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Ciencia

Las diversas caras de la Región Amazónica

Selvas de tierra firme y terrenos inundados reaccionan de diferentes maneras

Algunos tramos de la Selva Amazónica funcionan de manera contraria a lo que se pensaba: el Bosque Nacional de Tapajós, del estado Pará, por ejemplo, libera más dióxido de carbono (CO2) de lo que consume, de acuerdo con recientes estudios realizados en el marco del Experimento de Gran Escala de la Biósfera-Atmósfera en la Amazonia (LBA), un proyecto multinacional que paulatinamente está dilucidando el funcionamiento climático y bioquímico de esta selva que cubre poco más de la mitad del territorio brasileño. Más conocido como gas carbónico, el CO2 producido por la respiración de los seres vivos y por la quema de combustibles fósiles, como es el caso del petróleo, es el principal gas regulador de la temperatura de la atmósfera terrestre.

Y otro descubrimiento del equipo del LBA: un área correspondiente a una quinta parte de la región amazónica -la de los bosques inundados, que son acometidos por las crecientes durante el período de lluvias- emite una cantidad elevada de metano (CH4), otro gas asociado al calentamiento de la Tierra, el llamado efecto invernadero. Uno de los 27 estudios sobre el LBA publicados en mayo, en el marco de una edición especial de la revista Global Change Biology, muestra que el volumen de metano liberado a la atmósfera por estas áreas ubicadas cerca de ríos e igarapés (arroyos), en la parte baja de la Cuenca Amazónica, es hasta ocho veces mayor de lo que se pensaba. Análisis realizados por el equipo coordinado por John Melack, de la Universidad de California, Estados Unidos, indican que los bosques inundados aledaños a Manaos, capital del estado brasileño de Amazonas, liberan también una cantidad de CO2 equivalente al 40% de la que es absorbida en tierra firme.

“No imaginábamos que fueran valores tan altos de emisiones de metano y CO2 en las áreas inundadas”, comenta Paulo Artaxo, del Instituto de Física de la Universidad de São Paulo (USP), uno de los coordinadores del LBA, un proyecto presupuestado en 80 millones de dólares, que agrupa a alrededor de mil investigadores de Latinoamérica, Estados Unidos y Europa. Pero esta emanación de metano, aun siendo de una cantidad tan elevada, no contribuye a agravar el calentamiento global, ya que, en el balance general, la Amazonia está en equilibrio de acuerdo con cálculos recientes.

Es decir, la cantidad de gases asociados al efecto invernadero emitidos por la selva debido a las quemas, por el suelo y por las zonas inundadas es prácticamente el mismo que la cuantía absorbida por el ecosistema de una manera general, de acuerdo con cálculos publicados por Artaxo y Eric Davidson, del Centro de Investigaciones Woods Hole de Estados Unidos. En términos prácticos, esto quiere decir que la Amazonia no es ni la gran fuente de oxígeno del planeta ni la gran contaminadora.

Interacciones
Los hallazgos referentes a la emisión de metano constituyen tan solo una muestra de los 700 estudios que se presentarán en el marco de la 3ª Conferencia Científica del LBA, que se llevará a cabo en Brasilia entre los días 27 y 29 de este mes -es la primera vez que tantas novedades sobre la Amazonia se conocerán simultáneamente. El conocimiento acumulado desde el comienzo del proyecto en 1998 les permite ahora a los expertos hacerse una idea más precisa acerca de cómo la vegetación interactúa con la atmósfera, y ayuda a dimensionar el impacto de la presencia del hombre en la selva. Se estima que viven en la región amazónica 24 millones de personas. Esta zona se extiende por Brasil, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela.

El funcionamiento de la Selva Amazónica, que de una manera general parece ser homogéneo, revela suma complejidad cuando se lo observa detalladamente, a punto tal de variar bastante de una región a otra. La Amazonia no es una selva uniforme desde el punto de vista del paisaje y del comportamiento fisicoquímico, sino que es más bien un mosaico de diferentes paisajes, que en conjunto forman un dibujo único. De acuerdo con los trabajos que se presentarán en Brasilia, los bosques de tierra firme, que ocupan aproximadamente un 80% del área total de la Amazonia, y los bosques inundados se desarrollan en diferentes épocas.

Durante la estación lluviosa, entre noviembre y abril, los árboles de los bosques de tierra firme absorben más carbono y crecen más intensamente. Pero la información nueva es que sucede lo contrario en las áreas inundadas, que crecen más durante la época de sequía, de acuerdo con Humberto Rocha, del Instituto de Astronomía, Geofísica y Ciencias Atmosféricas de la USP. Probablemente este fenómeno se asocie al exceso de agua que limita la fotosíntesis, un proceso mediante el cual las plantas, bajo el influjo de la luz solar, transforman el carbono absorbido desde la atmósfera en largas moléculas de azúcar (celulosa), el principal componente de la madera.

El proyecto LBA echó por tierra otra antigua idea sobre la Amazonia: la que indicaba que la selva sufre debido a la falta de nutrientes. Se pensaba que solamente la falta de fósforo limitaba el crecimiento de los árboles. Pero sucede que, de hecho, el fósforo es el principal nutriente en los montes no penetrados o primarios.

No obstante, un estudio realizado en los montes de Pará mostró que en las áreas degradadas hay un déficit de otro nutriente: el nitrógeno, un elemento químico abundante en la selva. Esto limita efectivamente el crecimiento de la vegetación. “Las sucesivas quemas reducen la cantidad de nitrógeno, que se transforma en gas con el calor del fuego”, comenta Michael Séller, uno de los organizadores de la conferencia del LBA e investigador del Instituto Internacional de Estudios de Bosques Tropicales, ligado al Departamento de Agricultura de Estados Unidos.

“El nitrógeno literalmente desaparece con el humo”, dice Séller. Tal descubrimiento tiene su aplicación: para recuperar las áreas degradadas por la agricultura o la ganadería, posiblemente habrá que adicionarle al suelo fertilizantes a base de nitrógeno en cantidades elevadas. Solamente en la fracción brasileña de la Selva Amazónica se deforestan 25 mil kilómetros cuadrados anualmente.Pero, curiosamente, en lo que constituye otra evidencia de cómo los tramos de la Selva Amazónica se comportan de manera diferente, la velocidad de crecimiento del monte varía a lo largo de su extensión este-oeste, desde Pará hasta Colombia.

De acuerdo con un estudio llevado a cabo por el grupo de Yadvinder Malhi, de la Universidad de Oxford, Inglaterra, la selva tiende a crecer y a morir tres veces más rápido en su porción oeste -que abarca los estados brasileños de Rondônia y Amazonas y tramos de Bolivia, Perú, Colombia y Venezuela- que en la parte este. ¿Cómo explicarlo? Una de las hipótesis indica que las tasas más elevadas de crecimiento se deben a la fertilidad del suelo de las áreas cercanas a la Cordillera de los Andes, aparentemente mayor que la de los suelos del este.

El uso de la tierra
Si la falta de nitrógeno en el suelo genera problemas para las plantas de la selva, el exceso de dicho elemento en la atmósfera también provoca cambios negativos, tal como puede constatarse en propiedades rurales dedicadas a la cría de ganado de Rondônia. Un equipo integrado por investigadores brasileños y estadounidenses juntó agua de lluvia en Balbina, estado de Amazonas, una de las áreas donde el bosque se encuentra mejor preservado, y también en Rondônia, donde la vegetación ha sufrido con las sucesivas quemas para ceder terreno a las pasturas.

El análisis de las muestras de agua de lluvia de esas dos regiones mostró resultados muy diferentes. Mientras la lluvia en Balbina contiene una pequeña cantidad de nitrógeno -2,9 kilos por hectárea- (que se encuentra bajo la forma de nitrato, un nutriente esencial para el crecimiento de las plantas), en Rondônia la lluvia contiene en 5,7 kilos promedio de nitrógeno por hectárea.

De acuerdo con Luciene Lara, del Centro de Energía Nuclear en Agricultura de la USP, la cantidad de nitrógeno en Rondônia es similar a las de áreas desarrolladas del estado de São Paulo. De ello se desprende que existen algunos problemas: los nitratos, generados a partir del nitrógeno, hacen que el suelo se vuelva más ácido, disminuyendo así la productividad de las plantas e incrementando la proliferación de algas en ríos y lagos. Aún no existe un método para medir el impacto de la acumulación de nitrógeno en los bosques brasileños, pues los daños al ecosistema aparecen recién después de 20 ó 30 años.

Con todo, lo que sí es posible es hacerse una idea acerca del tamaño del potencial estrago. Durante la década de 1960 la destrucción de bosques en Suecia y Alemania fue causada por la existencia de cantidades elevadas de nitratos y sulfatos. “En Europa es mucho más sencillo medir el impacto en la vegetación, pues existen poquísimas especies de vegetales en los bosques”, afirma Paulo Artaxo. “En la Amazonia, la enorme biodiversidad dificulta los estudios de impacto en la vegetación.”

Uno de los mayores retos de la Amazonia, y otro tema motivo de debate en la conferencia del LBA es cómo conciliar la preservación de la naturaleza con las necesidades de las poblaciones que viven en la selva. El gobierno nacional ha anunciado que pretende asfaltar la autopista BR-163, que une Cuiabá, capital del estado de Mato Grosso, con Santarém, estado de Pará, para trasladar la producción agrícola y ganadera. Pero científicos y miembros de organizaciones no gubernamentales temen por la deforestación de la Amazonia Central, práctica que suele llegar con la construcción de carreteras.

Y este resquemor se justifica: alrededor del 14% de la Selva Amazónica ha sido devastada y un 10% del área, el equivalente a la superficie del estado de São Paulo, ha sido abandonada porque el suelo se volvió pobre en nutrientes debido a la erosión acentuada o porque los pequeños agricultores no tenían más recursos para invertir en el cultivo.

Britaldo Soares, investigador de la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG) e integrante del LBA, cree que es posible reducir a la mitad la deforestación a lo largo de la carretera si antes de su construcción se pone práctica una nueva estrategia de ocupación, que contemple incentivos fiscales para la preservación y la organización de redes de productores rurales, todo esto sumado a medidas regulatorias de ocupación y una rígida y efectiva fiscalización. Otra participante en el proyecto, la geógrafa Bertha Becker, de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), también trabaja en el área. “Podemos dejar sentado un nuevo modelo de población; crear unidades de conservación y capacitar a los habitantes locales en el manejo forestal con certificación de la madera”, comenta. “Es necesario crear oportunidades de crecimiento económico con compromiso social y ambiental en la Región Amazónica.”

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