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Exposición

El Brasil que tiene más de quinientos años

La Muestra Brasil 50 Mil Años, recupera en Brasilia el pasado precolonial del país

El día de septiembre fue inaugurada en Brasilia la muestra Brasil 50 mil Años: Un Viaje al Pasado Precolonial, organizada por el Museo de Arqueología y Etnología de la USP (MAE-USP), que permanecerá abierta hasta el día 2 de diciembre en el Salón de los Espejos del Superior Tribunal de Justicia. Los 50 mil años del título constituyen una sana ironía que alude a la muestra “Brasil+500”. “Son, en verdad, 12 mil años de historia que mostraremos, pero la referencia a la exposición del año pasado sirve para dejar clara la intención de ayudar al público a repensar ese tipo de organización de nuestra historia”, explica Paula Montero, directora del MAE y una de las curadoras de la exhibición.

“En general, solo se conoce la historia colonial de la conquista, según la visón de los vencedores. La gente debe descubrir que, cuando los blancos llegaron acá, ya existía una población que conocía bien su territorio, que mantenía rutas de comercio, etc., y que fue gracias a la experiencia de esos pueblos, aprovechada por los conquistadores, que la colonización se hizo posible”, observa la investigadora. “Ellos no se apropiaron tan solo de los brazos de los nativos como fuerza de trabajo, sino también de su conocimiento”, advierte. Para contar esa historia mal contada, la muestra utilizó un área de 2 mil metros cuadrados, que será dividida en seis módulos (el costo de la exposición fue de 2 millones de reales): un túnel del tiempo arqueológico y etnológico.

“Pero no se trata de una historia evolucionista, sin la idea de un progreso creciente entre las diversas sociedades aborígenes. Existen incluso varias que son contemporáneas. Al fin y al cabo, más importante que el tiempo es la geografía de estas poblaciones, que se refleja en la forma en que la exposición fue organizada”, dice Montero. “En cada ambiente, el público podrá ver el artefacto inmerso en su ambiente y percibir las razones que llevaron a la sociedad, en aquel contexto, a crear tal o cual objeto”, explica. También, como respuesta a la muestra “Brasil +500”, la curaduría de “Brasil 50 mil Años” acabó con el fetiche del objeto. “Lo que se vio el año pasado en la exhibición fue la pieza sacralizada. Acá, la pieza no habla por sí misma, antes bien ella es importante porque es el gesto del hombre dejado en la historia y solo puede contar algo con relación a otros objetos”, evalúa Paula.

Por eso no espere maquetas y cajas de vidrio con extensas plaquetas explicativas. El grupo también pretende innovar en la forma de presentación. “La muestra requiere un esfuerzo cognitivo del público, es dinámica, hace que las personas caminen por entre los objetos para intentar aprender su significado total, no restringiéndose al entendimiento parcial de piezas con carteles”, cuenta la profesora. Creyendo en la inteligencia de sus espectadores, los organizadores de la exposición se permitieron a reunir pasado y presente continuo.

“Pueden verse, junto a las puntas de flechas antiguas, cestos fabricados hoy, en la misma región, por personas que aún tienen vínculos con aquellos pueblos del pasado. Esa reunión de arqueología y etnología, tan necesaria, así como también el hecho de que la muestra se concentra en la historia anterior a la llegada de los portugueses, solo fue posible porque queremos que el público sea capaz de, por sí solo, hacer el enlace entre el pasado y el presente”, dice la directora del MAE.

Además, la muestra igualmente servirá como “rendición de cuentas” entre la moderna arqueología brasileña, sus profesionales y la sociedad. “De la misma manera en que los equívocos de la muestra Brasil+500 generaron nuestro deseo de hacer esta muestra, sus aciertos igualmente nos motivaron a usar nuestra exposición para entender el nuevo papel que ocupa la arqueología brasileña”, dice. “Tras un período en el cual estábamos en una posición marginal, actualmente, por causa incluso de aquel evento, tenemos una mayor visibilidad y respeto por parte de la comunidad. Eso, por un lado, es positivo, pero trae aparejadas nuevas responsabilidades”, evalúa.

Para Paula Montero, la visibilidad precisa ir acompañada con calidad. “La profesión aún no está reglamentada, su proyecto está en la Cámara de Diputados. Además, la conquista hecha por la Constitución de 1988, que exigía la salvaguardia del patrimonio, presenta una laguna peligrosa: la ley pretende salvar el pasado, pero no tenemos personal especializado suficiente para llevar a cabo esa misión”, cuenta la investigadora. Pero en la muestra, no solamente la comunidad científica será expuesta al desafío de ponerse en el lugar de los arqueólogos. “Mientras el público camina por el túnel del tiempo, podrá ver, en el suelo y en las paredes de los corredores de la exposición, respectivamente, cómo a partir de trozos de un jarrón se puede contar la historia y de qué forma la tierra, por medio de sus capas, nos cuenta como el tiempo pasó”.

El espectador llega a un escenario que reproduce en detalles un laboratorio de arqueología, con sus instrumentos, microscopios, etc. “Será la posibilidad de que las personas entiendan cómo funciona nuestro trabajo”, dice Paula.Al final del túnel, una serpiente. O mejor dicho, la reproducción del esqueleto de la mítica Cobra Grande, que según cuenta la leyenda indígena, nadaba por el Amazonas y cada vez que sacaba a su cabeza fuera del agua creaba un nuevo poblado. Es la ciencia reencontrándose con el universo cosmogónico. Pero con razón de ser. “Para todos los momentos de la muestra había un acervo disponible, menos para la Amazonia. Después de pensar en la razón para ello, vimos que la explicación estaba en el carácter de aquellas poblaciones, una marca que por cierto permanece vigente: son pueblos filosóficos, míticos, y allí reside su fascinación”, analiza. “La interacción entre sociedad y naturaleza se efectuaba a través del mito. De allí entonces la Cobra Grande que cierra la muestra. También una forma de recordarnos que, para aquellas poblaciones, no hubo una ruptura tan grande entre el pasado colonial y el presente”, dice. De allí también el placer de hacer la muestra en Brasilia. “La capital brasileña es un espacio de reunión de razas, un lugar ideal para que los diversos tipos de brasileños puedan reconocerse en una herencia pasada común”, completa.

Una tesis analiza la tendencia a la teatralización de las exposiciones

La imagen que ilustra esta página es un tímido ejemplar de una serie de recursos escénicos usados en la muestra “Brasil + 500 Años”, que celebró los 500 años del descubrimiento de Brasil el año pasado. Paredes coloridas, intervenciones efectuadas por medio de objetos e incluso la creación de un ambiente especial, como fue el módulo de arte barroco – en el que millares de flores de papel hechas por presidiarios ladeaban santos y estatuas -, son el reflejo de una tendencia mundial: la dramatización de las exposiciones de arte.

El tema, empero haya cobrado relevancia para el público a partir de la referida muestra, ya venía siendo analizado por la profesora Lisbeth Rebollo Gonçalves desde 1994, cuando asumió la dirección del Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de São Paulo (MAC-USP). Hecho con el apoyo del programa USP/Cofecub, un convenio concretado entre la USP y el gobierno francés, el proyecto incluyó conferencias sobre el tema, realizadas con el apoyo de la Fapesp en 97, 98 y 99, y también la realización de dos muestras en el MAC-USP, “Modernismo, París – Años 20” (95) y “Arte y Paisaje: La Estética de Roberto Burle Marx” (97).

En junio, el resultado de la extensa investigación realizada por Lisbeth fue presentado en la defensa de su tesis de libre docencia, “Entre Escenografías: El Museo y la Exposición de Arte en el Siglo XX”, en la Escuela de Comunicaciones y Artes (ECA-USP). La profesora pretende transformar el trabajo en libro.Con su óptica de historiadora del arte sobre el tema, Lisbeth realiza una retrospectiva acerca de cómo la escenografía fue tratada en exposiciones de arte desde el inicio del siglo XX. Según ella demuestra, los salones de arte del inicio del siglo que acabó se ubicaban en grandes palacios. Los cuadros y esculturas eran expuestos aleatoriamente, no siempre obedeciendo a la prerrogativa de aislar cada obra para una mejor apreciación.

Fue en 1939, con la inauguración del entonces nuevo edificio del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), que surgió el concepto de “cubo blanco”, en el que los cuadros son colgados a la altura de los ojos del espectador en ambientes completamente neutros. “Ese concepto revolucionó la forma de ver el arte moderno y la propia historia de ese arte”, comenta la investigadora.

Aunque sigue siendo una referencia para la mayor parte del público de los museos, el cubo blanco empezó a ser revisto a partir de 1968, tras la llamada “revolución romántica” de Francia. “Los museos comenzaron a repensar su papel”, dice la profesora.

Todo comenzó con la inauguración del Centro Georges Pompidou, en París, en 1977. El Beaubourg, como pasó ser conocido, marcó el inicio de una era en la que los museos querían popularizar el acceso al arte. Actualmente, según dice Lisbeth, el cubo blanco y la dramatización son recursos usados por la museología en cualquier rincón del mundo. “Según la opción del curador, uno u otro recurso puede ayudarlo a expresar qué quiere con la muestra, principalmente cuando éste se vale de la dramatización”, dice Lisbeth. Para ella, la escenografía en las exposiciones de arte hacen que el espectador se sienta un actor en escena.

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