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Historia

Chica da Silva, pero sin X

Un libro que muestra que el mito de la esclava reina esconde la hipocresía de la democracia racial brasileña

A olvidarse de todo lo que crea el lector que sabe sobre Xica da Silva . A propósito, empezando por ése, su nombre: Chica en realidad; Francisca da Silva, mulata, hija de una negra y de un portugués, nacida entre 1731 y 1735 (en fecha incierta), en la región de minas de diamantes del poblado de Arraial do Tejuco, comprada y libertada por el contratista de diamantes João Fernandes de Oliveira, con quien vivió 16 años y tuvo 13 hijos. Esa sensual negra, que le arrancaba aullidos al señor portugués y horrorizaba a la sociedad, es un mito inventado en el siglo XIX y reapropiado, de diversas maneras y en épocas diversas, cada una de las cuales interesada en su propia visión.

Conocer a Chica con “ch” [el mismo sonido en portugués: “sh”] es descubrir que la pretendida “democracia racial” de Brasil es un mito tan infundado como el de la propia esclava que fue reina. “Chica frecuentaba a la elite blanca de la ciudad y todas las hermandades blancas de Tejuco, y al morir, fue enterrada en el cementerio de la Iglesia de São Francisco de Assis, un privilegio atinente a los blancos adinerados. Todo esto prueba que ella era una mujer que se comportaba de acuerdo con los patrones sociales y morales de la época”, argumenta la investigadora Júnia Ferreira Furtado, de la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG), autora del recientemente lanzado libro Chica da Silva e o Contratador dos Diamantes [Chica da Silva y el Contratista de Diamantes](Companhia das Letras, 400 pags., R$ 48,50), un estudio histórico sobre las relaciones de género y de raza en las Minas Gerais del siglo XVIII, que puede leerse con el placer que se lee un romance.

Haciendo un contrapunto con la figura mítica, Júnia muestra que Chica no fue un casosui generis , aunque sí especial, en el que una mujer negra liberta, en busca de ascensión social, se unía a un hombre blanco poderoso. Y que, a contramano de las historias, Chica buscaba efectivamente su inserción en la elite de la época, sin ningún carácter libertario. La ex esclava terminó siendo propietaria de esclavos y adoptó los valores de la elite para poder pertenecer a ésta de alguna manera. “Ellas procuraban imitar los hábitos y la costumbres de la elite, de manera tal que reproducían en menor escala el mundo de aquéllos que la habían sometido a la esclavitud”, dice Júnia.

“La libertad, en lugar de constituirse en punto de partida para la constitución afirmativa de una identidad negra, era el comienzo de un proceso de aceptación de los valores de esa elite, de forma tal de insertarse e insertar también a sus descendientes en esa sociedad”, observa la autora.Y, nada más común, dadas las circunstancias de aislamiento natural de la región (“Una colonia dentro de otra colonia”, tal como la definió Charles Boxer, en su The Golden Age of Brazil), que hacían interesante la unión entre blancos y negras. “Su caso no es el único, pero sí es un ejemplo fuerte de la estrategia de borrar el origen esclavo, es decir: alguien se podía casar con una negra, siempre y cuando ésta fuese ‘blanqueada'”, dice Júnia.

“Chica fue usada como modelo de democracia racial (de cómo los blancos se unían con las negras), cuando a decir verdad ella refuerza la hipocresía de ese concepto y muestra cómo se daban ‘y aún se dan’ las relaciones raciales en Brasil: tener relaciones con negras no es malo, siempre y cuando no sea oficial. Después, basta con ‘limpiar’ a la familia. Ése es el pensamiento subyacente.”También es subyacente a la unión entre Chica y el contratista la propia historia de Arraial do Tejuco. Los diamantes fueron descubiertos en 1729, aunque ya antes se habían hecho exploraciones incipientes. Siempre que se encontraban riquezas en la colonia, la metrópoli se movía para asegurarse su parte en la explotación y en los impuestos. La Corona creó un modelo ejemplar, basado en los contratos rematados cada cuatro años por algún interesado o por una sociedad que organizaría la explotación para el gobierno de Lisboa, y le aseguraría a la corte una parte de los impuestos. Uno de los contratistas fue el sargento mayor João Fernandes de Oliveira, padre del homónimo futuro marido de Chica da Silva. El pueblo que el contratista padre encontró estaba habitado principalmente por mujeres negras. De allí la prodigalidad de las relaciones entre los blancos y ellas: Chica, por ejemplo, era esclava de Manuel Pires Sardinha, que la tomó por amante cuando era todavía una adolescente. No contento con tener una Chica, Manuel tenía dos Chicas como amantes.

La exageración hizo que recibiera una reprimenda “paternal” del reverendo vicario, y al reincidir en el vicio, fue multado por la Iglesia. Así, cuando el contratista hijo llegó al pueblo, con el objetivo de sustituir al padre, que decidiera permanecer en Portugal, Sardinha vendió por 800 reyes a una de las Chicas a ese joven recién llegado. João Fernandes había tenido una educación esmerada: era doctor de Coimbra. La libertó inmediatamente después de haberla comprado, un hecho raro entre los propietarios mineros. Sea como sea, las mujeres tenían mayores posibilidades de lograr la libertad que los hombres.

“El sexo fue determinante en las condiciones más o menos facilitadas de acceso a la libertad. El concubinato con hombres blancos brindaba por un lado algunas ventajas a las mujeres negras, pues una vez libres, veían mitigarse el estigma del color y de la esclavitud, para ellas y para sus descendientes”, explica Júnia.En pocos años, una vez libre y con el apellido Silva (nombre común para ex esclavos), Chica se encontró siendo propietaria de una casa y de esclavos. “Era un mecanismo esencial para su inserción en el mundo de los libres, donde reinaba el desprecio por el trabajo, por el vivir de las propios manos”, analiza la autora. “Y no se sostiene la figura de redentora de esclavos, tal como muchas veces la romantizó la historiografía. Fue encontrada una sola referencia clara de que haya concedido la libertad a una esclava”, comenta. Chica entró en contacto con la cultura europea por medio del contratista y les dio a sus hijos la mejor educación posible en ese rincón recóndito llamado Tejuco.

En 1770 murió el padre de João Fernandes, y una disputa testamentaria obligó a éste a retornar a Portugal para defender sus intereses, indisociables de los negocios paternos, dada la sociedad existente entre ambos. Chica se quedó con los hijos en Minas Gerais. Curiosamente, la partida del contratista provocaría en dos años el colapso del antiguo sistema de contrataciones, pues, ante la falta de grandes profesionales del sector, la corte optó por poner en vigor el monopolio regio y creó la Real Extracción de Diamantes. La corte pretendía, ella misma, por intermedio de su funcionarios, encargarse de la explotación de las riquezas.

Doña Francisca da Silva de Oliveira murió en febrero de 1796. João Fernandes ya había muerto en 1779. Chica fue enterrada en la tumba número 16, en la Iglesia de São Francisco de Assis. En el testamento del contratista no constaba su nombre. “Eso no fue una señal de olvido o de ingratitud: al omitir la existencia de Chica en sus legados, procuró dignificar a sus hijos ante la sociedad elitista del reino. Aun a la distancia, João Fernandes cuidaba indirectamente a Chica, a quien le dejara en Tejuco bienes considerables”, dice la investigadora.

Ambos permanecieron olvidados hasta el siglo XIX, cuando el abogado de Diamantina, Joaquim Felício dos Santos, en su carácter de procurador en la división de bienes de una pariente de Chica, descubrió las actas del proceso de posesión de los bienes de João Fernandes. Fascinado con la historia, incluyó a su modo – plagado de prejuicios y mitos – la vida de Chica en su libro Memórias do Distrito Diamantino , de 1868. “No poseía gracias, no poseía belleza, no poseía espíritu, no había tenido educación, en fin, no poseía atractivo alguno que pudiera justificar una fuerte pasión”, escribió el abogado.

Poesía y cine
Este mito reapareció en diversas versiones, e incluso se hizo merecedor de versos de Cecília Meireles, en su Romanceiro da Inconfidência: “Contemplai, branquinhas/ na sua varanda,/ a Chica da Silva,/ a Chica-que-manda” [Contempladla, blanquitas/ en su balcón/ Chica da Silva/ Chica que manda”]. El Cinema Novo vio en la negra que dominaba a los blancos con su sexo a una musa libertaria. En 1976, con guión de João Felício dos Santos (sobrino nieto de Joaquim Felício), Cacá Diegues inventó a Xica da Silva. “En ese film, la redención es alcanzada a través de Xica: al poner la sexualidad a su favor, ella invierte el mecanismo por medio del cual los hombres blancos se aseguraban la dominación sobre su raza, al utilizar a las mujeres de color para satisfacer su apetito sexual”, observa Júnia Furtado.

“Chica, al igual que las otras libertas de la época, logró su libertad, amó, tuvo hijos, los educó, procuró ascender socialmente para mitigar la impronta que la condición de parda y liberta le imponía a ella misma y a sus descendientes”, continúa. “Pues, bajo el manto de una pretendida democracia racial, sutil y veladamente, la sociedad mestiza buscaba blanquearse y escondía la fría exclusión social y racial, simbolizando lo que pasaba en Brasil”. Era la exclusión, que le quitó a buena parte de los negros, y por un buen tiempo, su autoestima. “De allí la falta de un movimiento unificado, como el de Estados Unidos. Acá el racismo era y es escamoteado y los negros compran el discurso de las elites, en el sentido de que ‘para qué luchar si puedo integrarme’. Hasta Machado de Assis obró de esa manera, luego de ascender a la elite intelectual”. Ése es el quid de la cuestión, la incógnita; la X que distorsiona a Chica.

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