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Ficción

Tiempoes

Amanece azul, vamos a comprar frutas en una gran feria aquí cerca. Ella se levantó cruzada:

—Si la eternidad siempre existió, ¿entonces la materia es tiempo? ¿Y lo que no es tiempo? —indaga Analee.

—No sé si el tiempo pasa, pero que la vida va, la vida va. Lo único real tangible es el cuerpo presente, si aún respira.

—¿Cómo?

—Córtese con el cuchillo, si sangra… es filosofía crítica.

—¿Y si no?

—Entonces es escéptica.

—¿Cuál es el moto continuo de lo eterno? ¿Qué se autogenera y se devora?

—El Increado nos observa y ríe, Analee. La física es poesía pura, mi querida. ¿No fue Pessoa-Campos quien dijo que “el Binomio de Newton es tan hermoso como la Venus de Milo? Lo que hay es poca gente para pagar por eso”.

—¿Entonces el mayor poeta del difunto siglo XX fue Einstein?

—Quizás.

Los pregones de los verduleros, fruteros y granjeros resuenan. Ella palpa unos tomates, examina unos caquis, insulta a la piña por haberla pinchado con la corona, recuerda y se mofa del verso de un contemporáneo al ver la berenjena. “La berenjena irradia un sol al revés”, puag –Cita y escupe.

–Así limitas la imaginación de los poetas y les das cuerda a los físicos.

Ella se rasca la chola y vuelve a la carga:

—Well, los poetas deliran demasiado, inventan mundos particulares. Idealistas por la causa perdida: decir lo indecible. Los pobres.

—¿Y qué hacen los físicos, los astrofísicos y afines? ¿Los agujeros negros? ¿El Big Bang? ¿El Universo que se expande y se retrae como una cloaca?

—Siempre pensé que la imaginación fértil era aquella que daba cuenta de todo eso. No entiendo el vacío – vacío solamente. Aun en el lugar del vacío tiene que haber… algo. ¿Qué había antes de la tal explosión (los poetas y los físicos adoran detonar, no es)?

—Tenía razón el señor Zé.

—¿Quién?

—Era broma. Es mi falsa intimidad con Aristóteles, que decía que hay algo de irracional en las ciencias de la naturaleza. Y también que el infinito cuantitativo es solo potencial, nunca actual. “Una esfera cuyo centro está por todas partes y cuya circunferencia está en parte ninguna.”

—Eso es Nicolás de Cusa, astuto.

—¡¡Aaaah!! Astuta eres tú, una niña de 13 años y ya con esas excentricidades en la chola. No debes haber dormido. ¿Te pasaste la noche leyendo nuevamente, no es cierto? ¡Mira, eh! Que agarro los libros, cierro la biblioteca y te zampo un castigo.

— ¡No, la biblioteca no, papá, por favor!

— ¿Cómo puede ser? Ya sé. No eres más que unas de las millones de mentes podridas que andan por ahí; pero, ¿no estás exagerando Analee? Metafísica, ¿tan temprano a la mañana? ¿Y encima citas mis citas?

—¿Por qué nombramos tanto?

— Para no perdernos mucho.

Fin de feria, bolsa llena, el sol en el cenit, volvemos a la casa. Almuerzo al vuelo, ella callada, pero inquieta. ¿A quién salió esta niña? A la madre no, que era una fútil. Al abuelo tampoco, un bruto.

—Salí a ti, papá.

— ¿Y ahora qué, lees el pensamiento, eh?

— No. Es causa y efecto: conozco esa arruga en la frente. Well, es necesario un impulso o combustible. Grosso modo, nosotros tenemos el almuerzo. Pero, ¿y lo eterno?

—No sé, mi querida. Lo que sé es que el hombre es solamente incertidumbre.

—¡Hey! Eso es Herodoto.

—Yo ya te dije, te pongo un castigo.

—Pues para mí la ciencia sólo será perfecta, como dicen, cuando inventen el teletransporte.

—Analee, existirá siempre el Gran Misterio. Aquel algo que ni la ciencia, ni la filosofía y ni los derivados horadarán.

—Pero vamos llegando cerquita, ¿no?

—No. Creo que nunca estuvimos tan lejos.

—¿Quién lavará los platos?

—Causa y efecto, señorita: yo los lavo, usted los seca.

Clima agradable, brisa suave, excelente para la digestión:

– ¿Y el después, del después, del después? ¿Y qué dice aquí este libro? ¿La hipótesis Dios?

–Analee, Sir Richard Burton, que anduvo por el mundo y pasó por la Tierra de los Glúteos Aventajados.

– ¡¿Ah?!

– Digo, por Brasil, en el siglo XIX, estudioso de las religiones, decía que cuanto más profundizaba en sus investigaciones más se daba cuenta de que el hombre solo se adora a sí mismo.

– Eso, prefiero quedarme con el teletransporte.

Toda la tardecita así, inquiriendo qué es ser y estar en el mundo, la materia, el tiempo, el espacio, qué son, etc., etc. La noche avanza, Analee, soñolienta en el sofá con un libro abierto sobre las piernas, mientras la llevo a la cama, la cubro con la sábana, un beso de buenas noches, y entre bostezos, aún indaga:

—¿Papá?

—¿Qué?

—Primero fueron los dinosaurios, después y hasta ahora somos nosotros, humanos, ¿las cucarachas van a dominar la tierra después de que todo explote?

—Mañana te digo.

—¿Y si todo explotara a la madrugada?

— …

João Filho es poeta y prosista, nació en 1975 en Bom Jesús da Lapa, Bahía, donde vive hasta hoy. Fue vendedor de galletas, de leche, dependiente, cargador y cadete. Publicó en 2004 el libro de cuentos “Encarniçado”.

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