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Ficción

Sueño en forma de pez

No, no puede haber sido un sueño.

Pero ahora este mar de 1885 a mí me parece un pequeño pueblo, demasiado ínfimo para abarcar ambiciones pasadas. ¿Habrá sido todo una pesadilla? No… las aguas se desgastan en los troncos del atracadero como si amenazasen destruir Barcelona y sus ciudadanos escondidos en los satenes y en las sillas de sus casas burguesas, como si fuera para desmoronar toda la insignificancia de los nobles y los excesos de palacetes de veraneo del rey y de todos sus coches, esas máquinas sin originalidad alguna que rastrillan el polvo batido y recurrente de las carreteras de siempre y siempre, en dirección a sitio alguno demarcado por puntos invisibles en los mapas, ¿las latitudes iluminadas por cuál estrella a no ser la oscuridad de una estrella muerta?

Transformar Barcelona en una Atlántida, éste es el sueño del Mediterráneo.

¿O no? ¿Y el rimbombar de olas hasta alcanzar mis tobillos, gotas frías dejadas por el invierno que se arrastra y se extingue en dirección al final del año, rumbo a las bodas optimistas de siempre y siempre. Solo yo no estoy optimista, pero, ¿cómo podría estarlo? Fui el primer hombre en navegar en el fondo del océano, pero ¿a quién le importa eso? El mar arrastra sus torbellinos plata y suma el horizonte al final de todo, una mezcla que no desee ardientemente el infinito. Una explosión muda de lo finito y nada, eso sí.

Pero yo no, conmigo no.

No. Nada acabará conmigo, ni me rescatará de sentarme aquí en estas tablas, ni de gemir con ellas, mucho menos mis recuerdos de las expresiones entusiasmadas de Missé y Oliu al recibir las salpicaduras de las grandes olas, después de que lanzamos el Ictíneo al Mediterráneo, zozobrarán, no en el océano de mi memoria, donde no alcanzan las galochas, mucho menos los arpones. Ese día nuestros ojos devolvían efusivos los reflejos metálicos de aquel pez armado máquina, de aquella fantasía devenida materia mecánica y destornillable y nos abrazamos aquí mismo, en este embarcadero, y derramamos champagne encima de la estructura de la nave y yo berreé a los cielos de Barcelona, a quién quisiese oír: yo, Narcís Monturiol i Estarriol inventé el submarino.

No puede haber sido un sueño.

Yo no, conmigo no.

Y ahora estoy aquí, a la espera del hijo del rajá, y dejo que las olas ensopen los bajos de mis pantalones y continuo esperándolo al vendrá del fondo de un maëlstrom, de una isla perdida o de los mares de las Indias, estoy a la espera del príncipe dakkar y de su piel negra color de musgo curtida por los siete mares. Él pagará por mi rescate, pues somos de la misma raza, somos de la misma sangre, tenemos la misma inteligencia y la misma sublevación contra los poderosos.

No, nada de los despreciables Fulton y sus ahogamientos bisoños en el Sena, nada del agua sin luz de Le Havre, la gran gloria subacuática refulgió bajo el sol mediterráneo, sobre las espaldas fulgurosas de este mar, y ni Payerne, Petit, Villeroi y sus embustes o los garabatos fraudulentos de Brun y Bourgeois con sus caballos de Troya sumergidos por el fracaso y por la ignominia de los armadores de quinta categoría, no.

Pues todo aquello no puede haber sido un sueño.

Conmigo no.

Un sueño. ¿Tal vez una pesadilla?

Después de presentar mi tesis científica “Ictíneo, el pez barco”, en 1858, me presentaron al señor que sería mi gran mecenas: Josep Missé, ilustrado armador catalán que compartía los mismos sueños de igualdad que yo y Étienne Cabet y que por fin se interesó en financiar mi lucha (hasta entonces precaria y sin escudo o daga o casco que la protegiese) para ayudar a los pescadores de ostras.

Y no como Fulton, Bourgeois y los otros, no por el dinero, no por la gloria, no. Nuestros zapatos con los cromos ensopados encima del pavimento húmedo y oscilante de este muelle, frente al mar de Barcelona día y noche, nuestros sudores más febriles despejados madrugadas adentro y afuera, noches sin sueño a la luz de las lámparas de gas y después las conversaciones animadas en las tabernas, al son de nuestras voces impregnando de entusiasmo y vida, llenando los aires de las cantinas por las mañanas y por el inicio de nuevos días y nuevas posibilidades de éxito. En ellas comíamos en abundancia para inmediatamente volvernos, Oliu, Missé y yo, con nuestros brazos doloridos del esfuerzo y la lucha, nuestros cerebros enfermos de sueño. Y no por cuenta de escudos o para la posteridad, no. Todo por el esfuerzo de la felicidad común y para disminuir los riesgos innecesarios sufridos por los buscadores de conchas en la costa de Cadaques, para permitir que sus hijos conociesen a sus padres con salud e integridad física, padres trabajadores que arriesgan sus vidas precarias y descartables para llevar a la mesa de la burguesía de esta ciudad los mariscos con los cuales éstos se hartan. Una hermandad trabajadora subacuática, bajo las luces de la vida justa y cubierta por las aguas del océano, era eso lo que ansiábamos, Missé, Oliu y yo, afuera de los muros opresivos y sombríos de esta Barcelona burguesa y enriquecida por el trabajo obrero bajo el yugo de patrones y capataces. Imaginábamos una Barcelona futura bajo los mares, una Atlántida socialista libre de la pestilencia del aire inundado por la lucha de clases, nosotros, un cardumen laborioso y armónico bajo el Mediterráneo, nosotros en busca de la paz.

Y no como Payerne o Villeroi o Fulton, no nosotros. Pero, ¿habría sido todo apenas un sueño? Por eso espero aquí al príncipe dakkar, él sabrá entenderme, vendrá a rescatarme de la furia de los capitalistas que destruyeron nuestro Ictíneo, que arruinaron mis sueños y los sueños de Oliu, Missé y Cabet, que pisaron nuestra imaginación como se pisa en un tonel de uvas, aplastándolas con los dedos de los pies, la viña y extrayendo de ella el zumo para destruirlo, para mezclarlo y así retirar sus fuerzas y su identidad, así destruyendo nuestra imaginada sociedad trabajadora subacuática, así sumergiendo nuestros sueños sin dejarnos respirar, matándonos por ahogamiento como se mata a un pez en la cabecera.

Yo se que muero, ahora en 1885, pero mi príncipe submarino, mi bronceado dakkar de mares secretos y obscuros, de veinte mil leguas bajo los océanos, sí, mi capitán vendrá a rescatarme de la muerte, y yo, Narcís Monturiol i Estarriol, yo que soy su igual, yo que inventé el submarino, en esta misma Cataluña depauperada por los ricos, en esta España robada por los nobles, en este siglo en que no hay gloria de luchas, miserias y enfermedades, así mismo. Aun así y por todo ello, él vendrá a buscarme.

El 21 de febrero ellos nos destruyeron. Ese día Missé, Oliu y yo fuimos destruidos por la fuerza abominable del capital, por nuestros acreedores, por los bancos que no nos dieron más crédito. Ellos, malditos, nos destruyeron a nosotros y al Ictíneo, nuestro submarino a vapor, fabricado a costa de tanto sudor y tantos sueños, ellos lo hicieron pedacitos, ellos, ¡los malditos! Sus diecinueve escotillas de cristal, por ironía, fueron a adornar las paredes del baño de un millonario cualquiera. Las ventanas por donde veríamos a los hombres fuertes y válidos recoger ostras en las barreras de corales del fondo del mar para así mantener a sus familias con justicia, salud y merecimiento, ¡fueron a adornar la bañadera de un sujeto sin moral! El destino es a veces un payaso con colores demasiado fuertes pintados en el rostro. Embargado, el Ictíneo fue destruido y con él nuestros sueños socialistas.

Es por eso que estoy aquí, a la espera. ¿Habrá sido todo un sueño?

Pero no, y al final el mar se levanta y entonces puedo verlo, aún no en su totalidad, no en su entereza, una fortaleza ascendente, con sus caños soltando aire y agua, con los metales de sus pistones y vapores empujando algas y rocas, subiendo en dirección a la superficie, es él quien llegó, mi noble Nemo, mi príncipe dakkar surgido de continentes desaparecidos, el Capitán Nemo y el Nautilus en dirección al cielo, superando las escarpas para rescatarme de esta pesadilla donde aferré mi deseo creador, donde sacrifiqué mi imaginación a cambio de verla destrozada, así como Missé y Oliu, y entonces he ahí que viene a mí, mi capitán, el negro que sale a la luz del día y me saluda, desde dentro de su túnica hindú, bajo su turbante con esmeraldas, es él, el Capitán Nemo y su Nautilus, que vino a rescatarme de este fracaso y llevarme al fondo del mar, dejando el espectro de un submarino y de mis sueños atrás. Atrás y sobre la tierra, mientras desapareceré en medio de las olas y cardúmenes, dentro de grandes olas y plancton, hasta que membranas unan mis dedos, hasta que Neptuno me corone, hondo en dirección al fin del océano, mis sueños transmutados en agua, yo, en fin, devenido pez.

P.S. Narcís Monturiol i Estarriol (1819-1885) fue el ingeniero e inventor español que creó el primer submarino de vapor. Movido por convicciones socialistas, Monturiol inventó el aparato para servir a las comunidades pescadoras catalanas que sufrían con las malas condiciones laborales.

Joca Reiners Terron vive en São Paulo, es editor, poeta, cuentista y romancista, y publicó, entre otros, Eletroencefalodrama, No há nada lá y Curva de rio sujo.

 

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