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Política C&T

Las lecciones que deja una tragedia

La destrucción del Vehículo Lanzador de Satélite sugiere una revisión del programa espacial brasileño

Dos días después de ocurrida la mayor tragedia en la historia de la tecnología brasileña en el Centro Espacial de Alcântara, estado de Maranhão, el pasado 22 de agosto, que dejó como luctuoso saldo la muerte de 21 ingenieros y técnicos y la destrucción del Vehículo Lanzador de Satélite (VLS), el presidente de la Nación Luiz Inácio Lula da Silva y la Agencia Espacial Brasileña (AEB) anunciaron que la planificación del programa se mantendrá. Un cohete suborbital, por ejemplo, sería lanzado entre junio y julio del año próximo. Y las negociaciones con Ucrania, país interesado en utilizar la base de Alcântara para el lanzamiento de sus propios cohetes, tampoco se verán comprometidas como consecuencia del accidente, de acuerdo con José Viegas, ministro de Defensa.

El accidente que conmovió al país y llenó páginas de noticias a nivel internacional sembró dudas con relación al modelo por el que se regía hasta ahora la conducción del Programa Espacial Brasileño. La muerte en condiciones dramáticas de los 21 ingenieros y técnicos del Centro Técnico Aeroespacial (CTA) de São José dos Campos, empeñados en vencer el reto que Brasil se impuso en la década del 80 “desarrollar satélites con tecnología nacional y construir cohetes capaces de levarlos al espacio”, ciertamente ha hecho que se intensifiquen estas dudas. “Es preciso aprender con los errores y avanzar, en lugar de asustarse y huir; incluso para valorar el sacrificio de la gente que murió en el accidente”, dijo Carlos Henrique de Brito Cruz, rector de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp), un atento analista del desarrollo científico y tecnológico nacional.

Mayor movilización

Para avanzar más rápidamente, Brito considera estratégico ampliar la frecuencia de los lanzamientos, algo que podría concretarse con más recursos y con la movilización de un número mayor aún de expertos. Pero, Brito enfatiza: “El CTA debe ser la institución líder del programa espacial”, alertando con relación a la necesidad de incluir en el programa “a un conjunto mayor de instituciones de investigación, empresas y universidades”.La investigación espacial se inició en Brasil hace 43 años, con la creación del Grupo de Organización de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales, y cuenta en su haber con un saldo positivo. Por sí solo y exitosamente, el país desarrolló dos satélites de comunicación: el SCD-1 y el SCD-2, y en sociedad con China produjo el CBERS-1 de sensoriamiento remoto.

El programa también hizo posible la nacionalización de los materiales para la fabricación de propelentes – los compuestos químicos usados como combustibles -, aleaciones metálicas y materiales cerámicos. Los propelentes desarrollados para el Programa Espacial Brasileño son actualmente producidos a escala industrial y utilizados como materia prima en la fabricación de colas, pinturas y espumas. “El Programa es importante debido a sus objetivos específicos, pero también lo es porque ha propiciado el desarrollo de una industria brasileña de precisión, algo de lo cual Brasil muestra una gran carencia”, comentó José Fernando Perez, director científico de la FAPESP.

Es verdad que, al igual que en cualquier país, los programas espaciales están sujetos a riesgos. Estados Unidos es el país que más ha avanzado en ese campo, y también el que más ha registrado accidentes: desde el incendio de la nave Apollo I en 1967, que causó la muerte de tres astronautas, hasta la explosión del transbordador espacial Challenger en febrero de este año, cuando murieron sus siete tripulantes. En Brasil el lanzamiento de los dos prototipos anteriores del VLS terminó en fracaso, pero sin que hubiera que lamentar víctimas fatales: en 1997 la misión fue abortada 65 segundos después del lanzamiento a causa de una falla en la primera etapa del cohete; en 1999, en tanto, el cohete explotó después de una falla en la segunda etapa, 33 segundos después del despegue.

El accidente del día 22, de acuerdo con el mayor brigadier Tiago Ribeiro, director del Centro de Tecnología de la Aeronáutica (CTA), se debió al accionamiento espontáneo de uno de los cuatro motores del cohete. Esta ignición pudo haber ocurrido debido a una onda electromagnética, una descarga eléctrica o por el contacto de una pieza metálica en el tanque de combustible, que se quema hasta agotarse una vez detonado. El calor de 3.000° Celsius, equivalente a la mitad de la temperatura de la superficie del Sol, derritió el cohete y la torre de lanzamiento.

El precio de la tecnología

Pero algunos ven en la falta de recursos un factor de riesgo para el programa . “No existen caminos baratos en el campo de la tecnología de punta, que cuesta cara en términos de inversión, de gente y de compromiso nacional”, comenta Gilberto Câmara, coordinador general del sector de Observación de la Tierra del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe, sigla en portugués). De acuerdo con su evaluación, el Programa Espacial no había recibido inversiones que estuvieran a la altura de los desafíos afrontados.

Lanzado hace 42 años, el programa ha consumido hasta ahora 300 millones de dólares y cuenta con un presupuesto de 30 millones de reales en 2003, un valor considerado irrisorio en la visión del propio presidente de la Agencia Espacial Brasileña (AEB), Luiz Bevilaccua, quien contaba al menos con 45 millones de reales, si se suman los aportes de los Fondos Sectoriales, el Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (CNPq) y el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES). Lo deseable sería contar con alrededor de 100 millones de reales. Pero, aun así, las inversiones serían equivalentes a una tercera parte de la de países como la India. “Con ese nivel de inversiones no vamos a realizar el sueño de tener autonomía espacial; sueño por el cual murieron nuestros compañeros”, dice Câmara.

Una pérdida irreparable

El día lunes 25 el ministro Viegas le aseguró a la prensa que la falta de recursos no habría comprometido la seguridad del VLS. Las pérdidas ocasionadas por la explosión fueron valoradas en 36 millones de reales. El VLS estaba valorado en 14 millones de reales, a lo que se suma el costo de la plataforma de lanzamiento, que quedó inutilizada, y el de los dos satélites – uno del Inpe y el otro de la Universidad Norte de Paraná (Unopar) – que ya se encontraban acoplados al cohete y serían puestos en órbita.

Pero las pérdidas humanas son irreparables. Entre los que murieron, 11 tenían formación superior y 10 eran técnicos de nivel medio, con edades entre 20 y 51 años. Su muerte deshizo equipos enteros de expertos en tecnología aeroespacial, cuyo dominio es estratégico en la medida en que los países que la controlan, como Estados Unidos y Francia, no la transfieren por razones estratégicas: el uso comercial de los satélites de telecomunicaciones constituye un mercado aún restringido y muy disputado, cuyo valor es estimado en miles de millones de dólares.

Brasil tiene al menos una ventaja geográfica: Alcântara es el centro de lanzamiento que está ubicado más cerca de la línea del Ecuador, lo que le permite aprovechar al máximo la rotación de la Tierra para impulsar los cohetes, con un ahorro de combustible y por lo tanto con costos menores (entre un 13% y un 31% de ventaja con relación a Cabo Cañaveral, en Estados Unidos). Desde su inauguración en 1989 el Centro de Alcântara puso en el aire alrededor de 200 cohetes.

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