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Historia

Los 50 años del CNPq

Un libro rescata una parte importante de la historia de la C&T en Brasil, con base en los relatos de los 20 presidentes del Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico entre 1951 y 2001

Si no fuera por el papel decisivo de la ciencia y la tecnología en la definición de la Segunda Guerra Mundial -que tuvo su punto culminante con la explosión de la bomba atómica- el entonces presidente de Brasil, Getúlio Vargas, y las elites del país difícilmente se habrían convencido acerca de la necesidad de crear el Consejo Nacional de Investigación, actual Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (CNPq). En aquella época, la política de modernización del país concebida por Vargas se basaba en la sustitución de importaciones y prescindía de la investigación científica y tecnológica, de la cual se ocupaba un selecto y pequeño grupo de científicos, concentrado en São Paulo y Río de Janeiro.

Actualmente, Brasil tiene 11.700 grupos de investigación dispersos por todo el país, integrados por 48.781 investigadores, trabajando en 41.539 líneas de investigación en las diversas áreas del conocimiento. En 1951, año de la creación del CNPq, ése sería un cuadro impensable, incluso para los más optimistas. Una parte de la historia de este salto tecnológico y de la consolidación de la investigación en el país puede encontrarse en el libro 50 Anos de CNPq – Contados por pelos seus Presidentes (50 Años de CNPq – Contados por sus Presidentes), editado por iniciativa de la FAPESP, con fecha prevista de presentación en septiembre. La organización del trabajo es de Shozo Motoyama, profesor del Departamento de Historia de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la Universidad de São Paulo (USP).

El libro tiene como personajes centrales a los 20 presidentes del Consejo, entre 1951 y 2001. A lo largo de 717 páginas, éstos hablan sobre su formación, su carrera profesional, sus acciones, sus dificultades y sus éxitos en el comando del CNPq. Motoyama y su equipo, formado por tres investigadores del Centro Interunidades de Historia de la Ciencia de la USP -Edson Manoel Simões, Marilda Nagamini y Renato Teixeira Vargas- lograron entrevistar a 15 de ellos, en diversas situaciones y lugares, reuniendo centenas de horas de grabación que, una vez editadas, le dieron forma al libro. Cinco de estas personalidades ya habían fallecido, por eso equipo recurrió a los Anales del Consejo Nacional de Investigación de 1951 a 1974 para rescatar sus relatos.

“Los Anales constituyen un repertorio inestimable para el conocimiento histórico, pues se trata de la reproducción integral de las sesiones del Consejo Deliberativo, órgano máximo de la agremiación, durante sus primeros veintitantos años”, explica Motoyama. De esos documentos fueron seleccionadas informaciones -sin hacer ningún tipo de alteración en el texto, subraya Motoyama- que ayudaron a componer el perfil profesional de cada uno de ellos y su visión sobre cuestiones institucionales.

El rescate de la memoria
Más allá de esos relatos, el equipo de Motoyama reunió “la mayor cantidad posible de documentos sobre el CNPq”, evaluó informaciones que permitieron trazar los contornos de las políticas científica y tecnológica implementadas en el período y estudió los diversos planes de desarrollo del país adoptados por los diversos gobiernos. El resultado es que el libro50 Anos de CNPq , además de ser registro, o el banco oral de informaciones históricas sobre el órgano, efectúa un análisis consistente de la evolución de la investigación científica y tecnológica en Brasil en el último medio siglo.

Motoyama comenta que siempre estuvo preocupado con el rescate de la memoria de la ciencia y la tecnología en Brasil. La idea de escribir un libro sobre el CNPq, utilizando el método de la memoria oral, surgió en 1981, cuando era miembro de la Consultoría Científica del Consejo. “En esa época, hice entrevistas con ex presidentes, con científicos y con el personal, y la intención era hacer una edición conmemorativa de los 30 años de la entidad”, revela. Pero Motoyama esperó otros 20 años hasta que la FAPESP apoyase el proyecto, concluido en un año.

“Compensaciones específicas”
El libro tiene pasajes muy interesantes, como uno en el que el almirante Álvaro Alberto relata su participación, en 1946, en la Comisión de Energía Atómica de la Organización de las Naciones Unidas, nominado por el presidente Eurico Gaspar Dutra. El objetivo del encuentro era discutir mecanismos de control de la energía nuclear y la propuesta era la expropiación universal de todas las minas de uranio y torio en favor de un futuro órgano internacional de control. La comisión brasileña cuestionó ese punto, defendiendo la nacionalización de los minerales y “compensaciones específicas”, es decir, que el material atómico solamente sería cedido a cambio del acceso a la tecnología nuclear.

No obstante, Álvaro Alberto, en su relato, cuenta que Brasil presentó una enmienda victoriosa, que garantizaba que ningún país fuese obligado a aceptar tal expropiación. Convencido de que la defensa de los minerales atómicos dependía fundamentalmente de la capacitación técnica y científica del país, el almirante pasó a defender vehementemente la fundación “inmediata” del CNPq, cuya tarea inicial sería la de “desarrollar la mentalidad atómica en Brasil, intensificar la formación de tecnólogos y científicos, traer hombres de ciencia extranjeros para enseñarnos y enviar a los brasileños a aprender en los grandes centros de investigación de los países amigos”. La propuesta de creación de la entidad tuvo una cálida acogida en el Congreso y la “Ley Áurea de la investigación”, en las palabras del almirante (nota de la traducción – Ley Áurea: la ley que abolió la esclavitud en Brasil, el 13 de mayo de 1888), fue aprobada en 15 de enero de 1951, en los últimos días del gobierno Dutra.

A propósito, el mismo episodio del torio marcó el primer conflicto del CNPq con el Estado: Vargas no titubeó en vaciar sus funciones cuando la agencia se manifestó contraria a la exportación de esos minerales a Estados Unidos a cambio de un empréstito de 500 millones de dólares. Pese a todo, mientras Vargas estuvo en el poder, Álvaro Alberto persistió en su esfuerzo de garantizar el desarrollo autónomo de la energía atómica en el país, hasta el momento que, con el suicidio del presidente y la llegada de Café Filho a la presidencia de la República, su situación se volvió insostenible y fue sustituido por José Alberto Baptista Pereira.

La ciencia y la tecnología también ganaron impulso durante el régimen militar, principalmente durante los períodos en los que estuvieron en el gobierno el mariscal Costa e Silva y el general Ernesto Geisel. Costa e Silva, por ejemplo, creó el Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (FNDCT) en 1969, para financiar proyectos de prioridad, y organizó la Financiadora de Estudios y Proyectos (Finep), en 1967. En este mismo período, el CNPq recibió recursos, no solamente del presupuesto federal, sino que también tuvo acceso a créditos del Banco Interamericano de Desarrollo, del Banco Mundial y mediante acuerdos de cooperación internacional, como el MEC-Usaid.

Geisel, entretanto, fue responsable por la aproximación de la política industrial y la de Ciencia y Tecnología. En las palabras de José Dion de Melo Teles, que presidió la entidad entre 1975 y 1979, el modelo de actuación del Consejo estaba organizado “con el objetivo fundamental de aumentar la superficie de contacto del CNPq con la comunidad productora de conocimiento científico y tecnológico, y utilizar ese conocimiento, no solamente el de origen académico, en pro del desarrollo del país.”Las cosas empeoraron tanto durante el gobierno de Fernando Collor de Mello que Marcos Luiz dos Mares Guia, que presidió la entidad entre 1991 y 1993, atribuye a la presión crónica producto de la falta de dinero, y al compromiso de tener que dar cuenta de ello, el hecho de haber sido en esa época acometido por una úlcera.

En los últimos años, la Ciencia y Tecnología pasaron a formar parte de la agenda política de la nación. En la visión de Esper Cavalheiro, actual presidente del CNPq, el gran desafío del organismo es ahora recuperar su rol de fomentador del desarrollo científico y tecnológico y destinar fondos para que los investigadores puedan llevar a cabo sus investigaciones.

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