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Botánica

Las bellas y las bestias

Una obra que muestra las orquídeas del Brasil Central, y detalla los daños ocasionados por virus e insectos

Entre las 16 mil orquídeas cultivadas en el Instituto de Botánica de São Paulo, reunidas en largos pasillos, cubiertos de plantas hasta el techo, está perdida hace al menos 20 años una lluvia de oro, así denominada en virtud de sus pequeñas flores amarillas, que penden de las ramas cuan cascada. Esta especie, la Oncidium flexuosum, es relativamente común en Brasil, pero tiene el valor de una joya rara para el botánico Fábio de Barros: ese mismo ejemplar de lluvia de oro le engendró un acendrado amor a las orquídeas hace 32 años. En aquella época, cuando tenía 16 años, Barros hizo algo que hoy en día sería reprobable: arrancó la planta de un árbol, en una chacra de Juquitiba, sudeste paulista, y se la llevó a su casa, en la ciudad de São Paulo. Su madre, Antonieta, le explicó que se trataba de una orquídea. Es uno de los mejores recuerdos que guardo de mi madre, comenta Barros. Nia, como le decía a su mamá, murió meses después, por eso no tuvo tiempo de ver a su hijo convertirse en uno de los principales especialistas en orquídeas de Brasil.

Barros es muy respetado, a punto tal que sus colegas le pusieron su nombre a una orquídea de flores púrpuras: la Pleurothallis fabiobarrosii, que vive en el suelo pedregoso de un conjunto de sierras del norte de Minas Gerais, conocido como Cadeia do Espinhaço. Crece también, en los llamados campos rupestres de ese estado, repletos de hierbas y arbustos de flores abundantemente coloridas, una variedad de orquídea recientemente descrita por Barros: la Grobya cipoensis, que perfuma y adorna los tramos más altos de Sierra do Cipó, región central de Minas Gerais, con su dulce aroma a miel y sus flores menudas amarillas salpicadas de marrón. La G. cipoensis, la más reciente de las 11 especies descritas por Barros, apareció en mayo de 2004 en un artículo de la revista inglesa Botanical Journal of the Linnean Society. En ese mismo trabajo, Barros y el ilustrador botánico Ricardo de Azevedo Lourenço describieron otra especie del mismo género: la Grobya guieselli, cuyas flores amarillas se asemejan a un pájaro. Hallada solamente en tramos del Bosque Atlántico del estado de Santa Catarina, la G. guieselli puede ser hasta tres veces más grande que la especie de Sierra do Cipó. Llega a medir 61 centímetros de altura.

Otros descubrimientos de Barros aparecen en el libro Orquidologia sul-americana: uma compilação científica, coordinado junto a Gilberto Kerbauy, otro expertos en estas plantas, que trabaja en el Instituto de Biociencias de la Universidad de São Paulo (USP). Editada por la Secretaría de Medio Ambiente del Estado de São Paulo, esta obra reúne estudios de cuño puramente científico y otros esencialmente prácticos, firmados por 20 investigadores brasileños y uno argentino enriquecidos, por supuesto, con fotos e ilustraciones deslumbrantes.

Merece destacarse un estudio del propio Barros sobre la distribución de especies de orquídeas en las mesetas y sierras del Brasil Central. Al analizar las sierras de Minas Gerais, Goiás y Bahía, el botánico paulista constató la sorprendente diversidad de orquídeas de dicha región. Se creía anteriormente que esta zona enclavada en corazón del país era pobre en especies de este grupo de plantas, pues prepondera la vegetación de Cerrado [Sabana], normalmente seca, con árboles bajos y dispersos, y sujeta a incendios naturales frecuentemente.

Las flores de los campos rupestres
Comparando la vegetación de Sierra do Cipó, Minas Gerais, con la de Ilha do Cardoso, remanente de Bosque Atlántico ubicado en la costa sur de São Paulo, Barros desvirtuó esta idea errónea. En efecto, la Sabana en general presenta realmente baja diversidad de orquídeas ante la exuberancia del Bosque Atlántico o de la Amazonia. Sin embargo, dos ambientes específicos del Cerrado los campos rupestres, que ocupan los tramos más altos de la Sabana, de más de mil metros de altura, y los bosques ciliares, que crecen en los bordes de los ríos? albergan decenas de especies diferentes. Por allí viven ejemplares tan distintos como la Habenaria magniscutata, una especie terrestre de raíces y hoja finas, y la Bulbophyllum weddellii, de raíces y hojas carnosas ambas exclusivas de los campos rupestres.

Por último, la diversidad de orquídeas de la región del Cerrado mostró ser tan sólo escasamente inferior a la observada en Ilha do Cardoso, un refugio de selva costera que constituye el paraíso de las orquídeas: solamente allí, un área aproximada de apenas 150 kilómetros cuadrados, ya se identificaron 101 especies. Este total representa alrededor del 3% de las 3 mil especies de orquídeas existentes en las selvas y campos de Brasil, país rico en especies exclusivas: alrededor de 1.700 existen únicamente acá. En el mundo son 20 mil especies naturales y otras 30 mil híbridas, generadas por el cruzamiento de especies diferentes en laboratorio.

¿Cómo explicar entonces esta inesperada riqueza de orquídeas en el Brasil Central? Parte de la respuesta parece no estar allí, sino en los dos ecosistemas vecinos: la Selva Amazónica, al norte y noroeste, y el Bosque Atlántico, al este. Estas dos grandes masas de selva preservan una amplia variedad de especies de orquídeas, que pueden encontrarse también en los bosques ciliares del Brasil Central, explica Barros. En cierta forma, los bosques ciliares del Cerrado conectan este ambiente con sus vecinos más húmedos: la Amazonia y el Bosque Atlántico, permitiendo así el intercambio de especies.

Mucho más difícil es explicar qué es lo que hace a estas plantas tan fascinantes. Las razones pueden ser tan variadas como las propias orquídeas. Hay especies de dos milímetros, en tanto que otras llegan a los cuatro metros de altura; las flores pueden ser absolutamente blancas o tan coloridas como las pinturas de los artistas surrealistas; algunas especies generan una sola flor, mientras que otras exhiben más de un centenar al mismo tiempo. Las estrategias de supervivencia también son notables: estas plantas se adaptan prácticamente a cualquier ambiente la mayoría es epífita, es decir, crece sobre los árboles y soportan meses sin lluvia, pues son capaces de almacenar agua y nutrientes en las hojas, en las raíces y en el tallo.

Olor a carne podrida
Pero lo que más encanta en estas plantas son sus variados mecanismos de reproducción. En una ocasión, el naturalista inglés Charles Darwin, creador de la teoría de la evolución de las especies por la vía de la selección natural, escribió que las adaptaciones ligadas a la polinización de las orquídeas transcienden incluso a aquello que la imaginación humana podría crear. Ejemplares de algunas especies de Ophris imitan al compañero sexual de los insectos polinizadores, que, seducidos por el olor, el color y el formato, intentan copular con las flores claro que no lo logran, pero de allí salen con el polen, que cargan hasta otra flor de orquídea. Otras atraen a los insectos por la forma de sus flores, y otras otras, como las de los géneros Pleurothallis y Bulbophyllum, hacen que cualquiera se asquee con su olor a carne podrida, pero es exactamente ese olor, emanado por sus flores rojas, lo que atrae a las moscas y son ellas quienes transportan el polen hacia otro ejemplar de la misma especie, y así aseguran la fertilización de la planta.

Virus y avispas
En otro capítulo del libro, Lo Siok Tien, Silvia Galleti y Cesar Chagas, del Instituto Biológico de São Paulo, muestran cómo lidiar con los principales virus que infectan a estas plantas. De los 27 tipos ya identificados, hay tres más agresivos: el virus del mosaico del Cymbidium, el de la mancha anular de Odontoglossum y el Rhabdovirus. El primer virus afecta al 11% de las orquídeas existentes en el estado de São Paulo, y tiñe sus hojas con manchas amarillentas. En tanto, el virus de la mancha anular ocasiona el surgimiento de anillos de tejido muerto, mientras que el Rhabdovirus salpica las hojas con puntos de un color castaño rojizo. Estos virus, transmitidos principalmente por el uso de tijeras o de vasos contaminados, se mantienen a raya únicamente mediante la desinfección del material de poda y de plantío, o con medidas más extremas, como la eliminación de las plantas enfermas o presuntamente infectadas.

Los virus no son los únicos enemigos naturales de las orquídeas. Una pequeña avispa negra, la Calorileya nigra, deposita sus huevos en las raíces de algunas especies del género de Cattleya, que, como consecuencia de ello, crecen feas y deformadas. A medida que las larvas de esa avispa se van desarrollando, surgen en las raíces glóbulos denominados técnicamente agallas radiculares, descritos en detalle en un capítulo firmado por Barros y dos especialistas del Instituto de Biociencias de la USP: Jane Kraus y Makoto Tanoue. Hay también otros capítulos con estudios de interés de los productores de orquídeas, cuyas ventas mueven anualmente alrededor de 400 mil reales en el mercado interno brasileño, mientras que la exportación de plantines de orquídeas genera una facturación anual de alrededor de 100 mil dólares. Es una cuantía pequeña del mercado de flores de Brasil, estimado en ese mismo libro en dos mil millones de reales, pero este negocio puede precisamente florecer. Existe un inmenso potencial que puede explotarse?, afirma Barros. Brasil tiene un vasto territorio, un clima propicio para el cultivo de plantas tropicales y una gran variedad de especies que pueden cultivarse comercialmente.

La flora brasileña alberga efectivamente una vasta variedad de orquídeas, y muchas de ellas no han sido descubiertas aún, en tanto que otras probablemente se han extinguido. Solamente en el estado de São Paulo existen 140 especies que están en riesgo de desaparecer. En Brasil, dos de las orquídeas más amenazadas son la Cattleya schilleriana y la Cattleya velutina, bastante codiciadas por tener flores grandes y vistosas ambas prácticamente han dejado de existir en su ambiente natural que es el Bosque Atlántico, y se las mantiene vivas en cultivo. Pero hay también otras formas de redimir las pérdidas: grupos de orquideófilos reproducen especies nativas raras en laboratorio y llegan incluso a reintroducirlas en su ambiente natural. Es una forma simbólica de devolverle a la naturaleza aquello que el hombre le ha quitado.

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