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Opinión

El negocio de los remedios

Los nuevos productos deben surgir de la unión de rucursos públicos y privados

La industria farmacéutica mundial siempre vivió en medio al dilema de innovar o morir. Para la industria brasileña esa cuestión es nueva, pero no menos crucial. Las multinacionales farmacéuticas viven bajo la presión de la expiración de las patentes, agravada por el crecimiento de los genéricos y la necesidad de terapias innovadoras que requieren remedios más eficientes y menos tóxicos.

El punto de partida de las innovaciones farmacéuticas es el reconocimiento de los objetivos de la acción terapéutica, ya sean éstos las enzimas o los receptores implicados en las enfermedades cardiovasculares, nerviosas, tumorales, infecciosas, etc. Las informaciones del genoma humano y de los microorganismos patogénicos ampliaron considerablemente el número de objetivos. De los más de 30 mil genes que integran el genoma humano, por lo menos mil están implicados en alguna enfermedad.

Y estos, a su vez, dependen de otros cinco o diez genes para el desarrollo de una patología, elevando a 5 mil ó 10 mil los posibles blancos de acción de las nuevas drogas. Para llegar a estos objetivos, uno de los abordajes más utilizados es el de la química combinatoria, que produce de manera aleatoria millones de moléculas candidatas a transformarse en las más eficaces drogas, capaces de interactuar con los blancos de las enfermedades sin producir efectos colaterales. Se busca acertar en el objetivo sin tanta necesidad de puntería.

Un paralelo puede establecerse también entre el abordaje genómico y la química combinatoria en el combate a las enfermedades: ambas generan miles o millones de informaciones químicas que deben seleccionarse para identificar el blanco de la enfermedad y la droga capaz de alcanzarlo, respectivamente. Ambos procesos, pese a sus diferentes méritos y a que producen informaciones útiles, tienen un elevado costo y poco éxito en el corto plazo.

La cuestión fundamental es cómo transformar información en conocimiento y cantidad en calidad. Una vez pasado el entusiasmo con los avances que permitieron la revelación de genomas que van desde los de microorganismos hasta el genoma humano, la conclusión a la cual llegó el vicepresidente de Aventis Pharma, Gunther Wess, sugiere que el proceso innovador farmacéutico está más que nunca en las manos del conocimiento generado por la ciencia que investiga la fisiopatología de los organismos, los sistemas y los mecanismos celulares y moleculares.

La farmacología brasileña siempre estuvo más ligada al conocimiento de la acción de las drogas, muchas de éstas extraídas de nuestra riquísima fauna e flora. Por tal motivo, nuestra opción más segura y económicamente viable para el aprovechamiento de las innovaciones farmacéuticas es utilizar los productos de nuestra biodiversidad de interés médico y terapéutico. El conocimiento que acumulamos indica que no necesitamos buscar nuevos remedios en las profundidades de los bosques brasileños como se busca oro en la profundidad de las minas. Este proceso es caro y lerdo, y no estaríamos haciendo la opción más inteligente en el corto plazo. Existe mucho oro en el conocimiento extensamente elaborado por los investigadores brasileños.

En tanto, ni los investigadores, ni mucho menos nuestra industria saben cómo transformar en riqueza dicho conocimiento. Para juntar las dos puntas que en las multinacionales están dentro de sus propios muros, el Centro de Toxinología Aplicada (Cepid-FAPESP) está reuniendo recursos públicos y privados para posibilitar la generación de productos con base en las innovaciones farmacéuticas procedentes de nuestras flora y fauna. Un buen comienzo, que ya se está haciendo efectivo por parte de la FAPESP, un consorcio de tres industrias farmacéuticas brasileñas, el Instituto Uniemp (Universidad-Empresa) e instituciones públicas, como el Instituto Butantan y el Ipen, por ejemplo. La participación de otros órganos de los gobiernos federal y estadual, y de industrias farmacéuticas brasileñas en este esfuerzo será decisiva para capacitarnos en la explotación de esa riqueza con tan obvios beneficios sociales y económicos.

Antonio C. M. Camargo, médico, profesor titular de Farmacología de la USP y director del Centro de Toxinología Aplicada (Cepid-FAPESP)

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