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Ciencia

A flor de piel

En mujeres con epidermis sensible, las cremas de belleza estimulan más ciertas regiones cerebrales

Nadie duda de que la piel de dos individuos puede reaccionar, y efectivamente lo hace, de manera diferente a la aplicación de una crema o algún otro producto de belleza. Algunas personas usan enormes cantidades de un cosmético sin presentar forma alguna de irritación. Otras, en tanto, ni bien rozan el mismo producto sobre la epidermis ya sienten comezón o quemazón en el sitio en donde éste fue aplicado. El hecho observar lo que sucede en el cerebro de individuos con piel sensible y no sensible, ¿puede ayudar a entender mejor el problema? Puede ser, a juzgar por los resultados de un reciente trabajo.

Investigadores de L’Oréal, una multinacional francesa del área de cosméticos, en colaboración con el Instituto Nacional de Salud e Investigación Médica (Inserm), y el Hospital Bicêtre, de París, demostraron que al entrar en contacto con sustancias sabidamente irritantes, mujeres con piel clasificada como sensible presentan un patrón de activación cerebral bastante diferente que el de aquéllas que no tienen piel sensible. Con la ayuda de imágenes obtenidas mediante el uso de la técnica de resonancia magnética funcional, capaz de mostrar los sectores del cerebro que son accionados por un estímulo, los autores del estudio percibieron que las áreas activadas entre las mujeres con piel sensible existían en mayor número y se distribuían de manera más o menos uniforme entre los dos hemisferios cerebrales.

En las participantes con piel no sensible, la respuesta era más discreta y se concentraba en gran parte en el hemisferio opuesto a la región del cuerpo en donde se había producido el estímulo. “Tenemos la impresión de que la información (referente a la molestia cutánea) llega al cerebro de todas las mujeres de la misma manera, pero es tratada de manera diferente de acuerdo con el contexto y con la sensibilidad de la piel”, explica el físico francés Bernard Querleux, principal autor del trabajo y director de investigaciones de L’Oréal, que estuvo en Brasil el mes pasado. Una parte de este estudio fue presentada en el 20º Congreso Mundial de Dermatología, realizado en París el año pasado.

Las respuestas del cerebro
En sus trabajos, Querleux y sus colaboradores procuran determinar objetivamente las bases neuronales de la piel sensible. Se trata de una línea de investigación importante para la industria de cosméticos, cuyos productos se asientan sobre la epidermis y deberían embellecer a sus consumidores, y no causarles dolor o molestias. En Europa y Estados Unidos, la mitad de las mujeres, el principal público consumidor de cremas para faciales, tiene piel más proclive a presentar reacciones indeseables tras la aplicación de un cosmético. En China, un tercio de éstas sufre dicho problema.

En otras partes del mundo, al menos un 10% de la población femenina tiene esta característica, según datos de L’Oréal, que invierte un 3% de su facturación anual (cerca de 500 millones euros) en la división de investigaciones. No es raro tener piel sensible; pero diagnosticar el problema no siempre es algo fácil con base en signos clínicos o mediciones biofísicas. “Éste es un tema que aún carga consigo una gran dosis de subjetividad”, comenta Querleux. “De allí nuestro interés en estudiarlo.” Para ver de qué manera reaccionaba el cerebro ante un producto más agresivo contra la epidermis, los investigadores franceses llevaron a cabo un experimento con 18 mujeres, de las cuales la mitad decía tener piel sensible.

Soltaron sobre la mejilla izquierda de las participantes del estudio una solución inerte, y aplicaron sobre la mejilla derecha ácido láctico, una sustancia normalmente utilizada como irritante en pruebas de reactividad cutánea. Durante diez minutos, un aparato de resonancia magnética registró el funcionamiento del cerebro de esas mujeres. Este tipo de equipamiento mide las alteraciones en el flujo de sangre y de oxígeno en regiones en las que se registra una gran actividad neuronal, y genera imágenes en las que se destacan las áreas cerebrales accionadas por un estímulo.

Al final del experimento, antes aún de analizar las imágenes de la resonancia magnética, los científicos lograban ya fácilmente separar a las mujeres en dos grupos. Aquéllas que manifestaron sentir mayor molestia en la mejilla derecha, en donde se había aplicado el ácido láctico, formaban parte del grupo previamente rotulado como el de piel sensible. Las que informaron sentir menor irritación de ese lado del rostro eran las del equipo de las no sensibles. Hasta este punto, el estudio parece ser la confirmación de algo obvio: las que declararon tener piel sensible sufrieron más los efectos de la sustancia irritante.

Pero el trabajo se volvió más original cuando Querleux y sus colegas empezaron a analizar el perfil de activación cerebral de ambos grupos de mujeres. Había algunos puntos en común y diferencias evidentes. Entre los puntos en común, se destacaba la constatación de que todas las pacientes, con o sin piel sensible, habían mostrado un incremento de la actividad neuronal en la corteza sensoria primaria del hemisferio izquierdo cerebral.

La corteza o córtex es la materia gris que forma la capa externa del cerebro. Es la encargada del control y la integración de los movimientos voluntarios y de los sentidos, y tiene centros nerviosos vinculados a la memoria, el lenguaje, el pensamiento y el intelecto. Por lo tanto, en las pacientes cuya mejilla derecha había sido expuesta a una sustancia que causaba molestias, el registro de actividad neuronal del lado izquierdo del córtex era más que esperado. Al fin y al cabo, el hemisferio izquierdo dirige y siente el lado derecho del cuerpo, y viceversa.

Pero en el capítulo de las diferencias entre los dos grupos de participantes del estudio, aparecieron los datos más interesantes. Pese a que la irritación facial hizo que todas las mujeres accionasen dos subdivisiones de la corteza (las regiones prefrontal y del cíngulo) en ambos hemisferios cerebrales, la actividad neuronal registrada en dichas subdivisiones fue mucho mayor en las mujeres de piel sensible, en especial del lado derecho de su cerebro. Este dato llevó a Querleux y sus colegas a pensar que los córtices prefrontal y cingulado pueden estar directamente ligados a la mayor sensibilidad de la piel. “No podemos olvidarnos de que el tener piel sensible significa sentir un dolor ínfimo, a una escala nanométrica, en razón de la aplicación de un cosmético”, dice el director de investigaciones de L´Oréal.

“Por eso los circuitos neuronales de la piel sensible pueden verse también como circuitos del dolor”, afirma Querleux. Al margen de estudiar las bases neuronales de la piel sensible, los investigadores de la multinacional de cosméticos desarrollan estudios destinados a aumentar la comprensión sobre el tacto. En otro trabajo realizado con el auxilio de la técnica de resonancia magnética funcional, éstos recabaron evidencias de que el estímulo neuronal provocado por la aplicación de una crema en la mano de una mujer parece variar en función de un rasgo básico de su personalidad.

Luego de usar el producto, las más imaginativas accionan con intensidad similar ambos hemisferios cerebrales. En el caso de las mujeres más objetivas y lógicas, la activación cerebral tiende a concentrarse en el hemisferio opuesto a la mano que recibió el cosmético. Para L’Oréal, el estudio suministra pistas en el sentido de que una crema puede actuar sobre la región más emotiva del cerebro de las personas, sobre todo de aquéllas que son más sensibles.

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