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Historia

Una tesis analiza la sexualidad y el afecto en los estratos populares de Pompeya

Visión de Pompeya: en pocas horas murieron millones

ROGER VIOLLETVisión de Pompeya: en pocas horas murieron millonesROGER VIOLLET

“Los amantes, como las abejas, una vida dulce buscan. ¡Ojalá fuese así!”
– Frase de un mural de Pompeya, tema de una tesis reciente

Las obras de arte y otros objetos de fuerte connotación sexual encontrados en profusión en las excavaciones de Pompeya, ciudad anexada al Imperio Romano en 80 a.C. y destruida por el volcán Vesubio en 79 d.C., imprimieron una marca indeleble al amor vivido por hombres y mujeres de la localidad en aquel tiempo: las relaciones entre ellos habrían sido furtivas y fugaces, y los rasgos licenciosos y la lascivia habrían impregnado los encuentros. Pero, poco a poco, los investigadores modernos están intentando probar que ésa es una visión distorsionada, y que fue construida con la ayuda de la aristocracia de la época, que, en su obra literaria, insistió en caracterizar al pueblo como pervertido e inmoral.

La investigadora Lourdes Madalena Gazarini Conde Feitosa brindó su contribución para reescribir la historia de amor de esa población dominada por el Imperio Romano con su tesis doctoral, realizada en la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp) con beca de la FAPESP. En ella, Lourdes estudió la sexualidad y el afecto entre el estrato popular pompeyano desde una perspectiva de género –el análisis que parte de las identidades sociales asociadas a las diferencias entre los sexos. Su principal fuente, junto a las historiográficas y las obras literarias, fueron las inscripciones halladas en los sitios arqueológicos del lugar, centenas de éstas hechas por hombres y mujeres que expresaban en los muros y en las paredes de la ciudad sus alegrías y sus dolores de amor; decepciones, celos e intentos de reconciliación. Es decir: situaciones y sentimientos iguales a los de hoy en día.
El estrato popular de Pompeya – un centro comercial del Imperio Romano, que tenía incluso un puerto – estaba formada por hijos de la ciudad o peregrinos, trabajadores libres, esclavos y libertados. Hombres y mujeres compartían el mismo espacio de trabajo, que muchas veces era también su casa. Innumerables oficios y asociaciones profesionales son mencionados en los muros: eran pequeños propietarios de tabernas, talleres y panaderías, profesores, sastres, vendedores de ropas y de joyas, que se organizaban en diversas asociaciones, como las de los vendedores de frutas, los cocheros, los taberneros, etc. Y también compartían los momentos de recreación.

Las parejas de Pompeya interactuaban. Lo masculino, lejos del sentido de autoridad y poder, se construyó en conformidad con lo femenino. La ciudad, un museo al aire libre, guarda innumerables evidencias materiales de la participación femenina en la dinámica social y económica pompeyana. Hay muchos registros de mujeres que piden que voten a sus candidatos, por ejemplo. De los aproximadamente 2.500 carteles encontrados, tan solo 750 tienen el nombre de la persona a la que se está apoyando, y entre éstos 52 son firmados por mujeres, en un universo de 10 mil habitantes. Existe consenso entre los historiadores en el sentido de que ese período de la historia fue de emancipación social y sexual para las mujeres romanas, principalmente las aristócratas.

En ese universo de igualdad (sin olvidar que Pompeya era una colonia subyugada por el Imperio Romano), la gente común utilizaba los muros y las paredes para registrar los hechos de su cotidiano: anuncios, recados, insultos, sátiras de políticos, declaraciones y rencillas amorosas. Tales inscripciones pasaron a ser conocidas como grafitis, pues sus autores usaban un instrumento llamado graphium para escribirlas. Elaborado con metal, esta herramienta tenía una punta dura que permitía agredir y marcar la pared, formando surcos. Los grafitis estaban por todas partes: edificios públicos, tabernas, lugares de trabajo y viviendas. Fueron catalogados hasta ahora 10.913 grafitis, pero el volumen es mucho mayor. Se calcula que falta todavía un tercio de la ciudad por ser descubierto, pese a que las primeras excavaciones en la zona se concretaron a comienzos del siglo XVII.

Con estas inscripciones es posible delinear el engranaje y la dinámica de esa fracción de la sociedad menos favorecida de Pompeya. Muchas de éstas corresponden a escritos amorosos, acuñados por hombres y mujeres. La mayoría hace rápidas menciones, como ésta, encontrada en una de las puertas de entrada de la región: “Marcos ama a Espedusa”. O ésta otra, en una taberna: “Marcelo ama a Prenestina y no es correspondido”. Había frases más complejas, como una que fue encontrada en una sala de recepción, en la calle Inminente: “¡Viva aquél que ama, muera aquél que no sabe amar! ¡Dos veces muera aquél que prohíbe el amor!”. O también ésta, fuerte candidata a convertirse en dicho: “Todo aquél que ama no debe bañarse en fuentes calientes, pues nadie que está escaldado puede amar las llamas”. Las paredes también registraron que las mujeres tomaban la iniciativa en el terreno amoroso. “Te ruego. Deseo tu dulce vino y lo deseo mucho. Colpurnia te dice. Saludos” o “¡No vendo a mi hombre a ningún precio!” Algunos grafitis no dejan duda acerca de que muchas relaciones afectivas eran sólidas y duraderas (“Según como Primigenia, en común acuerdo” o “Balbo y Fortunata, los dos en común”).

Otro aspecto significativo en los escritos de Pompeya es la presencia de Venus, la diosa del amor. Era la protectora de la colonia, nombrada a la época de la anexión por parte del Imperio Romano de la Colonia Cornelia Veneria Pompeiorum. La diosa está presente en muchos escritos (“Si hay alguien que no ha visto a la Venus que pintó Apeles, que vea a mi muchacha: ¡es tan bonita como ella!)”. Es posible entonces concluir que Venus se convirtió en una figura accesible, íntima para el pueblo pompeyano; cómplice de las historias de amor vividas por los habitantes de la ciudad.

El amor impreso en las paredes es inmanente a la vida, tal como comer y dormir, analiza Lourdes. Y de ese sentimiento también forma parte la unión sexual y sus prácticas de satisfacción. El sexo en Pompeya no era más o menos importante que en las otras localidades. “Las inscripciones insisten en escaparle al chaleco de fuerza de la inactividad y la apatía social, de los prejuicios y el oscurantismo con los cuales todavía hoy es abordada la cuestión de la sexualidad y de la actuación social de esa porción significativa de la población romana”, dice Lourdes.

En Pompeya el sexo estaba expuesto en las paredes, en las obras de arte, en los objetos. La representación del falo, por ejemplo, era frecuente. Funcionaba como un símbolo, que tenía dos funciones principales, según apuestan los historiadores: protegía contra el mal de ojo, daba suerte y brindaba protección, por estar ligado a la fertilidad y a la vida. El Museo Arqueológico de Nápoles conserva ejemplos de éste en diversas situaciones, como en palos de antorchas, en escudos de comercios, sellos y fuentes. Todo el material encontrado fue guardado en el Gabinete de Objetos Obscenos, creado en 1819, en donde únicamente era permitido el ingreso de personas de “conocida moral”. Recién en 1860 se logró catalogar todo el repertorio y alterar su nombre por el de Colección Pornográfica, denominación utilizada hasta hoy. Este acervo recién fue abierto al público en 2000, bajo vehementes protestas del Vaticano. “Existe una nueva forma de estudiar las referencias del pasado con connotaciones sexuales, pero ésta es aún algo muy reciente”, comenta Lourdes. El gran desafío de los investigadores contemporáneos consiste en analizar ese material a sabiendas de que se encuentra distante temporal y culturalmente de los valores en los que se originó.

Terremoto
Los grafitis encontrados en Pompeya fueron escritos durante los últimos 20 años de la ciudad. Muchas inscripciones fueron destruidas en el año 62 d.C., cuando la región sufrió un fuerte temblor sísmico. Además, de acuerdo con el relato de historiadores, se debe tener en cuenta la existencia de la limpieza de las áreas de publicidad y la interferencia climática.

Las inscripciones también muestran que la mayoría de la población pompeyana era alfabetizada. El lenguaje impreso en las paredes era una mezcla de latín, la lengua oficial del Imperio Romano, con el nativo osco. El pueblo creó un lenguaje propio: el latín popular. La reminiscencias de la escritura y la sintaxis osca fueron adaptadas a la lengua latina, generando alteraciones fonéticas y de ortografía, y yuxtaposiciones en muchas palabras. Su disposición en la frase, presuntamente, también se acercó a la manifestación espontánea del habla cotidiano. Ese lenguaje propio, cuya gran fuente de investigación son los grafitis, revela que la población más pobre aceptaba y negaba al mismo tiempo las condiciones de explotación material y espiritual a las que estaba sometida.

Los escritos populares muestran que existía una difusión de la cultura literaria por fuera de las elites. En ellos es posible verificar la influencia literaria épica, elegíaca y dramática romana, griega y helenística en las representaciones del sentimiento afectivo. Citas de autores como Homero, Virgilio y Tiburtino Catulo, Lucrecio y Propercio, entre otros, están presentes. No se sabe cómo éstos llegaron al pueblo: la gente puede haberlos conocidos en la escuela, en el contacto con los inmigrantes, en el comercio, en la prestación del servicio militar o incluso en las representaciones teatrales de los circulatores, personas que promovían entretenimientos itinerantes.

Gas venenoso
La actual ciudad de Pompeya, ubicada en la región italiana de Campania, es un centro urbano que se organizó a partir de las excavaciones arqueológicas del siglo XVIII. Actualmente conocida en todo el mundo, no fue tan notoria en la Antigüedad. Hasta su redescubrimiento, las informaciones sobre ella eran muy escasas. Pompeya –así como Herculano, Estabia y Oplontis– fue sepultada por la erupción del Vesubio ocurrida la noche del 24 al 25 de agosto de 79 d.C. En pocas horas, lavas, cenizas y gases venenosos mataron a centenas de personas. La descripción de esos momentos está presente en las cartas de Tácito, quien recogió el relato de Plinio el Joven, quien presenció la catástrofe cuando fue a visitar a su tío, Plinio el Viejo, una de las víctimas del gas venenoso.

Tras el descubrimiento de Pompeya y Herculano, las dos mayores ciudades de las cuatro mencionadas, la región pasó a ser propiedad del reino de Nápoles, bajo la dinastía Borbón. Solamente en 1811 las tierras se convirtieron en propiedad pública. “A partir de ese siglo, las excavaciones empezaron a hacerse más intensas. Los trabajos en la región han suscitado innumerables problemas de índole política, económica y de manejo de las evidencias”, comenta la historiadora. Como el interés central de los investigadores del siglo XIX era el arte y la arquitectura pompeyana, muchos artefactos se perdieron, se dispersaron o fueron destruidos.

La cantidad y la diversidad de objetos forman un conjunto raro de fuentes, que constituyen un valioso instrumento para el estudio de la organización de la sociedad romana. Según Lourdes, esta documentación es una alternativa a las informaciones de las muchas y variadas fuentes literarias, lo que permite ampliar los datos de estas últimas, como es el caso de la falsa perversión, que no era otra cosa que la expresión del amor.

Proyecto
El Amor y la Representación Sexual en la Pompeya Romana: un Análisis de las Inscripciones Parietales (nº 98/09032-0); Modalidad Beca de doctorado; Investigador responsable Pedro Paulo Abreu Funari (IFCH/Unicamp); Becaria Lourdes Madalena Gazarini Conde Feitosa (IFCH/Unicamp); Inversión R$ 104.079,00

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