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Ficción

Sueño

Dentro de las jaulas, las calopias duermen. En Procedimientos generales, Perkins recomienda aprovechar el tiempo libre, que es cuando casi nada ocurre, para reflexionar sobre el contexto y el observador. He venido durmiendo poco últimamente. Las calopias parecen ahora más previsibles. Duermen, comen y se reproducen; esto último, cada vez menos. Por las noches, separadas por rejas, no gritan como lo hacían meses antes. El campus es enorme. Las aulas, las bibliotecas y los restaurantes están vacíos y cerrados. Uno o dos coches por hora. Pocas ventanas iluminadas; la mía no. Hay una sala contigua, por si acaso necesito más luz. Acá, en la penumbra, al oscuro como para que las calopias duerman, y lo suficientemente claro como para que yo tome nota sobre la evolución del entrenamiento.

Procedimentos recomienda elongaciones y pequeñas caminatas por las noches. El Handbook dice que, a la edad que tienen las calopias, abandonarlas por más de quince minutos implica correr el riesgo de perder el eventual momento en que el doppelt aparece (que sin dudas es fascinante). Las caminadas se hacen por eso muy cortas. También debido al sueño, dejo de lado los ejercicios. Sé por experiencia que resisto bien con café y coca-cola. Me iré a dormir a las ocho, ya en casa.

Lo que me desagrada es que los turnos me dejan poco tiempo para la vida social. Cuando entro, a las diez, algunos ya están saliendo para ir a algún bar, o entrar en un cine, o están follando o, si así lo prefieren, durmiendo. El sueño me presiona físicamente, me siento cansado y eso me pone de mal humor. Pero mañana, cuando me levante, la vida social será lo que más echaré de menos.
Mientras las calopias duermen, es poco probable que se sientan oprimidas por las rejas que las aíslan. Durante el día, con la verja abierta, circulan por el vivero. Algunas permanecen quietas durante horas, mirando, mirando. No quiero insistir demasiado en el tema, pero las calopias han dormido mucho últimamente, y a veces lo hacen también de día. No hay nada en el Handbook sobre si ellas sueñan o no. Dos artículos alemanes recientes sostienen que sí, pero la interpretación de las medidas de la actividad cerebral no ha convencido a toda la comunidad.

Debo levantarme, debo comer. En la cocina hay un horno de microondas. Pongo a calentar juntos el café y una tarta precocida. Vuelvo a mi puesto de observación. Allí termino mi merienda. Paso revista a todas; una por una, como instruye el Handbook. La calopia de la cuba diecisiete está con los ojos abiertos. ¿Por que está despierta? Seis meses sin ningún doppelt. Es poco razonable que surja uno en el medio de esta noche cansada. “… interrumpe la cadencia la nota más tensa… la novedad del descubrimiento se manifiesta tantas veces en el susto”, me acuerdo de ese fragmento del mismo Perkins, en un ensayo polémico, tan inspirador como pobremente científico. Mantener los ojos abiertos, aun durante las noches más quietas (es en un tono más bien parecido al de Procedimientos).

Siquiera se mece. Nunca vi que una calopia durmiera con los ojos abiertos. De notar el escaso espacio y las rejas, podría gritar y despertar a las otras. Sus negros ojos brillan en la penumbra: es como si me mirase. Si es que realmente está despierta, es probable que me mire, que me busque con la mirada, pese a la débil visión de estos bichos. Ahora es esperar hasta que se duerma de nuevo, o al menos que se mantenga en silencio. Me siento extraño. Esto de aguardar que algo suceda no me parece ahora que sea algo tan científico. Durante las últimas dos o tres horas del turno, mi humor ha vacilado un poco. Suelo concentrarme para no soslayar los detalles, mientras me repito que, una vez que me duerma, la vida luego volverá a tener sentido.

Con los ojos fijos en la jaula diecisiete, reconozco que es extraño que la calopia no sea como yo, un animal con los ojos abiertos ante quien pasa un mundo (que ella sea más mundo y yo más conciencia). Ruego que siga en silencio; y que se duerma; nada puedo hacer. Solo observar, anotar, organizar, clasificar. “Dopadas y con cuatro de los cinco sentidos afectados, sus uñas afiladas aún apuntan rápidamente hacia la zona del cuerpo que sea tocada” (dice en el Handbook). Observo y anoto. El escribir bastante ayuda mantenerse despierto, atento a lo que se escribe. Faltan dos horas para que termine el turno, voy perdiendo la curiosidad por el doppelt improbable y ganando en curiosidad por los motivos de mi espera. ¿Realmente no se puede hacer nada? La calopia me observa mientras escribo. Noté un movimiento acoplado de ojos y de cabeza cuando di vuelta una página.

La hembra de la jaula doce está enferma desde hace días. Nada específico, es que es vieja. Unos suecos, en la fiesta de clausura del último congreso, dijeron que la carne de las calopias cuenta con apreciadores en el medio académico. Invento un personaje, que no soy yo, para decir que podría probar la hembra doce, que se va a morir dentro de una o dos semanas. E imagino, ahora yo mismo, que sería menos extraño comerla que observar su muerte. Observarla y tomar nota. Las cosas suceden, una hembra se muere, alguien abre los ojos durante la noche, pero no grita, así no asusta a quienes duermen –y yo lo sé todo. Comer la carne; sería más activo que esperar un doppelt, que nadie sabe si sucede realmente o si media docena de nórdicos borrachos lo inventaron durante una noche despiertos.

Me perdí de cabeza baja observando el papel durante dos minutos. Los ojos negros de la calopia me siguen. Quince minutos, es lo que dice el Handbook. Mejor que me ejercite, en menos de diez minutos estoy nuevamente con bolígrafo y papel. Me quito la camiseta e inicio la secuencia corta de elongación. Sentado en el suelo, busco las puntas de los pies mientras que la calopia me mira, de eso estoy seguro. Es bueno sentir el piso gélido en la piel desnuda de la espalda. Tiendo siempre a interrumpir la serie. Hoy pienso que quiero levantarme para preguntarle bajito a la calopia qué está esperando. Cada día me surge un motivo. Yo no hablaría realmente con ella, pero las ganas de preguntarle son verdaderas. O yo hablaría, una vez más, inventando un personaje, sin esperar en verdad una respuesta. Quiero sí, una respuesta, y mucho.

Porque cuando yo miro hacia la calopia de la jaula diecisiete, espero, solamente espero, que ella haga algo nuevo. Es como si el mundo se moviera ora de una manera, ora de otra, y yo sencillamente mirase, anotase, organizase, sin que hubiera elegido mucho, sin que matara a una calopia que va a morirse en dos semanas. Mi mano se desliza y guarda unas líneas en el papel, pues no es posible guardar todo únicamente en la propia memoria, y así el papel y mi cerebro se acercan, y también mi mano, que se desliza sobre el papel con un bolígrafo. Y es como si yo observara mi mano deslizándose, como si ella también estuviera del lado de allá, en el mundo, ante mis ojos y los ojos de la calopia, sin que yo elija mucho que digamos el modo en que todo se mueve. Así y todo, sé que en algunas horas más, después de dormir, tendré la sensación de poder elegir y ganas de seguir organizando, clasificando y seleccionando, como si mis manos se movieran debido a mi exclusiva voluntad, y como si yo no estuviera únicamente esperando que algo interesante surja de la nada.

Tony Monti es autor de O mentiroso (7 Letras, 2003), una compilación de cuentos ganadora del Proyecto Nascente (USP) en 2002. Es maestrando en Literatura Brasileña y escribe regularmente en www.monti.blogger.com.br

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