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	<title>Revista Pesquisa Fapesp &#187; Historia</title>
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	<description>Revista Pesquisa Fapesp</description>
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		<title>Entre teoremas y ferrocarriles</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Feb 2013 19:00:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Haag</dc:creator>
				<category><![CDATA[Humanidades]]></category>
		<category><![CDATA[Historia]]></category>
		<category><![CDATA[Matemática @es]]></category>

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		<description><![CDATA[El debate sobre la matemática positivista abrió el terreno para la ciencia pura en Brasil]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-105687" title="" alt="" src="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2013/02/078-081_Matematica_196-1.jpg" width="290" height="238" />Para muchos historiadores, la fundación de la Universidad de São Paulo en 1934 significó por fin el comienzo de la ciencia moderna en Brasil: “Es una revolución intelectual y científica que cambiará las concepciones económicas y sociales de los brasileños”, según las palabras de Sérgio Milliet. Hasta ese entonces, afirman, el país sufría un “aislamiento científico”, del cual era responsable el grupo “autoritario y anticientífico” que impuso el “orden y progreso” en la bandera, y a los brasileños. De este modo, y en lo que constituye una curiosa distorsión, el positivismo, cuyo credo se basaba en la fe en la ciencia como motor del progreso y la civilización, terminó siendo “demonizado” y caracterizado como el gran obstáculo para el desarrollo científico nacional.</p>
<p>La acusación adquiere ribetes polémicos pues recae particularmente sobre la disciplina tenida por el francés Auguste Comte (1798-1857), creador del positivismo, como la base de la educación: la matemática. “El positivismo a la brasileña de la Primera República (1889-1930) fue y aún es analizado de manera simplista y generalizadora, debido a su visión ‘cientificista’, que preconizaba una ciencia y una matemática pragmáticas, instrumentos prácticos destinados a resolver los problemas nacionales mediante el progreso material y la modernización social. Lecturas apresuradas e interesadas los acusan de sobrevalorar la ciencia aplicada, creando trabas al avance científico, cuyo motor sería la ciencia pura y desinteresada”, explica el matemático Rogério Monteiro de Siqueira, docente del Programa de Posgrado en Estudios Culturales de la Escuela de Artes, Ciencias y Humanidades de la USP (EACH/ USP), autor de la investigación intitulada <em>El modernismo, la modernidad y la modernización en las ciencias matemáticas brasileñas</em>, con apoyo de la FAPESP.</p>
<p>“Por supuesto que antes de los años 1930 no existía por acá una matemática como la de Europa.  Pero no podemos simplificar por ello y decir que no tuvimos ningún tipo de desarrollo matemático antes de la creación de la USP. Hubo en efecto individuos que publicaron trabajos con regularidad y originalidad en revistas internacionales. Por ende, decir que los positivistas impidieron que se intentase hacer una ciencia pura, tal como pretenden afirmarlo sus detractores de ayer y hoy, es un engaño”, advierte. “De cualquier modo, muchos insisten en la actualidad en que solamente hubo avances en las ‘escapadas del positivismo’. Eso arroja una nube sobre el pasado, y reduce el progreso matemático a un conjunto restringido de antipositivistas ‘modernos’, tales como Otto de Alencar (1874-1912), Manuel de Amoroso Costa (1885-1928), Theodoro Ramos (1895-1935) y Lélio Gama (1892-1981)”, advierte Rogério.</p>
<p>El embate entre la ciencia pura y la ciencia aplicada es mucho más complejo y poco estudiado, tal como el investigador descubrió al analizar los artículos de las revistas especializadas. “Había matemáticos ‘positivistas’ que criticaban a Comte. Brasil no tuvo un solo positivismo, radical, sino que se dividió en diversas facciones, con diferentes grados de ortodoxia”, dice. Basta con ver que la figura de proa del movimiento en el país, Benjamin Constant de Magalhães (1833-1891), un republicano de nota y profesor de matemática de escuelas militares, quien objetaba abiertamente las lecturas comteanas de la matemática. “Se debe conocer también la producción de los ‘modernos’ en su totalidad. Actualmente contamos solamente con un retrato incompleto de los debates, a los cuales se les han quitado las variables políticas y los juegos de intereses. Se pinzan tan sólo los artículos ‘modernos’ que escribieron, dejando de lado muchos otros referentes a cuestiones aplicadas. ‘Se soslaya’ también que los llamados ‘pioneros de la matemática pura’ eran ‘híbridos’, pues, aparte de sus trabajos con teoremas, también aceptaron cargos públicos y escribieron sobre la práctica de la ingeniería, sin ceñirse a la ‘ciencia desinteresada’”, añade.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2013/02/078-081_Matematica_196.jpg" rel="lightbox[105686]" title="Entre teoremas y ferrocarriles  "><img class="wp-image-114705 aligncenter" alt="078-081_Matematica_196" src="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2013/02/078-081_Matematica_196.jpg" width="408" height="237" /></a></p>
<p style="text-align: left;">Al fin y al cabo, incluso Amoroso Costa, quien responsabilizaba al positivismo por la situación precaria de las ciencias exactas en Brasil, se vio obligado a reconocer que “nuestro terreno es aún impropio para el cultivo de esa suprema flor del espíritu que es la ciencia pura, contemplativa y desinteresada”. “Esa pelea constituía un síntoma de la readecuación de fuerzas políticas en las ciencias nacionales, donde el grupo de ingenieros que invirtió en una matemática ajena a sus aplicaciones, de acuerdo con un modelo por ese entonces hegemónico en Europa, se vio poco a poco devaluado y sin espacio. Al mismo tiempo, eso sucedió en un ambiente en que la matemática era vista cada vez más como un instrumento de trabajo práctico en pro del progreso del país”, analiza Rogério. Apartados, pasan a abogar por la creación de un “locus” institucional para la ciencia “sin compromisos”, la universidad, que ellos dominarían.</p>
<p>En efecto, un pequeño grupo radical de positivistas se manifestaba en contra de la creación de ese espacio; eran conscientes de la pulseada que estaba en juego, pero muchas otras facciones no comulgaban con esa “censura” y expresaban una postura no dogmática de los textos de Comte. “Tampoco puede soslayarse que la influencia del positivismo durante la Primera República no duró por mucho tiempo, y la generación de 1870, la cúpula militar imbuida de los ideales reformistas sociales de Comte, se vio apartada del poder por parte de las oligarquías”, explica Angela Alonso, docente del Departamento de Sociología de la USP y autora del estudio intitulado <em>Ideias em movimento: a geração 1870 na crise do Brasil-Império</em> (2002). El grupo abogaba por la separación entre civiles y militares, manifestando un explícito desprecio por los “bachilleres” y su visión liberal y de un conformismo romántico para con el Brasil monárquico. Para esa contraelite de militares, ingenieros y médicos, todos con formación técnica y científica, el positivismo no hizo sino confirmar la conciencia que tenían acerca del abismo existente entre el país y la “civilización”.</p>
<p><strong>El cañón</strong><br />
“Ésa es una particularidad de los positivistas brasileños, quienes, en lugar de pensar la doctrina en términos religiosos, la usaban para discutir cuestiones políticas en el plano social. La ciencia emerge así como una fuente de soluciones”, sostiene. Adeptos a la “ilustración brasileña”, defendían la educación como la panacea y se veían a sí mismos como partícipes de una “misión”: la de conocer la realidad social y la naturaleza brasileña, superando obstáculos, ciencia y soluciones prácticas mediante, para revelar así las potencialidades del territorio. “No era la cuestión valorar a la ciencia aplicada en detrimento de la ciencia pura, sino ejercer el conocimiento científico con una destinación social asociada al rol fundamental asignado al científico en el nuevo Brasil positivista”, explica Luiz Otávio Ferreira, investigador de la Casa de Oswaldo Cruz, dependiente de la Fiocruz, y coordinador del estudio intitulado <em>El ‘ethos’ positivista y la institucionalización de la ciencia en Brasil</em> (2007).</p>
<p>“Por ende, no se podía dar lugar a la ‘matemática pura’ en el marco de esa conquista urgente de territorios. Pero surgieron voces divergentes, a partir de la creación de la Escuela Central de Ingeniería, en 1858, que escindió la enseñanza de la ingeniería entre civiles y militares, un grupo que iba a abrazar el positivismo en las academias militares”, sostiene Ferreira. Los matemáticos “puros” se alinearon con los ingenieros civiles. El conflicto hizo eclosión en 1896, cuando Benjamin Constant de Magalhães, en su calidad de ministro de Instrucción Pública, clausuró las carreras de ciencias físicas, matemáticas y naturales en la Escuela Politécnica de Río de Janeiro. “Aunque ese cierre pueda adjudicársele al hecho de que, desde 1874, tan sólo 67 alumnos se habían matriculado, para algunos docentes, lo que se pretendió fue la imposición de la visión utilitarista de las ciencias por parte de los positivistas”, explica Ferreira.</p>
<p>Para los “ingenieros cientificistas” era un golpe destinado a robarles terreno. Pero en 1898 llegó la reacción. Otto de Alencar, un ex positivista, publicó el artículo intitulado “Algunos errores de matemática presentes en la <em>Síntesis subjetiva</em> de A. Comte”, el primer “disparo” en la “guerra” entre “puros” y “aplicados”. Era munición de pequeño calibre, pero fue la mecha del “cañón” activado en 1918, en las conferencias de Amoroso Costa. “En los países nuevos existe un fanatismo por el progreso material que ignora que existe un ideal científico superior al del hombre que fabrica mil carros por día u opera un apéndice en 10 minutos. La opinión es unánime: la ciencia es útil, pues los ingenieros, los médicos y los militares la necesitan. No vale la pena hacerla en Brasil: es más cómodo y más barato importarla desde Europa. Ésa es la mentalidad que predomina entre los educadores y entre aquéllos que nos gobiernan”, atacó el matemático.</p>
<p><strong>Contemplativos</strong><br />
Una década después, Lélio Gama en Río, y Theodoro Ramos en São Paulo, salieron a la lucha para “recuperar” el terreno de la ciencia “desinteresada”, cosa que ayudó en la creación de la USP y de la carioca Universidad de Brasil, en 1939. Pero, ¿había espacio para las “ciencias contemplativas” antes de la década de 1930? “En Europa, la matemática, la física y la ingeniería enseguida se separaron, al contrario que en Brasil. Eso fue posible debido al proceso acelerado de industrialización europea en el siglo XIX. Acá no existía una demanda de conocimiento técnico en todas las áreas del conocimiento, como sí la hubo en el caso de la medicina, por ejemplo”, sostiene Rogério. Tampoco las críticas antipositivistas eran “puras”.</p>
<p>“Los rótulos de ‘imprecisión’ y ‘falta de rigor científico’ con que tildaban a los positivistas son discutibles. Los matemáticos italianos, por ejemplo, eran caracterizados como ‘poetas’, debido a su supuesta imprecisión, y no se culpó al positivismo por ello. El ‘rigor’ que se exigía no era ejercido en los escritos de los ‘modernos’ brasileños muy aquende como se trabajaba en Europa”, dice el investigador. “Lo que se anhelaba era crear una ‘diferenciación’: la tesis de Theodoro Ramos, por ejemplo, echaba mano de la teoría de conjuntos menos en pro de la ‘matemática pura’ y más como una estrategia de lucha”, dice Rogério.</p>
<p>Pero, ¿cuáles serían las motivaciones de los “puros”? “Ellos tenían una sensación de descompás, de ‘ideas fuera de lugar’. Muchos habían ido al exterior y regresaban con los nuevos conceptos científicos puestos en práctica en Europa”, evalúa Rogério. Para el investigador, no se puede negar la presencia constante de un componente político, de lucha entre grupos que se excluían y pugnaban por un lugar al sol. “Esto queda en evidencia a partir de la ligazón de Ramos con la Revolución de 1930.  No por casualidad éste trajo matemáticos italianos a la USP, muchos de ellos fascistas, para agradar a Vargas, un admirador del Duce. Esa acción tuvo en cuenta igualmente las demandas de la gran comunidad italiana paulista”, dice.</p>
<div id="attachment_105688" class="wp-caption alignleft" style="width: 300px"><img class="size-full wp-image-105688" title="" alt="" src="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2013/02/078-081_Matematica_196-2.jpg" width="290" height="198" /><p class="wp-caption-text">La Escuela Militar, Urca, Río de Janeiro, 1885, un conocido reducto de los positivistas</p></div>
<p>En la división, alemanes e italianos se quedaron con las exactas y los franceses con las humanas. La primera generación de matemáticos de la década de 1950 es “heredera” de esa elección, que incluye un desprecio por la didáctica, inculcado por los maestros italianos, tal como fue el caso de Luigi Fantappié. La matemática nacional, cuya proyección en el exterior comenzó en los años 1960, surgió a partir de un “embrollo intelectual”. “Los adeptos a las ‘ciencias puras’ se apropiaban de artículos provenientes del exterior, pero sin por ello conocer el contexto y el debate en que éstos estaban insertos. Se los apropiaban de manera directa, y así fue como se creó una mezcla que generó un tipo ‘nacional’ de matemática”, dice Rogério.</p>
<p>De este modo, la “demonización” del positivismo merece una revisión. “Las críticas a las ideas científicas positivistas no constituyeron únicamente una empresa propia de jóvenes matemáticos innovadores que querían romper el ciclo del arcaico conservadorismo científico brasileño. Esa interpretación escamotea que las fronteras entre lo arcaico y lo moderno son producto de procesos de construcción social”, sostiene Ferreira. El positivismo fue la base para el desarrollo de un tipo de científicos que era su adversario. “Los positivistas promovieron los contenidos ideológicos necesarios para la formación de la categoría de ‘científico’. El modelo de intelectual positivista, objetivo y preciso, reformador social o no, hizo escuela entre aquéllos que querían ser tenidos por científicos.”
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		<title>Un primer intento</title>
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		<pubDate>Wed, 24 Oct 2012 15:16:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Neldson Marcolin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Memoria]]></category>
		<category><![CDATA[Comunicación]]></category>
		<category><![CDATA[Historia]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace 42 años, la FAPESP y TV Cultura produjeron programas de divulgación científica]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_35899" class="wp-caption alignright" style="width: 184px"><img class="wp-image-35899" alt="" src="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/10/122-123_Memoria_200-41.jpg" width="174" height="794" /><p class="wp-caption-text">Reproducción de Roya del café, con los investigadores Lourival Monaco, Maria Rafaela Musumeci, Walkiria Moraes y Paulo Torres de Carvalho (de arriba hacia abajo)</p></div>
<p>Un antiguo rollo de película de 16 mm hallado en los archivos de la FAPESP en 2010 reveló lo que probablemente fue el primer intento de divulgación científica de la Fundación para un público amplio. Del ese filme, que estaba guardado en una caja de plástico, se realizó una copia digital, y así se pudo verlo: se trata de un reportaje de 15 minutos de duración sobre la contaminación de los ríos.</p>
<p>Al comienzo de la película, una claqueta ofrece algunas informaciones. El título de la producción es <em>Ciência viva</em>, y data del 1º de diciembre de 1970. A continuación, un relato en <em>off</em> presenta lo que sería el primer reportaje de una serie sobre ciencia. El entonces presidente del Consejo Superior de la FAPESP, Antônio Barros de Ulhoa Cintra, aparece al comienzo del filme para brindar algunas explicaciones: “La FAPESP decidió patrocinar la realización de una serie de programas sobre ciencias y sus aplicaciones”, dice, en un texto que dura 47 segundos (<em>léalo en su totalidad, debajo</em>).</p>
<p>Como se tenía la información de que se podrían haber realizado varias películas, la revista <em>Pesquisa FAPESP</em> solicitó a la TV Cultura una búsqueda en sus archivos para intentar localizar otros posibles programas. Tan sólo se encontró otro filme, de 19 minutos, cuyo tema es la roya, una plaga del cafeto. Nuevamente, el único registro sobre ese hallazgo es la fecha de producción que consta la claqueta: 19 de abril de 1971. Según los empleados de la TV Cultura que trabajaron en esas búsquedas, no hay fichas ni guíones que contengan otras informaciones. “Por alguna razón que desconocemos, probablemente esos programas nunca salieron al aire”, sospecha Mario Fanucchi, el coordinador de producción de la emisora en aquel período.</p>
<p>Hay documentos en la FAPESP que revelan que la producción de un programa de divulgación científica comenzó a tratarse a comienzos de los años 1970. A mediados de ese año, el directorio de la FAPESP firmó un convenio con la Fundación Padre Anchieta, que administra TV Cultura, para comenzar con el primer programa. En la correspondencia de Mario Fanucchi enviada al director científico, Oscar Sala, se encuentran enumerados cuatro objetivos discutidos previamente con el zoólogo Paulo Vanzolini, en ese entonces asesor de Ulhoa Cintra: “Brindar al pueblo una noción de lo que es la investigación científica y cuáles son sus implicaciones en la vida moderna; mostrar al investigador anónimo, valorarlo como figura humana; despertar vocaciones para la investigación; y estimular a aquéllos que se inician en la investigación científica”.</p>
<p>Vanzolini fue el encargado de solicitar a la Fundación el apoyo para solventar la producción. “Los programas fueron una iniciativa de Oscar Sala”, comenta. “Yo participé en las conversaciones y el proyecto quedó a mi nombre porque él así me lo pidió”. Vanzolini no sabe si los programas fueron exhibidos ni las razones por las que la serie no tuvo continuidad.</p>
<p>Los investigadores que participaron en las filmaciones alaban la iniciativa. En el primer programa, el principal entrevistado fue Samuel Murgel Branco, biólogo de la Facultad de Salud Pública (FSP) de la Universidad de São Paulo, fallecido en 2003. “Recuerdo que él quedó muy satisfecho con el reportaje y me comentó que probablemente, los temas relacionados con la ecología, la contaminación ambiental y otros términos técnicos se harían más conocidos entre el público en general, a partir de la transmisión de estas informaciones en la televisión”, comenta Frida Fischer, entonces pasante y ahora profesora titular de la FSP.</p>
<p>En el segundo programa, el tema fue la agricultura. “Estábamos preocupados por la plaga del café y nosotros explicamos de qué se trataba”, recuerda Lourival Monaco, en ese entonces investigador del Instituto Agronómico (IAC) de Campinas. “Fue un trabajo muy interesante de divulgación de un problema que involucraba al conocimiento científico”, dice Walkiria B de Camargo Moraes, con extensa trayectoria en el Instituto Biológico de São Paulo.</p>
<p>Cuarenta y dos años después, ambos filmes <a href="http://revistapesquisa.fapesp.br/2012/10/16/ci%C3%AAncia-viva-ferrugem-do-caf%C3%A9/" target="_blank"><em>Ferrugem do Café</em></a> y <a href="http://revistapesquisa.fapesp.br/2012/10/16/ci%C3%AAncia-viva-polui%C3%A7%C3%A3o-das-%C3%A1guas/" target="_blank"><em>Poluição das Águas</em></a> pueden apreciarse en el sitio <em>web</em> de <em>Pesquisa FAPESP</em>.</p>
<p><strong>Ulhoa Cintra<br />
</strong>“La FAPESP decidió patrocinar la realización de una serie de programas sobre ciencias y sus implicaciones. Se reconoce el hecho de que la ciencia y sus aplicaciones cumplen un rol preponderante en el progreso y en el desarrollo del bienestar de la humanidad en los días que corren. Con todo, hemos destacado su función educativa y su valor ético. La Fundación espera que el desarrollo de estos programas, que contribuyen al desarrollo de la ciencia, se consustancie también por su propio desarrollo y al amparo de su finalidad esencial”.
<p><a style="float:left" href="http://www.printfriendly.com/print/v2?url=http://revistapesquisa.fapesp.br/es/tag/historia-es/feed/" rel="nofollow"><img src="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/04/ico_print_es.png" alt="Print Friendly"></a><span class='st_facebook_large' st_title='Un primer intento' st_url='http://revistapesquisa.fapesp.br/es/2012/10/24/un-primer-intento/' displayText='share'></span><span class='st_twitter_large' st_title='Un primer intento' st_url='http://revistapesquisa.fapesp.br/es/2012/10/24/un-primer-intento/' displayText='share'></span><span class='st_email_large' st_title='Un primer intento' st_url='http://revistapesquisa.fapesp.br/es/2012/10/24/un-primer-intento/' displayText='share'></span><span class='st_sharethis_large' st_title='Un primer intento' st_url='http://revistapesquisa.fapesp.br/es/2012/10/24/un-primer-intento/' displayText='share'></span></p>
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		<title>Las páginas prohibidas</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Sep 2012 21:34:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gustavo Fioratti</dc:creator>
				<category><![CDATA[Humanidades]]></category>
		<category><![CDATA[Historia]]></category>
		<category><![CDATA[Sociología]]></category>

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		<description><![CDATA[La lista de libros censurados por los militares luego del Acto Institucional nº 5 revela los criterios de incautación]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-17426" title="082-085_Censura_199-1" alt="" src="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/09/082-085_Censura_199-1.jpg" width="290" height="348" />Veintiocho cajas guardadas en el Archivo Nacional de Brasilia han preservado parte de una historia que sigue teniendo páginas incompletas. Esta colección reúne la documentación de los órganos censores de la dictadura militar referente a los libros publicados durante el período posterior a la promulgación del Acto Institucional nº 5, en 1968.</p>
<p>Sandra Reimão, docente de la Escuela de Artes, Ciencias y Humanidades de la USP, analizó recientemente el contenido de esos archivos, y elaboró la lista hasta ahora más completa de libros sometidos a la censura durante ese lapso de tiempo. Este estudio figura en el libro <em>Repressão e resistência – Censura a livros na ditadura militar</em> (Edusp/ FAPESP, 2011) y permite analizar con gran precisión los criterios de los cuales se valía el gobierno militar brasileño para prohibir obras literarias publicadas en esa época, que hacía posible que quedaran bajo el manto de la preservación del orden y las buenas costumbres libros políticos tales como <em>O mundo do socialismo</em>, de Caio Prado Junior, y eróticos, como <em>Tessa, a gata</em>, de Cassandra Rios.</p>
<p>En la lista también se encuentran <em>Feliz ano novo</em>, de Rubem Fonseca; <em>Zero</em>, de Ignácio de Loyola Brandão; <em>Dez historias imorais</em>, de Aguinaldo Silva; y <em>Carniça</em>, de Adelaide Carraro. En el estudio de Sandra Reimão hay también una subdivisión destinada a obras teatrales publicadas en libros, donde se  hace mención a los textos <em>Papa Highirte</em>, de Oduvaldo Vianna, y <em>Abajur lilás</em>”, de Plínio Marcos.</p>
<p>Todos son libros oficialmente prohibidos entre los años 1970 y 1988, período que abarca desde el año del decreto ley 1.077/ 70 –que instituyó la censura previa para publicaciones literarias– hasta el año en que la Asamblea Nacional Constituyente le puso fin a la censura.</p>
<p>Los libros eróticos se erigían en los blancos más comunes. “De ceñirnos a la legislación, la censura siempre hizo referencia a temas contrarios a la moral y las buenas costumbres; nunca se hizo explícito que existiera una censura en lo atinente a temas políticos, a textos sobre corrupción o tortura”, comenta Marcelo Ridenti, autor del libro <em>Em busca do povo brasileiro – Artistas da revolução, do CPC à era da TV</em> (Record, 458 páginas).</p>
<p>No se trata solamente de una mascarada. “Era realmente una preocupación de los censores, y la mayoría de los libros censurados correspondía a libros eróticos. El tema es que la censura, con base en esos criterios referentes a la moral y las buenas costumbres, prohibía también obras consideradas subversivas del orden político”, concluye.</p>
<p>Cassandra Rios, famosa autora que dedicó su producción a prosas que no raramente contenían un sesgo homoerótico femenino, fue una de las campeonas de prohibiciones perpetradas por la dictadura. En la portada del libro <em>Tessa, a gata</em>, la autora echa mano incluso de la acción de la censura a su favor, con el eslogan “Un nuevo éxito de la autora más prohibida de Brasil”.</p>
<p>En el estudio, Sabdra, que contó con el apoyo económico de la FAPESP, verificó que 313 obras fueron prohibidas entre las 492 sometidas al análisis del Departamento de Censura de Diversiones Públicas (DCDP). Es decir, del total, 179 libros fueron autorizados luego del análisis del DCDP, un dato importante a la hora de entender que existía un sistema de criterios desarrollado por el órgano. La censura estaba a cargo de un equipo contratado mediante concurso público, y muchos de sus integrantes eran universitarios.</p>
<p><a href="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/09/082-085_Censura_1991.jpg" rel="lightbox[101984]" title="Las páginas prohibidas"><img class="alignleft size-medium wp-image-113266" alt="082-085_Censura_199" src="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/09/082-085_Censura_1991-300x237.jpg" width="300" height="237" /></a>La cifra que Sandra relevó no es definitiva. La lista completa de libros censurados por la dictadura difícilmente llegará a su fin, según dice la investigadora, pues antes del decreto ley 1.077 no había uniformidad en la metodología de censura. “Antes de 1970 había coacción, incautación de libros, allanamiento de librerías y detención de libreros de manera desorganizada. La censura estaba a cargo de distintos órganos del Estado. Después del AI-5, pasó a ser función del Ministerio de Justicia”, dice.</p>
<p>Incluso los documentos guardados en las 28 carpetas del Archivo Nacional pueden estar incompletos. “El archivo que existe corresponde a lo que se ha preservado. No sabemos qué se ha perdido de ese archivo”, explica la investigadora. Los documentos guardados en el Archivo Nacional sólo estuvieron disponibles a partir del año 2000. “Hay muchas novedades sobre el tema. Ese material aún no había sido analizado, sencillamente porque antes no contaba con una organización mínima”, dice la investigadora.</p>
<p>No obstante, un trabajo similar no sólo antecede a la investigación de Sandra sino que también hace las veces de punto de partida. El profesor Deonísio da Silva, doctor en letras de la USP, había apuntado 430 libros prohibidos por la censura durante la época del régimen militar en el libro <em>Nos bastidores da censura</em>. Entre los títulos, 92 son de autores brasileños. “Yo seguí el trabajo que Deonísio empezó”, dice Sandra. Cuando giró sus reflectores también hacia la publicación de libros, la censura ya se descargaba ampliamente y con fuerza total sobre otros campos de expresión artística, especialmente el teatro, la música y el cine. “La cantidad de libros censurados es menor que la de otros medios de diversión pública.”</p>
<p>Marcelo Ridenti confirma que la literatura se vio “relativamente” menos afectada por la censura que otros campos de expresión vecinos. “La producción audiovisual tenía más potencia de difusión masiva. El cine y la televisión, por supuesto, eran los que estaban más en la mira”, explica el investigador. Las editoriales nacionales, prosigue, no se vieron obligadas a someter sus publicaciones a la censura previa, tal como sí sucedía con productoras de películas y de programas de televisión. Para poner en funcionamiento su sistema de vigilancia también sobre la producción literaria nacional, los censores contaban con una ayuda fundamental: las denuncias, realizadas a menudo por ciudadanos comunes.</p>
<p>Por haber estado menos en la mira, la literatura pudo ejercerse con un poco más de libertad. “Sirvió como válvula de escape”, dice Ridenti. “<em>Calabar</em>, de Chico Buarque, fue prohibida en teatro, pero salió en forma de libro”, ejemplifica el investigador. “Con la literatura se podía respirar un poco más.”</p>
<p>De acuerdo con el estudio de Zuenir Ventura, presentado en el libro <em>1968 – O ano que não terminou</em>, durante los 10 años de vigencia del AI-5 (1968-1978) se censuraron alrededor de 500 filmes, 450 obras de teatro, 200 libros, decenas de programas de radio, 100 revistas, más de 500 letras de música y una docena de capítulos de sinopsis de novelas.</p>
<p>Buena parte de las denuncias reunidas entre los dictámenes emitidos por los órganos censores –varios publicados en las últimas páginas del libro de Sandra con buena legibilidad, gracias al proyecto gráfico de Carla Fernanda Fontana– recrimina contenidos considerados eróticos o pornográficos: “El libro <em>Dias de Clichy</em>, de Henry Miiler [sic], es un verdadero atentado al pudor y, sin embargo, se encontraba a disposición de cualquier adolescente en la Biblioteca Municipal de esta localidad”, dice una carta de Usana Minette, de Lençóis Paulista, que data de septiembre de 1974, dirigida al ministro de Justicia, Armando Ribeiro Falcão. El libro “&#8230; recibió el apoyo del señor alcalde y presidente de la biblioteca y sólo fue sacado de circulación al cabo de mucha insistencia”, sigue la carta de denuncia.</p>
<p>Escrito a máquina, este ejemplar data precisamente del período de mayor actuación de los órganos censores. A decir verdad, fue en 1975 cuando se detectó el mayor número de prohibiciones de libros nacionales. De acuerdo con la investigación de Sandra Reimão, 109 libros entre los 132 analizados por la Justicia fueron censurados en 1975.</p>
<p><img class="wp-image-17428 alignright" title="082-085_Censura_199-2" alt="" src="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/09/082-085_Censura_199-2.jpg" width="290" height="419" /></p>
<p>En 1976 se prohibieron 61 libros. Entre ellos aparece <em>Feliz Ano Novo</em>, de Rubem Fonseca, una de las obras más estudiadas por los investigadores de la censura de libros durante el lapso de la dictadura. Resumidamente, el libro cuenta la historia de tres personajes que, durante los festejos de Año Nuevo, asaltan una mansión, matan a tres personas, violan a una y, al final, brindan al año que comienza.</p>
<p>En el dictamen firmado por Raymundo F. de Mesquista con las palabras “No autorizado” en mayúscula rellenando el espacio de “Calificación etaria”, la censura es justificada así: “El presente libro [...] retrata, casi en su totalidad, a unos personajes portadores de complejos, vicios y taras, con el objetivo de enfocar la faz obscura de la sociedad en la práctica de la delincuencia, el soborno, el latrocinio violento y el homicidio, sin ninguna referencia a sanciones&#8230;”. Más adelante, el documento consigna que en las páginas 31, 139 y 141 se efectúan “rápidas y desmerecedoras alusiones a los responsables del destino de Brasil y al trabajo censorio”.</p>
<p>A partir de 1976, la cantidad de libros censurados empieza a caer paulatinamente (<em>vea el cuadro de la página 84</em>). Una de las hipótesis para esa disminución –de la cantidad de obras censuradas también en otras áreas de las artes– es la muerte del periodista Vladimir Herzog, como consecuencia de la tortura que le infligieron los militares, en 1975.</p>
<p>A partir de entonces se acentúa la exigencia de la sociedad en pro de la redemocratización y también por el fin de la censura. “Ése es uno de los factores”, dice Flamarion Maués Pelúcio Silva, doctorando en historia social y magíster en historia económica por la USP, que estudia las editoriales de oposición a la dictadura en Brasil. A comienzos de los años 1970 se registró la mayor cantidad de muertes y desapariciones de figuras políticas que se oponían al régimen “mediante la militancia, armada o no”. Y la muerte de Herzog en ese contexto, recuerda Flamarion, hace que el país “conozca de manera más amplia” la situación política agravada por la represión, lo que provoca una reacción inmediata.</p>
<p>Para el investigador, el estudio de Sandra, al ceñirse al universo de libros prohibidos por una censura oficial y documentada, muestra “de manera coherente” cuáles eran los fundamentos de la persecución contra obras literarias. “Son trabajos censurados partiendo de un punto de vista formal, con dictámenes. Los documentos contienen justificaciones; es un material valioso”, evalúa.</p>
<p>A propósito: al final de su libro, Sandra hace alusión también a la resistencia de editores y escritores ante las exigencias de la censura institucionalizada. Érico Verissimo y Jorge Amado, con sus manifestaciones públicas en repudio al régimen militar, tuvieron relevancia dentro de ese movimiento, protagonizado también “por una legión de anónimos”, culmina la investigadora.
<p><a style="float:left" href="http://www.printfriendly.com/print/v2?url=http://revistapesquisa.fapesp.br/es/tag/historia-es/feed/" rel="nofollow"><img src="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/04/ico_print_es.png" alt="Print Friendly"></a><span class='st_facebook_large' st_title='Las páginas prohibidas' st_url='http://revistapesquisa.fapesp.br/es/2012/09/28/las-p%c3%a1ginas-prohibidas/' displayText='share'></span><span class='st_twitter_large' st_title='Las páginas prohibidas' st_url='http://revistapesquisa.fapesp.br/es/2012/09/28/las-p%c3%a1ginas-prohibidas/' displayText='share'></span><span class='st_email_large' st_title='Las páginas prohibidas' st_url='http://revistapesquisa.fapesp.br/es/2012/09/28/las-p%c3%a1ginas-prohibidas/' displayText='share'></span><span class='st_sharethis_large' st_title='Las páginas prohibidas' st_url='http://revistapesquisa.fapesp.br/es/2012/09/28/las-p%c3%a1ginas-prohibidas/' displayText='share'></span></p>
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		<title>Una incómoda pizca de magia</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Sep 2012 19:18:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Haag</dc:creator>
				<category><![CDATA[Tapa]]></category>
		<category><![CDATA[Historia]]></category>
		<category><![CDATA[Química]]></category>

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		<description><![CDATA[Investigadoras brasileñas descubren polvo alquímico en un archivo de la Royal Society, la sede de la revolución científica ]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>desde Londres</em></p>
<div id="attachment_17267" class="wp-caption alignright" style="width: 300px"><img class="size-full wp-image-17267" title="018-025_CAPA_alkahest_199-1" alt="" src="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/09/018-025_CAPA_alkahest_199-1.jpg" width="290" height="233" /><p class="wp-caption-text">Original de la carta enviada por Boutens a Oldenburg mostrando el pequeño sobre cerrado</p></div>
<p>No resulta nada sencillo perturbar la flema británica. De allí la sintomática reacción de Keith Moore, director de los archivos de la Royal Society, al preguntársele sobre la importancia del hallazgo de las investigadoras Ana Maria Goldfarb y Márcia Ferraz, del Centro Simão Mathias de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo (Cesima PUC-SP). Con el entrecejo arqueado y cauteloso, Moore respondió: “Se encontraba delante de nuestras narices, pero en 350 años nadie había encontrado eso”.</p>
<p>Se trata de una pizca de un polvo amarillento y de olor penetrante envuelto en un pequeño sobre pegado a una carta con fecha de 1675 remitida al primer secretario de la Royal Society, Henri Oldenburg (1517-1677), proveniente de Antuerpia (Amberes, en la actual Bélgica) y enviada por un boticario y alquimista llamado Augustin Boutens. Aunque no llame la atención, se trata de una concreta y valiosa muestra del <em>alkahest</em>, el célebre solvente universal, que fuera objeto de búsquedas que movilizaron a generaciones de alquimistas e incluso a filósofos naturales tales como Robert Boyle e Isaac Newton.</p>
<p>Luego de revelar, en 2010, en el marco de un Proyecto Temático apoyado por la FAPESP, la única fórmula completa del <em>alkahest</em> (<a href="http://revistapesquisa.fapesp.br/es/2008/12/01/la-agenda-secreta-de-la-quimica-2/" target="_blank"><em>La agenda secreta de la química</em></a>,  <em>Pesquisa FAPESP</em>, <em>edición nº 154</em>), de 1661, el dúo ha encontrado ahora, según afirma, “la primera muestra real de <em>Ludus</em> compuesto, un <em>alkahest</em>, de la que se posea noticia desde el siglo XVII”. Pero, ¿qué es ese polvo?</p>
<p><a href="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/09/018-025_CAPA_alkahest_199.jpg" rel="lightbox[101836]" title="Una incómoda pizca de magia"><img class="alignleft size-medium wp-image-112689" alt="018-025_CAPA_alkahest_199" src="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/09/018-025_CAPA_alkahest_199-177x300.jpg" width="177" height="300" /></a>Seguramente, la Royal Society desea que la muestra sea analizada por uno de sus <em>fellows</em>, probablemente Martyn Poliakoff (<a href="http://revistapesquisa.fapesp.br/es/2012/09/28/la-tradici%C3%B3n-de-reunir-saberes/" target="_blank"><em>lea la entrevista en la página 25</em></a>), vicepresidente de la institución. “Pese a la curiosidad personal, como investigadoras en historia de la ciencia, no pretendemos llevarla al laboratorio para intentar saber de qué se trata el polvo en cuestión según los moldes actuales”, comenta Ferraz. “Lo que importa es el descubrimiento de otra fuerte evidencia de que una buena parte de las ciencias antiguas, como es el caso de la alquimia, subsiste incluso luego del surgimiento de una nueva visión de la ciencia (y algunas hasta tomaron parte en su propia formación), manteniéndose en la agenda de las figuras que supuestamente promovieron la revolución científica que dio origen a la química moderna. Hay una historia poco conocida que cuenta que ese proceso ocurrió en forma paulatina y coherente y recién culminó en el siglo XIX”, afirma Goldfarb.</p>
<p>Sobre todo, confirma el credo de las investigadoras, que sostiene que hacer historia de la ciencia es arremangarse y afrontar el tapiz de polvo de los documentos originales para darles nueva vida. Prueba de ello, para sorpresa de Moore, es que el documento pasó por las manos de la historiadora Marie Boas, encargada, en los años 1960, de catalogar la correspondencia de Oldenburg, durante 15 años, el “factótum” de la Royal Society. Al frente del pequeño sobre, Boas solamente anotó: “Muestra de lo que parece ser pirita, anexada al texto”.</p>
<p>“La obra de Boas es impecable; no obstante, al pensar como muchos de su época, ignoró posibles intereses alquímicos de los ‘nuevos científicos’ y, así, terminó por no investigar el carácter hermético de las cartas de Oldenburg, lo cual incluía, a veces, las ‘limpiezas’ del pasado e intervenciones poco recomendables”, evalúa Goldfarb. “Este hallazgo amplifica la visión que apunta que la filosofía química no feneció con el triunfo de la visión mecánica y corpuscular. El saber que aún se buscaban materiales tales como el <em>Ludus</em> y el <em>alkahest</em> lo comprueba e incluye otros nombres importantes en la lista de los que llevaban a cabo esas búsquedas, incluso algunos a los que se consideraba convertidos al racionalismo y, más todavía, al mecanicismo del siglo XVII”, explica Pyio Rattansi, profesor emérito del University College London, quien reveló la importancia del hermetismo y de la Biblia en las obras científicas de Newton, hasta entonces visto como el “santo patrono” de la ciencia moderna. “Más allá de él, otros ‘hombres razonables’ poseían ‘segundas agendas’ que discretamente contenían procesos alquímicos”, comenta Goldfarb.</p>
<p>Esta revisión de la historia de la ciencia recién afloró cuando las investigadoras, a pesar del “canto de sirena” de la tecnología, observaron la limitación de los catálogos digitales y se enfrascaron directamente en las “fondos cerrados” del archivo, afrontando la incredulidad inicial de los ingleses. “Teníamos claro que era preciso comprender el pensamiento de los hombres de ciencia de aquella época. Había una especie de dualidad frente a cualquier hecho nuevo: por un parte, necesitábamos ser sigilosas, pues, especialmente cuando se trataba de materiales o procesos de laboratorio, muchos eran verdaderos secretos de Estado. Por otra parte, estaba una de las máximas (que, por cierto, se mantiene hasta hoy) de la nueva ciencia, que avalaba el saber elaborado por muchos y al alcance de todos”, añade Goldfarb. “Muchos se frotan las manos por hacerse de ese conocimiento y quien sabe qué harán para verlo publicado” escribió Newton a Oldenburg en 1676. Los meandros “rocambolescos” que tuvieron que atravesar las investigadoras para hallar la fórmula del <em>alkahest</em> conforman el fruto de esa visión.</p>
<div id="attachment_17272" class="wp-caption alignright" style="width: 271px"><img class="wp-image-17272" title="018-025_CAPA_alkahest_199-2" alt="" src="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/09/018-025_CAPA_alkahest_199-2.jpg" width="261" height="345" /><p class="wp-caption-text">Henri Oldenburg: el secretario de la Royal Society centralizaba toda la información para la Institución y fue uno de los pioneros de los estándares científicos</p></div>
<p>“Luego de los descubrimientos iniciales de documentación, consideramos que todo lo relacionado al <em>alkahest</em> en la Royal Society estaba claro y a la vista”, comenta Ferraz. Incluso encontraron la misteriosa carta de Boutens a Oldenburg. “Han pasado años desde que le envié a usted una buena cantidad del <em>Ludus helmontiano</em>, a partir del cual he elaborado el material sulfuroso que le adoso debajo. Confío en su sabiduría para comprender los efectos que produce”. La referencia al mineral arcilloso llamó la atención de Goldfarb y Ferraz. Finalmente, el <em>Ludus</em> era la base de una receta del <em>liquour alkahest,</em> producida por el médico belga Van Helmont (1579-1644), quien dedicó su vida a estudiar los oscuros trabajos de Paracelso para producir lo que sería el “remedio para todas las enfermedades”. Con la capacidad de disolver cualquier sustancia sin dejar residuos, reduciéndola a sus componentes primarios, el <em>alkahest</em> sería la fuente de poderosos remedios, en especial, contra los “males de la piedra”, la litiasis renal, las “piedras en los riñones”, causa incurable de muchas muertes hasta el siglo XIX.</p>
<p>Según Van Helmont, era posible, por ejemplo, elaborar un remedio contra el cálculo urinario mediante la disolución del <em>Ludus</em> con el <em>alkahest</em>. No tanto por el mineral, sino por la capacidad del <em>alkahest</em> para transformarlo en fuente de cura. Todo era el fruto de un pensamiento milenario: el solvente sería un regalo de Dios cuando el mundo se acercara a su fin”, explica el historiador Paulo Porto, docente del Instituto de Química de la Universidad de São Paulo (USP). El <em>Ludus </em>funcionaría como la cápsula plástica que, actualmente, envuelve a los comprimidos, permitiendo una difusión gradual del medicamento en el organismo. El dilema de los alquimistas consistía precisamente en asegurarse que el solvente del <em>alkahest</em> actuase poco a poco, para no matar al paciente al intentar curarlo. “Desde la década de 1640, el objetivo central de la ciencia inglesa era prolongar la vida de la gente y el <em>alkahest</em> preparado con <em>Ludus helmontiano</em> sería el remedio para ello”, dice Porto. Para muchos contemporáneos, el rey Charles II fundó la Royal Society, fundamentalmente, para congregar a los mayores cerebros de la época con el fin de que produjeran “el gran remedio”.</p>
<p>Por eso, la carta despertó sospechas en las investigadoras. “¿Cómo entender que luego de buscar durante años ese ‘gran remedio’ no hubiera registros en las actas de la Royal Society de la recepción de una muestra de su componente? Todo indicaba que nos hallábamos frente a un ‘secreto’ valioso para los <em>fellows</em> de la institución”, dice Ferraz. Era necesario, entonces, comprender mejor la relación de Oldenburg y Boutens. La primera pista fue una carta fechada en septiembre de 1667, escrita para Boyle luego de que el secretario saliera de prisión, pues había sido encarcelado debido a sus contactos “excesivos” con el exterior. Enseguida se descubrió que la intensa correspondencia formaba parte de su trabajo. Oldenburg intercambiaba cartas con quien pudiera poseer o conocer algún secreto sobre el “Arte”. Varios espías que diseminó por Europa lo informaban sobre cualquier experimento.</p>
<div id="attachment_17273" class="wp-caption alignleft" style="width: 300px"><img class="size-full wp-image-17273" title="018-025_CAPA_alkahest_199-3" alt="" src="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/09/018-025_CAPA_alkahest_199-3.jpg" width="290" height="190" /><p class="wp-caption-text">Salón de investigaciones de la Royal Society, con las investigadoras brasileñas sentadas</p></div>
<p>Sintomáticamente, la carta remitida a Boyle fue lo primero que hizo luego de salir de prisión. “Usted menciona un paquete, que, según creo, estaba dirigido a mí. Es <em>Ludus</em> de Antuerpia. Puede examinarlo y después enviármelo, junto con su parecer de si se trata del <em>Ludus</em> genuino”. Varias cartas posteriores, con el mismo tono de súplica humilde, no fueron suficientes para que Boyle atendiera su pedido y Oldenburg jamás puso sus manos en la valiosa caja. Los archivos revelaron poco a poco el vínculo entre el secretario y Boutens, el alquimista de Antuerpia. En noviembre de 1667, Oldenburg escribió al alquimista: “Supe por intermedio de un amigo en París (<em>sin duda uno de sus espías</em>) de su gran predisposición hacia la curiosidad y su especial inclinación por la sólida filosofía que se basa en la observación y los experimentos que estamos intentando establecer aquí en la Royal Society. También me informaron de sus infatigables intentos por descubrir los secretos de la naturaleza por el buen camino de la química”</p>
<p>Y la seducción epistolar continúa. “Me agradaría que usted supiese cuánto los ingleses admiran las operaciones químicas realizadas por hombres de buen juicio que está libres de los prejuicios vulgares impuestos en el mundo por alguna gente que pretende hablar dogmáticamente sin ninguna experiencia crítica preliminar, como el excelente señor Boyle creyó necesario hacer en su <em>Sceptical chymist (1661)</em>”, prosigue. “Sabemos que existe <em>Ludus helmontiano</em> en abundancia en su región: le pido fervientemente que nos lo envíe por mar a Londres”. En diciembre llegó la respuesta de Boutens: “Le enviaré más de 70 kilogramos del <em>Ludus</em> con la descripción del método que utilizo para elaborar el remedio”. El pago de la empobrecida Royal Society se realizó en libros, codiciados por los alquimistas. La carta fue recibida con gran entusiasmo por los miembros de la Royal Society, así como otra carta escrita por Boutens algunos meses después, describiendo los sitios en donde podía hallarse el <em>Ludus</em>. Esa correspondencia, sin embargo, no tuvo continuidad y recién en junio de 1675 aparece una nueva carta de Boutens, justamente, aquélla que tiene adosada la muestra del “polvo ultrasecreto”.</p>
<p>No obstante, Oldenburg no respondió la misiva. De entrada, las investigadoras atribuyeron la actitud nada típica del secretario al exceso de trabajo. Pero luego descubrieron otra razón. Francis Mercurius, hijo de Van Helmont, se hallaba en ese entonces en Inglaterra y, se sabía, tenía conocimiento de muchos de los secretos de su padre, llevando consigo incluso muestras de sus materiales. Junior, tal como se lo conocía, se conectó rápidamente con los grandes estudiosos ingleses. Por intermedio de Henri More, se convirtió en mentor de lady Anne Conway, víctima de terribles jaquecas que el mismísimo Harvey no lograba curar. El entorno de Conway incluía, además de a More y Ralph Cudworth, líderes de los Platonistas de Cambridge, al experimentado hombre de laboratorio Ezekiel Foxtrot, amigo y colaborador de Newton. “Lo que los unía era la preocupación por el escepticismo radical de la época, que intentaron combatir mediante la aceptación ‘racional’ de profecías bíblicas mezcladas con conocimientos milenaristas. Para justificar el nuevo universo científico escéptico, asumieron el ideal de que vivían tiempos tales como los descritos en los libros de <em>Daniel</em> y de la <em>Revelación</em>”, sostiene Rattansi. Según el libro de <em>Daniel</em>, el conocimiento aumentaría a medida que la humanidad se aproximase a su fin. Ésa era la realidad cotidiana en el siglo XVII, presente en el diálogo de Junior y Lady Conway, quienes terminaron convirtiéndose a la secta de los cuáqueros, notorios milenaristas adeptos a esas ideas.</p>
<p>Junior llevó a Inglaterra muestras de los materiales ultrasecretos de su padre, entre ellos, porciones del preciado <em>Ludus</em>. Uno de ellos se lo confió a Foxtrot, quien se lo remitió a Newton, y éste se lo entregó al naturalista John Woodward. “Newton me dio un trozo del material que trajo de Alemania el joven Helmont como el verdadero <em>Ludus</em> de su padre, que, en mi opinión, no se diferencia del hallado aquí mismo en Inglaterra”, anotó descreído. El interés de Newton en el <em>alkahest</em> y otros materiales similares, tales como el <em>alkaheste</em>, era profundo y eso ahora queda manifiesto. ¿Y la caja remitida a Oldenburg años antes? “Boyle se la guardó y se la entregó a Locke, uno de sus colaboradores favoritos en el laboratorio, para que éste la analizase”, comenta Goldfarb.</p>
<div id="attachment_17274" class="wp-caption alignright" style="width: 300px"><a href="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/09/018-025_CAPA_alkahest_199-5.jpg" rel="lightbox[101836]" title="018-025_CAPA_alkahest_199-5"><img class="wp-image-17274" title="018-025_CAPA_alkahest_199-5" alt="" src="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/09/018-025_CAPA_alkahest_199-5.jpg" width="290" height="220" /></a><p class="wp-caption-text">Decreto de creación de la Royal Society con la efigie del rey Charles II</p></div>
<p>“Estas revelaciones amplían el espectro del complejo vínculo del círculo inglés con la ciencia naciente, y debates como aquél entre empiristas y racionalistas comienzan a perder sentido”, considera Rattansi. Según el profesor, los hallazgos obligan a efectuar una una revisión de los orígenes intelectuales de la ciencia de los siglos XVI y XVII. “La ciencia aristotélica se hallaba desacreditada por su esterilidad. Se produjo entonces una escisión entre la ‘filosofía mecanicista’, basada en Galileo y Descartes, y grupos heterogéneos de ‘filósofos de la naturaleza’, especialmente neoplatonistas y herméticos. Las diferencias entre los grupos no eran tan acentuadas: eran antiaristotélicos; defendían la observación, la experimentación y la experiencia en detrimento de la razón abstracta; preconizaban que la ciencia y la religión se apoyaban una en otra; ambos soñaban con elevar y difundir el conocimiento sobre la naturaleza con fines prácticos”, analiza el profesor.</p>
<p>Pero mientras que un grupo entendía que detrás de todos los cambios en la naturaleza residía un mecanismo de la materia en movimiento, los otros tomaban esas alteraciones como un juego entre simpatías y antipatías secretas, actuando a distancia. “Para los mecanicistas, había una división entre el mundo inanimado de la materia y aquél del alma y de la inteligencia. En tanto, los herméticos sostenían que todo poseía vida y entendimiento. En resumen: las creencias se dividían entre los que tenían una cosmovisión mágica y encantada, plagada de acontecimientos prodigiosos, y los mecanicistas, que optaron por la visión de un mundo sobrio, desencantado y preocupado fundamentalmente por el devenir cotidiano de la naturaleza”, explica Rattansi.</p>
<p>Poco antes de la Revolución Gloriosa, la ciencia hermética se afianza en Inglaterra, porque contenía el ideal de una nueva filosofía natural como parte de un gran proyecto reformista, lo cual explica la inicial armonía entre ciertas corrientes poderosas de la revolución y los herméticos, y los puritanos en parte fueron responsables de la difusión de esa visión encantada y reformadora. En tiempos de guerra, hambre y miseria, una corriente que promovía la realización de acciones tendientes a mejorar la vida cotidiana, la agricultura, la educación y la salud de todos, contaba con gran apoyo popular. Pero enseguida algunos grupos comenzaron a concebir reformas intensas, tal como sucedió con Samuel Hartlib y su Colegio Invisible, basado en las máximas del checo Jan Comenius, que fue invitado a visitar Inglaterra, donde escribió extensamente sobre educación con ideas que combinaban alquimia y filosofía natural. Entre las propuestas se hallaba la creación de universidades en todas las ciudades. Incluso Boyle y otros que fundarían la Royal Society, entusiastas de la causa de Comenius, comenzaron a temer por el orden y la estabilidad en medio de ese clima de sectarismo.</p>
<p>Inglaterra fue invadida entonces por las nuevas doctrinas “sobrias” de Descartes y Gassendi, con una notable cantidad de conversiones a la ciencia mecanicista, que comenzó a ser apreciada como la más apropiada, una gran síntesis entre la teología y la filosofía natural: si el Universo se comportaba como una máquina, la doctrina apunta hacia su creador. “En la Inglaterra del siglo XVII era usual el estudio de la filosofía natural armonizado con la concepción mística y teológica del mundo. Por eso la reverencia de Newton, aunque no solamente de él, tal como ahora lo sabemos, ante la <em>prisca sapientia</em>, el conocimiento de los clásicos que él y otros consideraban que eran verdades reveladas por Dios a los primeros habitantes de la Tierra”, manifiesta Rattansi.</p>
<p>De este modo, continúa el profesor, los hallazgos de las investigadoras refuerzan esa perspectiva revisionista de la revolución científica, ya que, incluso luego de la aceptación de las explicaciones mecanicistas, los dilemas que concitaban la atención de figuras racionales tales como Newton y Boyle eran los mismos que preocupaban a los herméticos: la transmutación y el <em>alkahest</em>; el efecto del polvo de simpatía, la influencia de las constelaciones sobre los hombres y el uso de fórmulas magistrales con fines medicinales. “Lo hallado en los archivos de la Royal Society son recuerdos edificantes de las muchas corrientes que confluyeron para la revolución científica del siglo XVII. Recuerdos que indican en qué medida los creadores de la ciencia moderna, como es el caso de Newton, aún se valían de la tradición hermética aunada con la nueva filosofía natural”, sostiene Rattansi.</p>
<div id="attachment_17275" class="wp-caption alignleft" style="width: 271px"><img class="wp-image-17275" title="018-025_CAPA_alkahest_199-8" alt="" src="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/09/018-025_CAPA_alkahest_199-8.jpg" width="261" height="260" /><p class="wp-caption-text">Sello de la institución con la frase Nullius in verba: no se confía únicamente en las palabras, sino también en los experimentos</p></div>
<p>“Los problemas médicos siempre comandaron los intereses, y los médicos siempre fueron una comunidad influyente. Los que se enfocaban en un contexto mayor, como fue el caso de Isaac Newton, siempre existieron en menor número, incluso durante los siglos XVII, XVIII y XIX. Por ejemplo, en 1820, tan sólo había 100 personas en la isla que realizaban investigaciones científicas. La ciencia no era vista como algo que pudiera resolver los problemas tecnológicos o médicos, por eso no había inversión en capital humano para desempeñarse en esas áreas”, recuerda el historiador Frank James, presidente de la Royal Institution.</p>
<p>“Queda claro que el trabajo de Newton relacionado con la fuerza y la gravitación se encuentran asociados con los experimentos alquímicos, precisamente, porque esos conceptos no eran contemplados en el pensamiento filosófico de aquel período. Y ése es el motivo subyacente para que otros autores entren conflictos con las ideas de Newton, puesto que ellos no necesariamente reconocen como legítimos los orígenes de sus postulados. Solamente Newton sabía de la validez de sus estudios porque mucho de ello se basaba en sus trabajos como alquimista”, pondera James. “Newton sólo realizó los descubrimientos que hizo al valerse de todas las formas del conocimiento, lo cual le permitió percibir aquello que los pensadores ‘racionales’ no lograron vislumbrar”, concuerda Rattansi.</p>
<p>El historiador Michael Hunter, del Birbeck College, en Londres, nota “una exageración e inconsistencia en esas afirmaciones”. Algunos miembros individuales incluso pueden haberse aventurado en la alquimia o en la búsqueda de curaciones milagrosas, pero lo dejaban de lado cuando se reunían en la Royal Society, que segregaba las búsquedas mágicas en detrimento del estudio de la filosofía natural, de la cual la institución fue públicamente la mayor difusora”, advierte Hunter. “Es necesario recordar que la Royal Society funcionaba como una entidad corporativa y cumplió un rol fundamental para el establecimiento de fronteras entre lo que era o no ciencia”, aclara. Según él, en los artículos del <em>Philosofical transactions</em> tales alquimias se trataban en forma tangencial, cuando se hablaba de ellas. Era una cuestión de honor para su editor, Henri Oldenburg, quien rechazaba dichas “magias”. “Raramente hallamos investigaciones de laboratorio relacionadas con la alquimia, incluso porque el público intelectual de la época rechazaba los hechos sobrenaturales, e ingresar en ese terreno significaría manchar la reputación de quien lo hiciera”, analiza Hunter. No obstante, vale recordar que las investigadoras hallaron un documento, escrito por Oldenburg, detallando “los experimentos realizados en la Royal Society bajo la presidencia de Sir Murray”, entre los cuales se hallaba el <em>alkahest</em>.</p>
<p>Sea como sea, el punto más importante en esta historia, que hoy en día puede pasar desapercibido, es el establecimiento de estándares en los modos de pensar y operar en el laboratorio. “En un mundo en que la alquimia trabajaba con teorías y formulaciones secretas, cada grupo de estudiosos poseía diferentes formas de pensar y operar sobre el tema. El trabajo de la Royal Society y de Oldenburg, puede entonces considerarse como una forma de aglutinar a los grupos dispersos y establecer patrones de trabajo en el laboratorio que pudieran repetirse, tal como aboga la ciencia moderna”, dice Goldfarb.</p>
<p>Esto se encuentra presente en la correspondencia del secretario con el médico hermético veneciano Francisco Travagino. Oldenburg descubre que el amigo italiano convirtió mercurio corriente en plata pura y deseaba contar con la fórmula. Al remitírsela, Travagino lamenta no ser capaz de repetir el hecho. La respuesta de Oldenburg revela el anhelo de la época por hallar un rumbo moderno para la ciencia de laboratorio: para él, una de las mayores dificultades en cualquier procedimiento era tener como uno de los parámetros raros el origen de la sustancia. “Tal como Boyle, Oldenburg pensaba en estándares claramente definidos, de tal modo que el experimento pudiera reproducirse y aceptarse universalmente”, sostiene Ferraz. Las cartas revelan que el primer secretario de la Royal Society quizá haya sido algo más que <em>intelligencer</em> al intercambiar ideas con grandes personalidades, tales como Boyle. Por ser un inmigrante, siempre visto con desconfianza, y consciente de su posición como secretario, Oldenburg prefirió compartir sus ideas y su posible experiencia de laboratorio con otros miembros de esa sociedad. A cambio de ello habría obtenido un puesto oficial y un sueldo más digno.</p>
<p>Nos encaminamos, entonces, hacia un nuevo misterio, sobre la posible ingesta de preparados herméticos por parte de las personalidades notables de la época, con dramáticas consecuencias. Las investigadoras están desmenuzando esta historia para poder documentarla.
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		<title>El juego de la silla en la ONU</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Jul 2012 21:41:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Haag</dc:creator>
				<category><![CDATA[Humanidades]]></category>
		<category><![CDATA[Diplomacia]]></category>
		<category><![CDATA[Historia]]></category>

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		<description><![CDATA[Idea de que Brasil ocupe un escaño en el Consejo de Seguridad partió de Estados Unidos]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_17127" class="wp-caption alignright" style="width: 300px"><img class="size-full wp-image-17127" title="078-081_BrasilONU_197-1" alt="" src="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/09/078-081_BrasilONU_197-1.jpg" width="290" height="330" /><p class="wp-caption-text">Bertha Lutz firma por Brasil en la Conferencia de San Francisco (1945)</p></div>
<p>Estrella de ese encuentro, Rui Barbosa confesó su decepción con el rumbo práctico de la Conferencia de La Haya de 1907. “Pero sus resultados invisibles fueron muy lejos, pues les mostraron a los fuertes el rol necesario de los débiles en la elaboración del derecho de gentes”. Este concepto de superación de las relaciones asimétricas de poder por nuevas formas ideales de interacción diplomática en que el estatuto igualitario sería un dato esencial sigue presente en el discurso diplomático brasileño hasta los días actuales, especialmente en lo que hace a la postulación del país a acceder a un escaño permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Para muchos analistas, esta aspiración es una <em>misperception</em> de nuestra real estatura internacional, es el deseo de un <em>status</em> que, una vez logrado, nos ocasionaría un alto costo económico y militar. La acción reciente del Ejecutivo en tal sentido sería incluso una “obsesión”.</p>
<p>Con todo, la historia revela que la pretensión de ser “el sexto miembro” del consejo no es fruto de una visión errónea, sino que formó parte de la agenda de la creación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) desde sus albores. “En 1944, en la Conferencia de Dumbarton Oaks, que reunió a las potencias aliadas, se aprobaron propuestas tendientes a la creación de una nueva organización internacional encargada de mantener la paz futura; por la fuerza inclusive, de ser necesario. Brasil, ausente en ese encuentro, fue el único país pensado para ocupar un sexto asiento permanente en el futuro Consejo de Seguridad”, comenta el diplomático Eugênio Garcia, docente titular del Instituto Rio Branco y autor de <em>O sexto membro permanente: o Brasil e a criação da ONU</em> (Contraponto). La sugerencia partió del presidente Roosevelt, quien instruyó a su delegación a trabajar en pro de la postulación brasileña. El hecho de formar parte del organismo que realmente ostentaba el poder en la ONU, encargado de la seguridad global, era un sueño de consumo, un privilegio de los llamados Cuatro Policías: Estados Unidos, Inglaterra, la Unión Soviética y China. Francia, posteriormente, se uniría a ellos y formaría el grupo de los P-5.</p>
<p>“Le informé al presidente que habíamos planteado la cuestión de la banca permanente para Brasil en el Consejo de Seguridad, a lo que el grupo soviético y el británico se opusieron, por eso no sería aconsejable a esta altura seguir presionando. El presidente, finalmente, coincidió en no incluir a Brasil en el borrador inicial, pero sí debería incluirse una cláusula general en la propuesta, de manera tal de dejar una puerta abierta para que, trabajando con Stalin y con el primer ministro británico, se pudiese volver al tema posteriormente, antes del inicio del funcionamiento de la organización”, escribió el subsecretario de Estado norteamericano Edward Stettinius en su diario personal, en agosto de 1944. Días después añadió: “Le he entregado al presidente el memorándum que recomienda que no presionemos por un lugar permanente para Brasil. De entrada no le ha agradado, pero luego ha coincidido. El presidente ha declarado que esto es importante pues, en el futuro, él podría plantear la necesidad de un lugar para un país islámico y que Brasil era un triunfo escondido para uso posterior”.</p>
<p>El proyecto de un grupo que sobrevolase por encima de una asamblea general de países “menores” fue una manera de distribuir el rol de “la seguridad” entre las distintas regiones, eximiendo a Estados Unidos de tener que intervenir militarmente en todo el globo. “Al gobierno brasileño no se lo consultó y solamente se enteró de la propuesta en octubre de 1944, cuando se dio a conocer el borrador de la Carta aprobado en reunión secreta. La iniciativa ni siquiera cobró cuerpo en los círculos decisorios americanos; pero, así como se había incluido a China en el grupo, más allá de la resistencia de los otros aliados, Roosevelt creyó que su sugerencia contaría con beneplácito”, sostiene el autor. Un memorándum interno, de septiembre de 1944, hizo llegar al Departamento de Estado una conversación con el representante brasileño en Washington: “El embajador explicó las dificultades ocasionadas por el absoluto desconocimiento al respecto de las negociaciones de Dumbarton Oaks. Dijo que el presidente Vargas se había mostrado sumamente molesto al admitir que solamente se enteran por lo que sale publicado en la prensa y que incluso el gobierno argentino tiene más información que ellos”.</p>
<p><a href="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/07/078-079_BrasilONU_1971.jpg" rel="lightbox[17124]" title="El juego de la silla en la ONU"><img class="alignleft size-medium wp-image-114175" alt="078-079_BrasilONU_197" src="http://revistapesquisa.fapesp.br/wp-content/uploads/2012/07/078-079_BrasilONU_1971-300x153.jpg" width="300" height="153" /></a><strong>Desde los tiempos de Rio Branco<br />
</strong>La resistencia inmediata de Inglaterra y la Unión Soviética estaba relacionada con el pro americanismo brasileño, explícito desde los tiempos de Rio Branco. En el consejo, decían, Brasil sería “un voto doble” de Estados Unidos. Incluso la delegación norteamericana se lo desaconsejó a Roosevelt, pues Estados Unidos sería “responsable” del desempeño brasileño. Entonces se acordó que el apoyo de Washington se limitaría a la candidatura de Brasil a un lugar temporal en el organismo, cosa que sucedió en 1946. “Pero las alegaciones eran muy selectivas. Se decía que el poder militar era una condición necesaria para obtener un escaño, pero China en ese entonces solamente controlaba una fracción de su territorio. La imposición estadounidense fue estratégica para fortalecer al aliado asiático en la lucha contra Japón”, analiza Eugênio Garcia. Inglaterra, a su vez, contraria a Brasil, dejó de lado su restricción al ingreso de un nuevo miembro para darle una banca a la Francia gaullista. En el Palacio do Catete el globo de ensayo de Roosevelt se infló de entusiasmo, tenido como una recompensa al único país sudamericano que enviara tropas a Europa.</p>
<p>Era también la posibilidad de ajustar las cuentas con las grandes potencias, luego del desastroso episodio de la Liga de las Naciones de 1926, cuando el gobierno de Arthur Bernardes apostó todas sus fichas a la “candidatura natural” de Brasil para ser miembro permanente de ese órgano. Al ser dejado de lado a favor de Alemania, el país se desvinculó de la institución. El escaño conllevaría la reanudación del multilateralismo brasileño, una intención universal. Vargas, quien conducía personalmente la política exterior brasileña, en detrimento de la cancillería de su amigo Oswaldo Aranha, tenía fe en su amistad personal con Roosevelt y apostó a la conversación bilateral para chalanear su lugar en el consejo. Posteriormente, ya conformada con una banca provisoria, la diplomacia varguista continuó enfocándose en el consejo. “Brasil hizo esa opción porque vio que allí se jugaría el partido principal. Que Vargas haya tomado esa decisión es digno de nota. Pese a su enfoque en el desarrollo económico, no renunció a lograr que Brasil cumpliese un papel en la esfera de la seguridad internacional”, dice Garcia.</p>
<p>La vinculación “especial” con Washington hizo que Brasil mantuviera vínculos endebles con sus vecinos, que retribuían ese gesto de “darles la espalda” de Brasil con desconfianza, especialmente Argentina. “Sin embargo, Vargas pendía entre acercarse más a Estados Unidos y precaverse contra el deterioro de las relaciones con los argentinos”, comenta el autor. Al fin y al cabo, entre 1944 y 1945, con el final del conflicto, Brasil había dejado de ser un socio estratégico, y Estados Unidos se había ido alejando del “amigo leal”. La muerte de Roosevelt en 1945 sepultaría definitivamente la era de las relaciones bilaterales “especiales”.  La Conferencia de San Francisco fue convocada aquel año para formalizar las propuestas de Dumbarton Oaks con “los 45 países menores”.</p>
<p><strong>Presión<br />
</strong>Varios países fueron presionados a establecer relaciones con la Unión Soviética, como condición indispensable para participar en la conferencia, atendiendo a los reclamos de Stalin. Brasil fue el primero en ser “trabajado” por los americanos. Desde 1917, el país carecía de tenía lazos diplomáticos con los rusos. Vargas, de mala gana, se vio obligado a sellar un acuerdo con Moscú. Pero esta amistad duraría poco: en 1947, el presidente Dutra, en medio del fuego cruzado de la Guerra Fría, rompió relaciones con la URSS. Pero la presión de 1945 anticipaba el tono del encuentro, que debería meramente ratificar las decisiones de los Policías, al incluirse el poder de veto en el Consejo de Seguridad. La conferencia serviría para mantener la esencia de la Carta “a la fuerza”: o se aceptaba el mantenimiento de las prerrogativas de los miembros permanentes, o, según advertían, no habría organización.</p>
<p>Brasil, que de entrada se opuso a la concesión del veto, ante la amenaza de que se malograse la conferencia, volvió sobre sus pasos y aceptó los términos. Antes de rendirse, la delegación brasileña propuso la revisión de la Carta al cabo de cinco años, con la “enmienda Velloso”, nombre del canciller que reemplazara a Aranha. Sería un mecanismo de revisión quinquenal, a cargo de la Asamblea General, con poderes constituyentes para cambiar la Carta mediante mayoría de los dos tercios, sin derecho a veto. Fue igualmente derrotada. De notable, sólo restó la participación de Bertha Lutz, la elección menos conservadora de Vargas para la delegación, quien se esmeró en la defesa de los derechos de las mujeres.</p>
<p>“Brasil apostó a la intercesión estadounidense como el camino más corto para lograr su objetivo, pero su estrategia falló, pues Estados Unidos ya no tenía al país como socio vital estratégicamente. Cuando el gobierno brasileño más anhelaba el reconocimiento de su lealtad para cosechar los frutos de la relación especial que creía mantener con Estados Unidos, éste lo abandonó. Fue el comienzo del desencanto”, sostiene el autor. Si el país hubiese obtenido la banca en 1945, esto habría sido una consecuencia de la intervención americana, como en el caso de China; o, volviendo en el tiempo, de la misma forma que Brasil ingresó en el Consejo de la Liga de las Naciones en 1919, por sugerencia del presidente Wilson. Pero restaron solamente concesiones tales como un escaño temporal (que ya ocupó en una decena oportunidades), la participación de Oscar Niemeyer en el equipo que proyectó el edificio sede de la ONU en Nueva York y la convocatoria a Aranha para presidir la espinosa sesión de la Asamblea General, que ratificó la división de Palestina en 1947. Los fuertes aún no reconocían el rol necesario de los débiles en la elaboración del derecho de gentes.</p>
<p>Sólo en 1989, el entonces presidente José Sarney volvió a tocar el tema del escaño en su discurso ante la Asamblea General. En 1994, durante el gobierno de Itamar Franco, Brasil relanzó oficialmente su postulación para ocupar una plaza permanente y actuó en pro de una reforma del consejo. Durante el gobierno de Lula da Silva, la reforma y la banca se convirtieron en uno de los principales temas de su política externa, y el presidente, desde 2003, en su primer discurso en la ONU, defendió abiertamente el proyecto. Fue la misma actitud adoptada en 2011 por la presidenta Dilma Rousseff, quien insistió en la defesa de la candidatura nacional.</p>
<p>Para Garcia, las posibilidades brasileñas actualmente son mayores. Pero éste advierte: “La banca permanente no significaría que Brasil se ha transformado en ‘una potencia mundial’ del día a la noche, sino que el Consejo se ha abierto a la participación de países en desarrollo, al aceptarlos como miembros permanentes por decisión de la Asamblea General”. Según Garcia, el organismo, que es importantísimo, no es reflejo de la realidad en su composición. “Debe ser más representativo, para ser más legítimo y más eficaz”, sostiene. El investigador cree que el país está preparado para ejercer esa función. “Si en 1945 el presidente Roosevelt creía que Brasil podría integrar el consejo, cuando el país era mucho menos de lo que es actualmente, ¿por qué Brasil no puede ser hoy en día el sexto miembro permanente? Hay que pensar en esto”, dice.</p>
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