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Cooperación

Colaboración con el público

Investigaciones científicas realizadas con la participación de legos van ganando espacio

Laboratorio del MediaLab-Prado en España...

Alvaro Minguito/ Flickr/ MediaLab-Prado

Momentos antes de que el eclipse total de Sol del 21 de agosto atravesara Estados Unidos de costa a costa, la agencia espacial estadounidense (Nasa) invitó al público a colaborar en un experimento bastante sencillo. Munidos con termómetros y smartphones, miles de voluntarios diseminados por todo el país recibieron la instrucción de bajar una aplicación para registrar en ella eventuales cambios en la temperatura ambiental mientras se producía ese evento astronómico. Los participantes también debían reportar si la velocidad y la dirección de las nubes sufrieron alteraciones abruptas. La información recabada por los celulares surtió a una base de datos y se la utilizará en estudios ambientales. “La población puede ayudarnos a entender cuáles son los efectos sobre la atmósfera que provoca un evento singular, tal como lo es un eclipse solar”, declaró Elizabeth MacDonald, investigadora de la agencia, a la red de televisión Fox News.

Esta iniciativa está inspirada en un modelo al cual se lo conoce como ciencia ciudadana, que estimula la producción del conocimiento mediante la colaboración entre investigadores y el público lego. La participación de aficionados en la actividad científica no es algo novedoso: la figura del científico profesional recién surgió en el siglo XIX. En las últimas décadas, con el uso de las tecnologías digitales, se tornó frecuente que los investigadores inviten al público a cooperar, por ejemplo, en el recabado de datos meteorológicos o en el mapeo de especies. “Las redes sociales, bases de datos electrónicas y dispositivos tales como las tablets y smartphones ofrecen nuevas posibilidades para compartir ideas e informaciones entre científicos y ciudadanos”, analiza el biólogo Robert Stevenson, un estudioso de la ciencia ciudadana.

Alvaro Minguito/ Flickr/ MediaLab-Prado …donde científicos y público trabajan juntosAlvaro Minguito/ Flickr/ MediaLab-Prado

En los últimos años, ciertas organizaciones tales como los Institutos Nacionales de Salud (NIH) y la National Science Foundation (NSF), en Estados Unidos, comenzaron a patrocinar proyectos que incluyen ciencia ciudadana y estudios que buscan las mejores prácticas para asegurar la integridad científica en investigaciones realizadas en forma conjunta con el público. El año pasado, la Comisión Europea se comprometió a financiar, por medio del programa Horizonte 2020, proyectos que comprenden ciencia ciudadana. La iniciativa es una colaboración con el Doing it Together Science, un consorcio integrado por instituciones científicas y organizaciones no gubernamentales que está coordinado por la University College London, en el Reino Unido. En Brasil, el Sistema de Información sobre la Biodiversidad Brasileña (SiBBr), un proyecto del gobierno federal, anunció en el mes de febrero que apoyará la formación de una Red Brasileña de Ciencia Ciudadana en Biodiversidad, donde los ciudadanos ayudarán en el monitoreo de especies.

Algunas experiencias exitosas que adquirieron proporciones globales en los últimos años inspiraron nuevos proyectos. Una de ellas es la denominada eBird, una iniciativa que lanzó la Universidad Cornell, de Estados Unidos, en 2002, que recopila datos de aves provistos por observadores aficionados y ornitólogos. La plataforma tiene más de 300 mil usuarios de 252 países y alrededor de 300 millones de registros de aproximadamente 10.300 especies de aves. Una versión brasileña del eBird se encuentra en funcionamiento desde 2015 (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 245). “En sus 16 años de existencia, el eBird se convirtió en una referencia en estudios de aves y genera un conocimiento capaz de auxiliar en la elaboración de estrategias para la conservación de la biodiversidad”, afirma Stevenson.

Los proyectos de ciencia ciudadana deben adoptar procedimientos rigurosos para convalidar los datos, dice Robert Stevenson

Otra iniciativa es el Galaxy Zoo, creado por científicos vinculados a diversas instituciones estadounidenses que convocan a astrónomos amateurs para colaborar en la clasificación de imágenes de galaxias generadas por telescopios. A partir de su lanzamiento, en 2007, la comunidad del Galaxy Zoo identificó a un conjunto de galaxias y muchos de esos hallazgos quedaron registrados en artículos científicos. La astronomía quizá sea el campo del conocimiento en el cual la participación del público lleva más tiempo ocurriendo. “Después de la publicación de los trabajos del italiano Galileo Galilei, comenzaron a surgir sociedades civiles de observación del cielo”, comenta Augusto Damineli, docente del Instituto de Astronomía, Geofísica y Ciencias Atmosféricas de la Universidad de São Paulo (IAG-USP). Actualmente, dada la ampliación del acceso a telescopios de pequeño porte y a la circulación de imágenes satelitales en sitios web especializados, la astronomía diletante participa en la identificación de estrellas, asteroides y planetas. A comienzos de este año, el mecánico y aficionado a la astronomía australiano Andrew Grey descubrió un sistema formado por cuatro exoplanetas, luego de analizar más de mil imágenes de estrellas registradas por el telescopio Kepler, de la NASA, que se encuentran disponibles en internet, en la plataforma Exoplanet Explorers. El hallazgo fue validado por astrónomos profesionales y le valió a Grey la publicación de un paper en calidad de coautor.

National Park Service (NPS) | Sylvia Kantor/ Washington State University En Estados Unidos, voluntarios ayudan a científicos en el monitoreo de mariposas (izq.), insectos polinizadores (centro) e incluso cabras, que habitan en un parque nacionalNational Park Service (NPS) | Sylvia Kantor/ Washington State University

“Yo mismo he publicado en coautoría con no académicos”, subraya Damineli. En 2014, él coordinó una investigación al respecto del apagón de Eta Carinae, un sistema compuesto por dos estrellas, que se registró en aquel año. “Era necesario observar a lo largo de 10 meses seguidos, todas las noches, utilizando espectroscopía”, relata. “Difundimos una convocatoria internacional solicitando la colaboración de aficionados y obtuvimos la ayuda de cuatro voluntarios en Nueva Zelanda y en Australia”. Los datos de la observación fueron determinantes para la descripción de un nuevo fenómeno: la formación de un agujero en la superficie de la estrella (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 244).

Una de las principales contribuciones de la colaboración del público en investigaciones es la producción de informes que quizá no pudieran generarse de ningún otro modo, en parte porque tales iniciativas pueden movilizar potencialmente a una gran cantidad de voluntarios para la recolección de datos en áreas extensas y durante largos períodos. Pero ese modelo aún afronta ciertas resistencias. “Muchos científicos se oponen a trabajar con personas sin formación científica”, dice Stevenson. Uno de los motivos, explica, es la desconfianza en lo que atañe a los datos producidos. “Los proyectos de ciencia ciudadana deben adoptar procedimientos rigurosos para asegurar la validez de los datos”. Para la investigadora Andrea Wiggins, de la Universidad de Maryland, en Estados Unidos, los proyectos exitosos, como es el caso del eBird, dependen de un conjunto de metodologías capaces de aumentar la precisión de los datos. “Se trata de ofrecerles a los voluntarios capacitación técnica para la ejecución de las tareas propuestas por los científicos. Además, los datos recabados por los ciudadanos deben pasar por el tamiz de expertos”, escribió Wiggins en un artículo publicado en 2016.

Eduardo Cesar Observadores amateurs de aves participan en actividades de investigación en el Instituto Butantan, en São PauloEduardo Cesar

En la Universidad Federal del ABC (UFABC), un grupo de investigadores propone, aplica y evalúa protocolos que orientan el trabajo de los voluntarios en proyectos de ciencia ciudadana. “Elaboramos un paso a paso que le muestra al participante, en lenguaje claro y objetivo, los propósitos de la investigación y recomendaciones que deben seguir en el curso de su labor”, explica la bióloga Natália Pirani Ghilardi-Lopes, coordinadora del Grupo de Investigación en Ciencia Ciudadana de la UFABC. La finalidad, dice, es el establecimiento de estándares para que la obtención y el análisis de datos sean hechos con la máxima precisión posible. Esta metodología está siendo testeada en algunos estudios del grupo. Uno de ellos es la maestría que realiza la bióloga Larissa de Araújo Kawabe, que engloba a los datos obtenidos en la Estación Ecológica Tupinambás, en la costa norte de São Paulo. El proyecto cuenta con la participación de buzos empleados de la estación que, munidos con cámaras subacuáticas, ayudan a recabar imágenes de los promontorios rocosos en Ilha das Palmas. El objetivo consiste en fotografiar organismos marinos, tales como algas y esponjas.

Posteriormente, para el análisis de las fotografías, los participantes pasan por una capacitación de cuatro horas, una de las directrices del protocolo. “Les explicamos cómo se obtuvieron las fotografías y de qué manera deben analizarse más tarde”, relata Larissa de Araújo. Ella hace hincapié en que los voluntarios no sólo intervienen en la obtención de las fotos, sino también en la identificación de los organismos. Estudios como éste, por ejemplo, pueden servir para detectar precozmente la presencia de especies exóticas, tales como el coral sol, que fue fotografiado en la estación ecológica. Se trata de una especie que está proliferando por la costa brasileña, compitiendo con otras especies nativas.

Fuera de las universidades surge una enorme cantidad de conocimiento, dice Antonio Lafuente

Buena parte de los proyectos involucra al público exclusivamente en la recolección de datos, pero algunos investigadores contemplan otras formas de participación de los aficionados. Según la socióloga Sarita Albagli, investigadora del Instituto Brasileño de Información en Ciencia y Tecnología (Ibict), pueden identificarse dos grandes abordajes de la ciencia ciudadana. La primera utiliza voluntarios para elevar la velocidad y la cantidad en la recolección de datos. “La segunda promueve también que los ciudadanos se involucren en el debate sobre los propios temas y objetivos de la investigación científica, basándose en los conocimientos adquiridos a partir de sus experiencias”, dice Albagli, quien coordinó un proyecto en Ubatuba que apuntó a incorporar ese concepto de participación ciudadana en la investigación. Para Stevenson, de la Universidad de Massachusetts, la intervención del público en todas las etapas de la investigación científica no siempre es factible. “Hay temas que no despiertan tanto el interés del público y otros que requieren a quienes intervienen mucho tiempo de capacitación y dedicación”, dice.

Algunas experiencias internacionales han motivado interacciones más profundas. Una de ellas es el MediaLab-Prado, un espacio cultural que creó la municipalidad de Madrid, en España, al cual se lo conoce por la difusión de un modelo de laboratorio ciudadano. Científicos, activistas y ciudadanos se reúnen para estudiar posibles soluciones a problemas, bajo diferentes líneas de investigación, tales como urbanismo, participación social y tecnologías sociales. “Esta iniciativa pasó a promover, por medio de llamadas públicas a presentación de propuestas, experiencias de investigación colaborativa e innovación social que recibieron el nombre de laboratorios ciudadanos”, explica Henrique Parra, docente de la Universidad Federal de São Paulo (Unifesp), quien actualmente realiza una pasantía de posdoctorado en el Consejo Superior de Investigación Científica de España.

UFABC Empleados de la Estación Ecológica Tupinambás, en la costa norte del estado de São Paulo, bucean junto a científicos para recabar datos sobre organismos marinosUFABC

Cualquier individuo que posea una propuesta de investigación puede responder a las convocatorias del MediaLab-Prado. Si el proyecto fuera aprobado, el participante comienza a formar parte de una red de colaboradores académicos y no académicos, que pueden ayudar al desarrollo del trabajo. El investigador Antonio Lafuente, del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España y uno de los directores del MediaLab-Prado, explica que la idea es generar ámbitos donde los problemas puedan ser identificados, documentados y contrastados desde diferentes puntos de vista. “Una enorme cantidad de conocimiento surge más allá de los límites de las universidades e institutos de investigación. Ya no se trata de separar el mundo entre los que saben y los que no saben, sino de aunar experiencias”, propone Lafuente.

Si bien son puntuales, otras iniciativas similares al MediaLab-Prado plantean proponer formas más amplias de colaboración en la ciencia. Por citar un ejemplo, Public Lab surgió luego del derrame de petróleo en el golfo de México que ocurriera en 2010. Ante la falta de información oficial acerca del desastre, los habitantes de la costa sur de Estados Unidos, en colaboración con investigadores e ingenieros, construyeron pequeños sistemas de monitoreo valiéndose de globos y cámaras digitales para recabar imágenes en tiempo real. Se tomaron más de 100 mil imágenes  aéreas de alta resolución. Ese episodio condujo a la creación de una comunidad abierta, el Public Lab, que actualmente subsiste mediante donaciones de instituciones tales como el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) y la NSF.