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Literatura

Un libertario itinerante

En dos tomos, la obra completa de crónicas de Lima Barreto revela el poder de análisis del autor de Policarpo Quaresma

El filósofo Walter Benjamin se empachó de hachís para comprobar si aquélla era la fuente de la genialidad de Baudelaire. Al margen de granjearse una indisposición, descubrió que la droga no lo dotaba de ningún talento. Por estos lares, el genial Lima Barreto (1881-1922) se inundaba de cachaça, a punto tal de que, en el tren de la Central do Brasil, importunaba a los pasajeros afirmando que era un gran duque ruso exilado, y que mandaría a sus enemigos (entre ellos, al exitoso Machado de Assis) a Siberia. Sobrio era capaz de escribir obras maestras, incluso en el efímero formato de la crónica, tal como lo muestran los dos tomos de Lima Barreto: toda crônica (Editora Agir), con edición de Beatriz Resende. Es una reunión de sus escritos para diversos “pasquines”, que van desde 1890 hasta su muerte, en 1922.

Algo, sin embargo, reúne a ambos escritores. “En las crónicas de Lima hallamos un registro de la ‘historia de los vencidos’, para usar la expresión de Benjamín; una historia construida no por las voces oficiales, sino por aquellos que no tenían voz propia. Son la voz de quienes están al margen: de un miembro de la marginalidad, fuera del eje, del poder. Bagatelas, que forman esta historia de testimonios del cotidiano carioca de los primeros años de la República, y referencias a una vida literaria que no consta en las ‘historias de la literatura brasileña'”, dice Beatriz. “Completando lo que ya había hecho con sus novelas, pone la vida de los suburbios, de la clase media baja y de los obreros como tema de sus comentarios diarios, algo que solamente la crónica es capaz de suscitar.”

En los textos periodísticos pregonará el anarquismo, el bolchevismo, la crítica a la -voracidad insaciable de los políticos de São Paulo, cuyo desarrollo económico se rige por la siguiente ley: que los ricos se vuelvan más ricos y los pobres, más pobres-, tal como escribió en una de sus crónicas. Por sobre todas las cosas, será un pionero: defenderá el derecho de todos a la ciudadanía. “Tenía gran confianza en los cambios sociales, y una especie de fe en un mundo mejor. No tenía miedo alguno y no hacía concesiones a los poderosos; optaba por decir lo que pensaba, relatar lo que veía, combatir en pro de los excluidos y darles voz a los marginados”, explica la organizadora. “No soy un patriota, y aspiro más bien a un debilitamiento del sentimiento de patria, un sentimiento exclusivista e incluso agresivo, de modo tal de hacer posible el fortalecimiento de uno mayor, que abarcará, junto con la Tierra, a toda la especie humana”, escribe en medio al ufanismo de 1914.

Sintomáticamente, aquel hombre que soñaba con la unión de todos era un paria, y fue tal condición la que lo llevó a la crónica. Luego de que espetara a Edmundo Bittencourt, titular del periódico Correio da Manhã, en Recordações do escrivão Isaías Caminha, los grandes diarios cariocas cerraron las puertas a sus textos. “Tal exclusión, que determinará su vida como cronista, le asegurará a su vez su independencia, con lo cual se convertirá en un especial intérprete de la ciudad, inmune a la frecuente cooptación que se daba con los intelectuales”, explica Beatriz. Le sobrará la prensa alternativa, que le otorgará libertad de forma y contenido. Mientras la República rebalsaba de elogios de parte de literatos e intelectuales, Lima, junto a Euclides da Cunha, tuvo el coraje como para erigir una voz disonante: fue el aguafiestas del nuevo régimen. “Pocas veces la creación literaria se ha visto tan sujeta a la propia epidermis de la historia tout court”, apunta Nicolau Sevcenko, uno de los primeros en reconocer el carácter de “misión” de la obra del escritor.

“Cabe señalar que asumió esa lucha, que hace de la literatura un arma, en tiempos en que sus contemporáneos no podrían aceptar a un autor tomado de ese modo por una ‘misión’. Lima confió en el futuro, y así, aun 80 años después de que éstas se escribieron, la lectura de sus crónicas revela que perduran en Río y en Brasil varios problemas que él mismo apuntara, desde temas tales como el racismo, pasando por el favor como forma de acceso a los puestos políticos hasta la violencia cotidiana contra las mujeres”, recuerda la organizadora. El gran crítico de la República era, él mismo, un republicano de la primera hora y de carné. Al fin y al cabo, para Lima el nuevo régimen significaría la construcción de una sociedad más igualitaria, que repararía los horrores generados por el colonialismo y por la esclavitud imperial. Para él, ese movimiento era sinónimo de un país con hombres y mujeres en igualdad.

Dolorosamente, Lima descubrió que la novedad política podía ser más represiva y reaccionaria que la monarquía conservadora y arcaica, de la cual el país se había librado. En particular, odiaba el nacionalismo ufanista y ciego que se apoderaba de los intelectuales de la Primera República, y criticaba con vehemencia el patriotismo. En una crónica inédita, publicada por primera vez en esta compilación, que lleva el nombre de A minha Alemanha (escrita en 1919, en la inmediata posguerra), declara: “No soy nacionalista”. Frase temeraria para aquellos días de entusiasmo. “Recién ahora, con el debate referente a los peligros del nacionalismo excluyente y del fundamentalismo, podemos comprender por entero esta frase”, acota Beatriz. “Alemanes, negros, campesinos, italianos, portugueses, griegos y vagabundos, todos somos hombres y debemos entendernos en la vasta y amplia tierra del Brasil”, así termina la crónica prohibida.

Más audaz aún es otra crónica, escrita en 1918, inspirada en la victoria bolchevique rusa, donde se expresa “contra la voracidad insaciable de los políticos de São Paulo, contra el aumento de impuestos, contra la propiedad inmueble, contra el capital inmovilizado que no aporta  a la riqueza del país”, diciendo estar a favor del “confisco de bienes de ciertas órdenes religiosas, del divorcio y del derecho de las mujeres a disponer soberanamente de sus bienes”. Al final del texto, otra “bomba”: “¡Ave Rusia!” Si en las novelas hace una parodia de la historia oficial del momento, en las crónicas, Lima Barreto pretende “hacer historia”, cambiar la ciudad y el país. Y tiene el coraje de hacerlo valiéndose de un “género menor” como la crónica.

“El cronista es un artista perseguido por chronos, acosado por la necesidad de seguir siempre adelante, sin tiempo para quedarse mirando atrás. Estas contingencias lo llevan a la opción por una coloquialidad agradable, que hace del lector un cómplice. De allí las imperfecciones, eventuales incorrecciones y la presencia de contradicciones”, acota Beatriz. Entre ellas, el desprecio por el feminismo y la protesta contra los “matadores de mujeres”. En As mulheres na academia, ironiza: “A esa academia deberían integrarla únicamente mujeres. No debe tener más biblioteca, ni archivo, ni cosas por el estilo. Lo que debe haber allí son joyas engarzadas, alfileres y broches para sobreros. De esta forma, podría muy bien aportar al progreso de las letras patrias”. Las sufragistas y la feminista Bertha Lutz son igualmente víctimas de su veneno.

El mismo hombre es capaz de hacer una defensa encendida de las mujeres, en una crónica de 1915 en la cual, comentando crímenes pasionales acaecidos en la capital federal, intenta -convencer a los hombres de que no tienen sobre las mujeres más dominio que aquél que provenga de la afección. Dejen que las mujeres amen a su gusto. “No las maten, ¡por el amor de Dios!”. Son dignas de nota, debido a su curiosidad, sus crónicas en las cuales revela su aversión por el football. “Lo repito: el papel del football es causar disensiones en el seno de nuestra vida nacional. Ésa es su alta función social. Los mayores déspotas y los más crueles salvajes martirizan, torturan a sus víctimas, pero al final las matan. Maten de una vez a los de color. Y viva el football, que ha dado tantos hombres eminentes a Brasil. iViva!”. “De los principios anarquistas de la juventud, guarda la animosidad contra el football, en aquel momento un deporte de elite, que excluía a los negros de sus cuadros o camuflaba el color oscuro con polvo de arroz, y contra el Carnaval, ambas prácticas consideradas ‘opios del pueblo'”, explica Beatriz.

En 1921, yendo a contramano, era antiamericano. “Otro producto descubierto por el señor Hernández es, como ya dijimos, el chicle o goma de mascar, cuyo consumo se verifica en gran escala en América del Norte. Y así son las cosas: con el árbol que suministra el material para aislar cables submarinos, ganaremos dinero y, por si esto fuera poco, podemos proveerles a los americanos goma para fabricar confites para endulzar su boca y sacarles algo”. Al final de su vida, se irritó con los modernistas paulistas, a quienes juzgaba como imitadores del futurismo de Marinetti al que, según decía, conocía de larga data. “Me mandaron una revista de São Paulo que se llama Klaxon. Al principio, pensé que se tratara de una propaganda de alguna marca de automóviles. Pero luego que descubrí que se trataba de una revista de Arte, de Arte trascendente, destinada a revolucionar la literatura nacional y de otros países, incluso Judea y Besarabia”. En cambio, los modernos se rehusaron a darle un lugar de derecho como modernista.

Pero las ironías tuvieron un precio alto y humillante, que puede leerse en otro lanzamiento de escritos de Lima, O cemitério dos vivos, de la colección Biblioteca Invisible, de Editora Planeta, que reúne O diário do hospício, narración personalísima de su internación en una institución mental, y la novela inconclusa O cemitério dos vivos, iniciada durante su segunda internación, en la ciudad Natal, en 1919. “Perfectamente orientado en el tiempo, en el lugar y en el medio, confiesa desde el vamos hacer uso en gran escala del aguardiente; comprende que es un vicio muy prejudicial, sin embargo, pese a sus enormes esfuerzos, no logra dejar la bebida. Es un individuo de cultura intelectual y dice ser escritor: ha publicado cuatro novelas”, anotan en su historia clínica.

Durante tres días permaneció recluso en el pabellón de los indigentes, con capacidad para 200 internos, pero habitado por el doble. Sufre horrores en manos de los enfermeros. “Me hizo baldear el balcón y lavar el baño, donde me dio un excelente baño de ducha de chicote. Todos estábamos desnudos y me dio mucho pudor. Me acordé del baño de vapor de Dostoyevsky en Recuerdos de la casa de los muertos. Lloré, pero me acordé de Cervantes y de Dostoyevsky, que peor deben haber sufrido”. Escribe, entonces en hojas duras, primero sus experiencias biográficas, y luego una novela. La literatura deja de ser una misión para convertirse en una tabla de salvación.

El escribir se transforma en una manera de mantener sano, de no sucumbir ante la humillación y mantener la ciudadanía y la identidad de escritor. En la novela, actos fallidos: dos veces al hablar del personaje Vicente Mascarenhas, un empleado público alcohólico y frustrado, usa su propio nombre.  Una vez más, Benjamín y él cruzan sus caminos. La narración pasa a ser vivir la experiencia, una forma de pasar de ser participante a ser observador, sin por ello perder la capacidad de comunicar la Erfahrung. Como observa Arnoni Prado, era el final del “libertario itinerante que el destino borró bajo la barbarie de los trópicos”.

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