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Zoología

Mientras que la lluvia no llega

Una rana exclusiva de la zona de la Caatinga vive en huecos de árboles, que cubre con su cabeza dura y espinosa

Al notar las primeras señales de que la tierra se está calentando y el agua está escaseando, la rana de pared se mete de torso en un estrecho hueco de un árbol y se encierra, usando como tapa su cabeza chata y huesuda, en forma de escudo. Esta rana de piel lisa y húmeda, que mide de 10 a 15 centímetros de longitud con sus patas estiradas, puede permanecer alojada allí dentro durante meses, o hasta años, dependiendo de la intensidad de la sequía, prácticamente sin perder agua, hasta que la lluvia vuelva. Pasa sus días inmóvil, como que atontada de sueño, y sólo se despierta a la noche, en caso de que detecte algún insecto cercano. En tal caso, rápidamente lo devora y, una vez saciada, retorna al estado de letargo, con su organismo funcionando lentamente. La Corythomantis greeningi es un ejemplo notable de la adaptación de los anfibios a la crónica falta de agua del semiárido del nordeste de Brasil.

Durante décadas se pensó que su habilidad para ahorrar agua se debiese solamente a su cabeza seca y dura como una piedra, que clausura la entrada del hueco o de las hendiduras de rocas donde se esconde. Pero ahora, un equipo del Instituto Butantan, coordinado por el biólogo Carlos Jared, demostró que la cabeza por sí sola, aunque funcione como tapa, colabora poco en lo que  a economía de agua se refiere. “El propio acto de esconderse y de crear una barrera con una parte del propio cuerpo permite una enorme economía hídrica”, dice Jared. En un artículo publicado en la revista inglesa Journal of Zoology, Jared y otros investigadores del Butantan, de la Universidad de São Paulo (USP) y de la Universidad Federal de São Paulo (Unifesp) demuestran que esta cabeza rara tiene un papel mucho más importante: proteger a la rana contra sus predadores. Además de hacer las veces de un casco, está cubierta de espinas y glándulas venenosas que liberan cierta por medio de protuberancias similares a verrugas oscuras, mucho mayores en la cabeza que en el resto del cuerpo.

Aun sabiendo del veneno, Jared, con el propósito de mostrar cuán dura y delgada es la cabeza de esta rana, sujeta con la mano uno de los 16 ejemplares traídos de Angicos, estado de Río Grande do Norte, y mantenidos en el bioterio del Butantan. Al sentirse atrapado, el animal inmediatamente empieza a girar y a refregar el cráneo entre los dedos de Jared, liberando así un líquido blanquecino y viscoso, cuya letalidad es similar a la del veneno de la yararaca, tal como un equipo del Butantan lo corroboró. “Me duele un poco, pero fue superficial, no entró en el torrente sanguíneo”, dice el biólogo antes de lavarse las manos de prisa. Jared había sugerido en un estudio publicado en 1999 que la secreción de la piel de esta especie tendría también una acción antibiótica, ya que el animal permanecía durante mucho tiempo encerrado en un ambiente húmedo, probablemente poblado de hongos y bacterias. Y tal como otro equipo del Butantan comprobó, existe de hecho un antibiótico en esta secreción.

Un camuflaje natural
En la lucha contra los predadores, la rana de pared cuenta también con las espinas que forman una capa ósea sobre la piel y cubren toda la cabeza, incluso los párpados. “Con estas espinas”, dice Jared, “se les hace muy difícil a los predadores devorar a la rana o sacarla de su escondrijo”. El científico cree que las espinas y las glándulas de veneno funcionan incluso contra animales pequeños, como es el caso de los insectos hematófagos, que pueden haber descubierto su camuflaje -la cabeza tiene la misma textura y el mismo color que las cortezas de los árboles- e intentan chuparle la sangre.

Identificada en 1896 por el biólogo belga George Albert Boulanger, con base en  ejemplares mantenidos en el British Museum de Londres, esta especie exclusiva de la Caatinga tiene el nombre popular de rana de pared porque a veces aparece pegada en las paredes de los baños de las casas de la zona que va del norte del estado de Minas Gerais hasta Maranhão. Es también una forma de diferenciarla de la rana verdadera, también llamada de rana pimienta (Leptodactylus labyrinthicus), de porte más impresionante, diez veces más pesada que la rana de pared y capaz de comer dos lauchas enteras con un sólo bocado.

Otros anfibios se valen de artificios incluso opuestos, que les permiten resistir el calor abrasador del semiárido. Tal es el caso del sapo cururú (Bufo jimi), un grandulón prsuntuoso: puede vérselo cazando insectos incluso bajo un sol intenso. Resistesegún Jared  porque su piel está constituida por una espesa capa de gránulos de calcio que obstruye la salida de agua. Esta armadura parece estar ausente sólo en la región de la ingle, intensamente vascularizada, por donde el agua penetra en el cuerpo de los anfibios. “Un sapo sentado sobre una región húmeda puede estar bebiendo agua a su manera”, dice el biólogo del Butantan.

En tanto, las ranas Proceratophrys cristiceps, otra especie exclusiva de la Caatinga, se abren camino en busca de humedad con las patas traseras en la arena del lecho de ríos temporarios, cuya superficie ya se ha secado. Pueden quedarse enterradas en una columna de hasta un metro de arena y resurgir somnolientas cuando los habitantes locales cavan un pozo en los ríos secos en busca de agua. El estado de modorra con que la Proceratophrys se muestra a estas horas es el equivalente en los trópicos a la hibernación ?es la llamada estivación, accionada por la sequía en lugar del frío, cuando el metabolismo de los animales prácticamente se detiene.

Cuando la lluvia vuelve, durante los primeros meses del año, las plantas renacen de un día para el otro, la tierra se cubre de verde y las ranas y los sapos salen del estado de sopor: empieza entonces el croar de los machos en busca de las hembras para el apareamiento. Las Proceratophrys machos cantan al unísono y crean un sonido fuerte, que hasta las hembras más distantes consiguen escuchar. No se puede perder tiempo: hay que reproducirse y alimentarse con rapidez, antes de que termine la época de las lluvias y la sequía vuelva a asolar al sertón.

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