Imprimir Republicar

Tapa

Las lecciones de los indios Krahô

En busca de nuevas drogas, investigadores identifican 164 plantas utilizadas por indios delestado brasileño de Tocantins en rituales de cura

EDUARDO RODRIGUESLas culturas de los indios brasileños son a menudo objeto de estudio por parte de los antropólogos. Pero sus prácticas medicinales, basadas en el empleo terapéutico de plantas, son poco investigadas y rara vez sirven de base para el desarrollo de nuevos remedios. Un proyecto del médico Elisaldo Carlini, director del Centro Brasileño de Informaciones sobre Drogas Psicotrópicas (Cebrid) de la Universidad Federal de São Paulo (Unifesp), ha dado el primero paso para revertir este cuadro. Por lo menos en lo que se refiere a la poco conocida fitofarmacopea empleada por un grupo indígena nacional: la etnia Krahô.

Una doctoranda dirigida por Carlini, la bióloga Eliana Rodrigues, pasó dos años mapeando plantas y recetas prescritas por siete chamanes – sacerdotes curanderos encargados de cuidar a los enfermos y realizar rituales de cura – de tres aldeas que integran Kraolândia, la reserva indígena de la etnia, situada en un área de sabana (‘cerrado’) del norte del estado de Tocantins. Al final del estudio, patrocinado por la FAPESP, Eliana había logrado identificar, con el auxilio de taxonomistas del Instituto de Botánica del Estado de São Paulo, un arsenal de 164 especies vegetales usadas con fines medicinales – todas plantas autóctonas de la flora brasileña.

De ese total, 138 serían especies con algún tipo de influencia sobre el sistema nervioso central, el área de interés de investigación del grupo. Aparentemente, estas plantas pueden curar patologías o promover alteraciones comportamentales, del humor o de la cognición. En la visión de los Krahô, algunas son para promover noviazgos, casamientos o incluso para la separación de marido y mujer. Otras cargan con la fama de aumentar la resistencia física y son usadas por los indios en competencias, entra las cuales, aquellas en las que se cargan troncos de árboles o se disputan carreras figuran entre las actividades preferidas. Otras incluso son alucinógenas.

Con estas 138 especies, los chamanes preparan 298 recetas curativas, destinadas a 51 tipos de indicaciones terapéuticas. “La misma plantapuede ser empleada para más de una finalidad”, cuenta Eliana, que realizó diez visitas a las aldeas, y convivió por unos 200 días con los Krahô. Dependiendo de cómo es preparada, la especie denominada ahtu en timbira, la lengua hablada por los Krahô, puede, por ejemplo, ser usada para resolver problemas amorosos con el compañero o como fortificante. Para lidiar con un determinado problema de salud, es común que existan varias alternativas de tratamiento. En el caso de los fitoterápicos con propiedades analgésicas, la bióloga contabilizó 48 recetas, que se valen de 40 plantas.

Las perspectivas de encontrar alguna nueva droga en ese conjunto de casi 140 especies con potencial de acción sobre el sistema nervioso central parecen buenas. Al fin y al cabo, se trata, en su inmensa mayoría, de plantas nunca antes analizadas de acuerdo con los criterios científicos del hombre occidental. Tan solo 11 de las 138 especies habían sido objeto de estudios farmacológicos y fitoquímicos y, en tan solo un caso, hubo coincidencia entre el uso preconizado por los indios y la prescripción apuntada por la medicina convencional. “Tenemos material de investigación para más de 20 años”, comenta Carlini, entusiasmado con los resultados del trabajo de campo. “No conozco ningún trabajo de este porte a partir de la cultura indígena”.

El nombre científico de las plantas y su posible uso terapéutico es mantenido en secreto. La precaución se justifica: la información es valiosa y podría ser aprovechada indebidamente por laboratorios farmacéuticos y otros grupos de investigación interesados en eventuales dividendos económicos, producto del estudio realizado en el marco del proyecto. “Los derechos de los indios serán respetados”, asegura el médico. “Ya hemos firmamos un borrador de acuerdo con los Krahô, que recibirán su parte en caso de que desarrollemos remedios comerciales a partir de sus conocimientos.”

Como la cantidad de informaciones y plantas obtenidas con los Krahô es muy grande, aunque hayan trabajado solamente con aquellas que parecen tener algún efecto sobre el sistema nervioso central, Carlini y Eliana resolvieron orientar sus esfuerzos hacia cinco categorías de interés: especies con efectos analgésicos; las que ayudan a controlar el peso; aquellas con acción hipnótica/ansiolítica; las que actúan sobre la memoria y el proceso de aprendizaje y aquellas que serían adaptógenas (que aumentan la resistencia física). Si no hubieran procedido así, el riesgo de que el proyecto perdiera el foco sería grande.

La idea es escoger dos o tres plantas de cada una de estas categorías y concentrar los estudios farmacológicos en estas 10 ó 15 especies. El resto del material colectado en el estudio permanecerá por ahora fuera de la línea de frente de los estudios. “No podíamos investigar todo”, comenta Eliana. “Teníamos que establecer algunas prioridades, pese a que habíamos encontrado prácticas curiosas fuera de nuestras categorías de interés, como el empleo entre las mujeres de plantas para incentivar la fertilidad o inhibir de manera temporal o permanente la concepción.”

La mayor parte de los fitoterápicos preparados por los Krahô es suministrada bajo la forma de infusiones, hechas con una o varias partes de las plantas, enteras o ralladas. El chamán también puede aplicar tópicamente, sobre el cuerpo de los pacientes, partes de los vegetales, o usarlas para preparar cigarros, baños o inhalaciones. En algunos casos, las hojas y raíces de algunas plantas son consumidas por los enfermos, pues los indios creen que las propiedades terapéuticas se encuentran en el jugo de estos vegetales. Durante el ejercicio de su función, los chamanes, denominados wajacas en timbira, fuman pipas con tabaco, marihuana u otras plantas alucinógenas. El humo es soplado sobre los pacientes. Dependiendo del caso, el wajaca puede esparcirlo por el cuerpo del doliente, a fin de “visualizar” mejor al mal, o concentrarlo en un solo punto, para poder “chupar” al mal, extrayendo a la enfermedad-hechizo del organismo en sufrimiento.

Al día siguiente de realizado ese ritual, practicado generalmente a la noche, los chamanes formulan la receta con las plantas que, en su visión, ayudarán al colega de la aldea. Para seguir el efecto de sus preparados, van a la casa de sus pacientes. Si una receta no funciona, intentan con otra. “Como nuestros médicos, los chamanes de los Krahô se especializan en una o más enfremedades”, comenta Eliana. “Algunos se encargan más de mordeduras de víboras, o gripes u otras enfermedades”. A veces, obviamente, no existe tratamiento que dé resultado. La muerte es vista por ellos como fruto de un accidente, hechizo o enfermedad.

¿Por qué los investigadores de la Unifesp resolvieron estudiar el empleo de fitoterápicos entre los Krahô, que habitan solamente en Tocantins, en vez de cualquier otra etnia brasileña? La respuesta indica que ese pueblo fue el que más se aproximó al perfil deseado. Se encontraba en un bioma cuya flora es poco estudiada desde el punto de vista etnofarmacológico: el ‘Cerrado’ (Sabana). Carlini y Eliana no querían trabajar con grupos humanos establecidos en el Bosque Atlántico o en la Selva Amazónica, ecosistemas en los cuales se concentra la mayor parte de las investigaciones botánico-farmacológicas.

Además, la etnia reunía otros tres requisitos fundamentales: se valía de rituales y plantas alucinógenas durante sus prácticas medicinales; contaba entre sus miembros con especialistas en prácticas de cura y se encontraba en un área aislada geográficamente, sin acceso a la red pública de salud. “Muchos indios ni siquiera saben qué significa novalgina”, dice Eliana, que, para el trabajo de campo, fue auxiliada por su hermano Eduardo Rodrigues, pasante de la Unifesp. La mayor ciudad en las proximidades de las aldeas Krahô es Carolina, en el sur del estado de Maranhão, con 24 mil habitantes, ubicada a unas 12 horas, yendo en automóvil.

El viaje, por carreteras de tierra, solamente puede hacerse en un vehículo con tracción en las cuatro ruedas, generalmente una camioneta. El proceso de descubrimiento de una droga siempre es largo. Pero ciertamente, la opción de manejar las investigaciones a partir de la prescripción de fitoterápicos utilizados por los indios acorta un poco el trayecto. Al fin y al cabo, antes de iniciar los estudios científicos, los investigadores ya tienen una noción acerca de cuál puede ser la esfera de acción del posible medicamento. Pero aun así, hay una serie de etapas que deben ser transpuestas para comprobar la eficacia – y la no toxicidad – de un medicamento.

Cuando se trabaja con fitoterápicos, una de estas etapas consiste en promover el cultivo de las especies nativas con potencial para generar remedios, generando así una fuente controlada de plantas que serán el objetivo de las nuevas colectas. Esto es lo que se está haciendo en las aldeas desde junio pasado, con el auxilio de una agrónoma: Kátia dos Santos, que orienta a los Krahô con respecto a cuáles son los mejores procedimientos agrícolas. Con los ejemplares de las plantas escogidos, los investigadores preparan extractos y inician los análisis científicos propiamente dichos en sus laboratorios.

Las especies proclives a generar fitoterápicos son inicialmente testeadas en animales, para determinar si su empleo presenta algún riesgo. Si son aprobados en esa etapa, los extractos vegetales son utilizados en una serie de experimentos en seres humanos. Durante esta nueva batería de tests, su toxicidad es nuevamente analizada y se determina su eficacia como droga contra algún problema de salud. Luego, los investigadores establecen en qué dosis puede ser prescrito el medicamento y cuáles son sus eventuales efectos colaterales.

Los investigadores de la Unifesp no tienen la pretensión de hallar el principio activo de las plantas que se muestren útiles para generar medicamentos. Solamente pretenden determinar y asegurarse el registro comercial de su extracto, a partir del cual se producirá un fitoterápico. “Por cada planta que llega al fin de este proceso, abandonamos diez en el camino”, estima Carlini. Y eso después de consumir cinco años de investigación y 2 ó 3 millones de reales en inversiones.

No obstante, el médico está convencido de que es más barato buscar drogas en medio de la rica biodiversidad nacional – Brasil se encuentra entre los siete países del mundo con mayor número de especies vegetales – que trabajar en la síntesis química de fármacos, como hacen los grandes laboratorios multinacionales. “Ésta es la gran posibilidad para la industria brasileña”, afirma Carlini. Para acelerar sus investigaciones con los fitoterápicos indicados por los indios, el proyecto de la Unifesp procura ahora establecer asociaciones con la iniciativa privada.

El laboratorio Aché, la mayor industria farmacéutica nacional, es uno de los interesados en financiar los estudios. “Perdimos el tren de la historia en la generación de drogas a partir de la química fina”, dice José Eduardo Bandeira de Mello, director general de la empresa. “Si Brasil no entra firme en la investigación de fitoterápicos ahora, vamos a perderlo por segunda vez.”

Masacres y migración: la saga de los hijos de los ñandúes

De los mil miembros del pueblo Krahô que establecieron los primeros contactos con el hombre occidental a finales del siglo XVIII, cuando aún habitaban Maranhão, restaban solamente cerca de 400 indios en la década de 1930, posiblemente el peor momento de su historia. Objeto de innumerables masacres y desplazamientos, los remanentes de esta etnia migraron hacia el sur, subieron el río Tocantins y se establecieron en un área en la cual el gobierno federal delimitó su reserva indígena en 1944: 302 mil hectáreas de ‘cerrado’ en el norte del estado de Tocantins, en los municipios de Goiatins e Itacajá.

La Fundación Nacional del Indio (Funai) demarcó las tierras de Kraolândia, como es llamada la reserva, solo en 1975. Y su homologación se produjo más tarde, en 1990. Hoy, los miembros de la etnia suman 1.700 indios. La reserva cuenta con 16 aldeas y 58 chamanes. A partir de entrevistas y cuestionarios respondidos por siete de esos curanderos, la bióloga Eliana Rodrigues, de la Unifesp, efectuó el estudio de plantas medicinales usadas en tres aldeas: Serra Grande, Forno Velho y Aldeia Nova, las dos primeras de difícil acceso.

Cada aldea está constituida en torno a un patio circular, alrededor del cual se erigen las viviendas. La cantidad de habitantes puede oscilar entre 40 y más de 250 personas. Entre sus líderes, se destacan el cacique (pahi) y el alcalde, además de los chamanes. Los hombres se ocupan de la caza, la pesca y la preparación de la tierra para el cultivo. Las mujeres, al margen de encargarse de la casa y del cuidado de los hijos, cortan leña y, frecuentemente, desempeñan las mismas tareas que los hombres. Sus casas son de tapia, con el tejado de hojas de palmera, sin cañerías de agua ni luz eléctrica.

Existen pocas escuelas en las aldeas. Éstas cuentan con profesores nativos, y son mantenidas por una entidad no gubernamental, el Centro de Trabajo Indigenista (CTI). Las clases son dictadas en timbira – los indios que hablan en portugués solamente utilizan dicho idioma para comunicarse con la gente de las ciudades. Los intereses de la etnia son defendidos por una entidad que representa a varios pueblos timbira, entre los cuales se encuentran los Krahô: la Asociación VYTY-Cati.

En su lengua, los Krahô se autodenominan Mãkrare, que significa literalmente hijos de los ñandúes. El parangón entre los indios y esos animales tiene su sentido. Al igual que dichas aves, a los miembros de esta etnia les gusta vagar por el ‘cerrado’, pero siempre vuelven a casa. Es el destino de los indios.

El Proyecto
Los Usos Tradicionales de Plantas Psicoactivas por Parte de Dos Grupos Humanos en Brasil: Una Reflexión sobre la Eficacia Simbólica y los Principios Activos (98/14217-0); Modalidad: Línea regular de auxilio a la investigación; Coordinador: Elisaldo Carlini – Unifesp; Inversión: R$ 45.887,50 y beca de doctorado

Republicar