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Economia

El otro lado de la fortuna

Estudios apuntan a entender qué lleva a que un rico sea rico en Brasil

En The rich boy, uno de sus cuentos de juventud, el escritor estadounidense F. Scott Fitzgerald escribió que los ricos son distintos que usted y yo. Lo son, espetó en carta a su amigo, el también novelista Ernest Hemingway, ellos tiene más dinero. Esos dos predicados adjudican a ellos un tercer privilegio: los ricos se esconden y son muy poco estudiados. Existe una extensa literatura referente a la pobreza en Brasil, pero, a su vez, existen pocos estudios sobre los ricos. Y estudiarlos es algo relevante, pues son ellos quienes ostentan el poder, y sus acciones afectan a una grande masa de personas, incluidos allí los pobres. Por otra parte, se quedan con la mayor parte de la riqueza del país, por eso una de las formas de mejorar las condiciones de vida de la población más pobre es la redistribución de las riquezas en el seno de la sociedad, explica Marcelo Medeiros, coordinador de una investigación aplicada del Instituto de Investigación Económica Aplicada (Ipea, sigla en portugués) en el International Poverty Centre de la ONU, y autor de la tesis doctoral Qué hace a los Ricos ricos: un estudio sobre los factores determinantes de la pobreza. Dicha investigación saldrá publicada en libro de Editora UnB en octubre. Para el autor, si bien sabemos qué grupo debe recibir recursos, poco sabemos acerca de los van a cederlos.

Sin embargo, las estadísticas no faltan para demostrar que, como dice Medeiros, la pobreza de muchos está directamente conectada a la riqueza de pocos. Basta con leer el estudio Atlas da exclusão social no Brasil: os ricos, elaborado por docente de la USP, Unicamp y PUC-SP, que revela que los ingresos del 10% más rico corresponde al 45% del PIB nacional. La situación empeora si incluimos en dicho cálculo datos sobre el patrimonio: en ese caso, el porcentaje se eleva al 75,4% de la riqueza total brasileña. Considerando otros parámetros, cinco mil familias (es decir, 0,001% del total) tienen el 3% de la renta nacional. Entre los años 1980 y 1990, Brasil registró un aumento de la cifra de ricos, aunque hubo una merma del crecimiento del país: de ser el 1,8% de la población, treparon al 2,4%. Pero, ¿quiénes son los ricos? En su estudio, Medeiros creó una línea de riqueza, definida a partir de la pobreza y de la desigualdad, que estaría en alrededor de 3.500 reales per cápita. Una familia típica de cuatro personas tendría ingresos totales de 14 mil reales. Cabe acotar que, debe tenerse en cuenta que ésos no son los muy ricos, pero componen el grupo del 1% de la población que tiene el 11% del ingreso. Y un detalle terrible: los pobres gastan el 32,79% de sus ingresos con comida, mientras que los ricos, tan sólo el 10,26%, lo que demuestra que los pobres pagan proporcionalmente más tributos que los ricos que viven con confort.

Un milagro
Estos datos asustan a cualquiera, de cualquier de corriente económica. La pésima distribución del ingreso parece ser una plaga perpetua en Brasil. Resistió a los brotes de crecimiento del milagro brasileño y a los efectos positivos de la reducción drástica de la inflación desde el Plan Real, aseveró el ex ministro y docente de la USP Delfim Netto en un artículo reciente. Las altas tasas de interés castigan más aún a los pobres: cada vez que los intereses se elevan un 1%, el ingreso del trabajador cae un 1,09%, mientras que los ricos pierden un 0,72% de sus rendimientos. La política de tasas altas tiene un efecto devastador sobre la distribución del ingreso, pero es menos visible que los efectos que provoca la inflación, analiza Márcio Pochmann, economista de la Unicamp. Asimismo, Pochmann advierte que el pago de los elevados intereses de la deuda pública compromete las inversiones en la economía real, generando así desempleo y afectando más aún a los pobres. Así es como el dinero migra una vez más hacia los ricos. Es importante recordar que existe una clara intersección entre las elites económicas y las elites de poder: de esta forma, al margen de orientar los destinos de la economía, ellos también influyen sobre las decisiones de Estado y la formación de la opinión pública, acota Medeiros.

Y Delfim Netto fue preciso: es ésa una plaga perenne. Los cambios de régimen político, las fases de euforia y de depresión de la economía, la modernización de valores y costumbres; nada de eso fue capaz de alterar expresivamente esa segmentación entre una masa grande de pobres y una pequeña pero rica elite, evalúa Medeiros. En su trabajo, el investigador de Ipea, basándose en datos del IBGE, echa por tierra antiguas y arraigadas explicaciones de la desigualdad social. Algunas éstas son incluso son esgrimidas como hipótesis para acabar con la pobreza. Al igual que el control de la población, la idea de que los pobres son pobres porque tiene más hijos que los ricos. Tan sólo el 3% de las familias brasileñas tienen más de tres hijos de menos de 10 años. Las tasas de fecundidad se ubican en niveles bajos. Decir que el control de la población es la solución de la pobreza es endilgarles a los menos privilegiados la culpa por su situación.

Medeiros observó en sus simulaciones qué sucedería si los ricos tuvieran más hijos y los pobres, menos. El hecho de que una familia corresponda a la mitad de la familia del otro no explica la cuestión de que los ricos tengan una renta 27 veces mayor que la de los pobres, advierte. No existe ninguna razón para creer que el tamaño de las familias es lo que hace que las personas sean ricas. La riqueza no es producto de un mayor control sobre la cantidad de hijos por parte de los ricos. Justificar la desigualdad en esos términos es decir que el pobre es irresponsable, y el rico es disciplinado, y que eso explica la diferencia existente entre ellos. Otro mito recurrente, según Medeiros, sería el ideal de crecimiento económico puro (es decir, aquel que aumenta el nivel del producto de la economía sin alterar su distribución) como panacea para la desigualdad. Aun cuando el país fuera capaz de mantener durante dos décadas tasas estables de crecimiento del 4%  anual, es decir, crecer a más del doble de la velocidad de las dos últimas décadas, y duplicando el PBI actual, la pobreza seguiría incidiendo sobre el 12% de la población. Así, para el investigador, el crecimiento puede ser bueno, pero es insuficiente para reducir la desigualdad entre ricos y pobres.

Pero, entonces, ¿qué es lo que los diferencia?La forma desigual en que se remunera a los trabajadores de cada grupo. El promedio de la remuneración por hora trabajada de los ricos es 9,2 veces mayor que la de los no ricos. Esto indica que, aunque los no ricos tuvieran la misma composición y organización familiar que los ricos, las desigualdades entre ambos estratos persistirían, dice Medeiros. También carece de fundamento la idea de que en gran medida la riqueza puede explicarse en función de las jornadas de trabajo más extensas. Aun cuando los trabajadores no ricos aumentasen sus jornadas de trabajo al nivel promedio de los ricos, poquísimos se volverían ricos. Otro mito que debe caer por tierra es el de la educación como forma de abrirles a todos las oportunidades de ser ricos por medio del trabajo. Las simulaciones demuestran que un nivel elevado de educación de los trabajadores, lo que conlleva una gran inversión, y de largo plazo, es una condición necesaria, pero no suficiente para que una familia sea rica, dice. Incluso suponiendo un aumento significativo del nivel educativo de los trabajadores, no es de esperarse una gran movilidad ascendente hacia el estrato rico.

Relaciones
En su tesis, Medeiros pone de relieve la importancia de tener en cuenta ciertos factores externos, como la inserción en redes de relaciones sociales, la posesión de capital cultural y la propiedad de recursos productivos, todos éstos, elementos que elevan la remuneración del trabajo. Medeiros recuerda que, tanto para los pobres como para los ricos, el ingreso proviene efectivamente del trabajo, aunque trabajo significa cosas distintas para ambos grupos. De esta afirma, afirma, los ricos tienen características que los hacer ser ricos por haber nacido ricos, y con buenas posibilidades se seguir siendo ricos. Ellos son diferentes, efectivamente. De cualquier modo, no debemos ser pesimistas con relación al futuro, sino afrontar el hecho de que la erradicación de la pobreza y la reducción de la desigualdad solamente se concretarán con la redistribución del ingreso, es decir, con la transferencia de recursos de los más ricos a los más pobres, afirma el investigador. Mucha gente que leerá este artículo forma parte de la elite del 1%, mal que le pese admitir tal idea. Y casi todos los lectores forman parte del 10% más rico. Esto no es un juicio de valor, sino un hecho de nuestra distribución de renta, evalúa.

Medeiros argumenta con razón que, para entender la pobreza, es indispensable analizar la punta de la pirámide, los ricos, toda vez que la pobreza en Brasil es el resultado de la pésima distribución del ingreso, observa Celi Scalon, del Instituto Universitario de Investigaciones de Río de Janeiro (Iuperj), en un comentario sobre el trabajo del investigador. Al rechazar las alternativas más fáciles y digestivas, tales como el control poblacional y el crecimiento económico, el autor opta por un camino arduo y poco simpático para la elite, que tiene no solamente el poder económico sino también el poder político y el poder simbólico. Rafael Guerreiro Osorio, del Centro Internacional de Pobreza del Programa de la ONU para el Desarrollo, coincide. Las soluciones factibles para disminuir la pobreza deberán redundar en alguna forma de dejar a los ricos menos ricos, plantea en un análisis de las hipótesis de Medeiros. Flavio Comim, de la Universidad Federal de Río Grande do Sul (UFRGS) y de la Universidad de Cambridge, otro analista de la tesis del investigador, enfatiza la idea de que la implicación de los ricos constituye un engranaje fundamental para la armonización de intereses sociales y la provisión de un Estado de bienestar social mínimo. Dependemos tanto del Estado como del sentimento moral de los ricos para progresar en dirección hacia una sociedad menos injusta y moralmente más aceptable.

Amenaza
En ese mismo cuento donde Scott Fitzgerald muestra cómo los ricos son distintos, revela también el reverso de la fortuna: Ellos creen desde lo más profundo de sus corazones que son mejores que los otros, precisamente porque las compensaciones y los refugios de la vida fueron cosas que nosotros descubrimos por nosotros mismos. Aun cuando llegan a penetrar en nuestro mundo, siguen pensando que son mejores que el resto del mundo. Así, la tarea planteada por Medeiros no es fácil de alcanzarse. Las elites creen que los problemas sociales son las mayores amenazas que se ciernen sobre democracia brasileña?, sostuvo Elisa Reis en su investigación intitulada Las percepciones de la elite sobre la pobreza y la desigualdad. Fruto de varias entrevistas, el survey de Elisa, elaborado para el Iuperj, reveló que la educación es apuntada por los ricos como el camino más adecuado para dotar a los desposeídos de recursos. Con una mejor educación, los pobres tendrían posibilidades de competir por un lugar mejor en la estructura social, sin necesidad de que eso implique en costos para los no pobres. El trabajo de Medeiros ha demostrado la falacia de esa idea.

Sea como sea, para los ricos, la culpa de la miseria es del Estado. De acuerdo con el estudio de Elisa, las elites creen que las cosas podrían cambiar si existiera voluntad política y si el Estado cumpliese con su rol?. La investigadora subraya que los resultados podrían hacer creer en una conciencia social elevada de los ricos, ya que los problemas sociales estarían en el tope de sus preocupaciones. Lo que podría llevar, según ella cree, a una evaluación errónea en el sentido de que nuestra elite desearía repetir acá lo que los ricos de los países desarrollados hicieron, bajo la forma de soluciones colectivas públicas (reforma agraria, educativa, etc.) para la resolución de la pobreza en Europa y la consolidación del Welfare State. No obstante, eso no procede. Falta una noción de responsabilidad social entre los ricos. Aparentemente, no se ven como parte de un todo, ni tampoco ven al Estado como parte de la sociedad pues, al responsabilizarlo por la pobreza, las elites se eximen de la responsabilidad colectiva, evalúa. Existe prácticamente un consenso entre los ricos en que el Estado es y debe ser el responsable del combate contra la pobreza. Esa percepción es tan difundida entre esos grupos como la idea de que la liberación del comercio, la privatización de las empresas estatales y el achicamiento del Estado son transformaciones sumamente positivas, concluye el estudio de Elisa.

Los pobres brasileños, a su vez, exaltan la buena vida de los ricos y la consideran justa, como se asevera en el estudio de Celi Scalon sobre la viveza brasileña [jeitinho brasileiro] para convivir con las desigualdades de ingresos. Los brasileños tienen un gran aprecio por las acreditaciones, y atribuyen un peso importante a las calificaciones profesionales, como recursos para la adquisición de status, analiza la profesora. En tal sentido, los altos salarios son justificables cuando se los vincula al mérito individual (esfuerzo, calificación, inteligencia, educación) y, por lo tanto, la desigualdad de renta es moralmente o éticamente legítima, observa Celi.  En la misma investigación, la autora descubrió que los brasileños justifican las desigualdades de ingresos cuando las reconocen como necesarias para la prosperidad del país. Este tipo de legitimación de las desigualdades nos hace acordar de la lógica que imperó en Brasil en el período de la dictadura militar, cuando se afirmaba que era necesario primero hacer que la torta creciera, para luego repartirla. Todo indica que esa creencia perdura todavía por estos días. Los mitos descritos por Medeiros aún sobreviven.

Declinación
Sin embargo, no todos coinciden con el investigador. Cláudio Dedecca, economista del Centro de Estudios Sindicales y de Economía del trabajo (Cesit) y profesor libre docente del Instituto de Economía de la Unicamp, en comentario al estudio sobre los ricos, argumenta que durante los últimos 25 años la economía nacional ha venido sufriendo una declinación del producto per cápita generado por los trabajadores brasileños económicamente activos, es decir, se registra una merma de la productividad social media. Por lo tanto, la distribución del ingreso en las condiciones actuales de la economía brasileña permitirá a lo sumo reducir el grado de pobreza y disminuir el desfase en términos de bienestar de la población pobre brasileña, pero no permitirá su ingreso al estándar de bienestar que la población de menores ingresos de otros países ha alcanzado, como por ejemplo Corea, Singapur, Taiwán o Tailandia, afirma. Para Dedecca, es necesario reconocer que el Brasil de hoy es un país pobre y que, si hubo un tiempo en que podíamos pensar en la distribución del ingreso, esa discusión se quedó en los años 1970, cuando la economía brasileña vivía un momento de crecimiento económico y de incremento de la productividad. Incluso considerando la relevancia de las políticas distributivas que se mencionan, las mismas tenderían a la inviabilidad en un contexto de merma de la productividad media social como es el del Brasil de hoy, asevera el economista.

Pero, cabe hacer algunas salvedades, y esto es así incluso para quienes aún preconizan la importancia del aumento de la torta. Para Luiz Gonzaga Belluzzo, titular del Departamento de Economía de la Unicamp y ganador del Premio Juca Pato este año, hay que tener cuidado con qué tipo de crecimiento se pretende generar. En toda su historia, Brasil creció con aumento de la desigualdad social. Esto no es tolerable hoy en día. Si el país va a crecer, cabe hacer la exigencia de que ese modelo no se repita, advierte. Es decir, teniéndose o no en cuenta el crecimiento y la distribución del ingreso, más allá de los mecanismos tributarios, urge hacer cambios no solamente entre las elites, sino y principalmente entre la masa trabajadora. Los cambios transcurren como fruto de la presión. Se trata también de pensar en cómo estimular la organización política de la población más pobre para que ésta exija las alteraciones que juzgue necesarias, advierte Medeiros. Un gobierno que se interesa por hacer acciones distributivas es un gobierno presionado a ello, un gobierno que sabe que sin eso no existirá un próximo mandato.

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