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Ciencia política

La estrella que llega a su otoño

El PT llegó al poder para luego caer en el "purgatorio político". ¿Qué le pasó?

Al observar el caos del final de la batalla de Waterloo, Wellington se lamentó: “Salvo una batalla perdida, no hay nada tan triste como una ganada”. La frase puede reciclarse para intentar entender el “purgatorio” político en que se encuentra el Partido de los Trabajadores, justamente cuando llega por fin al poder. De ser considerado “el hecho político más importante de Brasil en las últimas décadas” (tal como lo saludaron los analistas políticos, por ocasión de su surgimiento), sufre hoy en día, según se lee en las encuestas, un descrédito creciente, en especial en aquello que hacía de él la “gran novedad electoral”: era una nueva forma de acción política, con una conducta ética, participativa, volcada a la lucha contra las desigualdades y por la democracia. “La crisis actual es el reverso negativo del aspecto ‘virtuoso’ del carácter inicial ideológico del PT: el sectarismo y la soberbia, producto de las mistificaciones ideológicas. Si es que cabe festejar el realismo electoral y la administración económica, la trampeada revelada muestra el destemple del realismo, y compromete el capital ético del PT, en lo que constituye una especie de ‘maquiavelismo tosco'”, según evalúa el científico político Fábio Wanderley dos Reis. Es que, ¿algo salió mal?

Quizá la respuesta a esto esté en el apotegma de Machado de Assis: “el niño es el padre del hombre”. “La llegada de Lula a la presidencia fue la conclusión de un proceso iniciado en 1995, con la recuperación de la hegemonía interna por parte de los grupos más moderados del PT, reunidos en torno a la corriente interna Articulación, al cabo de tan sólo dos años de poder de las corrientes de izquierda”, dice Pedro Ribeiro, de la Universidad Federal de São Carlos (UFSCar), que está desarrollando una investigación sobre los partidos de izquierda en ambientes gobernativos, tomando al gobierno Lula como referencia. “Debemos evitar ese maniqueísmo simplista actual, que indica que todo se hizo teniendo en la mira un ‘proyecto de poder’, cosa que, por cierto, es lícita tratándose de cualquier partido político. Otros factores más importantes obraron sobre el PT: su crecimiento electoral, su fortalecimiento organizativo, la burocratización de la máquina partidaria, un acercamiento excesivo a las esferas estatales, el distanciamiento de las bases, el aumento de la participación de mandatarios elegidos y ocupantes de cargos de confianza entre los dirigentes partidarios, la falta de renovación de cuadros y dirigentes, el desmoronamiento de la agenda de la izquierda nacional y búsqueda de una mayor competitividad electoral”, analiza. “En esto, las victorias pesaron más que las derrotas para la moderación y la pragmatización del partido.”

¿El pragmatismo, la centralización y la moderación serían entonces los problemas del PT? Estas características no confirman lo que indica el sentido común, que suele ver al partido como ideológico, extremista, una “bolsa de gatos” de tendencias de izquierda. En efecto, el PT no es actualmente así, si es que alguna vez lo fue, hace mucho tiempo. Sin embargo, el año 1995 es visto por los analistas como un punto de inflexión en un largo proceso de transformación que hizo que el PT saliera de la categoría sartoriana de partido antisistema (la oposición apriorística y permanente contra el Estado) hacia una postulación pragmática de la conducción del Estado, aceptando para ello la unión con otras fuerzas políticas no restringidas a los aliados tradicionales del partido. La paradoja notable es que este “desvío” en el derrotero solamente pudo concretarse merced a una virtud del partido, vista en general como una fragilidad: las luchas y divisiones internas y la unión de varias tendencias.

Lula
“Aquello que distinguía al PT de los otros partidos era el alto grado de participación de su militancia, junto a una baja autonomía de sus líderes. De tal modo, antes de 1995, aunque Lula y su grupo fueron los impulsores de una moderación de la línea del partido, debido a esa democracia interna, no lograron imponer su visión. Posteriormente, el peso de los pragmáticos creció, pues las bases del partido, entusiasmadas con los resultados positivos obtenidos en las urnas, resolvieron darles el poder a ellos”, explica el brasileñista David Samuels. “Si bien hubo luego un aumento de la autonomía de la conducción, esto solamente se dio porque los moderados contaron con el apoyo general y escogieron darle a Lula y su grupo una libertad adicional.” ¿Víctima de su riqueza? “Es un escenario en el cual se encontraron ya los partidos de izquierda de Europa, que se convirtieron en partidos electorales convencionales, con una total independencia de las movilizaciones. Así, el movimiento de adaptación estructural del partido al poder nacional generó la aceptación de que el ejecutivo partidario tuviera un grado de poder discrecional para la conducción, aislándose del control más firme por parte de los cuerpos partidarios de base. Se definió así una autonomización del grupo partidario que estaba en el gobierno ante la estructura general y las bases partidarias”, evalúa Rachel Meneguello, de la Unicamp. En síntesis, el propio partido optó, en el momento en que se decidió a llegar al poder, por abdicar de su autonomía a manos del grupo que lo dirigía, lo que, en el límite, generó una elite interna.

Fracaso
El catalizador de este cambio fue una batalla perdida: el débil desempeño en su primera contienda electoral, en 1982, cuando solamente sacó ocho deputados. “El eslogan ‘Vote 3, el resto es burgués’ reflejaba una postura eminentemente ideológica, que encubría la precariedad de su formulación programática. Dificultades que no pasaron desapercibidas al núcleo dirigente del partido. Por eso, en 1983, se iniciaba un proceso de rearticulación interna que apuntaba a sanar la cuestión atinente a si el PT era un ‘frente’ de organizaciones o un partido”, evalúa Marco Aurélio Garcia, asesor de política exterior del gobierno de Lula. El fracaso en las urnas le dio fuerza a la izquierda del PT, que no veía con buenos ojos la participación dentro del sistema, visto como un “desvío electoralista”. La respuesta vino con la creación de la Articulación de los 113, en 1983, el grupo de Lula, con fuerte predominio de los sindicalistas del llamado “neosindicalismo”, de orientación pragmática. “Los sindicatos (que, en el caso petista, eran generalmente sindicalistas del sector estatal, que no sufrían tanta presión como sus compañeros de la iniciativa privada) y los movimientos sociales de la época, todos de volcaban hacia una política menos radical y de mayores resultados, lo que incluía una antes impensada relación con el Estado. Como eran una fuerza interna importante dentro del PT, y el partido tenía bases democráticas, dieron gradual impulso a que la moderación de Lula ganase más terreno”, acota Samuels. Estaba llegando la hora del “PT de resultados”. “Las derrotas de Lula en 1989, 1994 y 1998 son importantes, pues hicieron que tanto él como la conducción del llamado Campo Mayoritario (la unión de centroderecha del partido, en oposición al campo minoritario izquierdista) exigieran carta blanca de parte del partido para ampliar el abanico de alianzas, para acercarse a sectores del empresariado y para construir una campaña electoral competitiva y moderna”, dice Pedro Ribeiro.

Para aislar a la izquierda, el Campo Mayoritario instituyó las elecciones internas directas para escoger a los dirigentes, confiando en la moderación del petista medio y ganando así mayor terreno aún para hacer cambios internos. La centralización decisoria se hizo efectiva en la concentración de poderes de la mesa ejecutiva, y no en la dirección. La idea era agilizar las decisiones del partido y sofrenar el impulso “asambleísta” que lo caracterizaba. “Hubo una enorme concentración de poder en la dirección, sin control de otras instancias partidarias, y el Campo Mayoritario ganó un peso desproporcionado en los últimos años”, confirma Paulo Leal, autor del reciente libro O PT y o dilema de la representação política (Editora FGV). “Pero, no nos debemos olvidar de que todo esto se dio dentro de las normas democráticas, atendiendo al deseo de la mayoría de los afiliados, que apoyaron ese viraje hacia el centro pragmático, que les permitiría ganar elecciones y llegar al poder”, resalta Samuels. “Coincido en que las posturas moderadas nunca fueron minoritarias, incluso en 1993, cuando la izquierda logró tener la mayoría de la dirección. Al fin y al cabo, ésta nunca logró, ni siquiera cuando condujo al partido, impedir que la lógica del mercado electoral se consolidara dentro del partido”, acota Leal.

Pero la autonomización de la Mesa Ejecutiva Nacional traía consigo la simiente de futuros problemas. Cabe recordar que, hasta la eclosión de la crisis actual, la corriente tenía bajo su comando los seis principales cargos del PT: la presidencia y la vicepresidencia, las secretarías general, de finanzas, de organización y de comunicación; puestos todos ocupados por los principales implicados en los casos de corrupción. Y el proceso tiene incluso una definición en La Democracia y la ley de hierro de la Oligarquía, de Robert Michels, que muestra como la organización lleva a la oligarquización. El crecimiento de un partido conlleva complejidades que demandan la profesionalización de algunos cuadros, lo que hace surgir una elite de burócratas partidarios, distanciada de la masa y que no se somete al control del resto del cuerpo partidario. “Lo interesante es que, si bien a crisis petista confirma claramente a ley de Michels, no se observa, como era esperable, una burocratización de los procedimientos partidarios, lo que, sumado al surgimiento de superburócratas, contribuyó a la permeabilidad del partido a la corrupción”, sostiene Ribeiro.

Tal como advirtió Tarso Genro, lo que pasó es que no se respetaron los preceptos del formalismo, la jerarquía de autoridad, la documentación de procesos y la delimitación de jurisdicciones, para usar la jerga weberiana. En la centralización, hubo una informalidad y un personalismo en el trato de las cuestiones y decisiones partidarias, asevera el investigador de la UFSCar, como así también en la relación con los miembros del gobierno de Lula. “No por casualidad, las acciones de la dirección que hicieron estallar la crisis se dieron precisamente cuando el Campo Mayoritario tenía tanto poder y la oposición externa se encontraba debilitada. Lo que demuestra que el pluralismo es una tendencia saludable. Lo que vino después fue la tesis del PT de que el partido había construido un sistema que dificultaría o impediría la acción de los oportunistas. Pero no fue capaz de cohibir a los Delúbios”, recuerda Leal.

Al dejar el partido el mes pasado, el petista histórico Plínio de Arruda Sampaio se quejó: “En el actual PT, la minoría queda relegada a la insignificante tarea de legitimar las decisiones de la cúpula”.

“Creo que el partido nunca fue capaz de construir un proyecto simultáneamente socialista y democrático. Cuando era democrático, era socialdemócrata; cuando era socialista, no era democrático. En síntesis, el PT fue siempre leninista, con una concepción autoritaria del quehacer político”, acusa Clóvis Bueno, de la FGV, autor de A estrela partida ao meio. Esto repercutió especialmente en la experiencia petista de administrar ciudades y en el Parlamento. “Es necesario instrumentalizar el partido para que dirija la política ejercida por los petistas en las administraciones. Sin un trabajo en tal sentido, buscando afirmar el carácter dirigente del partido, lo que veremos será la ampliación de la distancia entre el partido y las administraciones”, preconizaba una resolución del Séptimo Encuentro del PT, en 1990. “La cuestión que se planteaba era si el mandato era del titular del mismo o del partido. A medida que el partido se iba institucionalizando, el ingreso en sus cuadros se convirtió en un posibilidad de postularse y alcanzar un nivel salarial y un status social muy superiores”, sostiene Eloísa Winter, autora de la tesis doctoral intitulada El PT: los impasses de la izquierda en Brasil. Según ella, no es accidental que el partido exhiba un gran número de electos que luego entran en confrontación con el programa y los principios del partido, en una total incompatibilidad. Es un problema serio, ya que el “estilo de gobernar del PT” es una de sus mayores banderas, responsable de sus éxitos administrativos, como es el caso de las gestiones participativas, una de las mayores innovaciones petistas.

Pragmatismo
“Esto también reforzó el pragmatismo y la centralización del PT en detrimento de lo ideológico. Nadie llega a la reelección con plataformas ideológicas: hay que demostrar que se es capaz de mejorar la vida de la gente, y esto se plasma en una política de resultados”, evalúa Samuels. Si lo que es sólido se disuelve en el aire, se hace necesario el nuevo discurso, algo moralista, de la “ética en la política y la eficiencia en la administración”. “Por eso no me sorprendió para nada ese Lula cuasi neoliberal, que es tan criticado como si hubiera surgido de la nada. Lula siempre fue del tipo de político que intentó jugar según las reglas. No es un Chávez, que quiere cambiar no solamente las reglas, sino el propio juego entero”, dice el brasileñista. “No se puede negar que la nueva dinámica económica mundial ha impuesto a los gobiernos de izquierda la necesidad de poner en práctica políticas económicas realistas, atentas a las dificultades del viejo keynesianismo en el mundo nuevo y nadie sabe cómo conciliar estas imposiciones con el compromiso social en términos afines al ideario de izquierda”, recuerda Fábio Wanderley. Sea como sea, este pragmatismo, consolidado en las últimas elecciones, constituyó un buen ensayo para que Lula pudiera encaramarse al modelo presidencialista de coalición que estructuró a varios gobiernos anteriores. En 2002, el PT tenía tan sólo el 18% de la Cámara. “En un Congreso fragmentado, gobernar únicamente con la izquierda sería imposible, y el cerrar con otros partidos fue inevitable, so pena de bloquear la agenda del Ejecutivo”, recuerda Ribeiro. “El gobierno de Lula da Silva buscó un apoyo al menudeo, atrayendo al PTB y al PP mediante acuerdos e inflando al PTB y al PL. Pero todo esto generó enormes tensiones en el bloque petista y en sectores del gobierno, que no consideraban legítimos a estos acuerdos”. De allí la lógica de la facción y la “división” del partido. No faltó indignación por el hecho de que la mesa ejecutiva abrochase alianzas sin consultar a las bases, un efecto indeseable de la centralización, concedida por los afiliados a los líderes de manera democrática.

“El PT, desde el comienzo de su gobierno, sufre en un purgatorio ideológico: la confrontación de las posturas históricamente esgrimidas por el partido con las restricciones y presiones a las que se somete un gobierno que responde ante la sociedad como un todo, no solamente con su partido o su base”, dice Ribeiro. Una repetición, a escala nacional, de los dilemas de varias administraciones, desde la experiencia pionera de la ciudad paulista de Diadema. En este punto, la virtud de las distintas tendencias internas puede convertirse en un trastorno serio. “El pluralismo de ideas y posturas impide la momificación del partido; pero, en ciertas ocasiones, se produce un desgaste muy grande de energías en disputas internas debido a ello. Como oposición, esto es subsanable. Pero, a la hora de gobernar, la lógica del partido se transforma en lógica de facción y así se hace difícil gobernar, sin la certeza de contar con el apoyo de sus partidarios”, dice Ribeiro. “Al llegar a la fase madura de la vida, en que se hace con el poder a nivel nacional, el PT muestra que no es inmune a las imposiciones del juego entre partidos, a la competencia política y al ejercicio del poder. La experiencia del partido en el gobierno está mostrando los límites claros de aquella innovación partidaria original y, amén de las irregularidades cometidas por los líderes en esta crisis, le pone fin al ciclo original de vida petista”, asegura Rachel Meneguello. Exponiendo quizás, tal como afirma Gianpaolo Baiocchi (de la Universidad de Massachusetts), que el “PT, claramente, no tiene todavía el know-how necesario para dirigir el país, ni mucho menos para llevar adelante un proyecto que traiga la marca del partido”. Y hay también quizá otro tipo de inexperiencia. “La administración falló al dividir el poder con los partidos aliados, pues el PT se quedó con mucho más de lo que merecía. Por ejemplo, si Lula da Silva tiene el apoyo de partidos con el 60% de los escaños en el Congreso, su partido debería quedarse únicamente con tercio del total de cargos. Pero no se hizo eso y, por tal motivo, los aliados quedaron insatisfechos”, evalua Samuels, para quien también le faltó sustancia al gobierno.

“En la raíz de esta crisis está también la falta de políticas a las que los aliados podrían adherirse y, de esta manera, obtener réditos políticos. Esto sería lo que le facilitó la construcción de una coalición a Cardoso. Cabe recordar que la administración del ex presidente compró su apoyo en el mercado ‘mayorista’, granjeándose así el sólido apoyo de partidos enteros”, explica el americano. “Lula prefirió comprar ‘al por menor’ y el mentado ‘mensalão’ es únicamente un síntoma de esta estrategia. Se compraba el apoyo a nivel individual, y así fue que, cuando alguien de un partido si sintió menos ‘mimado’, léase Roberto Jefferson, hizo sus planteos y criticó al proceso en su conjunto”. Para Samuels, la crisis es explicable por la estrategia del gobierno de tratar a los aliados y a la oposición no como a un grupo de partidos, sino como una colección de individuos. “Si la crisis fuera solamente el ‘mensalão’, no tendría grandes repercusiones. Pero es un problema profundamente enraizado en la estructura administrativa del PT y que infectó así al partido y al gobierno. Creo que hubo también un error de cálculo: en la medida en que la administración Cardoso tenía un gran apoyo de la clase política, las acusaciones de corrupción no eran explotadas seriamente. Pienso que os líderes del PT creyeron que iban a recibir un tratamiento igual.”

“Por supuesto que la corrupción gubernamental precede en mucho al gobierno de Lula da Silva. Lo que diferencia a los petistas como agentes de corrupción es su inexperiencia. Eso me recuerda el caso Collor: ¿por que él cayó con tan pocos? Porque era un outsider político. ¿Cómo es que gente como Antonio Carlos Magalhães o Jefferson están hace tanto tiempo en la política?”, se pregunta Baiocchi. “Si echamos una mirada desapasionada hacia la naturaleza del Estado y de la política en Brasil, lo que llama la atención en este escándalo no es únicamente la corrupción, sino que ésta haya sido perpetrada por gente no acostumbrada a las reglas informales del juego”. Lo propio no puede decirse sobre la tan mentada “voracidad” por los cargos de parte del PT. “El partido se acercó en demasía al Estado y se alejó demasiado de la sociedad civil. Con el fortalecimiento del partido en el espacio estatal surgió un ejército de cuadros partidarios con una gran intercambiabilidad en el desempeño de funciones comisionadas; es decir, eran personas convocadas a participar en varios gobiernos petistas en tiempos diferentes”, comenta Ribeiro. “La formación de estos cuadros está vinculada a concepciones que diferencian al PT de los demás partidos: la importancia dada a la formación política de sus militantes y una tentativa de crear un ‘modo petista de gobernar’ con la sistematización de experiencias y prácticas, llevadas de una administración a otra”. En otros términos, el “partido filtro” ideado por Umberto Cerroni, del PC italiano. Ergo, según el investigador, y una vez descontadas las exageraciones de la oposición y de la prensa, el PT realmente ocupó una gran cantidad de cargos federales, en un intenso proceso de patronato partidario. “El partido era el único que podría ocuparlos con cuadros propios, experimentados en gestiones anteriores; de allí el asombro de los otros partidos, acostumbrados a nombrar a sus ‘apadrinados’, identificados con un determinado líder, y no con esta o aquella estructura partidaria.”

El problema es que, como gran parte del PT no consideraba como legítimas a las alianzas selladas por los líderes partidarios, según sostiene el cientista político, también no veía legitimidad en la división del poder. “De allí la pelea por los mismos espacios estatales con líderes de agrupaciones aliadas más acostumbradas a esta ocupación institucional, como el PTB y el PMDB”, dice. “El cruzamiento de la tenue línea que separa el patronato de la corrupción fue uno de los factores que desencadenó esta crisis”. ¿Qué se puede esperar del futuro? ¿Lula afuera del PT? “Aunque un petista seguramente votará a Lula, no todos los que lo votan son necesariamente petistas. Esto indica que Lula es más grande que el partido, pero también que él no es esencial para el crecimiento y la supervivencia del PT”, sostiene Samuels. “Lula no puede sobrevivir sin el partido, a no ser que sea como una estrella sin rumbo”, evalúa Clóvis Bueno. “Durante mucho tiempo, los petistas definían su ethos a partir del rechazo al personalismo. ‘En el PDT hay brizolistas, pero en el PT hay petistas’, decían. Hoy en día existe una paradoja: en nombre de salvar su mandato y la reelección, Lula ayuda a inviabilizar el PT”, critica Paulo Leal. ¿Hay que festejar la desgracia petista?

La fuerza política
“Sólo se alegran con la ‘decadencia’ del PT aquéllos que no tienen ningún compromiso con la democracia. Pues, pese a las ambigüedades, las contradicciones, la falta de claridad e incluso el ’embrollo’ actual, el PT es el hecho político más importante del país en décadas”, argumenta Clóvis Bueno. “Con el PT se adquiere la fuerza política que pone de relieve la participación popular en la política, en un país donde la mayoría no sabe diferenciar ideologías de derecha e izquierda. El PSDB y el PFL pueden incluso ofrecer un modelo de capacidad administrativa, pero nunca lograron ofrecer nada en el campo emocional de la política, que no se debe soslayar”, asevera Samuels. “El elector brasileño se va a volver más cínico, pues el PT presuntamente era la alternativa no cínica, la alternativa esperanzadora. Pero ahora no está claro qué puede brindarle el partido a los electores, en términos de razones emocionales para apoyarlo”. Waterloos diferentes, pero con un mismo final.

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