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Historia

Las pioneras del riel

Un estudio reconstruye la difícil trayectoria de las primeras mujeres que trabajaron en el Ferrocarril Noroeste de Brasil, en Baurú

REPRODUCCIÓN LIBRO "MULHERES, TRENS E TRILHOS" Empleadas de la contaduría de La Noroeste de Brasil en 1944, y la estación: locomotoras y machismoREPRODUCCIÓN LIBRO "MULHERES, TRENS E TRILHOS"

La interiorana pero efervescente ciudad de Baurú – ubicada a 350 kilómetros de la capital paulista y punto de anudamiento de tres importantes ferrovías (La Noroeste do Brasil, La Paulista y La Sorocabana) -, que poco tiempo atrás había dejado a un lado su condición de “boca del desierto”, vio nacer a partir de 1918 un nuevo tipo de mujer, que ejercía su ocupación en el ámbito público.

En marzo de ese año, La Noroeste, pionera y la más importante de las ferrovías que atraviesan la ciudad, que instalara su cuartel general en ella en 1905, rasgando el oeste paulista en dirección a los confines de Mato Grosso, contrató a la primera empleada del sexo femenino: Flordaliza Meira Monte, de 16 años, nacida en la también paulista ciudad de Capivari. Meira Monte fue admitida en carácter temporal, como practicante de telegrafista, profesión que su padre ejercía en el ferrocarril.

Hasta entonces, desde las estaciones y talleres hasta los escritorios, pasando obviamente por los vagones de los trenes, la compañía era un ambiente de trabajo exclusivamente masculino. Faldas por allí solamente eran vistas, cuando lo eran, en las pasajeras de algún tren proveniente de la capital. O en los cabarets y burdeles, generalmente apostados cerca de la estación de tren, en donde predominaba, para utilizar la jerga usual de la época, el prototipo de mujer pública de entonces: bailarinas y prostitutas, vulgarmente llamadas “vagabundas”.

Por lo tanto, el reclutamiento de la futura escribiente, que consiguiera el empleo de su vida (y que se jubilaría en la propia Noroeste por invalidez en 1942), inaugura una nueva fase en el ferrocarril: la era de las ferroviarias de Baurú, muchachas serias, solteras, generalmente oriundas de diversas regiones paulistas o de otros estados, de entre 15 y 30 años de edad. Como las citadas “vagabundas”, con quienes eran confundidas frecuentemente, las ferroviarias también eran mujeres públicas.

Públicas en el sentido de que habían optado, quizás por influencia del cine norteamericano, por trabajar fuera de casa, en el espacio colectivo de la sociedad, en vez de permanecer restringidas a los tradicionales papeles de madre y ama de casa, ejercidos típicamente en el ambiente privado, en el seno del hogar. “Para el imaginario femenino de la época, el ferrocarril representaba la libertad”, dice la historiadora Lidia Maria Vianna Possas, de la Universidad Estadual Paulista (Unesp) de Marília, que rastreó fragmentos de la casi desconocida trayectoria de las primeras trabajadoras de La Noroeste, una de las más importantes ferrovías del país, en el libro Mujeres, Trens e Trilhos (Editora da Universidad do Sagrado Coração de Jesus), publicado al final de 2001, producto de años de investigación.

Para evitar piropos indeseables durante su trabajo y disociar su figura del rótulo de prostitutas, las trabajadoras de La Noroeste adoptaron una postura deliberadamente ceñuda en el trabajo. Entre 1918 y 1945, período abordado por el estudio, la investigadora logró detectar en los registros de La Noroeste el paso de 250 mujeres por la compañía, que hicieron un trayecto similar al de la pionera Flordaliza. Todo eso en medio de 14 mil expedientes de empleados del ferrocarril revisados por Lidia Possas.

Entre esas dos centenas y media de ferroviarias, las más instruidas, generalmente provenientes de la clase media, se convirtieron en telefonistas o dactilógrafas, o realizaron toda suerte de servicios burocráticos. Las más humildes se dedicaban a los servicios de cocina, lavandería, limpieza y atención al público en los vagones. En el segundo grupo de mujeres, era común el cambio de ocupación, pues éstas mostraban mayores dificultades para adaptarse al severo régimen laboral.

El trabajo femenino solamente en raras ocasiones estaba vinculado en forma directa a la actividad específica del ferrocarril: hacer que los trenes se muevan. Y peor aún: la figura de las mujeres, pese a ser objeto de constantes tentativas de acoso sexual, es prácticamente ignorada por la historia oficial del ferrocarril e incluso por muchos ferroviarios jubilados, a los cuales a menudo les cuesta acordarse de que también había colegas del sexo opuesto entre los empleados de la compañía.

“Es más o menos como si las mujeres que trabajaron allí no hubieran existido”, comenta Lidia, una carioca que reside en Baurú desde hace 15 años. “La historia oficial muestra de manera repetitiva que la ferrovía fue un instrumento vigoroso del progreso y de la lucha de clases, y no como un agente generador de cambios de comportamiento y de valores.”

Capitalismo
Claro que la ciudad Baurú, a esa altura – en los 20 -, y con 20 mil habitantes integrada por las locomotoras al capitalismo y a la modernidad, ya empleaba a muchachas en sus comercios, exhibía costureras en sus tiendas de confección y sastrerías, contaba con profesoras en sus escuelas y garantizaba el sustento de las secretarias de sus profesionales liberales. No obstante, sobre todas éstas no pesaba tan fuertemente el estigma de ser mujeres públicas – es decir, ser comparadas con las bailarinas y meretrices que trabajaban en los cabarets cercanos a la estación – como sucedía en el caso de las empleadas de La Noroeste.

Al fin y al cabo, el ambiente del comercio era más familiar y menos masculino que el del ferrocarril. Para alejarse de cualquier insinuación malintencionada, las ferroviarias incorporaron al pie de la letra la disciplina y el formalismo que La Noroeste les exigía a sus empleados. “No querían ser confundidas con las prostitutas”, afirma Lidia. Tanto es así que muchas de ellas no se casaron, ni tuvieron hijos. Algunas, a partir de los años 30, empezaron a interesarse en la política, especialmente por el integralismo, versión nacional del fascismo que conquistó adeptos entre los ferroviarios de Baurú.

La mujer en el puesto del burro
¿Cómo hicieron las mujeres para conseguir trabajo en La Noroeste? La forma de admisión en la compañía no es muy clara y transparente hasta 1938, cuando fueron instituidos los concursos públicos abiertos para hombres y mujeres con más de 18 años, concursos éstos cuyos primeroslugares eran ocupados frecuentemente por postulantes de faldas. No obstante, durante mucho tiempo circuló una anécdota entre los ferroviarios – no solamente entre los de Baurú, sino también entre los de otros lugares – que intentaba explicar el origen de las trabajadoras en un ambiente tan masculino.

La primera mujer habría sido contratada para el puesto de un burro del ferrocarril que había muerto. Es en otras palabras: sale el animal, entra la mujer, pagada con el dinero antes utilizado para alimentar a la bestia. La anécdota era tranquilizadora: ningún hombre le cedió su lugar a una mujer. Pese a ser contratadas, las mujeres no tenían los mismos derechos laborales que los hombres. Hasta 1928, de acuerdo con el estudio de la profesora de la Unesp, gran parte de éstas no tenía vínculo más formal con La Noroeste.

Algunas eran anotadas con nombres de hombres, generalmente de parientes que había trabajado en el ferrocarril, del cual habían medio que “heredado” el puesto de trabajo. Esta situación mejoró sustancialmente con la adopción de los concursos públicos para admisión. Las ferroviarias también debían probar constantemente que eran competentes en sus quehaceres. “Siempre existía aquella cosa (…) de que la mujer es débil, de que la mujer no puede hacer esto o no puede hacer aquello otro”, recuerda Hermínia Malheiros de Oliveira, que trabajó como telefonista en La Noroeste, en una relato efectuado en 1997, cuando tenía 81 años, para el libro sobre las ferroviarias de La Noroeste.

Sexualidad
Al margen de las demostraciones de falta de reconocimiento profesional, de los piropos en el trabajo y de la represión de la propia sexualidad, las ferroviarias también afrontaban inconvenientes más sencillos en su cotidiano en La Noroeste. Solamente pasaron a tener baños exclusivos, por ejemplo, en 1934, año en que fue construida la nueva estación ferroviaria de La Noroeste en Baurú. Hasta ese entonces, ellas tenían horarios determinados para ir al baño. Uno de los argumentos patronales contra los baños femeninos era que esos lugares se convertirían en local de charlas entre las mujeres. Cómo si los hombres no conversaran en el trabajo.

A pesar de haber encontrado valiosos documentos y registros en los archivos del Centro de Memoria Regional, un museo en mantenido en Baurú por la Unesp y por la Red Ferroviaria Federal S.A. (RFFSA), la historiadora tuvo dificultades para seguir el paradero de la mayoría de las ex empleadas del ferrocarril, en particular de aquellas que ejercían las funciones de menor importancia. Los registros contienen datos solamente hasta el momento en el que las empleadas dejaron la ferrovía. Las más simples eran precisamente las que tenían mayores dificultades para adaptarse a la rigidez de la empresa y acababan desistiendo frecuentemente del empleo o eran despedidas, a veces sin recibir las debidas indemnizaciones.

A la escasez de documentos, se suman otros inconvenientes: muchas ex ferroviarias ya han fallecido, y entre las que están vivas, algunas prefieren olvidar el pasado. “Muchas de esas mujeres se sentían personas fuera de lugar, en razón de las innumerables exclusiones que sufrieron”, afirma Lidia. El estudio de la historia de las primeras ferroviarias finaliza en 1945, cuando el acceso a los concursos de La Noroeste les fue prácticamente negado a las mujeres y ellas mismas empezaron a ambicionar otros horizontes profesionales. A partir de la década del 50, el país optó por los automóviles, en lugar de las locomotoras.

Por suerte existen aún investigadoras como Lidia, apasionada por los trenes desde chiquita. En su casa en Baurú, sobre la mesa de trabajo, ella tiene un teléfono con la forma de una vieja locomotora. El artefacto, un regalo de amigos, aún funciona, y su campanilla, en vez de sonar con el tradicional “ring, ring”, reproduce el sonido de una locomotora de vapor llegando a una estación. “Mi trabajo no es defender a las ferroviarias”, afirma Lidia. “Mi trabajo consiste en para dar mayor visibilidad a sus trayectorias, mostrando su lucha social.”

De “boca del desierto” a ciudad de espantos
En un mapa de la entonces provincia (hoy estado) de São Paulo de 1886, el último pueblo urbano del noroeste paulista era Baurú, a la época una villa con fama de ser “la boca del desierto”. Todo aquello que se ubicaba al oeste de ese paraje era descrito como “terrenos desconocidos poblados por indígenas”, parte del mundo denominado salvaje. Diez años más tarde, esa localidad fue elevada a la condición de municipio. Pero la ciudad, que tenía poco menos de 8 mil habitantes al final del siglo XIX, solamente comenzó a estructurarse y a crecer de verdad con la llegada de los rieles.

La ferrovía Noroeste do Brasil, que instaló allí su sede, fue inaugurada en 1905, la Paulista llega al año siguiente y La Sorocabana, en 1910. Con la ayuda de las locomotoras, Baurú, que está situada en el centro geográfico del estado, se conectó con la capital paulista y con el mundo de la modernidad y del capitalismo naciente en el país, cuyas principales figuras serían los llamados barones del café.

Rápidamente, casi todos los hábitos, costumbres y modas vigentes en las ciudades de São Paulo y Río de Janeiro fueron importados por los habitantes de Baurú, en su mayoría forasteros, hombres y mujeres sin familia constituida, que migraron hacia “entrada al nuevo Brasil”. En 1920, poco después de que las primeras ferroviarias fueran contratadas por La Noroeste, la población de Baurú se elevó a las 20 mil personas. En 1940, este número saltó a 55 mil. El comercio se fue desarrollando. Se abrieron pensiones y hoteles, aprovechando la condición de Baurú como punto de paso de los tres ferrocarriles. La vida mundana también se desarrolló. Cabarets afrancesados, como el Maxim, abrieron sus puertas cerca del área ferroviaria. Los burdeles proliferon, como la Casa de Eny, que ganaría fama en todo el estado.

Ante el movimiento de gente proveniente de todos lados, ávida de ascenso social y diversión, en la cual se incluían las drogas ilícitas, el poeta Rodrigues de Abreu, que se mudó a la ciudad en 1923 y se transformó en funcionario del registro civil local, califica a Baurú como “Ciudad de Espantos”. En un tramo del poema Baurú, de la década del 30, Abreu, hizo alusión al espíritu de vanguardia y sin límites de la sociedad de Baurú de esa época: “Yo ya tomé cocaína en tus barrios, en donde hay Milonguitas de párpados marchitos y de ojos brillantes!”.

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