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Memoria

Rumbo a los cielos de las ciudades

Hace 150 años se creaba el guinche de seguridad para ascensores

Sin este instrumento, el mundo en la mayoría de las grandes ciudades seríacompletamente diferente. Los edificios no excederían algunos pocos pisos y la concentración de gente en los centros comerciales sería más limitada. Ciertamente, los horizontes estarían menos contaminados, pero la expansión y el desarrollo urbano tendrían otra cara. La invención del ascensor propiamente dicha se perdió en el tiempo. Es sabido que desde la Antigüedad se utilizaban elevadores de carga con tracción animal y humana, posteriormente sustituida por las máquinas de vapor. Pero no había seguridad – las cuerdas se soltaban o se cortaban – y los accidentes solían ser frecuentes.

En 1852, el inventor y comerciante norteamericano Elisha Graves Otis (1811-1861) creó un mecanismo de izado inédito: un dispositivo con lengüeta automática que sujetaba a la plataforma de elevación en su lugar, en caso de que el cable que la sostenía se cortara. Su invento era tan eficaz que Otis recibió tres pedidos de fabricantes para la provisión de los “guinches de seguridad”, que Otis adaptó rápidamente a los ascensores. Al año siguiente, Otis abrió una pequeña fábrica para él mismo transformarse proveedor de los elevadores de seguridad, pero como el nuevo mecanismo y su utilidad eran poco conocidos aún, las ventas no tuvieron éxito.

Otis, un inventor experimentado, con un sentido del marketing aguzado, decidió construir un ascensor para presentarlo en la feria del American Institute, erigida en el Crystal Palace, Nueva York, en 1854. Sobre una plataforma elevada a 10 metros del suelo por una cuerda, Otis explicaba cómo funcionaba el dispositivo ante una platea que observaba la demostración. De repente, la cuerda de apoyo del ascensor fue cortada – pero la plataforma permaneció en el mismo lugar en lugar caerse, como era de esperar.

Los espectadores miraban maravillados, mientras que Otis mecía su calera y decía: “Segurísimo, señores, segurísimo”. A partir de entonces, Otis empezó a vender ascensores por 300 dólares por unidad. En 1857, instaló el primer elevador de pasajeros del mundo en E.V. Haughwout and Co., una tienda de porcelanas y cristales de cinco pisos ubicada en Nueva York. Se abría así el camino rumbo a los cielos de las ciudades.

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