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"Hacemos lo que Dios quiere"

Enclavada en lo alto de Jardim Ângela, Copacabana parece una ciudad fantasma. A las 13:30 hs. de un día lunes, las calles están vacías y las casas cerradas con llave. Todas tienen sus puertas y ventanas protegidas por rejas punzantes de aluminio. Los bares están igualmente cerrados. El silencio parece absoluto. En la esquina, un grupo de niños juega a la pelota en un terreno baldío lleno de basura. A doscientos metros, cinco chicos remontan barriletes sobre una losa que se extiende sobre Vila Tupi. Dicen que allí es cierto: allí, los jefes del narcotráfico imponen a los habitantes el toque de queda, a cualquier hora del día o a la noche.

Con una población de 250 mil habitantes, el distrito de Jardim Ângela es una especie de pasadizo aislado en la Zona Sur de la ciudad de São Paulo, un tipo de “agujero urbano” que acaba en la Sierra do Mar. Es un lugar poblado recientemente, alberga una población sin calificación profesional y atrae hacia sí gran parte del contingente de migrantes intraurbanos. Registra el mayor índice de homicidios, y el peor (-1) de exclusión de la ciudad de São Paulo.

“Creo que exageran un poco cuando dicen que esta región es muy violenta”, dice Helena dos Santos, de 54 años, 36 de ellos vividos en Jardim Ângela. “La violencia está en todas partes”. Fue allí que ella conoció y se casó con João, que ya fue dueño de su propio camión, pero hoy en día “conduce el camión de otro”. Con el dinero que João traía de las carreteras, y con su salario de costurera en una fábrica de confecciones de la calle José Paulino, situada en la zona central, ambos criaron a sus dos hijos. “Resolví largar la confección y actualmente hago tortas para fiestas, y alguna que otra costura”, comenta Helena. Así ella ayuda en la educación de sus cinco nietos, hijos de su hijo primogénito, asesinado hace dos años.

“Él era policía militar, pero aquel día no estaba trabajando. Era domingo y había cenado con la mujer acá en casa. Lo mataron a pocos metros de acá y hasta hoy no sabemos precisamente qué ocurrió”, dice, dejando claro que no quiere hablar del tema. No atribuye su tragedia personal a la violencia que impera en Jardim Ângela. Pero confiesa: “En esa época, tuve ganas de volver al interior. Pero después pensé: hacemos lo que Dios quiere. Resolví quedarme y estoy bien acá”.

Regina Eugênia, que tiene 34 años y tres hijas, también defiende el sitio donde vive desde hace 11 años. “Escuelas para los chicos no faltan”. Ella desconoce el déficit de plazas en los jardines maternales del barrio. “Nunca los necesité. Yo no trabajaba y me quedaba en casa con los chicos”. Regina reconoce que la región tiene problemas de atención en salud. “Cuando alguien necesita un médico, vamos al hospital en Campo Limpo, al fin y al cabo, para eso sirven los planes médicos”, afirma. Campo Limpo es el distrito lindante con Jardim Ângela, con un índice de exclusión de -0,61, y ocupa la 27ª posición en elranking de exclusión. La gran dificultad, confiesa Regina, es continuar pagando ese sistema médico. Su marido era inspector decalidad en una gran empresa, pero está desempleado hace tres meses, y ella “hace changas”, como dice, para sostener a la familia: plancha ropa, limpia casas, cocina. “Tuvimos que recortar algunos gastos, incluso el de medicina prepaga”, justifica.

Del otro lado de la carretera de M'Boi Mirim, Maria do Socorro Pereira, de 47 años, fríe otra tanda de típicos pasteles salados, bajo una carpa de lona. “Tengo este puesto hace ocho años, y nunca fui asaltada”, dice orgullosa. La cercanía de una Base Comunitaria de la Policía Militar ayuda a intimidar. Pero ella dice que mantiene un pacto con los que tienen “cara de delincuente”. “Le ofrezco un pastel gratis y así me granjeo su simpatía”. Maria do Socorro aguarda ansiosa que la municipalidad cumpla con su promesa de transformar la M'Boi Mirim en un corredor de ómnibus. “Eso seguro que va a hacer crecer el movimiento y así va a aumentar la venta de pasteles”, augura.

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