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Especial

Un centro de investigación en el medio del bosque

La FAPESP ayuda a recuperar una estación biológica

La carretera de tierra está relativamente libre de baches. Aun así, es tan sinuosa que difícilmente se demora menos de una hora para hacer el trayecto de unos 50 kilómetros hasta la farmacia o hasta el pequeño supermercado más cercano. El acceso difícil está hecho adrede. Desanima a los cortadores clandestinos de palmitos y bromelias. Esa es la vía de acceso a la Estación Biológica de Boracéia, un área de 96 hectáreas de Bosque Atlántico, en el litoral norte del estado de São Paulo, perteneciente al Museo de Zoología de la Universidad de São Paulo (USP). No es una simple área de preservación. Es también un importante centro de investigación.

Puede verse también allí la mano del Programa de Infraestructura de la FAPESP. Hasta hace poco tiempo, la estación se hallaba seriamente comprometida por la falta de recursos. Las instalaciones eran muy antiguas y no contaban con mantenimiento. A duras penas conseguían albergar a ocho investigadores. No había laboratorios, las aulas eran improvisadas. Ahora, las tres edificaciones de la estación han sido reformadas. Son modestas, pero cómodas – algo importante para quienes permanecen a veces más de una semana aislados en la estación, que no tiene teléfono-, como para realizar una investigación.

En cierta forma, la estación está imbuida de una nueva filosofía de trabajo. Antes, los científicos procuraban principalmente conocer para preservar. Desgraciadamente, en la actualidad es necesario preservar antes de conocer. “Los biólogos trabajan contra el tiempo, compitiendo contra los intereses económicos de la industria maderera y de extracción y con los intereses de las comunidades locales que, por necesidad e ignorancia, contribuyen con la degradación ambiental”, dice Sônia Casari, jefe de la sección de Apoyo a la Estación Biológica de Boracéia.

Bromelias
La estación está situada en un área de bosque primitivo, de 16.450 hectáreas, preservada por la Cía. de Saneamiento Básico del estado de São Paulo (Sabesp), la Aductora del Río Claro, situada en el municipio de Salesópolis, a unos 110 kilómetros al este de la capital. A diferencia de lo que ocurre en áreas más frecuentadas, las bromelias y las orquídeas, muy buscadas por los taladores clandestinos, son vistas con facilidad en los árboles. Hay muchos pájaros e insectos.

Huellas de pequeños animales aparecen en el suelo en los senderos. La abundancia de vida salvaje llega a causar incomodidad entre los investigadores. Pese al gran calor, éstos solo entran en el bosque con ropas de mangas largas y botas altas de goma. Es una manera de protegerse contra los mosquitos y las víboras. Pero muchas investigaciones pueden realizarse sin entrar en las sendas. Por las noches, basta encender una lámpara especial, instalada al frente de uno de los alojamientos, para atraer una multitud de insectos.

Tan solo en el año 2000, investigadores de la USP concluyeron nueve proyectos con base en las cazas efectuadas en las estación, la mayor parte referente a insectos o anfibios. Además, la estación recibió a 60 investigadores de otras instituciones, 15 de ellos extranjeros. Varios investigadores llegan provenientes de organismos particulares, como la profesora Izaura Bezerra Francini, de la Universidad Católica de Santos, participante del proyecto Estudio de la Fauna de Coleópteros de la EBB. “Sería difícil realizar un trabajo de esa envergadura en otro local”, afirma.

Quino
La estación fue creada en 1938, como un centro experimental para el estudio del cultivo del quino del Instituto Agronómico de Campinas (IAC). El quino, un arbusto oriundo de los Andes, era el origen de la quina, un remedio muy usado en la época para combatir el paludismo. A partir de 1941, investigadores del entonces Departamento de Zoología de la Secretaría de Agricultura, hoy Museo de Zoología de la USP, comenzaron a organizar expediciones al área para reunir material científico. En 1952, el IAC dejó los trabajos con la quina y, en 1954, la estación fue oficialmente transformada en centro de estudios.

La estación no presta servicios solamente para investigaciones. También es un importante punto de apoyo para la formación de mano de obra calificada para trabajos de campo. El año pasado, 86 alumnos y 11 profesores participaron de seis cursos ofrecidos por la EBB. Eso se fue posible gracias a la creación de la nueva sala de clases y del laboratorio con capacidad para 25 alumnos.

El laboratorio no cuenta con equipos sofisticados. No hay computadoras en la estación. Pero los biólogos que trabajan en el campo están acostumbrados pasar largos períodos solo con lo básico. Existe otra ventaja en esa manera austera de investigar: disminuyen los desperdicios que todos están obligados a llevarse consigo en el regreso a la ciudad. Una de las reglas de la estación es la indica que cada uno debe llevarse la basura que produce. “La estación debe permanecer intacta, para garantizar la vida de las plantas y animales y el futuro de las investigaciones biológicas”, subraya Sônia Casari.

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