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Ciencia

Alas del pasado

Fósiles de un minicóndor y de un ave gigante sirven para reconstituir la prehistoria de los seres alados en Brasil

miguel boyayanLos vecinos ya no sorprenden con los cargamentos que llegan a la casa de Herculano Alvarenga en Taubaté, una localidad ubicada a unos 120 kilómetros de la capital paulista. En julio pasado, estacionó frente al número 99 de la calle Colombia un camión con centenas de kilos de fósiles descubiertos en el nordeste, donde este médico de 56 años había llevado a cabo una misión exploratoria en marzo. En otra ocasión, llegó una carga internacional de 62 kilos remitida por un amigo del Museo Nacional de Historia Natural de Washington, el estadounidense Storrs Olson, uno de los más renombrados ornitólogos contemporáneos. En su interior, claro, más huesos petrificados de animales de millones de años. La mayor parte del material allí desembarcado abulta la colección de fósiles de este paulista que contabiliza aproximadamente dos mil esqueletos – réplicas y originales, enteros o incompletos – de animales prehistóricos.

Al margen de enriquecer el acervo del coleccionador, que a partir del año que viene pasará a ser expuesto en forma permanente para el público en general, con la inauguración del Museo de Historia Natural de Taubaté, una fracción de estos fósiles, los esqueletos de los seres alados, es aún objeto de serias investigaciones científicas. Sucede que Alvarenga es un enamorado de los huesos por partida doble. En su consultorio de ortopedista, trata las articulaciones de los vivos. En casa, entretanto, se ocupa de los muertos: ejerce la actividad paralela de paleontólogo especializado en aves fósiles y estudia cráneos, húmeros (el hueso principal de las alas) y fémures de animales que vivieron hace miles o millones de años en la Tierra.

“Siempre tuve facilidad para analizar huesos y me interesaba la zoología”, dice el médico, que concluyó su doctorado en dicha área en la Universidad de São Paulo (USP) en los años 1990. Aunque ya no está vinculado formalmente a ninguna universidad, Alvarenga ha descubierto y descrito 15 nuevas especies de aves fósiles, la mayoría de éstas halladas en sitios de la cuenca de Taubaté. Estos hallazgos hicieron que se volviese conocido entre los académicos. “Mucho material importante podría haberse perdido si no fuese por el trabajo de Alvarenga”, afirma Castor Cartelle, paleontólogo de la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG).

En los últimos meses, en colaboración con colegas que ocupan cargos en instituciones de investigación, Alvarenga publicó tres artículos científicos informando sobre sus hallazgos. Junto con Edson Guilherme, del Laboratorio de Paleontología de la Universidad Federal de Acre (Ufac), publicó un trabajo en la edición de septiembre del Journal of Vertebrate Paleontology en la cual describe dos nuevas especies de aningas que vivieron hace aproximadamente 5 millones de años: la Macranhinga ranzii y la Anhinga minuta . Fue una descubrimiento lleno de superlativos. “Estas especies representan respectivamente la mayor y la menor aninga que se conoce”, comenta Alvarenga, que analizó fragmentos de huesos de esos animales descubiertos por científicos de la Ufac en dos puntos de las orillas del río Acre.

Este tipo de ave, de la cual quedan en la actualidad apenas dos especies vivas en el mundo, se asemeja al pelícano y vive a orillas de ríos y lagunas, donde se alimenta de peces. La Macranhinga ranzii debe haber pesado entre 8 y 10 kilos y medido un metro y medio de altura, con un porte alrededor de un 20% más aventajado que la igualmente extinguida Macranhinga paranensis , hallada en Argentina y considerada hasta ahora la mayor aninga [o anhinga, o biguá] encontrada hasta ahora. La masa corpórea de la A. minuta probablemente no pasaba de los 600 gramos, y su altura era de más o menos 50 centímetros. A los efectos de establecer una comparación, la Anhinga anhinga, la única especie de aninga viva en el continente americano, incluido Brasil, pesa un kilo y medio y mide 90 centímetros de altura.

Así y todo, quizá una de las aves prehistóricas más interesantes descritas por el paleontólogo y ortopedista sea el minicóndor Wingegyps cartellei, que probablemente cruzaba los cielos de Bahía y Minas Gerais hace 12.200 años. En conjunto con Storrs Olson, del Museo Nacional de Historia Natural de Estados Unidos, Alvarenga se refirió a ese antiguo pájaro en la edición más reciente de la revista Proceedings of the Biological Society of Washington. Los fósiles de ejemplares de ese ser alado, que se resumen a un cráneo y dos húmeros rescatados respectivamente en cavernas de Bahía y Minas Gerais, pueden ser importantes para arribar a una mejor comprensión del surgimiento de la familia Vulturidae.

Los cóndores y los buitres pertenecen a dos grupos de aves que forman esta familia. Como actualmente los cóndores son grandes y los buitres relativamente pequeños (si se los compara con los primeros), muchos ornitólogos piensan que esa diferencia de porte siempre existió. Ergo, siguiendo tal razonamiento, las menores aves de la familia Vulturidae deberían ser siempre clasificadas como buitres, en tanto que las mayores recibirían automáticamente la denominación de cóndores. El W. cartellei muestra que las cosas no son precisamente así. “En el pasado, había una mayor diversidad de cóndores, con especies grandes y pequeñas”, afirma Alvarenga. “Hoy en día podemos afirmar que lo que distingue a un cóndor de un buitre son las particularidades de su esqueleto, sobre todo del cráneo, y no su tamaño.”

El minicóndor W. cartellei, con su aproximadamente medio metro de longitud (la distancia entre la punta del pico y el extremo de la cola) y una envergadura de unos 130 centímetros, tenía dimensiones más modestas que las que exhibe en la actualidad el menor representante vivo de la familia Vulturidae, el pequeño zopilote o jote cabeza amarilla (Cathartes burrovianus). Esta ave actual, cuyo hábitat natural se extiende desde México hasta Argentina (en Brasil, la presencia más común se da en la Amazonia), mide alrededor de 60 centímetros de longitud, y sus alas, cuando se despliegan, se extienden por poco más de un metro y medio. Para hacerse una idea de cómo era el diminuto ejemplar de la familia Vulturidae cuyos vestigios fueron encontrados en Minas y Bahía, basta con observar al cóndor de California (Gymnogyps californianus), una especie amenazada de extinción típica del sudoeste de Estados Unidos.

Dicha ave, de la cual solamente quedan 220 ejemplares, puede llegar a medir hasta 1,4 metros de longitud y la envergadura de sus alas llega a los 3 metros. “El W. cartellei es una miniatura del cóndor de California, y es su pariente más cercano que se conozca”, compara Alvarenga. Pero no son solamente aves de pequeño y mediano porte, como las aningas y el minicóndor, que fueron recientemente descritas por Alvarenga. En otro trabajo con Olson, publicado en 2002 en Proceedings of the Biological Society of Washington, el paleontólogo y ortopedista, que se dedica a sus fósiles en los momentos de descanso del consultorio, identificó un nuevo género y especie de ave gigante: el Taubatornis campbelli, que habitó en la cuenca de Taubaté (de allí el nombre científico del género) hace cerca de 23 millones de años.

Perteneciente a la extinguida familia Terathornithidae, constituida por imponentes seres alados, que deberían ser predadores de otros animales, o sencillamente comedores de restos y carroña, el T. campbelli es la más antigua y la menor de las aves gigantes encontradas por el hombre. “Es cuatro veces más vieja que el Argentavis magnificens, que vivió hace aproximadamente 6 millones de años”, dice Alvarenga, que encontró un esqueleto incompleto de este animal en la formación Tremembé, en el interior de la cuenca de Taubaté. El A. magnificens , un coloso de los cielos de las zonas centro y norte de Argentina, es la mayor ave voladora que un algún día haya surcado los aires de este mundo. Se cree que su longitud superase los 3 metros y – he ahí el dato más impresionante – sus alas, cuando eran desplegadas, se prolongaban por 8 metros, lo suficiente como para cubrir dos coches populares dispuestos uno a continuación del otro.

El T. campbelli, de tamaño diminuto para un miembro de la familia Terathornithidae, tenía una envergadura cuatro veces menor, de aproximadamente 1,9 metros. Pero aun así, como puede observarse, era un animal imponente. Tanto que entró a la familia de las aves gigantes. “Este fósil también refuerza aún más la hipótesis de que esa familia se habría originado en Sudamérica”, afirma Olson, que ya se ha hospedado tres veces en la casa de Alvarenga para estudiar el material de su colaborador brasileño. Los vestigios más antiguos de aves gigantes encontrados en Norteamérica son del final del Terciario (hace alrededor de 5 millones de años).

El ortopedista paulista comenzó a transformarse en experto en aves prehistóricas – y coleccionador de huesos de otros tipos de animales del pasado – hace alrededor de 30 años. En un golpe de suerte, durante una excursión por la cuenca de Taubaté, sabidamente rica en fósiles de animales, se deparó con su primer hallazgo: un esqueleto casi completo de un animal que más tarde bautizaría con el nombre científico de Paraphysornis brasiliensis. Se trataba de un ave, justamente el tipo de animal que lo fascinaba desde su infancia: una supergallina carnívora de 2 metros de altura, de unos 180 kilos, que era incapaz de volar y debe haber deambulado por la región hace 23 millones de años.

Luego de analizar el esqueleto en casa durante algún tiempo, el ortopedista pensó en entregárselo a Diógenes de Almeida Campos, un profesional de la paleontología del Departamento Nacional de Producción Mineral (DNPM) de Río de Janeiro. “Pero Campos me dijo que demoraría mucho tiempo para estudiar el hueso en detalle tal como yo lo había hecho”, comenta Alvarenga. “Y me incitó a que prosiguiese los estudios y que publicase un artículo científico sobre el ave.”

De esta manera inició su carrera como cazador de aves fósiles. Desde entonces, el ortopedista frecuenta congresos de paleontología, ocasionalmente dicta clases en universidades y escribe artículos científicos. Para dar aún mas volumen a su colección de huesos, suele hacer réplicas de sus hallazgos, para intercambiarlas con científicos e instituciones de Brasil y del exterior, por copias de esqueletos de animales que todavía no forman parte de su acervo. Por eso, quien visite el Museo de Historia Natural de Taubaté a mediados del próximo año, la época prevista para su inauguración, verá mucho más que fósiles de aves. Habrá de todo un poco en dicho emprendimiento, que cuenta con el apoyo de la municipalidad local: réplicas de mamíferos, peces, reptiles y dinosaurios, como el famoso Tyrannosaurus rex.

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