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Historia

Modernos a la fuerza

Dos libros muestran cómo implantaron las elites la civilización en Río de Janeiro y São Paulo

Un antiguo dicho sostiene que “la pluma es más fuerte que la espada”. Pero es difícil creerse eso cuando pensamos en el Brasil de los albores de su fase posterior a la monarquía, con los mariscales Deodoro y Floriano empuñando sus espadas, introduciendo a la fuerza en el país la modernidad y la civilización nacida de un solo salto con la República. Con todo, ese dicho adquiere una cierta dosis de verdad cuando se lee Literatura como missão: tensões sociais e criación cultural na Primeira República [La literatura como misión: las tensiones sociales y la creación cultural durante la Primera República], de Nicolau Sevcenko, su tesis doctoral escrita durante los años 1980 con el apoyo de la FAPESP y publicada nuevamente ahora por Companhia das Letras en versión revisada y ampliada.

A la lectura de este estudio, que muestra de qué manera las elites derribaron los edificios y los ideales de la Río belle époque, se le suma como pendant ideal el recientemente lanzado libro A capital da solidão [La capital de la soledad] (Editora Objetiva, 560 páginas), de Roberto Pompeu de Toledo, una historia de São Paulo desde sus orígenes hasta 1900. La comparación radica en las diferencias: aunque con trayectorias estructuradas de forma muy diversa, ambas ciudades intentaron insertarse la modernidad a la fuerza, en una tentativa de renegar el pasado y sofocar aquello que había en él de “incivilizado”: la masa popular.

En ambas metrópolis puede observarse, tal como observa Sevcenko, el mismo deseo de “ajustar sus cuentas con el pasado, implementando una reforma urbana encabezada – cuando no – por la alianza entre la elite económica y la elite técnico-científica, en la cual no restó ni siquiera un solo residuo de los tiempos coloniales”. Cada ciudad abordó a fondo ese fenómeno común a su manera: São Paulo con la Semana del 22 optó por la celebración de un pasado mítico prehistórico, con vista hacia el futuro, olvidando el presente estropeado por la modernidad; Río entretanto, tuvo la suerte de contar con los “mosqueteros” de las letras, escritores idealistas que no se tragaron la píldora civilizatoria y creían en el poder de la pluma, sostiene en su análisis Sevcenko.

Euclides da Cunha y Lima Barreto
De allí la tesis del investigador, centrada en dos críticos, diferentes entre sí, pero unidos contra la República todopoderosa e “innovadora”: Euclides da Cunha y Lima Barreto. “Ambos eran herederos intelectuales de la “generación de 1870″, cuya plataforma proponía la modernización nacional, pero por la vía de la eliminación de sus grandes obstáculos: la esclavitud, la dominación política en manos de un pequeño grupo de terratenientes y un régimen centralista, autocrático y desfasado con relación a las recientes transformaciones científicas. Para ellos, eso ayudaría a crear una sociedad democrática, equilibrada, moderna y justa en Brasil”, dice Sevcenko.

Eso era todo lo que la naciente República parecía prometer. “Con todo, ellos tenían la convicción de que en diversos aspectos la sociedad conservadora y arcaica del Imperio parecía ser más avanzada que el régimen discrecional, brutal, represivo y reaccionario paradójicamente establecido por el republicanismo”, continua el investigador. Euclides y Lima Barreto desconfiaban de los “reformadores apresurados” del nuevo régimen; a decir verdad, un estrato de arribistas que traía consigo disposiciones discriminatorias y antisociales. En medio a un mar de elogios, ambos tuvieron la osadía de elevar voces disonantes y de hacer de la literatura no solamente arte, sino también un instrumento de cambio moldeado por los nuevos tiempos y que a su vez debería moldear esos tiempos.

“Durante todo el siglo XIX y hasta la Primera Guerra, la literatura representaba la principal arena de la opinión pública en las sociedades capitalistas de Occidente. En el caso de Brasil, con una mayoría aplastante de analfabetos, la opinión pública y los círculos decisorios afectados se concentraban en una minoría. Pero en el interior de ésta el rol de los intelectuales y los escritores era de reconocida relevancia”, explica Sevcenko. “Pocas veces la creación literaria estuvo tan sujeta a la propia epidermis de la historia tout court. “Con todo, ellos estaban divididos cuando la cuestión era aquello que era mejor para el país. “Para Euclides, se trataba de redistribuir la renta generada por el sector cafetero, volcándola hacia la promoción económica del interior del país.

En cambio, para Lima era necesario quitarle los incentivos y desactivar el sector cafetero, sostenido artificialmente a costa del perjuicio social y económico de todo el país”, observa el profesor. Euclides prefería el capital y los inmigrantes extranjeros, en tanto que Lima defendía los recursos y el trabajo nacional.De cualquier manera, se identificaban – al contrario que la mayoría de sus colegas de letras – con los estratos marginados por esa modernidad forzosa. “Y eso aunque fueran apretujados entre la masa y la elite.

Contemplaban el gobierno desde la perspectiva del hombre de la calle o del campo, al tiempo que observaban a ese hombre como objeto de proyectos de reforma política y social. Viviendo como pacientes, reflexionaban como agentes”, acota Sevcenko. La literatura se transforma así en una misión. “Estos dos conjuntos de textos permiten entrever la producción literaria, ella misma, como un proceso homólogo al proceso histórico; siguiéndolo, afrontándolo o negándolo, pero siempre en referencia a su pista de andadura propia. La literatura aparece como una institución, en el sentido de que la propia sociedad es una institución, en la medida que implica una comunidad implicada en relaciones de producción y de consumo”, analiza el autor.

El “mosquetero” Machado
De esta forma, según Sevcenko, el poeta tiene una misión más compleja que las del científico, el técnico o el gobernante, pues “a través de sus obras éstos propugnan caminos y medios concretos a los cuales el hombre simple pueda remitirse, aquel hombre degradado en su humanidad” como consecuencia del nuevo progreso impuesto que les niega su existencia y su inserción. En esta nueva edición del libro, el investigador añadió un sabroso postfacio, que incluyó a un inusitado “mosquetero”: Machado de Assis, cuya actuación analiza basándose en un cuento: Evolução [Evolución].

En él, Benedito, un hacendado productor de café, se encuentra en un tren con Inácio, empresario e ingeniero, quien le anuncia: “Brasil es como una criatura que está gateando, y solamente empezará a caminar cuando tenga muchas vías férreas”. Benedito queda maravillado con esta sentencia de Inácio a lo largo del cuento y hasta el final, donde llega feliz con su idea. La vieja elite, avispada, sabe, como puede verse a través de Benedito, que “la alternativa planteada por Inácio (la nueva elite del país, tecnocrática y republicana) permitiría reordenar el cuadro social y económico en favor de la continuidad de sus privilegios”. O, según palabras del sobrino del protagonista de El Gatopardo, de Lampedusa: “Todo debe cambiar para que todo siga igual”.

“Machado, al contrario de los escritores más jóvenes, que deseaban atacar las convenciones literarias, sabía operar a gusto en el interior delas, corroyéndolas por dentro, con su escritura reflexiva y autoconsciente. Bastaba con sospechar de los valores dominantes. O, como el mismo decía: “Mis amigos, cualquier cosa menos la burla”, comenta Sevcenko. De acuerdo con el investigador, el brujo de Cosme Velho desconfiaba tanto del viejo latifundio como de las nuevas elites científicas, y así iba más allá de sus colegas “mosqueteros” Euclides y Lima. “Para él, los pregoneros del progreso se convertían en verdugos de una sociedad en cambio. Con su simbiosis espuria con las capas dominantes, los agentes del “orden”, esa elite esclarecida bloqueó las alternativas de proyectos democráticos o de promoción social.”

No sin razón fue precisamente la República Vieja el primer gobierno, como observa Carlos Lessa en su O Rio de todos os Brasis[El Río de todos los Brasiles] (Editora Record, 496 páginas), quien se encargó de “embellecer” Río, con “El Tira Abajo”, el alcalde Pereira Passos. “Pero la furia constructiva de la gran reforma urbana de Río sería un indicador de las prácticas de segregación espacial, discriminación étnica y exclusión social típicas de la Regeneración. El Tira Abajo aprovechó la instalación de un escenario ecléctico y art noveau rigurosamente modelado de acuerdo con el urbanismo de las grandes capitales europeas”, dice Sevcenko. Era el Río del progreso, de los brasileños “modernos y de frente alta” frente a los visitantes extranjeros, la imagen viva de la “evolución”. São Paulo, algunos años más tarde, haría lo propio con sus facciones, de la mano del arquitecto Ramos de Azevedo, en un intento de esconder su pasado arcaico y lento de “capital de la soledad”, tal como observa Pompeu de Toledo.

Ambas ciudades compartieron en un principio el desinterés de los colonizadores por su espacio físico. En São Paulo se optó por la difícil vía de ascender la meseta, donde desde hacia tiempo los indios estaban establecidos, y con ellos un portugués llamado João Ramalho (en cierta forma, un curioso “padre de los paulistas”). Allá en lo alto, Martim Afonso de Souza pensaba establecer, más allá de São Vicente, un puesto de avanzada para penetrar en el interior en busca de las riquezas de plata. São Paulo acabaría debiéndole su existencia a un cura tartamudo y purista: Manoel da Nóbrega. “Da Nóbrega tenía en mente una inmensa utopía. Quería atraer todo un nuevo mundo hacia el reino de Dios y de la Iglesia.

Arrancarlo del pecado original, convencerlo de aquello que él consideraba “la verdad”, observa Toledo. Se rindió de amores por el puesto en la cima de la meseta, lo suficientemente lejos de la “perdición” de São Vicente y de los europeos. Allí podría trabajar con los indios en paz y fundar “una nación teocrática”. Y comenzó a su gusto: creando un colegio, inaugurado en enero de 1554, donde surgiría el “mundo inmaculado”. Contó para ello con la ayuda de un sacerdote novicio, de 19 años, llamado José de Anchieta, cuya constitución física enfermiza lo llevó a los “buenos aires” del Brasil. “En la aldea situada entre los ríos Tamanduateí y Anhangabaú, en el límite del sertón ignoto, y con frecuencia asediada por hordas de indios, las tónicas eran la pobreza y el aislamiento”, dice Toledo. Faltaba de todo: una cárcel para encerrar a los criminales, edificios decentes y hasta camas.

El aislamiento infundió en el espíritu de sus habitantes un horror a la interferencia de las autoridades del reino, una “virtual rebeldía propia de la lejana población de la meseta”. Las expediciones o banderas [“bandeiras”], con su búsqueda de mano de obra esclava indígena, tampoco ayudaron a aportarle docilidad o extroversión al carácter de los paulistanos: “El caudillo ambulante, que era un jefe de bandera, era también un caudillo sedentario entre los viajes”, acota Toledo. Los indios capturados por estos ejércitos liderados por los paulistas – pero compuestos por esos mismo indios -, servían como fuerza de trabajo para que la incipiente villa pudiera comerciar productos agrícolas con los centros más ricos de la costa.

Por cierto: la villa era un centro que no servía como tal, pues sus habitantes preferían aislarse en un collar de chacras, quintas y estancias que como un todo constituían el São Paulo del siglo XVII. “Los paulistas son gente desalmada y rebelde, que no le hace caso ni a las leyes del Rey ni a la leyes de Dios. Es un ir y venir, traer y vender indios”, notó un observador de la época sobre la mala fama de los habitantes de la villa.

Al contrario que Río, con sus negros presentes en todos los rincones, São Paulo convivía con los indios, comía como ellos e incluso vivía en las hamacas. La propia geografía amplia de la meseta permitió que se pudiera allí vivir aisladamente, entre iguales. En cambio, la estrechez de la franja del litoral donde se encuentra Río creó barrios que se alinean con las rocas como un collar de perlas: cada una de éstas contienen un microcosmos que reúne a pobres y ricos, forzados a convivir de la mejor manera posible. São Paulo permitió desde un principio el aislamiento y la estratificación: a comienzos del siglo XX, por ejemplo, para huir de las precarias condiciones de higiene del centro, los ricos pudieron subir rumbo a los Campos Elíseos, a Higienópolis y al altiplano, donde se construyó la Avenida Paulista. Cada cual en su lugar, aislado de los otros.

Pero esos son otros tiempos. Hasta el siglo XVII, aun con el descubrimiento paulista de los filones de oro de las Minas Gerais, la clama chicha era la tónica de la ciudad de la meseta, agudizada con el masivo éxodo de los habitantes en busca de las riquezas del interior. “Con el paso del tiempo, la ciudad cumplía su destino: al poblar Brasil, plantando poblados a lo largo y ancho de los caminos en los que se aventuraban sus habitantes, se despoblaba a sí misma”, explica Pompeu de Toledo. Un detalle: las mujeres que permanecían en la ciudad, de acuerdo con un viajante inglés, “eran anémicas y muy serias”.

En cambio, los hombres, tal como notó Saint-Hilaire, recibieron al observador francés “con una grosería propia en cualquier parte de São Paulo de los hombres de las clases inferiores”. Sin embargo, continua el viajante, “la ubicación de la ciudad es encantadora y el aire que allí se respira es muy puro”. Y fue efectivamente profético: para él, el día que Brasil empezara a industrializarse, tal proceso tendría inicio en São Paulo. Observó eso en 1819, al tiempo que se refirió también a la plaza de toros que la ciudad poseía y que mucho lo impresionara.

Una previsión notable, dado el estado de incivilización de la ciudad a comienzos del siglo XIX, cuando Río estaba en ebullición de novedades y cultura. Los estudiantes fueron los que cambiaron por primera vez el rumbo de las cosas: En 1827, São Paulo logró el privilegio de convertirse en sede de una Academia de Derecho. “Esa academia, por más modesta que haya sido, llegó para revitalizar la economía y aportarle algún movimiento a sus calles. São Paulo, medio que sin vocación desde que caducara su papel de punto de partida de las expediciones de conquista del interior, había logrado así una nueva atribución, y como consecuencia de ello, una nueva personalidad”, observa Toledo. No fue fácil conquistar esa institución, pues muchos criticaban la forma de hablar de los paulistas: “Si bien en las provincias existen dialectos con sus defectos, es sabido que el dialecto de São Paulo es el más notable.

Así la juventud del Brasil, realizando allí sus estudios, contraería una pronunciación muy desagradable”, escribió el Visconde de Cairu. Los estudiantes llegaron de todos los rincones del país, y las familias paulistas, asustadas, se escondían más todavía, encerradas en sus casas. “Las aceras del infierno son mil veces mejores que las de São Paulo, y no existen en lugar alguno mujeres que hayan sido más vírgenes que allí”, reclamó el estudiante Álvares de Azevedo.

“La ciudad estaba siendo arrastrada siempre hacia atrás por el poderoso imán del atraso”, dice el autor. Pero entonces llegó el café. De entrada, fue en el Valle do Paraíba y por lo tanto en nada ayudó a revertir el panorama. Pero luego São Paulo empezó a cosechar los beneficios del progreso. En 1865 llegó el tren, o mejor dicho, el desastre del tren, pues el primer viaje que llegaría en la Estación Luz culminó en un descarrilamiento.

“São Paulo, la provincia, se articulaba así como un todo: económicamente en torno al café, físicamente a lo largo de las vías del ferrocarril y políticamente por intereses comunes que multiplicarían la influencia de su elite en el Imperio”, evalúa Toledo. Poco centrada en la mano de obra esclava negra, no sufrió tanto con la Abolición, al menos económicamente. São Paulo prefirió ser la ciudad de los extranjeros. No se debe pensar que esto haya sido una señal de progreso y de justicia: los paulistanos usaron a los inmigrantes no como nuevos pobladores (véase el modelo norteamericano, por ejemplo), sino en reemplazo de los esclavos.

Las viejas y las nuevas elites
La República puede haber surgido en Río, pero fue tramada en São Paulo y atendió fundamentalmente los intereses de los paulistas, observa Toledo. Lo que se pretendía no era un país moderno, sino un federalismo que le diera a la provincia lo que era de la provincia: privilegios. La elite paulistana, luego de hacerse con el poder económico, vio que necesitaba del poder político. El arquitecto Ramos de Azevedo fue el Fidias de la nueva y próspera Atenas. “Ramos de Azevedo, con sus edificios monumentales, le donó a la ciudad una antigüedad nueva. Después del café, el tren, las fábricas y el régimen republicano, el arquitecto fue la cereza de la torta con la que la elite paulista festejaba su victoria”, resume Pompeu de Toledo.

Estamos de regreso al principio: en este momento, Río y São Paulo destruían su pasado “feo” cimentadas en la alianza entre las antiguas y las nuevas elites técnicas y científicas. Mientras que en 1922 São Paulo jugaba a que su pasado era antropofágico y mitológico, en Río se tiraba abajo el Morro do Castelo, donde vivían grandes poblaciones negras y mestizas pobres. El modernismo, tanto el paulista como el carioca, fue el hito decisivo de las estrategias de olvido de los tiempos renegados. Todas esas fuerzas antagónicas se reunirían en la Revolución del 30, “otra crisis histórica aguda dirimida por el reencuentro del orden con el progreso”, observa Sevcenko. Pero en este caso no había más tiempo para los “mosqueteros”. El retrato de lo viejo ya estaba en la pared. De los cariocas y de los paulistas. La pluma ya no tenía más posibilidades frente a la espada.

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