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Geología

Un nómada invasor

El río Tacuarí altera su cauce e inunda en forma permanente un área de seis mil kilómetros cuadrados de la zona de Pantanal

Hasta el final de la década pasada, la hacienda Aguapé, una propiedad rural de 15 mil hectáreas dedicada a la ganadería y ubicada en la región de Paiaguás, norte del estado Mato Grosso do Sul, estaba en paz con el régimen de inundaciones y sequías que caracteriza a la zona conocida como Pantanal, la mayor llanura húmeda del mundo. Entre noviembre y marzo, la época más lluviosa, una parte de sus tierras se inundaba con las aguas que transbordaban del Tacuarí, uno dos grandes afluentes del río Paraguay, el mayor cuerpo de agua del Pantanal. Entre abril y octubre, período de sequía, la pluviosidad disminuía y las parcelas de la propiedad que habían tomado un baño prolongado y revitalizador se secaban nuevamente. Y así transcurrían las cosas, año tras año, allí y en tantas otras estancias pantaneras, donde la fauna, la flora y el hombre estaban acostumbrados al cíclico vaivén de las aguas. Al llamado pulso de inundación del Pantanal. Pero, hace unos ocho años, las aguas llegaron en la estación de crecida y no salieron nunca más de 3.200 hectáreas de la estancia. “El área ahora está inundada en forma permanente”, afirma Emilio Cesar Miranda de Barros, titular de la propiedad y presidente de la Sociedad Rural de Corumbá, Mato Grosso del Sul. Y el culpable de este desastre es el río Tacuarí, que no vuelve más a su cauce principal debido a la acumulación de sedimentos, y mantiene sumergida, ahora durante los 12 meses del año, un área de seis mil kilómetros cuadrados de su cuenca, el equivalente a cuatro veces el tamaño de la ciudad de São Paulo.

Pero no se trata meramente de un caso de un río obstruido que escapa de su cauce y ocasiona estragos temporales y localizados. Es más que eso: en razón del material acumulado en el fondo de su canal, el Tacuarí, cuya extensión total es de alrededor de 800 kilómetros, prácticamente ha dejado de ser navegable en su tramo de llanura desde hace dos o tres décadas, tiene cada vez menos peces y sus aguas rompen en innumerables puntos las márgenes de contención de su lecho, invadiendo así importantes segmentos de tierra destinados a la ganadería o que sirven de hábitat de la fauna. En los últimos 30 años se ha venido registrando una reanudación en la intensidad de las lluvias que caen sobre la parte de la meseta de la cuenca del Tacuarí, condición climática que hace más difícil todavía mantener las aguas del río en su tramo más bajo, dentro del Pantanal, circunscritas a su cauce actual.

Un cambio en la desembocadura
En estos momentos, la destrucción más expresiva de los  bordes del río se da en los alrededores las haciendas  Santa Luzia y Coronal, un tramo del canal del Tacuarí con altos índices de obstrucción. En dichos sectores, una parte de las aguas del río permanece en su lecho principal, mientras que la otra, de un volumen para nada desdeñable, se escurre por los agujeros abiertos a orillas del Tacuari, cae en las tierras bajas de la región de Paiaguás y da origen a una sucesión de nuevos y extensos canales (vea el mapa de la página 57). En la práctica, a partir de estancia Coronal, el río se ha dividido en dos. Con el tiempo, quedará solamente un Tacuarí. El otro, probablemente el que corre por su lecho actual, se va a secar. En el pasado reciente, rompimientos en las orillas del río, cerca de la región conocida como Zé da Costa, hicieron que la desembocadura del Tacuari, que vierte sus aguas en el río Paraguay, cambiara de lugar. En 1973, la desembocadura quedaba cerca de la localidad de Porto da Manga, en el sudoeste de la zona conocida como Nhecolândia. Hoy en día se ubica 30 kilómetros más arriba y, de acuerdo con ciertas previsiones, puede desplazarse un centenar de kilómetros más hacia el norte durante las próximas décadas, rumbo a Lagoa de Mandioré.

La obstrucción progresiva del canal del Tacuarí, que corta de este a oeste el corazón de una región única en el mundo, es considerada por algunos estudiosos el mayor problema ambiental del Pantanal, con repercusiones negativas también sobre el agronegocio y el turismo local. Un problema nacional y complejo. Nacional, porque el área total de la cuenca del Tacuarí, de aproximadamente 79 mil kilómetros cuadrados, se esparce por dos estados, Mato Grosso do Sul, en un 95%, y Mato Grosso, en el restante 5% – y cualquier intervención en el destino del río requiere el aval de Brasilia. Y complejo, pues existen factores naturales y humanos que contribuyen para que el río tenga un carácter inquieto, y sus aguas estén siempre en busca de un nuevo lecho. “Debido a las características físicas de su cuenca, el Tacuarí es un río nómada por naturaleza, cuyo lecho históricamente cambia de lugar de tiempo en tempo, en algunas centenas o miles de años”, dice el geólogo Mario Luis Assine, de la Universidad Estadual Paulista (Unesp), campus de la localidad de Río Claro, que estudia esta cuestión en el marco de un proyecto que cuenta con patrocinio de la FAPESP. “Pero la acción del hombre en el área de meseta del río, ubicada fuera de la llanura sedimentaria que caracteriza al Pantanal, acelera este proceso”. Entiéndase por acción, la deforestación y las actividades de agricultura y, sobre todo, de ganadería, que comenzaron en estas tierras altas desde los años 1970. “Los criadores de ganado no tienen cultura de manejo de las pasturas, y eso promueve la disgregación y la erosión del suelo”, explica el investigador Carlos Padovani, de la estatal Embrapa Pantanal, con sede en la ciudad de Corumbá, coautor de estudios con Assine y coordinador de un amplio diagnóstico de la situación del Tacuarí. “Este material termina yendo a parar al río”. En la zona de Coxim, siguiendo en la meseta, alrededor de 36 mil toneladas de sedimentos llegan diariamente al curso de agua.

Un errante por naturaleza
Una pincelada de historia y geografía ayuda a entender por qué el Tacuari, un río esencialmente sin lecho fijo, se ha vuelto más errante aún durante las últimas tres décadas. Aproximadamente un tercio de este curso de agua, justamente a su tramo inicial, desde su cabecera en Mato Grosso hasta un poco después de la localidad de Coxim, Mato Grosso del Sul, atraviesa tierras de mesetas. En dicho tramo, en torno al cual se forma la cuenca del Alto Tacuarí, la altitud del terreno varía de poco menos de 900 metros a alrededor de 200 metros. El río se encuentra bien contenido en su lecho, pero la deforestación y la erosión de las tierras que componen su cuenca, un indeseable subproducto de la nueva frontera agropecuaria, producen toneladas de sedimentos que, llevados por la correntada del Tacuarí, acelerarán el proceso de obstrucción o “asoreamiento” del curso de agua. Luego de vencer la escarpa que marca el fin de la meseta y el comienzo de la llanura sedimentaria, el río entra en su porción pantanera, en su medio y bajo curso, que representa las dos terceras de su extensión. Esta fracción menos elevada de la cuenca – que forma el llamado mega abanico aluvial del Tacuarí, una facción geológica conformada por el transporte de sedimentos del río y fácilmente reconocible en imágenes de satélite (en efecto, exhibe la formato de un gran abanico) –, cubre 50 mil kilómetros cuadrados, un 37% del territorio del Pantanal en tierras brasileñas. Aquí el Tacuarí es un sistema frágil, cargado con muchos sedimentos provenientes de la meseta, que corre en un canal principal ladeado por márgenes ligeramente más altas que sus aguas.

Para complicar aún más la situación, las tierras ubicadas alrededor del actual lecho del río son más bajas que el cauce del mismo. Es como si, a ejemplo de un acueducto, el Tacuarí fuera un río que corriera por un canal suspendido. Esto lleva a que, luego de romper las márgenes del río, las aguas del Tacuarí tomen rápidamente los terrenos vecinos, de alturas menos elevadas, dando inicio así a una búsqueda sin fin por un nuevo y más cómodo lecho. Este proceso transcurre desde hace miles de años – prueba de ello es la existencia de una red de antiguos canales del Tacuarí impresos en el paisaje del Pantanal; lechos por donde el río fluye un día y al otro no fluye más. “El Tacuarí es un río realmente inestable”, afirma Padovani. Cualquier cambio, ya sea de índole natural o humana, o una conjunción de ambas, rompe el delicado equilibrio del río. Y, por cierto, ésa es una de las principales conclusiones presentadas en un artículo científico de Assine, recientemente publicado en la revista internacional Geomorphology.

Con base en seminarios y charlas con la población local y otros interesados en el tema, Embrapa Pantanal, el Instituto Alterra, de Holanda, y la Sociedad Rural de Corumbá formularon doce diferentes propuestas, destinadas a intentar mitigar las inundaciones permanentes, producto de la obstrucción del Tacuarí. Algunas sugerencias no son excluyentes y, de aprobárselas, podrán implementarse concomitantemente. Algunos, por ejemplo, defienden idea de que el río debería ser dragado, una tarea que podría costar entre 70 millones y 180 millones de reales, y se extendería durante entre dos y diez años hasta su conclusión. Otros creen que debería construirse una presa en el área de meseta del Tacuarí, y así se evitaría que los sedimentos provenientes de las tierras altas llegaran hasta la extensión de llanura y baja del río. También se esgrime la alternativa de reforestar las orillas del Tacuarí en su fracción de tierras altas, como así también la implantación un mejor manejo del suelo en la meseta, con el fin de disminuir la erosión. Para algunos ambientalistas, una medida interesante sería expropiar las áreas hoy en día permanentemente inundadas por las crecidas del Tacuarí y transformarlas en un parque nacional.

Existen incluso propuestas diametralmente opuestas: una línea de pensamiento aboga por la reconstrucción de los puntos abiertos a orillas del Tacuarí, en especial cerca de la estancia Coronal, para que el río deje de fluir hacia sus canales alternativos y vuelva a su lecho central. La otra preconiza que se deberían tomar medidas tendientes a facilitar, y no a dificultar, la tendencia natural del río a cambiar de trayecto de tiempos en tiempos, haciendo que el Tacuarí se conforme más rápidamente con su nuevo lecho en tierras más bajas. Argumentos en contra y a favor de cada una de las ideas es lo que faltan. “Para mí, la única manera de resolver el problema es reducir la erosión en el área de meseta, por medio de un manejo adecuado de la tierra, o a lo mejor acelerar el proceso de acomodación del río en su nuevo lecho”, dice Rob Jongman, del Instituto Alterra. “Sería importante adoptar estas medidas, pero, cabe aclarar que no van a terminar con las inundaciones del Tacuarí”, sostiene el geólogo de la Unesp. “Los ríos enclavados en abanicos aluviales cambian constantemente de curso.”

El Proyecto
Dinámica sedimentaria actual y evolución cuaternaria del abanico aluvial del río Tacuarí, Pantanal de Mato-Grosso
Modalidad
Línea Regular de Auxilio a la Investigación
Coordinador
Mario Luis Assine – Unesp, Río Claro
Inversión
R$39.205,00 y US$ 4.450,00

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