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La tierra de la gar

La “tierra de la garúa” recibió una infinidad de loas para su cumpleaños. Ni siquiera la “poesía concreta de sus esquinas” quedó afuera. Pero, ¿quién se acordó de celebrar la existencia de la “tierra de la ciencia”? En el año 2001, la ciudad de São Paulo fue alzada por la ONU al status de Centro Mundial de Innovación Tecnológica, e históricamente la ciudad ha llevado la delantera brasileña en la implementación de una política de ciencia y tecnología, en un país en el que la elite consideraba que acciones de esa índole eran una pérdida de tiempo. Sin embargo, con el espíritu imbuido de ser “el revés del revés del revés”, São Paulo fue creciendo a pasos agigantados como consecuencia de la de la prosperidad cafetera, y así comprendió la necesidad de ubicarse en el paso de la revolución técnica y científica que se estaba produciendo en el Primer Mundo.

De entrada, los institutos de investigación que surgieron en la metrópolis incipiente se abocaban a resolver los problemas prácticos del capitalismo paulistano, especialmente en las áreas de agricultura, salud e ingeniería. La elite cada vez más acaudalada de São Paulo podía darse el lujo de plasmar tales experimentos, y a partir de un hecho digno de nota, como la instalación de la Facultad de Derecho del Largo de São Francisco, responsable de la expansión y la renovación de una ciudad por ese entonces en franca decadencia, este grupo pudo ver con sus propio ojos de qué manera el conocimiento también generaba progreso material. Luego vinieron el nacimiento de la Escuela Politécnica, creada en 1893 por el ingeniero Antônio Francisco de Paula Souza; la creación del Instituto Adolfo Lutz (a la época era el Laboratorio Bacteriológico) en 1899; el Instituto Butantan, también de 1899; el Instituto Biológico en 1927, éste último uno de los casos más exitosos de asociación entre la investigación y las necesidades prácticas; entre otros.

Incluso la eclosión de la industrialización en los años 1920 y 1930, que preveía únicamente una política de sustitución de importaciones (ergo, sin creación de tecnología), no hizo que decayese el ánimo paulistano. En 1934, al considerarse que era necesario preparar a su elite para la nueva revolución y para la modernidad, se fundó la Universidad de São Paulo, una jugada inteligente de la ciudad para mantener su hegemonía, apostando a favor de la ciencia y la cultura. Desempeñó un papel central en dicha creación la Facultad de Filosofía, Ciencias y Letras (FFCL) que años más tarde, en su sede de la calle Maria Antônia ?durante la dictadura militar?, se convirtió en un símbolo de la resistencia contra el autoritarismo. No fue tampoco por casualidad que, ese mismo año, la ciudad fue elegida para ser sede del Instituto de Investigaciones Tecnológicas (IPT, por su sigla en portugués).

La ideología de la metrópolis invadió el estado: en 1947, la Constitución Estadual destinó el 0,5% de la recaudación al apoyo a la investigación. Ese paso realizó el sueño de la comunidad científica paulista, que pasó a contar con la Fundación de Apoyo a la Investigación del Estado de São Paulo (FAPESP), pocos años después de haber participado en el esfuerzo con miras a la creación del por ese entonces Consejo Nacional de Investigaciones, actual Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (CNPq), en 1951. La “tierra de la garúa” se convertía así en la “tierra de la ciencia”.

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