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Entrevista

Eduardo S. Brondizio: La Amazonia urbana e invisible

Antropólogo propone un diálogo para acercar el debate ambiental a la discusión sobre el desarrollo socioeconómico

Léo Ramos ChavesEl antropólogo paulista Eduardo S. Brondizio vive desde el comienzo de los años 1990 en Estados Unidos, donde hizo su carrera como docente de la Universidad de Indiana, en Bloomington. No obstante, sus intereses de investigación jamás se apartaron de Brasil. Quedaron anclados en ciertas áreas de la Amazonia, tales como los municipios de la región de la isla de Marajó, en el estado de Pará, o en los carriles las autopistas Cuiabá-Santarem y Transamazónica, que visita periódicamente. Allí, Brondizio y sus alumnos, muchos de ellos brasileños, cotejan datos estadísticos y de monitoreo, entrevistando a familias de pobladores ribereños y de inmigrantes recién llegados, para comprender el modo en que toman decisiones sobre migración y uso de la tierra con impacto en la transformación social y en el paisaje regional.

Este seguimiento de una parte de las familias se realiza desde hace casi 30 años. Varias de ellas ya no residen en zonas rurales. Se encuentran en los suburbios de las ciudades, hacia donde se trasladaron en busca de oportunidades, en el marco de un proceso de transformación de la Amazonia que se aceleró en forma exponencial a partir de los años 1970. Alrededor del 80% de la población de la región habita en ciudades y padece problemas clásicos tales como la falta de higiene, el desempleo y la delincuencia. El investigador asevera que esas temáticas quedaron al margen en las discusiones sobre el futuro de la Amazonia, que es valorada internacionalmente como un gran stock  de carbono y como santuario de la biodiversidad.

Brondizio nació en São José dos Campos hace 54 años y estudió agronomía en la Universidad de Taubaté, donde se interesó por el cambio en el modelo de uso de la tierra entre las comunidades rurales. Tuvo un paso por el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe) y coordinó para la Fundación SOS Mata Atlântica el primer atlas del dominio del Bosque Atlántico, desarrollado en colaboración con el Inpe. En 1991, se marchó a hacer un doctorado en antropología ambiental en la Universidad de Indiana, bajo la dirección del antropólogo Emilio Moran, pero no pudo regresar a Brasil como tenía previsto: su formación interdisciplinaria como agrónomo, experto en teledetección y antropólogo no se encajaban en los programas de las cátedras de las universidades. Tras pasar un año en la Universidad de Arizona, fue contratado en 1998 por la propia Universidad de Indiana, donde se desempeña como profesor titular y fue jefe del Departamento de Antropología, uno de los más tradicionales del país, durante siete años. Desde 2015 es el director del Centro Interdisciplinario de Análisis de Ambientes Socioecológicos (Casel).

De visita en Brasil, antes de continuar para realizar un trabajo de campo en los estados de Pará y Maranhão, Brondizio le concedió a Pesquisa FAPESP la siguiente entrevista, donde se explaya sobre su trayectoria y su misión más reciente: es uno de los coordinadores, junto a la argentina Sandra Díaz y al alemán Josef Settele, de un panel que está elaborando para la Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES), ligada a las Naciones Unidas, el análisis más abarcador sobre biodiversidad y ecosistemas y sus aportes a la sociedad.

Edad 54 años
Especialidad
Antropología ambiental
Estudios
Graduado en agronomía (1987) en la Universidad de Taubaté; doctorado en antropología ambiental (1996) por la Universidad de Indiana
Institución
Universidad de Indiana
Producción científica
190 artículos y capítulos de libros, 7 libros y periódicos especiales; 12 direcciones o codirecciones de doctorado y 4 de maestría, 7 supervisiones de posdoctorado

¿Cómo evoluciona el trabajo del panel de expertos que está preparando el Análisis Global sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos?
Es un proyecto ambicioso, que se propone realizar una síntesis de lo que ha sucedido durante los últimos 50 años desde el punto de vista ambiental y nutrir la nueva fase de la agenda global de biodiversidad y desarrollo sostenible para el período que va de 2020 a 2030. Estamos terminando la primera versión y quedan otros dos años de trabajo por delante. Son 150 autores de más de 60 países. El análisis dispone de una agenda innovadora de inclusión de conocimientos y prácticas aborígenes y locales, como así también de los problemas que afrontan esas poblaciones. Es la primera vez que se logra en un estudio de tal escala una representatividad de las ciencias sociales y naturales más o menos equivalente.

¿Cuáles son las dificultades para elaborar un trabajo como ése?
Se realizó un gran esfuerzo para ensamblar un equipo de trabajo diverso, desde el punto de vista geográfico, disciplinario y de género. Ésa es una parte importante del trabajo: convocar a personalidades reconocidas en sus áreas, capaces de hablar sobre problemas que trascienden a sus disciplinas. Empleamos un modelo conceptual que explica los mecanismos de interrelación entre naturaleza y sociedad, y sus implicaciones para el bienestar de la gente y de la biodiversidad. Comenzamos bien, hilvanando temas que aglutinan problemas ambientales de manera tal que ellos se topen con las demandas sociales. Por ejemplo, la implicación de las trayectorias actuales de urbanización para los próximos 20 años; o la conciliación de políticas contra la pobreza con las políticas de conservación; o incluso los desafíos de administrar los recursos globales comunes de manera sostenible. Son grandes temas de interés para políticas públicas, que sirven para encauzar una síntesis relevante y útil para diferentes regiones y sectores de la sociedad.

Y el objetivo es apuntar los caminos para los próximos 20 años…
Más allá de un análisis de los cambios en los últimos 50 años, uno de los objetivos consiste en ampliar el debate sobre cambios climáticos no como un fin en sí mismo, sino como parte de un proceso mayor de cambios sociales y ambientales, con diferentes perspectivas de desarrollo y de futuro. La promoción en forma aislada de la energía renovable o políticas de captación de carbono no necesariamente redundará en soluciones para las vulnerabilidades ambientales y el desarrollo de diferentes regiones. Esperamos contribuir para aunar la discusión ambiental y climática con el debate social y el desarrollo socioeconómico.

El descompás entre el debate sobre los cambios climáticos y las políticas de desarrollo fue uno de los temas que motivaron el retiro de Estados Unidos del Acuerdo de París. ¿Eso está contemplado en el trabajo?
El caso estadounidense es muy complejo. Algunos estudios revelan que la mayoría de la población se preocupa por los cambios climáticos y apoya cambios en la sociedad. No obstante, existen divisiones partidarias e ideológicas que manipulan temas para polarizar las agendas políticas alineadas con los intereses de ciertos sectores económicos. Esa polarización genera un debate en cierto modo falso entre oportunidades y amenazas al estilo de vida estadounidense. En parte, esto refleja cómo ha sido la cuestión climática tratada en forma separada de la realidad social y ambiental de la gente. En Estados Unidos o en Brasil, necesitamos trascender el debate simplista y confrontar la complejidad de los dilemas colectivos que el cambio climático nos obliga a afrontar.

Archivo personal Brondizio junto a colonos durante un trabajo de campo en la Transamazónica, en 2001Archivo personal

En concreto, ¿qué se puede esperar de este estudio?
Más allá de presentar un retrato actual del planeta, evaluaremos la agenda global de biodiversidad puesta en práctica entre 2011 y 2020. Hay una parte del estudio que es más reflexiva, que consiste en pensar en objetivos y futuros deseables. ¿Cómo preservar la selva y mantener una necesaria producción alimentaria en forma más inclusiva? ¿Cómo es posible resolver dilemas urbanos de una forma socialmente justa y ambientalmente adecuada? ¿Cómo administrar los recursos globales comunes, tales como los océanos, la biodiversidad y todos los beneficios “invisibles” que extraemos de la naturaleza? Tal vez, una de las partes más innovadoras consista en reflexionar al respecto de los caminos alternativos para arribar a las metas deseadas. El momento es oportuno, ya que hay varios debates que están trabados en parte por falta de diálogo entre las ciencias y entre ellas y los diferentes sectores de la sociedad. Un estudio como éste permite formular preguntas que nos compelen a considerar diferentes puntos de vista, así como a reconocer que, desde el punto de vista ambiental y del desarrollo socioeconómico, nuestras interdependencias trascienden fronteras, culturas y clases sociales.

¿Y dónde se encaja el debate sobre el futuro de la Amazonia?
En los países del hemisferio norte, hubo una aceleración muy fuerte de la transformación ambiental y social luego de la Segunda Guerra Mundial. Y lo que se vio después fue un desplazamiento regional de ese fenómeno hacia otras regiones del globo. Esos desplazamientos de fuste también ocurren en el interior de países como Brasil. Por eso, aunque se observan mejoras en algunas regiones, el ambiente global se deteriora. Lo que observamos actualmente en la Amazonia es la reproducción de un proceso expansivo de extracción de recursos que está alineado con ciertos enfoques políticos nacionales y fuertes intereses económicos, lo cual desencadena una transformación intensa para alimentar cadenas de mercado regionales y globales. Seguiremos viendo intensos cambios en la Amazonia, así como en otras partes de América Latina, Asia y África.

¿Qué relación tiene lo que ocurre actualmente en la Amazonia con lo que ocurrió a nivel global?
La Amazonia es emblemática porque puede cotejarse la confluencia de varias fuerzas en la región, tales como la presión del mercado global para obtener materias primas, los apremios promovidos por un agresivo enfoque desarrollista nacional o la urbanización generalizada. Pero también hay reacciones a esos procesos y contradicciones entre esas mismas fuerzas que están operando a la par. La Amazonia viene soportando distintas fases de transformaciones ambientales y sociopolíticas. A partir del final de los años 1980 y comienzo de los años 1990 hubo un cambio en la configuración regional, que se intensificó en los últimos 10 años, cuando ciertos procesos que ocurrían en forma desarticulada comenzaron a interactuar en forma física, social y virtual. Esas transformaciones no atañen solamente a las fluctuaciones en la tasa de desmonte. Cuando se analizan las tendencias demográficas, de infraestructura, de extracción, de consumo y de contaminación, se verifica que la Amazonia es un microcosmos de la aceleración global y de sus problemas decurrentes. Hay muchos ejemplos de iniciativas positivas a nivel individual, de grupos, municipios que, sin embargo, nadan contra la corriente ante problemas estructurales, intereses corporativos y políticas públicas contradictorias. Incluso hay impericia para valorar los recursos regionales y promover una economía transformativa y no extractiva, para beneficiar a la región y a sus pobladores.

¿Cuál es el daño?
Ciertas áreas de conservación e indígenas se están convirtiendo en islas de diversidad biológica y cultural, la contaminación de los ríos y los problemas urbanos aumentan y los conflictos sociales se multiplican. Hay un proceso muy rápido de urbanización y los municipios no logran adecuarse a las demandas de servicios públicos y sociales, así como al requerimiento de manejo ambiental generado por dicha transformación. La Amazonia también es emblemática para Brasil y otras regiones en lo que tiene que ver con la violencia. La región presenta un amplio historial de violencia indígena y agraria que se perpetúa, aunque ahora también la trayectoria de la violencia urbana es alarmante, afectando a grandes y pequeñas urbes. Más allá de la expansión del narcotráfico, ella refleja la falta de una economía transformadora, capaz de generar mayores ingresos y oportunidades para la población. La mayoría de los municipios es insolvente y depende de transferencias de recursos federales, así como muchas de las familias. Se observa una reproducción histórica de una economía política extractiva.

“Hay cierta impericia para valorar los recursos regionales de la Amazonia y promover una economía transformativa y no extractiva”

¿La economía del asaí, que usted estudió, sería un ejemplo de eso?
El caso de la palmera de asaí es emblemático. La industria del asaí que tenemos hoy en día es fruto del trabajo de pequeños productores y pobladores ribereños de la zona. Surge de un conocimiento local y de la tecnología de intensificación agroforestal de ellos que les permitió responder en primera instancia a una demanda urbana regional. A partir de ahí, creció para atender al mercado nacional y global. Toda la zona del estuario-delta del Amazonas está inmersa en una economía productiva forestal que es inclusiva, ambientalmente favorable, posee un mercado fuerte y ligado a la identidad regional. El asaí mueve una economía informal inmensa e importante. Pese a ello, no se los valora a los productores como agentes activos del proceso de globalización de esa economía y a los municipios como los sitios donde debería producirse el agregado de valor. Al igual que otros recursos regionales, la cadena productiva del asaí tiene un sistema de valor agregado que es proporcional a la distancia con el área productora. Como consecuencia de ello, los productores no se llevan los beneficios. Lo que ellos ganan es poco comparado con el valor agregado lejos de allí. En nuestros estudios en esa región, detectamos un porcentaje pequeño, de alrededor del 20% de las familias, que logra vivir de la economía del asaí como principal ingreso. La mayoría depende de su jubilación y de programas de transferencia de recursos, como por ejemplo la asignación del Bolsa Familia. Ése es un retrato de la realidad regional.

¿Cuán vulnerables son las ciudades?
Lo que me llama poderosamente la atención, y he procurado exponerlo de la mayor manera posible en artículos y presentaciones, es la invisibilidad del problema urbano en la Amazonia, el “elefante en el bazar” del desarrollo sostenible. Me refiero a problemas urbanos asociados con la pobreza y la vulnerabilidad ambiental, tales como inundaciones y carencias sanitarias, y violencia. Más de la mitad de la población de Belém es vulnerable a las inundaciones, que traen basura y residuos cloacales. Nadie habla de la polución en la Amazonia, de la contaminación orgánica doméstica o de los residuos industriales o de pesticidas. Es algo increíble. Casi la totalidad de los desechos cloacales y buena parte de la basura generada en las más de 700 ciudades de la región van a parar a los ríos. Y nadie habla de ello. Se impone el pensamiento de que el río absorbe todo y que la población se encuentra “adaptada” a una realidad sanitaria brutal. La escala de la naturaleza regional esconde problemas tan grandes como el desmonte. He encauzado mi labor en ese sentido: percibir los efectos de la urbanización que se manifiestan en las ciudades y sus entornos, en la vida de millones de personas, y las implicaciones de las redes interurbanas para la configuración del paisaje regional en las próximas décadas. Se acepta una realidad social cruel como si estuviera naturalizada. Eso sin mencionar la violencia. Grandes áreas de las ciudades, como en el caso de Manaos y Belém, así como los ríos de los alrededores, están controladas por delincuentes y piratas y esta realidad se extiende hacia las ciudades pequeñas.

Archivo personal Estudioso del cultivo del asaí, el investigador en compañía de productores en el estado de Amapá, en 2006Archivo personal

¿Cómo evolucionó su investigación en la región?
Empecé a trabajar en la zona en 1989 junto a Emilio Moran, estudiando las comunidades ribereñas del Marajó y sus formas de adaptación al ambiente local e interacciones con el proceso de desarrollo. Fue un privilegio haber tenido a Moran como director de tesis y colaborador permanente en el Anthropological Center for Training and Research on Global Environmental Change (ACT), en Indiana. Ese trabajo prosiguió junto a Walter Neves, recientemente jubilado de la USP, Rui Murrieta, también docente en la USP, y varios colegas dentro del grupo de ecología y biología humana de la época en el Museo Emilio Goeldi de Belém. Neves lideró un proyecto de antropología ecológica interdisciplinario e innovador patrocinado por el CNPq [el Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico]. Durante todo este período he trabajado en forma mancomunada con mi esposa, Andrea D. Siqueira, también antropóloga. Nuestras hijas Maira y Julia, siempre nos acompañaron en la región. Mi perspectiva inicial era bien local y siempre trabajé a nivel de unidad doméstica para comprender cómo las familias toman decisiones que involucran el uso de la tierra, migración, producción, y cómo se constituyen en comunidades.

¿Por qué las familias?
Me enfoco en la familia como la unidad primordial disgregada para entender el proceso de transformación. Antes de viajar a la Amazonia, mi primer trabajo de investigación fue un análisis, a mediados de los años 1980, del impacto de la construcción de la autopista Río-Santos en la comunidad de Trindade. Me interesaba estudiar cómo una carretera y el proceso inmobiliario posterior transformaron el paisaje de una comunidad pesquera y desarrollar metodologías de teledetección para un análisis local. Éste es un planteo que orienta mi trabajo desde el comienzo: entender la transformación de las familias rurales de Brasil, algo que ahora, en un seguimiento realizado a esas familias, me condujo al análisis de la transformación urbana. Cuando empecé a trabajar en la Amazonia, desarrollé una metodología junto a mis colegas, a través de la cual pudiésemos estudiar cómo el proceso de decisión de las familias tiene implicaciones para el paisaje regional. Siguiendo esa línea trabajé en varias regiones de la Amazonia, en un gradiente de poblaciones rurales, de poblaciones históricas a colonos recién llegados. Pero siempre teniendo como objetivo mantener un “pie dentro” de la casa, entrevistando a las familias  y entendiendo el proceso de abajo hacia arriba, con una perspectiva regional, trabajando con otras informaciones agregadas, tales como datos censuales de sectores y municipios, y datos recabados mediante teledetección. Nuestro trabajo actual se extiende a estudios sobre la interacción entre áreas indígenas, expansión agropastoril y las redes interurbanas que se expanden en la región.

¿Cómo influyen las decisiones tomadas por las familias en las transformaciones regionales?
Tomemos como ejemplo la urbanización en el estuario-delta del Amazonas. Esa región tenía y aún presenta una jerarquía social muy marcada, que en cierta forma se desmoronó con la ampliación de las posibilidades de transporte, mejor acceso a la comunicación, a los medios de información y a los derechos. La gente empezó a divisar otras opciones para su vida más allá de las disponibles para las generaciones anteriores, que dependían de los dueños de la tierra, generalmente ausentes. Las respuestas de cada familia al mercado del asaí condujeron a una transformación del paisaje regional hacia una economía agroforestal. Esas posibilidades de transporte, de comunicación y comercio, así como los ingresos que comenzaron a afluir con el asaí, aparejadas a la falta de servicios en la zona rural, llevaron a la gente a tomar decisiones: las familias empezaron a comprar lotes en la ciudad y a levantar sus casitas, que se convirtieron en una opción para que los hijos estudiaran, para buscar atención médica y trabajo. La transformación urbana regional es resultado de la interacción entre expectativas y decisiones individuales, presiones sufridas en las áreas rurales e indígenas y oportunidades generadas por cambios en la infraestructura regional. Notamos una reorganización familiar muy interesante en esa y en otras áreas de la Amazonia, que es lo que denominamos familias multilocalizadas. Para adaptarse a  las limitaciones económicas y sociales, las familias se organizaron de manera tal de contar con miembros tanto en la ciudad como en la zona rural.

Usted dirigió el consejo del Workshop en Teoría Política y Análisis de Políticas de la Universidad de Indiana, creado en 1975 por la politóloga y ganadora del Nobel Elinor Ostrom, conocido por promover un ambiente de colaboración interdisciplinaria. ¿Qué estrategias se usan?
Vincent y Lin Ostrom crearon el workshop con la intención de trabajar con ideas en forma colaborativa, en forma similar a una oficina donde hay maestros y aprendices que pulen ideas en forma conjunta. Los temas principales del workshop giran en torno a la comprensión de los dilemas de acción colectiva y la administración de recursos comunes y bienes públicos. Uno de los esfuerzos de Lin Ostrom fue la creación de estructuras conceptuales, tales como el Institutional Analysis and Development (IAD) y la de Sistemas Socioecológicos (SES), que se convierten en herramientas para la cooperación interdisciplinaria en torno a problemas complejos, sin importar su escala. Trabajar con ella fue uno de los mayores privilegios que tuve. En Indiana recibo a muchos brasileños para capacitarlos en el IAD y en SES, así como en las metodologías que desarrollamos. Esas estructuras permiten analizar de manera sistemática y comparativa problemas de acción colectiva, tales como aquellos escenarios que involucran a participantes con diferentes visiones, posiciones y poderes. Ellos interactúan en un proceso de negociación bajo el influjo de reglas formales e informales, del ambiente biofísico y social.

¿Podría brindar ejemplos de tales escenarios?
Por ejemplo, el manejo de un río que atraviesa propiedades agroindustriales y áreas indígenas. O las decisiones de la población al respecto de los daños y beneficios de la construcción de un emprendimiento. Todos esos problemas lidian con recursos comunes sobre los cuales la apropiación de unos limita el beneficio de otros, donde pueden verse tanto cooperación como conflictos, dependiendo de los actores, sus distintos enfoques, poderes y contexto en el cual operan.

Grandes áreas de ciudades tales como Manaos y Belém, así como los ríos de su entorno, están controladas por delincuentes

Usted dirige alumnos de posgrado en varios países. ¿Qué problemas estudian ellos?
Mis alumnos trabajan con diversos problemas al respecto de la interacción socioambiental, el uso de la tierra, instituciones y gobierno, relaciones rural-urbanas, la globalización de productos locales, el impacto de políticas públicas, identidad cultural de poblaciones rurales, así como las dimensiones sociales de los cambios climáticos. Tengo la oportunidad de trabajar con alumnos y posdoctores en diferentes partes de la Amazonia y de todo Brasil, en los Andes, en África, en Europa y en Asia. Mis dos últimas doctorandos, Ana de Lima y Andressa Mansur, ambas brasileñas, estudiaron, una, el impacto de la Bolsa Familia sobre la economía familiar y sobre la salud de mujeres y niños en el oeste amazónico, y la otra, la vulnerabilidad de las poblaciones urbanas ante las inundaciones en las distintas localidades del estuario-delta del Amazonas. Tenemos estudiantes trabajando en la globalización de la quinua, manejo y administración de recursos comunes en diferentes países, la actitud ambiental adoptada por pequeños y grandes productores, el impacto de las centrales hidroeléctricas, conservación y áreas indígenas, etnobotánica. La lista es extensa.

¿Cómo va el trabajo con el Núcleo de Estudios e Investigaciones Ambientales de la Universidad de Campinas (Nepam-Unicamp), donde usted se desempeña como docente colaborador?
Tenemos un flujo de alumnos constante, en parte gracias a la FAPESP, entre la Unicamp e Indiana. Acordamos colaboraciones muy productivas, por ejemplo, con el equipo de la socióloga Lucia da Costa Ferreira, que trabaja con una perspectiva de escenarios y conflictos que han ayudado a expandir nuestras herramientas analíticas. Y también junto al equipo de la antropóloga Celia Futemma, con el cual estamos estudiando la cooperación entre pequeños productores rurales y el rol de la acción colectiva para la conservación. Además, colaboro con colegas del Inpe, de Embrapa, de la Fiocruz, de la USP, de las universidades federales de Pará, Maranhão, Brasilia y otras. También resultó productiva la cooperación con colegas de la Universidad de Vale do Paraíba, junto al laboratorio de la geógrafa Sandra Costa, que con la ayuda de la FAPESP hizo posible continuar con nuestros mapeos de las poblaciones ribereñas y entender la transformación de las pequeñas localidades de la región del estuario.

Usted trabajó en el Inpe antes de irse a Estados Unidos. ¿Qué hizo allí?
Con la apertura civil del Inpe, en 1985, quise capacitarme teledetección para comprender como influyó la construcción de la carretera Río-Santos sobre la vida de los pescadores de Trindade. Estuve dos años en el Inpe, donde tuve el privilegio de contar con la orientación de Dalton Valeriano, en el desarrollo de una metodología de uso de la teledetección para el análisis de la transformación del uso de la tierra a escala local. Fui miembro fundador y parte del plantel técnico de la Fundación SOS Mata Atlântica y utilicé esas experiencias para analizar el historial de transformación del Bosque Atlántico.

¿Cómo fue su doctorado en Indiana?
Desarrollé un doctorado enfocado en antropología ambiental y ciencias del ambiente, trabajando en una tesis sobre la globalización del asaí y las dimensiones humanas del uso de la tierra. Durante gran parte de ese período, mi esposa Andrea y yo vivimos en la Amazonia, principalmente en Marajó. Estábamos preparados para regresar pero no encontramos oportunidades interesantes en concursos. Terminé yendo a la Universidad de Arizona. Luego regresamos a Indiana para trabajar junto a Elinor Ostrom y Emilio Moran en un nuevo centro de excelencia interdisciplinaria financiado por la National Science Foundation. La Universidad de Indiana aportó como contrapartida cinco cargos docentes para que los departamentos se los repartan, uno de ellos en mi especialidad. Hubo muchísima competencia y mis posibilidades eran escasas porque en Estados Unidos raramente se contrata a un académico formado en la propia universidad. Obtuve el cargo en el Departamento de Antropología, lo cual me permitió conciliar la enseñanza y la investigación disciplinaria e interdisciplinaria. En esa época, eso era un reto importante, pero hoy en día se está tornando más una regla que una excepción.

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