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Ciencia

La presión de la vida moderna

La urbanización va en detrimento de la salud de los habitantes del interior de la región amazónica

Pese al aumento del confort, las consecuencias del ingreso a la vida moderna – con sus alimentos listos, la televisión, el teléfono y la lavadora de ropas – no son nada buenas para la salud. Hilton Pereira da Silva, médico y antropólogo del Museo Nacional, dependiente de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), encontró elevados índices de hipertensión arterial en la población de tres comunidades rurales del estado de Pará, que gradualmente fueron abandonado la vida extractiva y empezaron a utilizar bienes de consumo típicamente urbanos.

En esas poblaciones del interior de la selva amazónica, que el investigador del estado de Pará estudia desde 1996, la tasa de hipertensión es actualmente equivalente a la verificada en los habitantes de ciudades de mediano y gran porte, y más frecuente en las mujeres que en los hombres, al contrario de lo que sucede en los centros urbanos. En promedio, y con base en una muestra de 348 adultos, un 25% de las mujeres y un 20% de los hombres presentan presión alta, un factor de riesgo de infarto y derrames cerebrales. En la población adulta urbana, los índices de hipertensión van del 22% al 44%, dependiendo de los grupos étnicos y sociales, y este problema acomete más a los hombres, a veces hasta dos veces más que a las mujeres. Aracampina, la mayor comunidad estudiada, situada en la isla de Ituqui, a orillas del río Amazonas, tiene cerca de 600 habitantes.

Eran 460 hace siete años, cuando Hilton Silva llegó allí por primera vez, y notó que la vida estaba cambiando rápidamente – como consecuencia de la proximidad de Santarém, ubicada a cuatro horas en barco. “Cuando se produce la transición al estilo de vida moderno y urbano, el primer cambio se nota en la dieta”, dice Silva. “Aumenta el consumo de sal, de enlatados y de comida industrializada, llena de aditivos químicos.”Las primeras veces que estuvo en el poblado, el investigador notó que los lugareños pescaban intensamente. Completaban su alimentación con harina de mandioca, frutas, fríjol y maíz. “Hoy en día, sus habitantes dejaron esa vida extractiva, trabajan en la pesca industrial, para las madereras o en haciendas, y compran carne en conserva, azúcar, café y galletas”, describe. “Los cambios en la dieta y en los hábitos de vida están ocasionando un cambio gradual en la fisiología del organismo, que deriva en hipertensión.”

Aún no hay agua corriente en Aracampina, pero los pobladores ya tienen luz eléctrica, gracias al generador de gasoil, cocina de gas, televisión conectada a la batería del automóvil y teléfono, que funciona por medio de ondas de radio. Con consecuencia de ello, ha habido una reducción de la actividad física, que ayuda a equilibrar la presión arterial. “Debido a que ahora tienen acceso a la cocina a gas, no cortan más leña en el bosque”, ejemplifica Hilton Silva. “Y usan pañales descartables, lo que también disminuye el trabajo de las mujeres”. Pero surgen otras fuentes deestrés, como la necesidad de ganar más dinero para comprar comida, relojes, bicicletas y equipos de audio.

El resultado de ello es que en Aracampina un 44% de las mujeres y un 20% de los hombres tienen presión alta. “Aparentemente”, dice Silva, “la fisiología de las mujeres está respondiendo más rápidamente que la de los hombres a los cambios culturales”. Otro problema detectado, y aún no totalmente cuantificado, es el aumento del número de caries, la pérdida de dientes y la de obesidad. En la misma isla, la comunidad de Santana, de unos 550 habitantes, experimenta un proceso de urbanización similar, pero el detrimento de la salud es menor: un 20% de las mujeres y 17% de los hombres tienen hipertensión, “quizá sea porque sus habitantes ya estén adaptados a los cambios”, piensa el investigador. El análisis de los datos fue llevado a cabo juntamente con los antropólogos Gary James, de la Universidad del Estado de Nueva York, y Douglas Crews, de la Universidad del Estado de Ohio, ambas de Estados Unidos, y será en breve publicado en el American Journal of Physical Anthropology.

La tercera comunidad estudiada es menor todavía. Está formada por alrededor de 200 individuos, que viven dispersos en la Floresta Nacional de Caxiuanã, a orillas del río Anapu, en casas separadas unas de otras por distancias que varían entre los 500 metros y los 20 kilómetros. La luz eléctrica, la televisión y el teléfono son cosas de las que solamente han oído hablar. De los tres grupos, éste es el más aislado: se llega a él tras dos días de viaje en barco, saliendo de Belém.

Los habitantes de Caxiuanã aún son extractores y se alimentan fundamentalmente de la caza y de la mandioca, el maíz y el fríjol cultivados. Pero sucede lo mismo: por motivos que aún están investigándose, el 11% de las mujeres y 22% de los hombres tienen hipertensión. Son índices elevados, si se los compara con los de grupos tradicionales indígenas de la región amazónica o de otras partes del mundo, en las cuales dicho porcentaje es cercano a cero.

Prevención
Hilton Silva estuvo en Aracampina, Santana y Caxiuanã en diciembre pasado, para anunciar los resultados a los que llegó y planificar junto con los líderes de las comunidades y los docentes la manera de motivar a la población a cuidar mejor su salud en general. “No podemos negarles el derecho de poseer bienes de consumo, pero debemos mostrarles los beneficios y los riesgos de los cambios de estilo de vida.”

El propio Homo sapiens vivió una situación similar hace alrededor de 10 mil años, al dejar de ser nómade y cazador para radicarse en un territorio y desarrollar la agricultura. Fue un hito: inicialmente, nuestros ancestros perdieron masa muscular, empezaron a tener caries y a morirse más jóvenes, pese a que aumentó la tasa de fertilidad y se redujo la mortalidad infantil. “La cantidad de alimento aumentó, pero su variedad disminuyó, lo que generó un déficit de proteínas”, dice Silva. También en aquella época hubo una elección entre comer poco y bien o comer mucho y no tan bien.

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