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Roberto Lent

Roberto Lent: Un experto en conexiones

Neurocientífico de la UFRJ analiza la versátil comunicación entre las neuronas y propone nuevas formas de utilización de la ciencia para mejorar la educación

Léo Ramos ChavesEl neurocientífico Roberto Lent estudia desde hace casi 40 años la formación y la reorganización de las conexiones entre las áreas del cerebro. Recientemente, se propuso estimular otro tipo de interacción: entre investigadores con emprendedores y educadores, con el objetivo de generar conocimientos que perfeccionen las estrategias de aprendizaje y puedan rápidamente ser asimiladas por docentes y alumnos en las aulas. Y espera que el desarrollo de esta área, a la cual se le denomina ciencia para la educación, contribuya a mejorar con rapidez el nivel educativo de los niños y adolescentes brasileños.

Hijo del parasitólogo Herman Lent, estudioso de los insectos transmisores del Mal de Chagas, y de la química Maria Gregória Rivarola, Roberto nació en Río de Janeiro en 1948 y creció sabiendo que quería ser científico. Ingresó en la carrera de medicina de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) en 1967 con la intención de dedicarse a la genética, por entonces, la ciencia de moda, pero una pasantía que realizó al comienzo de la carrera lo hizo cambiar de idea. Cuando aún no se había recibido inició una maestría durante la cual investigó la capacidad de alteración de las conexiones cerebrales –lo que se denomina neuroplasticidad− en el sistema visual de la zarigüeya.

Lent se transformó en un experto en agenesia del cuerpo calloso, una malformación congénita del cerebro que impide el intercambio de informaciones entre los dos hemisferios y perjudica el desarrollo. Junto a la neurocientífica Fernanda Tovar-Moll, investigadora de la UFRJ y del Instituto D’Or de Pesquisa e Ensino, descubrieron que el cerebro de las personas afectadas por este problema establece rutas de comunicación alternativas entre ambos hemisferios. Con todo, su trabajo científico más conocido se refiere al conteo de las neuronas cerebrales, un estudio que condujo a una revisión de algunos de los postulados de la neurociencia.

Como divulgador de la ciencia entre el público en general, fue partícipe de la fundación de la revista Ciência Hoje en la década de 1980 y escribió la serie de libros para niños As aventuras do neurônio lembrador [Las aventuras de la neurona evocadora] (Vieira & Lent), que luego fue adaptada como obra de teatro. Casado con la editora Cilene Vieira y padre de cuatro hijos, Lent recibió a Pesquisa FAPESP en su laboratorio en la UFRJ y se refirió a su rol como articulador de una red nacional de investigación en ciencia para la educación y a otros proyectos.

Edad
69 años
Especialidad
Neurociencia
Estudios
Título de grado en medicina (1972), maestría (1973) y doctorado en biofísica (1978) concedidos por la Universidad Federal de Río de Janeiro
Institución
Universidad Federal de Río de Janeiro
Producción científica
Publicó 87 artículos; dirigió a 17 alumnos en sus maestrías y a otros 17 en sus doctorados

¿Cuál es su principal proyecto actual?
Hace cuatro años que estoy fascinado con la science of learning, la ciencia para la educación. Mucha gente la confunde con la enseñanza de ciencias o divulgación científica, pero es una cosa diferente. Es la investigación inspirada por la educación. Puede tratarse de estudios sobre la memoria, la neuroplasticidad, la transmisión sináptica, la alfabetización y los trastornos del aprendizaje. Hay espacio para la ciencia básica y para el desarrollo de productos, tales como videojuegos que ayuden al aprendizaje. El objetivo es ampliar el conocimiento al respecto de las formas más eficientes de enseñar y trasladarlo al salón de clases. Se trata, por lo tanto, de una forma de investigación traslacional, que consiste en acelerar la transferencia de resultados de la investigación básica hacia la aplicada en el área de la educación.

¿Cómo fue que se interesó por la ciencia para la educación?
Pese a que nunca ejercí la medicina, siempre trabajé con temas relacionados a la salud pensando en su aplicabilidad. Este enfoque surge del trabajo de dos asesores del gobierno estadounidense que crearon el panorama de la investigación traslacional en Estados Unidos. Uno de ellos fue el ingeniero Vannevar Bush [1890-1974], que dirigía la Oficina de Investigación Científica y Desarrollo, y ni bien finalizó la Segunda Guerra Mundial elaboró un informe que se hizo famoso, proponiendo que Estados Unidos se abocara de lleno a la investigación traslacional, algo meramente conceptual por ese entonces, sin dejar de lado la investigación básica. El otro fue el politólogo estadounidense Donald Stokes [1927-1997], autor del libro El cuadrante de Pasteur (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 110). Al final de los años 1990, Stokes dijo que la investigación traslacional no sería una línea recta de la investigación básica hasta la innovación, sino un cuadrante bidimensional formado por un eje que mide la utilidad social de la investigación y otro que evalúa su nivel de innovación y el aporte de conceptos fundamentales para la ciencia. Si una investigación cumple con esos dos requisitos, es más rentable desde el punto de vista social. En el área de la salud hace décadas que se trabaja así y, debido a ello, se redujo la mortalidad infantil, muchas enfermedades se tornaron curables y aumentó la longevidad. Yo crecí con esa concepción en la mente y, al comienzo de 2014, Jorge Guimarães, en ese entonces presidente de la Capes [la Coordinación de Perfeccionamiento del Personal de Nivel Superior, del Ministerio de Educación (MEC)], me pidió que asistiera a un simposio sobre science of learning que se realizaría en Shanghái, en China. Tendría que brindar una conferencia sobre mi trabajo, en representación del MEC. Para mi sorpresa, había pocos países representados en ese congreso: Australia, Estados Unidos y China, además de Hong Kong. Entonces me di cuenta de que la investigación traslacional volcada a la educación podría abrir nuevos horizontes. Además, todo ello estaba relacionado con mi trabajo con la neuroplasticidad, dado que el aprendizaje depende de la capacidad del cerebro de modificarse y formar memorias. A mi regreso, comencé a leer sobre el tema y percibí la ventana de oportunidades que representaría para el país. Varias universidades trabajan en esa área, pero casi ningún país dispone de políticas públicas y medidas estructuradoras para la educación. En Brasil, el CNPq [el Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico] cuenta con pliegos para el estímulo de estudios sobre varias enfermedades, pero no así para la educación. Por eso, decidí fundar la Red Nacional de Ciencia para la Educación.

¿Cuáles son las implicaciones de la Red?
Hay una serie de acciones plenamente aceptadas para mejorar la educación en Brasil: aumentar el sueldo de los docentes, mejorar las escuelas, hacer turno único, implementar la dedicación exclusiva del docente, disponer de acceso a bibliografía, entre otras. Estas medidas producen mejorías, pero no resultan suficientes para elevar la calidad educativa hasta el punto de reducir el abismo existente en comparación con el nivel educativo de los países más desarrollados. Calculé el tiempo que se necesitaría para que los alumnos brasileños alcanzaran la calificación promedio que ostentan 72 países evaluados en el examen PISA [Las siglas en inglés del Programa Internacional de Evaluación de los Alumnos], de la OCDE [la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico], que mide la capacidad de lectura y el conocimiento en matemática y ciencias de los alumnos de la escuela de enseñanza media. Brasil ocupa uno de los 10 últimos puestos del escalafón elaborado a partir de esa prueba. Si se mantuviera el ritmo de mejora de la educación de los últimos 12 años, el país recién alcanzaría el promedio de la OCDE en 2060. Mi propuesta apunta a que, si adoptáramos medidas para mejorar la educación cuya eficiencia haya sido comprobada científicamente, habría mayores posibilidades de incrementar la inclinación de esa curva de crecimiento y llegar al nivel promedio de la OCDE con mayor rapidez, allá por 2030.

¿Cómo podría la ciencia ayudar a mejorar la educación?
Las conclusiones que surgen de los estudios sobre el sueño, por ejemplo, podrían incorporarse a las actividades escolares. El sueño es el momento en que se consolida la memoria. Una buena calidad de sueño resulta esencial para el aprendizaje en los niños. Además, la vigilia depende de un ciclo que varía entre uno y otro individuo. Yo formo parte del 20% de la humanidad que somos matutinos. Me despierto espontáneamente a las 4 de la mañana y me duermo a las 9 de la noche. El 80% restante tienden a despertarse y dormirse más tarde. En la forma en que está organizada actualmente la educación, los niños tienen que despertarse a las 5 de la mañana para entrar a clases a las 7. Eso no tiene sentido desde el punto de vista fisiológico, porque el 80% de ellos no están en el apogeo de su capacidad cognitiva, a causa del ciclo cronobiológico. Por eso, Fernando Louzada, de la Universidad Federal de Paraná e investigador asociado de la Red propone, a partir de estudios efectuados por él y por otros grupos, que la jornada escolar comience y se extienda hasta un poco más tarde. De modo tal que el 20% que se despiertan y llegan más temprano irían a jugar al fútbol o a hacer alguna otra actividad lúdica. Esta recomendación implica solamente un cambio en la gestión escolar, basada en evidencias de la ciencia. Y luego se necesitarían realizar mediciones y evaluar si funciona cabalmente.

Guga Melgar Escena de la obra teatral Um neurônio apaixonado, creada a partir de los libros para niños de LentGuga Melgar

¿Qué ha hecho la Red hasta ahora?
Publicamos cuatro documentos elaborados por grupos de expertos en temas relevantes para la educación. Uno de ellos, sobre los factores fisiológicos que influyen en la educación; otro, acerca de aquellos estudiantes con discapacidades o superdotados; un tercero referente a las competencias socioemocionales y la metacognición; y el último, al respecto de la alfabetización infantil. Cada documento trae sugerencias de investigación (aquello que falta saber) y de políticas públicas (lo que puede hacerse basándose en ese conocimiento). Por medio de una beca de posdoctorado a cargo del Instituto Ayrton Senna, la investigadora Daniele Botaro realizó un censo nacional de investigadores que dispongan de trabajos relacionados con la ciencia para la educación. En colaboración con Jesus Mena Chalco, docente de ciencias de la computación de la Universidad Federal del ABC y autor de un excelente programa de búsqueda de datos, llevamos a cabo un estudio entre los 27 mil directores de posgrados registrados en la Capes con una producción científica relevante en el área mencionada. Seleccionamos alrededor de 300, a los cuales invitamos a integrarse a la Red, actualmente compuesta por 90 líderes de investigación de varias universidades y estados. Nuestra meta para este año es llegar a 150 investigadores. Hemos convocado a neurólogos, científicos de la computación, economistas, sociólogos y educadores. Si muchos de ellos se dedican a la investigación sobre educación, el resultado será grandioso. Y no podemos olvidarnos, por supuesto, de los innumerables grupos de investigación existentes en Brasil que han elaborado trabajos respetables en esa área. Para la Red, hace falta articularlos en cadenas de conocimiento, para ganar oportunidad y escala en cuanto a resultados.

¿Cuáles serán los próximos pasos?
Este año haremos un encuentro nacional con científicos y educadores del área de la educación, y otro con científicos y emprendedores. El primero fue en 2016, y se llevó a cabo en el Museo del Mañana. Queremos estimularlos para que desarrollen ideas y productos para la educación convalidados científicamente. Hoy disponemos de varios kits de los cuales se dice que serían capaces de perfeccionar el aprendizaje. ¿Funcionan? Nadie lo ha comprobado. Pretendemos sensibilizar al gobierno para que disponga la emisión de pliegos de ciencia para la educación, con la participación de las distintas fundaciones estaduales de apoyo a la investigación científica, para fomentar el trabajo en red de la ciencia para la educación y estimular el interés por hacer algo que redunde en mayores aplicaciones, tal como se hace en el ámbito de la salud. Elevamos un proyecto al BNDES [Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social] para la creación de un Centro Nacional de Ciencia para la Educación. Se trata de un proyecto que prevé una inversión de 20 millones de reales para la construcción de laboratorios multiusuarios, disponibles para investigadores de instituciones académicas y de empresas.

¿Cuál es la fase del desarrollo en la cual vale la pena invertir más en educación?
En la primera infancia. En esa etapa, el cerebro atraviesa por los períodos de transformación más crítica. En ella resulta más fácil el aprendizaje de una segunda lengua y también se tiene un concepto abstracto de la cantidad, es decir, por ejemplo, la capacidad de saber en qué recipiente hay más bombones para los más concretos, que permite deducir la cantidad de bombones en cada pote. Resulta más fácil aprender hasta los 20 o 30 años de edad. A partir de ahí, comienza un declive cognitivo que ya se ha determinado. Las manifestaciones del envejecimiento no comienzan a aparecer a los 60 años, ¡sino a los 20!

¿En cuál etapa del desarrollo resulta más eficiente intervenir para mejorar el aprendizaje?
Eso depende de lo que se quiera enseñar. La educación volcada al desarrollo de las capacidades socioemocionales puede ser más eficaz en la preadolescencia que si se realiza en forma más temprana, porque es en la adolescencia cuando se estabiliza la corteza prefrontal, responsable del control ejecutivo de las emociones y de los pensamientos. En la adultez se desarrolla la metacognición, que es la capacidad de reflexionar acerca del mejor modo de aprender. O sea, se aprenden las mañas del propio estilo de aprendizaje. El desarrollo de esa habilidad compensa la pérdida de neuroplasticidad que sobreviene con la edad. La capacidad de aprender disminuye, pero mejora la eficiencia en el uso del cerebro.

¿Qué es lo que lo atrajo de la neurociencia?
Soy hijo del parasitólogo Herman Lent [1911-2004] y de la química farmacéutica de origen paraguayo Maria Gregória Rivarola [1914-1995]. Mi madre emigró a Brasil y a causa del modelo familiar de la época, donde la mujer no trabajaba, abandonó la química, pero me legó una influencia positiva en relación con la ciencia. Cuando yo era un niño, mi padre me llevaba al Instituto Oswaldo Cruz, situado en el barrio de Manguinhos [RJ] y me pasaba todo el día deambulando por los laboratorios. Él fue uno de los 10 científicos del instituto que fueron dejados cesantes durante la dictadura militar y es autor del libro O massacre de Manguinhos [1978, editorial Avenir]. Dado el ambiente familiar en que crecí, muy pronto decidí ser científico. Como el camino para lograrlo no era muy variado en el Brasil de los años 1960, no tuve más alternativa que estudiar medicina. Quería ser genetista, que en ese entonces estaba de moda. Pero al final del primer año me torné monitor de fisiología de Eduardo Oswaldo Cruz [1933-2015], experto en neurobiología del sistema visual y nieto del higienista Oswaldo Cruz [1872-1917]. Me enamoré de la neurociencia. Comencé estudiando el sistema visual de la zarigüeya, que era el tema de investigación de Cruz y de Carlos Eduardo Rocha Miranda [1934-2016]. En esa época, éste último vivía en Estados Unidos. Y fue uno de los descubridores de las células denominadas gnósticas, en la corteza visual de los monos, que sólo responden a estímulos complejos. Se activaban cuando un mono veía fotografías de otro mono, pero no respondían a colores, contrastes ni a otros estímulos simples. El descubrimiento de esas células causó revuelo en la psicología, porque indicaba que había neuronas específicas para identificar el rostro de otro miembro de la misma especie. Empecé mi investigación de maestría cuando aún cursaba la carrera de grado, utilizando una técnica de rastreo de proyecciones del axón que Rocha Miranda había aprendido en Estados Unidos, y me interesé por la neuroplasticidad. Propuse un experimento para comprobar lo que ocurriría con las prolongaciones de las células de la retina si se le extirpara un ojo a una zarigüeya recién nacida; era un modelo experimental de ceguera congénita. Empleamos esa estrategia para estudiar cómo alteraba eso al sistema visual del animal. Ése fue el tema de mi tesis doctoral. Luego fui a hacer una investigación de posdoctorado en el MIT [Instituto de Tecnología de Massachusetts], para estudiar la plasticidad en los hámsteres. Trabajé con Gerald Schneider, una eminencia en el área y autor de una teoría según la cual disponemos de dos sistemas visuales, uno que se encarga de los movimientos y de los reflejos orientados por la visión, y otro que se ocupa de la percepción visual compleja. Pasé ahí tres años. Ya tenía a dos de mis cuatro hijos y, durante ese período, mi hija empezó a manifestar cierto retraso en su desarrollo mental. Descubrí que tenía agenesia del cuerpo calloso, un conjunto de 200 millones de fibras nerviosas que conectan los dos hemisferios del cerebro. Esa conexión permite que la mano derecha interactúe con la izquierda y viceversa, y que las ideas procesadas en un hemisferio lleguen al otro. Cuando supe de este problema que afectaba a mi hija Isabel, me deprimí. Fue Schneider quien me motivó: “Tú tienes que dedicarte a eso”. Publiqué tres o cuatro artículos en Estados Unidos describiendo un modelo en hámsteres de la anomalía en el desarrollo del cuerpo calloso causado por cirugía.

¿Qué es lo que ocurre en los que no poseen cuerpo calloso?
En un trabajo elaborado junto a Fernanda Tovar-Moll, que fue publicado en 2014 en la revista PNAS, descubrimos que quienes nacen sin cuerpo calloso, como fue el caso de mi hija, que hoy tiene 30 y pico de años y fue analizada en el estudio, presentan un mecanismo compensatorio [de procesamiento de informaciones y emociones]. Como el cuerpo calloso de esas personas no se forma durante el desarrollo en el útero, las neuronas que originan esa estructura intentan hallar otros caminos y generan conexiones alternativas. Ahora estamos estudiando los haces nerviosos anómalos que posiblemente sean los que generan los problemas que presentan esas personas. Habría algún grado de plasticidad en las conexiones de larga distancia, pero queda afectada la sinapsis, es decir, la conexión entre células vecinas. Durante la formación del cuerpo calloso, que comienza temprano, allá por la 12ª semana de gestación, pueden surgir vías alternativas.

¿Cómo se desarrolló su investigación sobre el conteo de las células del cerebro?
Es el resultado de mi asociación inicial con la neurocientífica Suzana Herculano-Houzel, que ideó una técnica de conteo de las células cerebrales. Me sumé a ello estudiando el cerebro humano en asociación con el grupo del banco de cerebros de la USP [Universidad de São Paulo]. De esa línea de investigación surgió mi trabajo más citado, mencionado alrededor de 500 veces en otros estudios, que trata sobre la cantidad de neuronas del cerebro humano. Fue publicado en 2009 junto a un alumno mío de maestría, Frederico Azevedo.

En ese estudio ustedes determinaron que el cerebro humano posee 86 mil millones de neuronas, una cifra menor a los 100 mil millones que se suponían antes.
Exacto. Proseguimos con esa línea. Ahora tenemos un proyecto en curso con bebés. Queremos determinar con cuántas neuronas nace el ser humano. Se trata de un trabajo más lento, pero muy interesante. Si los bebés nacieran con más neuronas de las que disponen los individuos adultos, eso sería señal de que se produce una pérdida con el crecimiento. Eso podría tener ciertas implicaciones, incluso en el aprendizaje.

¿Y su trabajo con personas con las extremidades amputadas?
También está relacionado con el cuerpo calloso. Las personas que sufren la amputación de cualquier parte del cuerpo: brazo, pierna, mama, oreja, pueden presentar un fenómeno denominado síndrome del miembro fantasma, que consiste en percibir sensaciones de la parte que ya no existe. La amputación elimina el miembro, pero la región del cerebro relacionada con la representación del mismo continúa existiendo. Las neuronas siguen estando vivas, aunque ya no reciban información de esa parte. Parece producirse una ocupación de ese territorio cerebral que quedó sin uso. Notamos que en el cuerpo calloso se suscita una deficiencia en la región en la cual se produciría el intercambio de informaciones con la extremidad amputada. Nuestro primer artículo en el que mostramos eso salió publicado en 2015 en el periódico Journal of Neuroscience. El mismo, es el resultado de la tesis doctoral del neurocirujano Elington Lannes Simões. Nuestra hipótesis sostiene que esa discapacidad sería la que genera la percepción fantasma. El cuerpo calloso es un haz neuronal mayoritariamente inhibidor. La actividad de las neuronas de dicho haz en un hemisferio modula la actividad en el hemisferio opuesto por medio de la inhibición. Una deficiencia en el cuerpo calloso puede disminuir esa inhibición, produciendo la sensación fantasma.

¿Por qué se dedicó a la divulgación científica?
Tengo un cerebro muy disperso. Cuando mi corteza prefrontal estaba poco mielinizada [inmadura], fui miembro del Partido Comunista Brasileño, el PCB, y estuve preso durante dos meses. Yo pertenecía al centro de estudiantes de medicina y los militares sospechaban que era comunista. Era verdad, pero lo negué hasta que me concedieron la amnistía. Me arrestaron en la casa de mis padres, que sufrieron agresiones, el 13 de junio de 1969, y estuve preso en el cuartel de la Infantería de Marina de Ilha das Flores hasta el 13 de agosto. Esa experiencia me dio una conciencia social que trasladé a la ciencia y a la divulgación científica.

¿Y qué hizo?
En 1976, fui secretario regional de la Sociedad Brasileña para el Progreso de la Ciencia, la SBPC, en Río de Janeiro. Por esa época, empecé a contactarme con algunas personas, como fueron los físicos Ennio Candotti y Alberto Passos Guimarães, los antropólogos Gilberto y Otávio Velho, y otros, y empezamos a contemplar el proyecto de una revista de divulgación científica. En 1979, partí para hacer el posdoctorado en Estados Unidos y Candotti llevó adelante el proyecto. De hecho, fue el creador de la revista Ciência Hoje. Cuando yo estaba en el MIT, él me solicitó que visitara revistas de divulgación científica, tales como Discovery, para ver la manera de hacer una revista de ese tipo en Brasil. El editor de Discovery sonrió cuando le conté el plan. Era el comienzo de 1982 y queríamos lanzar la revista en el mes de julio, para el congreso anual de la SBPC, en Campinas. No disponíamos de un plan minucioso, pero logramos presentar la revista en la fecha prevista. Varios colegas docentes se oponían a la publicación porque no la consideraban necesaria. Luego de un debate, la dirección de la SBPC aceptó publicar Ciência Hoje, con la condición de que no sería un vehículo oficial de la entidad. Ahora la revista está desapareciendo por iniciativa de la dirección actual de la SBPC, a la vista de la grave situación económica que atraviesa la publicación, que ya era deficitaria, y del impacto de la crisis actual. La versión impresa ya no existe y es casi seguro que incluso la versión digital también dejará de existir. En el caso de Ciência Hoje das Crianças (la versión para niños de la revista), ése fue un proyecto más exitoso. Era adquirida por el MEC, que la repartía en las escuelas. Esa estrategia fue el sostén, durante años, del Instituto Ciência Hoje y de varios de sus productos.

¿Por qué escribió libros para niños?
Una de las actividades de las reuniones anuales de la SBPC al final de los años 1980 consistía en la visita de científicos a escuelas de la enseñanza básica. En una de esas ocasiones, tuve una charla con niños de 10 años sobre el cerebro y las neuronas. Para simplificar el léxico se me ocurrió emplear el término “células nerviosas” en lugar de “neuronas”; les hablé durante 15 minutos y, al cabo, un niño me preguntó: “Profesor, ¿y hay células tranquilas?” Ahí noté que mi simplificación no había sido apropiada y empecé a pensar en escribir para niños. Así surgieron los cinco fascículos de la serie As aventuras de um neurônio lembrador, publicados por la editorial que en esa época estaba creando mi esposa, Cilene Vieira [Vieira & Lent]. Esa serie se transformó más tarde en la obra teatral Um neurônio apaixonado, obra de la guionista Claudia Valli.

Recientemente, usted se manifestó públicamente sobre algunos temas de la ciencia, algo no muy frecuente entre los científicos. ¿Por qué?
No puedo callarme cuando creo que debo expresar mi opinión, tal como lo hice cuando Suzana Herculano-Houzel se mudó a Estados Unidos [en mayo de 2016, Lent posteó un mensaje en Facebook dirigido a Suzana donde decía: “(…) Sus palabras contagian desánimo, claudicación, el abandono de Brasil y de nuestra ciencia. Una capitulación. (…) No podemos decirles a nuestros alumnos que no luchen, que se rindan”]. Tampoco estuve de acuerdo con las declaraciones de otro neurocientífico, Miguel Nicolelis en 2007. Cuando Nicolelis regresó a trabajar en Brasil, manifestó en el sitio web de la Asociación Santos Dumont de Apoyo a la Investigación Científica, creada por él, al respecto del centro de investigación que también él estaba construyendo en Natal (estado de Rio Grande do Norte), algo así como: “Éste es el comienzo de la neurociencia brasileña”. No era cierto. Ya había una neurociencia brasileña instalada, con gente como Aristides Leão [1914-1993] y Carlos Chagas Filho [1910-2000] en Río de Janeiro, Miguel Covian [1913-1992] en Ribeirão Preto, César Timo-Iaria [1925-2005], quien fue docente suyo en la USP, e Iván Izquierdo, en Rio Grande do Sul. Nicolelis fue mesiánico, al sugerir que un sólo científico podría resolver todos los problemas del área. Eso ya lo habíamos visto con Edson Xavier de Albuquerque, jefe del Departamento de Farmacología en la Universidad de Maryland, en Estados Unidos. Él era amigo de João Leitão de Abreu [1913-1992], quien había sido ministro en uno de los gobiernos militares y llegó a la UFRJ con la idea de resolver el problema de la farmacología brasileña. Quedó en la nada. Se fue y no dejó ningún discípulo.