indicios de que el cultivo de la mandioca comenzó allí, según dice, en gran medida para elaborar cerveza. Hace milenios, esa bebida no sólo se emplea en rituales, sino también como alimento, según se describe en un artículo de 2015 en la revista Estudos Avançados.

Jorge Contreras Frutos domesticados: anón amazónico (Anonna mucosa)Jorge Contreras

La fermentación deja un craquelado típico en las cerámicas, pero la identificación de las plantas empleadas (con frecuencia maíz, además de mandioca) requiere de un análisis de vestigios vegetales. La arqueóloga inglesa Jennifer Watling, quien realiza una pasantía de posdoctorado en el MAE bajo la supervisión de Góes Neves, ha encontrado en Teotônio muestras antiguas de plantas tales como calabaza, frijol y maíz, incluso en el interior de fragmentos de cerámica: un indicio de su uso como alimento.

A unos 400 kilómetros de allí, en el estado de Acre, Watling también estudió la vegetación –actual y antigua– en torno a fosos de hasta 11 metros (m) de ancho y 4 m de profundidad formando figuras geométricas de hasta 300 m de diámetro, los geoglifos. Los vestigios de plantas, conocidos con el nombre de fitolitos, permitieron entender un poco más de la construcción y el uso de esas estructuras, según consta en un artículo publicado en febrero en la revista PNAS. “Los fitolitos son testimonios de parte de la selva arcaica”, resume la inglesa. Éstos revelan que hace 6 mil años la región estaba cubierta por caña de bambú, todavía hoy dominante, y que los geoglifos más antiguos se construyeron entre 3 mil y 3.500 años atrás en un ecosistema ya alterado por la actividad humana. Esta vegetación, más fácil de cortar, se extraía solamente en los sitios de excavación, de forma tal que esas estructuras quedaban ocultas. Otro indicio de alteración antrópica es una gran cantidad de palmeras hace 2 mil años, durante un período en el cual se produjeron incendios y las condiciones climáticas no propiciaban un aumento en la densidad de ese tipo de plantas.

Construcción
Watling explica que los distintos grupos habrían usado los geoglifos durante extensos períodos, de hasta 3 mil años, como punto de encuentro. Pero no existen indicios de grandes asentamientos en las cercanías. “Los humanos eran nómades y acampaban en el exterior de los geoglifos”, dice la arqueóloga Denise Schaan, docente en la Universidad Federal de Pará. Valiéndose de imágenes satelitales, la investigadora estudia esas estructuras desde 2005, en colaboración con colegas finlandeses, en toda la región que abarca las fronteras entre los estados de Acre, Rondônia, Amazonas y Bolivia (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 186). Desde finales de 2016, empezaron a utilizar una técnica conocida con el nombre de LiDAR (Light Detection and Ranging), a bordo de drones, para mapear la topografía del suelo en áreas selváticas. “Estamos detectando estructuras que, incluso en áreas desprovistas de gran vegetación teníamos dificultades para divisarlas”.

Carolina Levis …y asaí de la selva o chonta (Euterpe precatoria)Carolina Levis

Bastante lejos de allí, Schaan también estudia indicios de poblados en la región de Santarem-Belterra, en el centro de Pará. Son más de 100 sitios arqueológicos en una región dominada por los indios Tapajós y deteriorada por el cultivo sistemático de soja. Lo sorprendente fue que se hallaron señales de poblaciones antiguas en mesetas y lejos de los grandes ríos. “Ellos aprovechaban las depresiones para excavar pozos que podían tener de 8 a 100 metros de ancho, en los cuales almacenaban agua de lluvia y practicaban la agricultura”. La investigadora comenta que hasta hace poco las poblaciones locales utilizaban esos pozos, una práctica abolida a causa de la contaminación por los pesticidas agrícolas.

En conjunto, estos estudios refuerzan la noción de que había mucha gente  en la Amazonia antes del arribo de los europeos, tal vez entre 8 y 10 millones de aborígenes. No obstante, algunas interpretaciones son tomadas con cautela por otros científicos, como en el caso de la paleoecóloga Crystal McMichael, docente en la Universidad de Ámsterdam, en Holanda. En un artículo publicado en enero en la revista PNAS, McMichael y otros colegas señalan que gran parte de los estudios botánicos se realiza en los sitios donde habitaron seres humanos, de manera tal que las alteraciones dejadas en la selva podrían tener un peso desproporcionado para la comprensión ecológica de la región. “Estudiamos una fracción tan pequeña de la Amazonia, tanto en términos de arqueología como de ecología, que debemos tener cuidado al extrapolar en áreas inexploradas en cualquiera de las disciplinas”, advierte.

Salman Kahn Técnica láser (LiDAR) a bordo de drones permite divisar estructuras debajo de la selvaSalman Kahn

La investigadora no está convencida de la relación causal entre las poblaciones antiguas y las alteraciones en la selva y dice que resta probar cuándo se hicieron las domesticaciones. Para Góes Neves, estas discordancias son positivas y han conducido a los investigadores a una revisión de sus datos para hallar las respuestas. “Creo que muchas de la discrepancias surgen del hecho de que los arqueólogos, los ecólogos y los paleoecólogos no hablan un lenguaje común, aunque estamos comenzando a compartir ideas”, sugiere Crystal.

Proyectos
1. Relaciones estructuradoras entre hidrología y vegetación en el Interfluvio Purus-Madeira (nº 09/53369-6); Modalidad Ayuda a la Investigación – Regular; Acuerdo Fapeam; Investigador responsable Javier Tomasella (Inpe); Inversión R$ 138.310,07 (FAPESP).
2. Interacciones precolombinas hombre-ambiente en la cuenca del Alto Madeira, al sudoeste de la Amazonia (nº 14/21207-5); Modalidad Beca de Posdoctorado; Investigador responsable Eduardo Góes Neves (USP); Becaria Jennifer Watling; Inversión R$ 280.149,35

Artículos científicos
LEVIS, C. et al. Persistent effects of pre-Columbian plant domestication on Amazonian forest composition. Science. v. 355, n. 6328, p. 925-31. 3 mar. 2017.
WATLING, J. et al. Impact of pre-Columbian “geoglyph” builders on Amazonian forests. PNAS. v. 114, n. 8, p. 1868-73. 6 feb. 2017.
MCMICHAEL, C. N. H. et al. Ancient human disturbances may be skewing our understanding of Amazonian forests. PNAS. v. 114, n. 3, p. 522-7. 17 ene. 2017.
CLEMENT, C. et al. The domestication of Amazonia before European conquest. Proceedings of the Royal Society B. v. 282, n. 1812. 7 ago. 2015.
ALMEIDA, F. O. de. A arqueologia dos fermentados: A etílica história dos Tupi-Guarani. Estudos Avançados. v. 29, n. 83, p. 87-118. ene-abr. 2015.

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