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Vale la pena hacer un doble sacrificio

Estudios muestran que la dieta y los ejercicios físicos "juntos" hacen adelgazar, y ayudan a disminuir la presión alta y la diabetes

MIGUEL BOYAYANAcostada en una camilla, la psicóloga Eliana Sales das Dores aguarda ansiosamente; mientras, el fisiólogo Carlos Eduardo Negrão pincha su pierna derecha, cerca de la rodilla, con una aguja más fina que un cabello, y de unos 4 centímetros de longitud. Esa aguja es un microelectrodo, que va a detectar los impulsos nerviosos que transitan por uno de los nervios responsables por la contracción muscular y el control del diámetro de los vasos sanguíneos. Eliana, una paulistana de 42 años, de un metro sesenta de altura y en ese entonces con 78 kilos (actualmente pesa 58), apenas si siente el pinchazo de la aguja – dicen que es menos desagradable que la picadura de un mosquito – en medio al ajetreo de los otros investigadores, que ponen en su brazo izquierdo dos bolsas inflables, una inmediatamente arriba del codo y otra en la muñeca. Entre el codo y la muñeca, una faja elástica registra el volumen de sangre que pasa por el antebrazo. A continuación, le piden a ella que aproxime con su mano derecha las barras de un dinamómetro, un resorte en forma de V que mide la fuerza aplicada al movimiento.

Mediante estudios como éste, realizados en el transcurso de los últimos tres años, un equipo de la Universidad de São Paulo (USP), coordinado por Negrão y por la endocrinóloga Sandra Villares, descubrió algunas alteraciones fisiológicas del organismo de los obesos que explican por qué las personas con exceso de peso son más propensas a desarrollar presión alta – hipertensión – que las que están en paz con la balanza. En los obesos, los comandos nerviosos que promueven la disminución del diámetro de los vasos sanguíneos de los brazos y las piernas son más activos. Por esta razón, las arterias permanecen más cerradas, sin dilatarse, y la sangre no se esparce por los músculos como sería de desear durante una actividad mental o física de intensidad moderada – un trotecito hasta el coche un día de lluvia, por ejemplo -, o incluso en reposo. Y, como en esos momentos el corazón late más rápido, la resistencia de los vasos sanguíneos contraídos hace que la presión suba por encima de lo esperado.

Y, como si con esto no bastase, las personas que tienen un peso superior al recomendado enfrentan otro problema: su organismo no logra utilizar con la eficiencia deseable la hormona insulina, que extrae el azúcar (glucosa) de la sangre y la transporta hasta las células de los músculos y de otros tejidos, donde se convierte en energía. Ésta es la razón por la cual las personas gordas son más pasibles que las que son delgadas de sufrir de diabetes del tipo II, que aumenta el riesgo de problemas circulatorios, capaces de afectar al corazón o el cerebro. Pero, analizados en su conjunto, estos estudios aportan una noticia alentadora: la perspectiva de prevenir, o incluso tratar tanto la hipertensión como la resistencia a la insulina. Estos dos problemas afectan un número cada vez mayor de gente, como consecuencia a su vez del incremento del número de obesos en Brasil, que se elevó más de dos veces durante las dos últimas décadas – en la actualidad, 17 millones de brasileños se encuentran con su peso muy por encima de lo considerado sano.

Pero, quizás la salida a esto deje con una mueca de reprobación a quienes no cambian una mesa generosa por una caminada. De acuerdo con un artículo publicado en septiembre pasado en el American Journal of Physiology – Heart and Circulation Physiology , firmado por Ivani Trombetta, Negrão, Sandra Villares y otros investigadores de la USP, no existe otra manera realmente eficaz de revertir las consecuencias del exceso de peso, a no ser asociando la dieta con los ejercicios físicos. La sola disminución del tamaño de las porciones ayuda a adelgazar, sin lugar a dudas, pero no reduce de igual modo los riesgos de hipertensión y diabetes como un régimen al que se le suman los ejercicios. Y no basta con hacer una actividad física cualquiera, como caminar hasta el supermercado o subir por las escaleras en vez de tomar el ascensor. “El ejercicio físico debe ser programado y realizado con regularidad, respetando la capacidad física y cardíaca de cada persona”, afirma Negrão, responsable de la Unidad de Rehabilitación Cardiovascular y Fisiología del Ejercicio del Instituto del Corazón (InCor).

Y lo que se debe sudar no es poco. Otros estudios anteriores habían indicado que es necesario consumir al menos 1.500 kilocalorías (kcal) por semana para reducir el riesgo de enfermedades que afectan al corazón y la circulación – el equivalente a que un sedentario ande en bicicleta durante una hora, entre tres y cinco veces por semana. “Pero nadie debe aventurarse a hacer ejercicios sin antes pasar por la prueba de esfuerzo cardiorrespiratorio, que evalúa la capacidad física y de funcionamiento del corazón y la circulación durante el ejercicio”, advierte el investigador.Los estudios llevados adelante por Negrão y Sandra Villares apuntan que comer menos y hacer más ejercicios, siempre y cuando sea con la intensidad adecuada y con las debidas orientaciones, no solamente ayuda a eliminar los excesos de grasa en la cintura y en la cadera sin perder los músculos. Ese doble sacrificio vale la pena por otra razón, y más importante: el ejercicio físico modifica el funcionamiento de las células de los músculos y hace que el organismo aproveche mejor la insulina.

Estas alteraciones revierten la resistencia a la insulina y evitan la diabetes del tipo II, una de las consecuencias más nocivas del exceso de peso. Para definir quiénes eran obesos, los investigadores se valieron del denominado índice de masa corporal, el IMC, que corresponde al peso dividido por el cuadrado de la altura. Una mujer con 66 kilos y 1,68 m tiene IMC de 23,4. Está dentro del rango considerado sano, que va hasta 25. Pero estaría con sobrepeso si pesase entre 70,5 y 84,6 kilos, y sería una obesa, con IMC superior a 30, si pesase más de 84,6 kilos. El equipo de la USP realizó un seguimiento con 59 mujeres, con edades entre 20 y 40 años, y pesos entre 70 y 106 kilos – un grado medio de obesidad -, separadas en dos grupos. El primero, de 24 mujeres, hizo únicamente dieta: durante cuatro meses, éstas ingirieron 600 kcal menos por día que el consumo mínimo recomendado para un brasileño: 2.300 kcal. Las otras 25, al margen de comer menos, realizaron ejercicios físicos moderados, el equivalente a caminar a pasos rápidos o a andar en bicicleta, tres veces por semana, y durante 60 minutos. En ambos grupos se registró una disminución de la resistencia a la insulina, pero los ejercicios multiplicaron esa mejoría por dos: la sensibilidad a la insulina se incrementó un 50% entre las mujeres que caminaron y comieron menos, mientras que el aumento fue del 22% entre aquéllas que únicamente hicieron dieta. “Aún no sabemos explicar los detalles de estos procesos, pero los resultados son alentadores”, reconoce Negrão.

Luego del entrenamiento, el volumen de sangre que llegaba a los brazos y a las piernas de quienes caminaron o anduvieron en bicicleta era un 50% mayor. Estas alteraciones se deben en parte a la disminución de la actividad del sistema nervioso simpático, que controla la dilatación de los vasos sanguíneos, permitiendo así que aumenten de diámetro. Con el tiempo el corazón también se adapta a los ejercicios y empieza a responder en forma más eficiente: bombea más sangre con cada latido, y así trabaja menos. Como consecuencia de ello, mejora la irrigación de los músculos y disminuye la presión arterial. Sin embargo, había un dato que aún intrigaba. En ambos grupos, las mujeres adelgazaron en forma significativa – diez kilos promedio. Los investigadores recién notaron una diferencia crucial cuando analizaron pormenorizamente los datos. Aquéllas que únicamente hicieron dieta perdieron grasas, lógicamente, pero también consumieron una parte de los músculos del cuerpo – un efecto para nada deseable, pues diminuye el consumo de energía y, con el tiempo, puede facilitar el incremento de parte del peso perdido. En tanto, las mujeres que hicieron ejercicios y dieta quemaron únicamente el tejido adiposo.

Sandra Villares, que es jefa del Ambulatorio de Obesidad Infantil de la Facultad de Medicina de la USP, decidió verificar si dichas alteraciones fisiológicas también se daban en los niños. Con el profesor de educación física Maurício Maltez Ribeiro y la médica Érika Parente, Villares evaluó a 163 chicos y chicas obesos con edades entre 7 y 11 años – en niños y adolescentes, el grado de obesidad es determinado por el índice de masa corporal ajustado con relación a la edad. Los datos de estos niños fueron comparados con los de otros diez catalogadas como delgados, que integraban el grupo de control.

Los investigadores constataron que ya en la infancia la obesidad afecta el funcionamiento del sistema nervioso simpático: el flujo de sangre hacia los brazos y las piernas de los niños obesos aumentaba únicamente un 14%, mientras que en los flacos esa elevación llegaba al 43% durante la prueba de estrés mental, en la que los niños deberían decir de qué color estaba escrito el nombre de otro color: por ejemplo, la palabra rojo escrita con tinta azul. Los gorditos también presentaban una elevación de la presión sanguínea superior a lo normal para la edad, y sufrían tempranamente de resistencia a la insulina. Estos valores retornaron a los niveles normales entre los niños obesos luego de cuatro meses de entrenamiento, cuando hicieron una hora de actividad física – ejercicios y juegos – tres veces por semana. “Estos descubrimientos podrán colaborar en la prevención y el tratamiento de la diabetes y la hipertensión también en niños”, comenta Sandra.

Una epidemia mundial
La necesidad de aunar dieta y ejercicio es reiterada, de una manera u otra, en la edición de la revistaScience del 7 de febrero de este año, abocada a la obesidad, cuyo alcance es allí abordado desde el punto de vista epidemiológico, sociológico y bioquímico. La obesidad es actualmente uno de los diez principales problemas de salud pública a nivel mundial, de acuerdo con la evaluación de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Se calcula que existen 700 millones de personas con sobrepeso en el mundo – con peso un poco encima de lo considerado sano – y otros 300 millones de obesos, de los cuales al menos un tercio se encuentra en los países en desarrollo.

El exceso de peso es más visible en los países más ricos e industrializados, como Estados Unidos, Inglaterra y Alemania, donde el número de obesos se triplicó en los últimos 20 años. Solamente en Estados Unidos – donde la disponibilidad diaria per cápita es de 3.800 kcal, un 50% superior a lo recomendado por la OMS -, un tercio de la población adulta está con sobrepeso, y otro 30% corresponde a obesos. El gobierno estadounidense, además de gastar 55 mil millones de dólares anuales para tratar problemas ocasionados por la obesidad, caracteriza este problema como una epidemia, enfrentada con campañas nacionales que incentivan a los padres a llevar a los hijos a la escuela a pie en vez de ir en auto, por ejemplo. Pero la obesidad se expande también en naciones de Europa y en países en desarrollo que adhieren al estilo de vida norteamericano, signado por el sedentarismo y las comidas y galletas en abundancia, a cualquier hora – en síntesis, por el consumo excesivo de alimentos ricos en azúcares ygrasas. Como consecuencia del fenómeno que ha dado en llamarse de globesidad, ni siquiera los franceses, que siempre han apreciado sus cuerpos esbeltos, logran mantenerse en línea: en Francia el 11,3% de la población sufre de obesidad.

En Brasil, en poco más de 20 años – entre 1975 y 1997 – el número de obesos de mínima se duplicó: son actualmente casi 17 millones de personas (un 9,6% de la población) con IMC superior a 30. Los estudios del epidemiólogo Carlos Augusto Monteiro, de la Facultad de Salud Pública de la USP, que orientan al gobierno en este campo, lo dejan claro: también en el país la obesidad es un problema de salud pública. Monteiro echó mano de tres relevamientos poblacionales realizados por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE). El primero es de 1975, el segundo, de 1989 – ambos nacionales -, y el tercero, de 1997; éste último se limitó a dos regiones contrastantes: el nordeste, la más pobre, y el sudeste, la más rica, representativas también porque reúnen al 70% de los casi 180 millones de brasileños.

Con base en tales datos, Monteiro constató que el número de hombres obesos se incrementó tres veces durante el período, llegando al 6,4% de la población adulta masculina, mientras que el total de mujeres obesas se duplicó, y llegó así al 12,4% del conjunto de mujeres adultas en 1997, fecha del último estudio que evaluó la talla y el peso de los habitantes de Brasil. Entre 1989 y 1997, el número de personas con peso excesivo disminuyó solamente entre las mujeres de las clases más pudientes de la región sudeste, de acuerdo con un artículo que el investigador de la USP publicó en Public Health Nutrition en febrero de 2002, escrito conjuntamente con Wolney Conde, de la USP, y Barry Popkin, de la Universidad de Carolina del Norte, Estados Unidos. Uno de los datos que más sorprendes es el aumento de la obesidad entre niños y adolescentes. Se calcula que en las últimas dos décadas ese número ha crecido de manera bastante acelerada, y ha aumentado cinco veces, trepando de un 3% a un 15% del total de niños. En términos más concretos: existen casi 6,5 millones de niños obesos en Brasil.

Azúcar a toda hora
Entre 1975 y 1997, la cantidad de calorías disponibles por cada brasileño – pero no necesariamente consumidas por todos – se incrementó de 2.494 kcal por día a 2.967 kcal, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Esto implica un crecimiento de un 20%, que no se dio de manera homogénea: la disponibilidad de proteínas creció casi un tercio, y la de grasas, un 55%. “Los brasileños consumen actualmente casi dos veces más azúcar de lo que deberían”, dice el epidemiólogo. En un estudio publicado en julio en Cadernos de Saúde Pública, Monteiro y Conde, de la USP, e Inês Rugani de Castro, del Instituto de Nutrición Annes Dias, de Río de Janeiro, evaluaron el avance de la obesidad con relación a la escolaridad. La conclusión arrojó que, de 1975 a 1989, el número de casos de obesidad se duplicó entre los hombres y las mujeres que frecuentaron la escuela por más tiempo. En el siguiente período, entre 1989 y 1997, el crecimiento fue mayor en el sector con menos estudios, y disminuyó entre las mujeres de formación más elevada, con al menos 12 años de estudio.

Actualmente, la obesidad supera a los índices de desnutrición, y el perfil nutricional de los brasileños atraviesa una fase de transición, en la que la desnutrición ha disminuido y la obesidad ha aumentado, aproximándose así al cuadro estadounidense. Durante las dos últimas décadas, la desnutrición cayó del 8,3% al 3,5% entre los hombres adultos, y del 13,4% al 6,5% entre las mujeres, pero aún continua siendo elevada (un 9,6%) entre las mujeres más pobres del nordeste. “En caso de que esta tendencia se mantenga”, dice Monteiro, “pronto los casos de obesidad y las enfermedades a ésta relacionadas se concentrarán en los sectores menos favorecidos de la sociedad”. El Ministerio de Salud ha creado una política nacional de alimentación y nutrición, que entre otras medidas ha convertido en obligatoria la discriminación de las calorías en las etiquetas de los alimentos industrializados, y ha obligado a las municipalidades a emplear el 70% del presupuesto destinado a la alimentación de los alumnos de la enseñanza pública a la compra de alimentos frescos, tales como frutas y legumbres.

Así se delinea una situación a la que Marion Nestle, del Departamento de Nutrición y Estudios Alimentarios de la Universidad de Nueva York, caracteriza como la gran ironía del siglo XXI en el editorial de Science dedicado a la obesidad: si bien millones de personas pasan todavía hambre, nunca fue tan fácil conseguir comida. Al menos en algunos países, se come más y se gasta menos energía para conseguir comida. Nadie necesita blandir arco y flechas y salir a cazar un antílope para comer carne – basta telefonear y hacer el pedido en el restaurante de la esquina. En 1962, el genetista estadounidense James Neel, uno de los pioneros de la genética humana, planteó la idea de que la capacidad de acumular grasas era esencial en un ambiente en el que el alimento era más escaso y no era posible comer a cualquier hora. Con todo, aquello que era una ventaja, y que permitió la supervivencia de algunas poblaciones en el transcurso de la historia de la especie humana, se ha convertido ahora en una desventaja, agravada por la comodidad del sillón, que invita al dolce fare niente, mientras llega la cena.

Pero no es solamente el hecho de que haya más comida cerca y la tendencia atávica de comer lo que hace que sea compleja la batalla contra la obesidad. Existen al menos 300 genes que, directa o indirectamente, regulan los modos por medio de los cuales el organismo almacena y consume grasa, la materia prima para la producción de energía. En la Facultad de Ciencias Farmacéuticas de la USP, la farmacéutica Rosario Hirata identificó recientemente en los brasileños dos variaciones en el gen responsable de la producción de la hormona leptina, que favorecen el desarrollo de la obesidad, y pueden servir como indicadores de la propensión de cada individuo a aumentar de peso. No se sabe todavía con seguridad cuánto contribuyen a la obesidad los genes en general, pero es clara la importancia de algunos de éstos. “De los genes ligados a la obesidad, el que más a menudo aparece alterado es el MC4R, vinculado a los complejos procesos bioquímicos que posponen las ganas de comer”, dice Sandra Villares. “Aun así, esta modificación aparece únicamente en el 6% de los obesos.”

Hoy en día se sabe también que, al margen de los factores emocionales y ambientales, al menos dos mecanismos bioquímicos regulan el peso. Uno de éstos, más inmediato, regula la ingestión diaria de alimentos, y su control está esencialmente vinculado a dos hormonas, producidas en el sistema digestivo: la grelina y el PYY. Entretanto, el mantenimiento del peso durante meses o años parece depender de la leptina, producida por las células de grasa, y de la insulina, que regula el consumo de azúcar en las células. Incluso, los científicos coinciden en que no es precisamente fácil resistir ante las ganas de dar un bocado más en el sándwich: los mecanismos biológicos que inducen el apetito parecen ser más fuertes que los que llevan a parar. Está también más claro por qué es difícil mantener el peso luego de adelgazar. En un artículo publicado en Science en febrero, el estadounidense Jeffrey Friedman, de la Universidad Rockefeller, Estados Unidos, comenta que la reducción de peso hace caer la tasa de la hormona leptina – de allí proviene el estímulo para comer más. “La sensación de hambre es tan intensa”, relata Friedman, “que, si bien no es tan poderosa como la necesidad de respirar, probablemente no es menos potente que la necesidad de beber cuando se tiene sed.”

El Proyecto
Aspectos Genéticos y Ambientales de la Obesidad (98/15983-8); Modalidad: Proyecto Temático; Coordinador: Carlos Eduardo Negrão – USP; Inversión: R$ 511.545,25

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