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Ciencia

Lanzan un alerta sobre la contaminación en los ríos de la Amazonia

Un estudio realizado en la mayor cuenca hidrográfica del estado brasileño de Rondônia comprueba el impacto de las talas sobre las aguas

WELITON NUNESEl río Ji-Paraná y la ciudad homónima: en algunos tramos, su curso está casi tan alterado como el Piracicaba, en el interior paulistaWELITON NUNES

Cuando el hombre derriba un pedazo de selva en la Amazonia y establece allí un área de pastoreo, no produce solamente impactos sobre el clima y sobre la biodiversidad. Provoca otra alteración en el ecosistema, poco dimensionada aún: los ríos de pequeño y mediano porte pasan a presentar tramos nítidamente alterados, y tienden contaminarse, debido a la sustitución del bosque por las propiedades rurales dedicadas a la cría de ganado. Estudios realizados en el estado brasileño de Rondônia revelan que la conductividad eléctrica – la cantidad de iones, es decir, los grupos de átomos con carga positiva o negativa presente en las aguas, un parámetro utilizado para inferir la cantidad general de materiales disueltos – de algunos ríos de la cuenca del Ji-Paraná, el mayor de dicho estado, alcanza ya niveles similares a los de cursos de agua contaminados del interior de São Paulo.

Los datos indican que, en las áreas sin vegetación abundante, una parte del carbono y de los nutrientes – en especial fósforo y nitrógeno – que normalmente serían absorbidos por el bosque y por el suelo, acaba llegando a los ríos, arrastrada por la lluvia y por la erosión de los declives. En altas concentraciones, esos compuestos funcionan como contaminantes de los ríos y pueden ser detectados incluso en trechos situados fuera del área talada. Aún no se registran impactos escandalosamente visibles, como los de peces muertos o grandes detritos flotando, pero la contaminación de los ríos es una realidad en algunos lugares.

En los afluentes Rolim de Moura, Urupá y Jaru, situados en la porción media del Ji-Paraná, en el corazón de la zona más devastada de Rondônia, los niveles de conductividad oscilan entre 50 y 100 µS/cm (microsiemens por centímentro de agua), valores hasta 20 veces mayores que los hallados en los tramos con menor impacto de la cuenca. Los mayores valores de condutividad se registran en el período de estiaje (septiembre), cuando es menor la capacidad de los ríos para diluir contaminantes con la ayuda de la lluvia.

“Los niveles más elevados reflejan probablemente la acción del hombre en la región y son del mismo orden quelos verificados en ríos medianamente contaminados como el Atibaia, uno de los afluentes del Piracicaba, en el estado de São Paulo”, afirma Reynaldo Victoria, del Centro de Energía Nuclear en Agricultura de la Universidad de São Paulo (Cena/USP) de Piracicaba, coordinador de biogeoquímica de las aguas del LBA (Experimento a Gran Escala de la Biósfera-Atmósfera en la Amazonia) y de un proyecto temático financiado por la FAPESP sobre el impacto de los cambios en el uso del suelo en la biogeoquímica (procesos biológicos, geológicos y químicos) de los ríos de la cuenca del Ji-Paraná.

Conductividad eléctrica
Los valores de conductividad en esos tres afluentes son preocupantes y previsibles. Esos ríos tiene poco caudal, están cerca de las ciudades y, consecuentemente, acusan más fácilmente la presencia de iones en su composición. No en vano, precisamente en ese grupo de ríos, los niveles de cloruro, un indicador de probable contaminación por desagües o desechos industriales, fueron los mayores de la cuenca, nuevamente arrimándose a los números del río Atibaia. Por eso la conductividad eléctrica en ese tramo de la cuenca no sorprendió. Lo que realmente causó espanto fueron los índices registrados a lo largo del Ji-Paraná. En los cinco puntos medidos, la conductividad llegó a niveles medios, entre 25 y 50 µS/cm. Pero, ¿qué quiere decir todo esto?

Vamos por partes. En tres puntos de la porción intermedia, en donde el río aún no ha alcanzado su plenitud en volumen de agua, ese mal resultado no espanta. Al fin y al cabo, en esos sectores altamente modificados por la acción humana, el Ji-Paraná serpentea por zonas en las cuales la selva ha sido talada con frecuencia, dando lugar a pastizales y, en menor escala, a ciudades (como el municipio de Ji-Paraná). Era de esperar, por lo tanto, que ese trecho registrara claramente los efectos de las brutales alteraciones en la ocupación del suelo. “En gran medida, un río es una función del paisaje a lo largo del cual éste fluye”, comenta el investigador.

En los otros dos puntos de colecta, en la porción final de la cuenca, la historia es diferente. Por ser de la misma magnitud que los valores verificados en los tres puntos anteriores, los niveles de conductividad en esos tramos constituyen una señal indicativa de que el río va realmente por mal camino. Esto se debe a que, a esa altura, el Ji-Paraná corre en medio a áreas de selva preservadas, y ya ha alcanzado su caudal máximo, entre 20 y 30 veces superior al registrado en su fuente. Por todo esto, los investigadores creían que el río – en ese punto muy voluminoso y presumiblemente con mayor capacidad de recuperación – estuviera en condiciones de absorber fácilmente los impactos de la acción humana, más fuertes en la porción intermedia anterior.

Siguiendo este razonamiento, cerca de su desembocadura, el Ji-Paraná debería tener una conductividad de entre 5 y 25 µS/cm, la misma que sus tributarios más limpios, igualmente ubicados en áreas de bajo impacto – los ríos Machadinho, Preto y Comemoração, y el tramo inicial del Pimenta Bueno. “El problema es que la señal indicativa de la contaminación por iones aún persiste, cosa que muestra que el río no ha superado completamente el impacto del cambio”, comenta Reynaldo Victoria. Si algún día la señal se vuelve lo bastante fuerte como para ser detectada en el Madeira, un río unas 25 veces más voluminoso que el Ji-Paraná, posiblemente será porque la cuenca estará totalmente alterada.

Para evaluar el impacto de los cambios en el uso del suelo en cada sector, los investigadores establecieron, en 1999, 14 puntos de colecta de muestras de agua a lolargo de la cuenca. Seleccionaron áreas con grados bajo, medio, alto y muy alto de alteración en el uso de la tierra. De este modo, los científicos del Cena pueden comparar lo que sucede con un río en un tramo muy talado, en otro medianamente devastado y, por último, en un área de selva preservada.Lo ideal sería recoger muestras mensualmente, de enero a diciembre.

Esto permitiría un monitoreo prácticamente constante de las aguas en un régimen hídrico, minimizando así los efectos y los fenómenos estacionales. La misma concentración de un componente químico, por ejemplo, quiere decir una cosa durante el período de creciente y otra diferente en la época de sequía. Pero, como son necesarios 20 días de trabajo de campo para colectar muestras en los 14 puntos de la cuenca y los principales investigadores viven en el interior de São Paulo, lo que implica que existen miles de kilómetros de distancia, esta opción se volvió inviable.

“Entonces pensamos en otra alternativa”, comenta el biólogo Alex Krusche, del Cena. La solución encontrada consistió en estructurar un cronograma para cuatro años de trabajo, de 1999 a 2002: en el transcurso de ese período, los investigadores programaron 12 viajes a Rondônia, siempre en meses diferentes. De esta manera, obtendrán datos de un año hidrológico híbrido.Los datos de febrero, por ejemplo, se refieren a febrero de 2000, los de mayo se refieren a colectas de 1999 y los de diciembre, a 2001, etc. Ya se han realizado nueve viajes.

Cuando encuentran algún parámetro aparentemente alterado, como las altas tasas de condutividad en algunos tramos de la cuenca, surge la duda: ¿esos números reflejan realmente el cambio en la ocupación de suelo, el cambio de áreas de bosque por pastizales y ciudades o constituyen un fenómeno natural? Para responder esto es necesario primero conocer en detalle el área y saber cómo interactúan los componentes del sistema. En simultáneo a la colecta y al análisis de las muestras de agua, es imprescindible preparar una radiografía completa de la región.

Todo eso ya ha sido hecho. Produciendo datos nuevos y organizando informaciones antiguas, los científicos determinaron las características físicas de cada tramo – su geomorfología (depresiones, lagos, deltas, planicies, valles, etc.), el relieve (la altitud de cada tramo), la red de drenaje y la composición química de los suelos. Y contabilizaron las marcas dejadas por el hombre – mapearon el número de habitantes de las ciudades y el uso del suelo y de la cobertura vegetal. En general, los suelos del sistema Ji-Paraná son pobres, con pocos iones. Por tal motivo, se espera encontrar bajos niveles de conductividad eléctrica en las aguas. Cuando esto no sucede, como es el caso de algunos afluentes, alguna actividad humana puede estar por detrás de la anomalía. En Rondônia, el origen del exceso de iones parece estar asociado con los pastajes, no con la selva.

Otros parámetros
Más allá de medir la conductividad, se analiza la composición química de las aguas. Resultados preliminares muestran una correlación estadísticamente relevante entre el porcentaje de áreas de pastoreo de cada sector y la concentración en las aguas de cloruros, sulfatos, sodio, calcio, magnesio, carbono orgánico e inorgánico disuelto y dióxido de carbono. Se observó que el aumento de las áreas de pastaje hace crecer los niveles de estos compuestos, pero aún no se puede afirmar en qué proporción aumenta cada compuesto. También se produjo una constatación intrigante: los tenores de oxígeno en los ríos de Rondônia, aun los más impactados, se mantienen relativamente altossi se los comparan con los de ríos contaminados del interior paulista. “Todavía tenemos que estudiar y entender muchos procesos biogeoquímicos en la región”, comenta Reynaldo Victoria.

La principal meta consiste en saber cómo altera a la distribución de carbono y nutrientes en los ríos tropicales la sustitución de las áreas de bosques por pastizales y ciudades. Otra cuestión implica seguir de cerca el cambio en las señales emitidas por esas sustancias a medida que pasan de un sistema hídrico de microescala (pequeños ríos o riachos) a uno mediano (una cuenca como la del Ji-Paraná). Los estudios de microescala se efectúan en los ríos que cortan a la Hacienda Nova Vida, cerca de Ariquemes, en el noroeste del estado. Su área de influencia es alrededor de siete veces menor que la de la cuenca del Ji-Paraná. Allí los investigadores verificaron, como era de esperar, la existencia de isótopos diferentes de carbono en aguas que cortan áreas taladas para pastoreo y en tramos conservados de selva.

Al atravesar zonas dedicadas a la ganadería, el río revela el carbono de la composición isotópica característica de plantas de ciclo fotosintético C4, de gramíneas tropicales (pastajes). En sectores con bosque preservado, el carbono predominante proviene de las plantas con ciclo fotosintético C3, de árboles de selva. “Estamos intentando entender por qué la señal del carbono de las gramíneas desaparece en los tramos mixtos, en los cuales existe bosque cerca de los pastajes”, dice el investigador. En esos tramos, la influencia de las áreas de pastajes parece ser neutralizada por la proximidad de la selva nativa, pero no se sabe aún por qué esto sucede.

Una red del tamaño ideal
Los investigadores del Cena eligieron adrede la cuenca del Ji-Paraná para estudiar las alteraciones en los ciclos biológico, geológico y químico de los ríos amazónicos. En los años 80, Reynaldo Victoria participó de estudios similares en el canal principal del Amazonas y de sus afluentes que, en algunos tramos, como en los alrededores de Manaos, atraviesan áreas fuertemente modificadas por la acción humana. Los resultados rindieron cerca de cien artículos, pero no fueron conclusivos en la detección de las alteraciones en los ríos por la acción del hombre. La inmensidad del sistema hidrológico – un 20% del agua dulce del planeta pasa por el Amazonas – inhibía la percepción de señales de contaminación. La salida fue buscar una cuenca de tamaño medio en áreas taladas, en las cuales las consecuencias pudieran ser más fácilmente medidas en las aguas de los ríos.

Con más de 75 mil kilómetros cuadrados de extensión, la cuenca del Ji-Paraná tiene peculiaridades que la tornan ideal para el estudio en cuestión. Corta todo el estado, abarca 45 municipios y es habitada por 560 mil personas, dos tercios de las cuáles residen en la porción intermedia. El río nace en el sudeste de Rondônia, atraviesa la porción centro-oeste y termina en el nordeste. Según datos de 1999, casi el 30% del área de la cuenca se convirtió en pasto, el principal destino dado a los sectores de selva que fueron talados.

Los bosques tropicales ocupan poco más del 60% de la cuenca, y las áreas de rebrote, casi un 5%. Existe también un pequeño tramo de sabana (0,7%). El resto está ocupado por áreas urbanas (0,5%), suelo expuesto, cursos de agua y plantaciones. El eje de la ocupación urbana y agropecuaria de Rondônioa se formó en torno a la carretera BR 364, que corta al estado. “La cuenca del Ji-Paraná es didáctica”, dice Reynaldo Victória: “Exhibe todos los niveles de alteración del uso del suelo, desde el más bajo hasta el más alto”.

EL PROYECTO
Alteraciones en la Dinámica de la Materia Orgánica en Ríos de Micro y Mesoescala del Estado de Rondônia en Función de los Cambios en el Uso de la Tierra
Modalidad
Proyecto temático
Coordinador
Reynaldo Victoria – Cena/USP
Inversión
R$ 565.456,97 y US$ 427.226,95

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