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Antropología

Una Sheherazada al contrario

La investigadora Betty Mindlin, distinguida con el premio Érico Vannucci de 2002, desde hace años recoge mitos indígenas y los transcribe en forma de libros

Para escaparle a la muerte, la princesa Sheherazada le contaba todas las noches historias maravillosas al sultán. Hizo eso durante 1001 noches, y por el poder de su palabra y su inventividad, logró salvar su bello cuello. “Soy una Sheherazada al contrario, pues al escuchar las historias de los indios y escribirlas, estoy ayudando a preservar su cultura, para ellos y también para que nosotros podamos darnos cuenta de cuánto de nuestra identidad está ligada a la de ellos”, dice la investigadora Betty Mindlin, una estudiosa de la cultura indígena, que acaba de recibir, como reconocimiento por su intenso trabajo de registro y análisis de esa cultura, el Premio Érico Vannucci Mendes de 2002, que le fue entregado el mes pasado durante la 54ª Reunión Anual de la Sociedad Brasileña para el Progreso de la Ciencia (SBPC).

Ese galardón es un homenaje a una larga carrera, que incluye 37 artículos y diversos libros, incluidas las deliciosas obras que reúnen algunos de los mitos indígenas que recogió a lo largo de una extensa convivencia con nativos Suruí y Gavião-Icolen, que habitan el estado de Rondônia, entre otros. “Escucho los mitos que ellos me cuentan como quien lee un romance de Dostoyevski, y creo que sería necesario un Guimarães Rosa para poner en el papel, en forma de libro, todas las historias que a ellos les encanta narrar durante horas, ante aquéllos que se interesen”, cuenta Betty.

“Pero no me considero de ninguna manera la autora de los libros. El mérito es todo de los indios, y ya estoy curiosa por saber cómo voy contarles a ellos que gané un premio, que es también de ellos”, añade la investigadora. Los libros son O Primeiro Homem (publicación de Cosac&Naif, sobre las historias que narran la cosmogonía indígena), Couro dos Espíritos (hecho a pedido de los Gavião-Icolen, que, según afirma Betty, “estaban celosos, porque yo solo hablaba de los Suruí”), Terra Grávida (que cuenta el origen de los elementos naturales) y Moqueca de Maridos (el más picante, pues cuenta las historias sobre el amor indígena y la eterna rivalidad entre hombres y mujeres). Por cada uno de ellos, los narradores tienen derechos de autor.

Chamanes
“Pese a que yo me aproximé a ellos a causa de una investigación acerca de cómo se daba su participación económica en el mercado brasileño, acabé enamorándome de esa mezcla de vertiente mágica y vena literaria de sus mitos”, dice la investigadora. Betty cuenta que, con la llegada de los atractivos del progreso, los indios fueron perdiendo el interés por escuchar a los más viejos, e incluso la autoridad de chamán (pajé) va poco a poco siendo corroída. “De entrada, cuando empecé a querer escuchar sus historias, noté que los ancianos se mostraban felices por haber encontrado a alguien que se interesase en aquello que ellos tenían para contar, pues saben acerca de la importancia de preservar esas tradiciones”, explica.

Debido a que no sabía bien la lengua de los indios, Betty necesitó al principio del proyecto del auxilio de nativos que le contaban las historias en portugués (en general, antiguos esclavos de la región, trabajadores de la extracción del látex de las siringas). A partir de 1979, la investigadora empezó trabajar con los Suruí durante cinco años, en siete viajes, que contaron el apoyo de la FAPESP.

Betty se involucró rápidamente en la lucha por la demarcación de tierras indígenas, y actualmente es una defensora de la escuela y de la educación de los profesores indígenas, vistas como formas para integrar a los indios a la sociedad, sin por ello dejar de mantener toda la riqueza de su identidad como minoría. “Me siento feliz al saber que los libros en los que reuní sus mitos ahora son utilizados en su escuelas, y ellos se enorgullecen cada vez más de sus tradiciones”, dice. “Existe un miedo creciente de que su lengua se pierda, por tal motivo es importante que ellos se redescubran como indios y recuperen esa tradición oral.”

Pese a la admiración por los indios, Betty prefiere verlos con sus defectos y cualidades, evitando la trampa fácil de lo políticamente correcto, que sustituyó de manera igualmente inadecuada al desprecio del pasado. “Al escuchar sus mitos ahora escritos, ellos se deparan también con su lado terrible: el infanticidio y otros rituales. Esto constituye un nuevo dilema para los indios, y una fuente para la discusión sobre su presente y su futuro. Pero, por encima de todo, es una forma concreta de construcción de una autoestima de manera adecuada y equilibrada.”

Libertad
Todo parece funcionar a la perfección. Si en 1977 los Gavião-Icolen no eran más que escasas 143 personas, cerca de la extinción (en gran medida a causa del contacto predatorio con los seringueiros, los trabajadores del látex), actualmente son 408, en un área demarcada de 148 mil hectáreas, que cuenta con un centro de salud y una escuela con profesores indígenas. También está disminuyendo poco a poco el peso de la influencia de los misioneros de la región, que por poco no destronaron definitivamente a los pajés o chamanes, encargados de mantener las antiguas tradiciones de la tribu.

Esto se debe al trabajo de concientización de su riqueza cultural pasada. Entre los varios temas abordados por los mitos, existen explicaciones sobre el origen del mundo y de las personas, formas y reglas para entender y vivir en este mundo, maneras de comportarse y también mucho sobre sexo y amor. “La libertad para un pueblo que vive desnudo es todo. No hay censura y la imaginación es libre. De allí la existencia de cuentos en los cuales las partes del cuerpo tienen vida propia y cosas por el estilo”, dice Betty. “Pero es mejor no ‘cerebralizar’ a los mitos, como hicieron los estructuralistas, pues éstos constituyen un espacio único para la recreación, para hacer que la imaginación ande suelta”, subraya la investigadora. Pero aún no se puede hablar de ficción indígena.

“Para ellos, las historias tiene valor de verdad. Sin embargo, creo que ellos van camino hacia una futura creación literaria, que reuniría a ambos mundos”, observa Betty. Fuera de las aldeas, algunos “hombres blancos” ya habían descubierto el potencial creativo que se esconde atrás de esas sabrosas historias en torno a la hoguera, recuerda la investigadora. Se ubican allí los grandes libros de Mário de Andrade, Raul Bopp y Darcy Ribeiro, que nos muestran la notable riqueza del imaginario indígena como fuente de inspiración ficcional.

“El entender y conocer mejor esta creación de los indios abre nuestro espectro de entendimiento sobre las relaciones humanas y los afectos. Ellos no son criaturas perfectas, como pregonaba Rousseau, y tienen también un lado oscuro en ellos. No son mejores o peores que nosotros, y pensar lo contrario es de una ingenuidad peligrosa”, advierte Betty. Dialécticamente, ellos no se interesan tanto por nosotros. “Les contamos algunos mitos griegos a los indios y ellos los consideraron curiosos, pero no se entusiasmaron mucho, pues como son muy volcados a su comunidad, siempre vuelven a su propio contenido, a su mundo”, subraya la investigadora.

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