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Entrevista

Bernardo Galvão: La batalla contra el Sida y otras luchas

El 16º Encuentro Nacional de Virología se realizó en la ciudad de Salvador (Bahía) entre los 22 y 25 de noviembre pasado, bajo la presidencia de Bernardo Galvão Castro Filho, que es un científico brasileño muy especial. Galvão, así es como todo los conocen, tenía 32 años y había regresado hacía poco tiempo proveniente de Ginebra, con su doctorado en inmunología ya concluido, bajo dirección de tesis del profesor Paul Henri Lambert, cuando recibió un grant de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para la construcción de un Centro de Inmunología Parasitaria en Salvador, Bahía. El valor de ese auxilio: un millón de dólares. Era un monto considerable para un joven investigador brasileño, más aún en 1977, y en Bahía.

Las dificultades halladas en su tierra para erigir el soñado centro terminaron por llevar Galvão a la Fundación Oswaldo Cruz, a la respetada Fiocruz de Río de Janeiro, en diciembre del mismo año. Allí, con el suculento monto del Programa de Investigación de Enfermedades Tropicales (TDR, sigla en inglés), dio inicio a la historia del Departamento de Inmunología de dicha institución, que luego se transformaría en un polo de atracción de jóvenes y talentosos investigadores y, pocos años después, desempeñaría un rol decisivo en el control del Sida en el país. El equipo conducido por Galvão aisló el virus VIH en Brasil y trabajó contra su propagación, definiendo las bases para la admisión de sangre y para su control de calidad, entre otros importantes aportes, tanto a la investigación científica como a la salud pública en el país.

Pero Galvão intenta siempre minimizar su papel en los logros de ese departamento o en los trabajos más recientes, en el centro de la Fiocruz con sede Salvador, adonde regresó en 1987, y donde en la actualidad, a los 60 años, se las ve con investigaciones del virus HTLV, nuevos programas de salud pública y como siempre: un sinnúmero de proyectos de fuerte compromiso social. Como si eso fuera poco, este bahiano cordial, generoso, simultáneamente cristiano y comunista, nació en el elegante Corredor da Vitória, no por salir del seno de una familia rica de Salvador, sino porque su padre, docente, educador durante toda su vida, mantenía una pensión para jóvenes do interior que iban a estudiar a la capital, en el famoso Colegio Sofia Costa Pinto, ubicado en aquella calle. La pensión era también la casa de la familia de Galvão, que consideraba absolutamente normal compartir la mesa del almuerzo diario con alrededor de 40 personas. Galvão está casado con Aninha desde hace 35 años, y es padre de Karina y Verena, y abuelo de Thiago y Bernardo. Contó muchas y sabrosas historias durante la extensa entrevista que le concedió a Pesquisa FAPESP. A continuación, lo principal de ésta.

Me gustaría que usted, sin falsas modestias, se refiriera a su papel en la estrategia del Programa Nacional de Control del Sida en sus comienzos, allá por los años 1980.
Creo que la contribución más importante del grupo que yo encabezaba en la Fiocruz tiene que ver con la implementación de las bases de la admisión y clasificación de la sangre para VIH en Brasil. Y también la implantación de las bases del control de calidad de la sangre y del control de calidad de los  laboratorios. El Sida fue y es un mal muy grande, pero en el apogeo de ese mal sucedieron muchas cosas importantes. Pues como el Sida es una enfermedad transmitida por la sangre, y como la bolsa de sangre que suministra un donador infectado puede infectar a varias personas, si no hubiera un control de las transfusiones sanguíneas, si no hubiera un clasificación de la sangre desde aquella época, pienso que la dimensión de la enfermedad en el país habría sido mucho mayor. Por eso creo que, dentro de lo que hicimos, la contribución más importante fue el haber empezado con esa clasificación en 1985. La enfermedad fue reconocida como un síndrome en 1981.

¿O sea, en aquel lapso en que Robert Gallo y Luc Montagnier aislaron el virus?
No, eso fue después. La notificación, divulgación y reconocimiento del síndrome como tal fue en 1980-1981, gracias a la vigilancia epidemiológica de Estados Unidos, que es muy buena, aunque su sistema de salud en general no lo sea. Pero, entonces, ¿qué pasó? Yo expliqué qué pasó en un artículo que me pidió Ênio Candotti, editor de la revista Ciência Hoje. Entonces nos reunimos Hélio Pereira Euclides Castillo y yo escribimos un artículo sobre el Sida. Pero quien puso todo en un lenguaje fácil y accesible fue César Benjamim, editor asociado. De un lado teníamos ese síndrome que el CDC de Atlanta (el Center for Desease Control and Prevention), y otros investigadores empezaron a detectar, y a verificar que existía allí algo distinto. Lo que se veía eran adultos jóvenes, antes sanos, sin nada que indicara una inmunodeficiencia innata, y que inesperadamente presentaban una inmunodeficiencia. En Estados Unidos vieron de entrada cinco o seis casos de jóvenes que de pronto presentaban ésas les decimos infecciones oportunistas, provocadas por patógenos que normalmente no causan enfermedades en el hombre. Es necesario que el organismo se encuentre muy debilitado para que se instalen. Bueno, se constató en Los Angeles, y poco después en Nueva York, que eles tenían esas enfermedades, neumonía por Pneumocystis carinii. Y entonces se informó de esos casos al CDC, que notó ciertas cosas en común en todos: la inmunodeficiencia y una baja acentuadísima de los linfocitos. Pero lo que llamaba la atención era que se daban en varones, todos homosexuales. Eso se fue propagando por todo Estados Unidos, después por toda Europa, por Brasil y por otros sitios… En 1982, dirigíamos el Departamento de Inmunología de la Fiocruz, que era el resultado, como ya le he contado, de aquel proyecto de TDR. Y como ese síndrome se caracterizaba por una deficiencia inmunológica gravísima, teníamos que vérnoslas con él. En ese medio tiempo, nos llamó a Claudio Ribeiro, un colega del departamento, y a mí un padre desesperado, que tenía a su hijo con Sida en el hospital, en Río. Y fuimos a verlo. Era muy joven, de unos 26, 27 años, y estaba de última. Eso nos impresionó mucho y nos movilizó. En aquel momento, no hacía falta ser un visionario para imaginar que aquella enfermedad se iba a propagar por el todo el mundo; se iba a propagar en Brasil, que tenía características de comportamiento y de cultura que lo permitían. Por eso hicimos un proyecto que fue aprobado inmediatamente por el CNPq [el Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico] para estudiar casos de Sida en Brasil. Pretendíamos verificar si las alteraciones inmunológicas encontradas en los pacientes brasileños eran similares a las halladas en los pacientes de otros países.

¿Ese proyecto salió ya en 1983?
Sí, 1983. Y para eso necesitábamos contar con sangre de personas infectadas, de manera tal de poder evaluar diversos parámetros, como el conteo de linfocitos. Esa sangre llegaba al laboratorio para su procesamiento. Pero hubo una reacción muy fuerte de parte de los científicos que sostenían que no debíamos trabajar con ese material biológico. En resumen, era un problema de recelo, por falta de una adecuada bioseguridad. Salí de la sala para transformarla en un laboratorio de investigación en Sida, porque debíamos cumplir la misión principal de la Fundación Osvaldo Cruz, que es hacer investigación y enseñanza, no importa en qué, siempre que haya que responder a cuestiones de salud pública. Hubo una demanda y nosotros debíamos dar cuenta de ella.

¿La resistencia surgía entre investigadores de la propia fundación?
Dentro del propio departamento donde esto ocurría. Sucede que teníamos un grupo de jóvenes que aceptaba esa investigación y sus retos, pero en realidad casi todos tenían miedo de manipular material biológico sin la debida bioseguridad. En 1983 salió el primer informe de detección del virus. Quien aisló el virus, como usted sabe, fue una mujer: Françoise Barré-Sinoussi, a quien tendremos el placer de recibirla para dictar una conferencia de apertura en el marco del Encuentro de Virología. Ella forma parte del grupo de Luc Montagnier, y fue la primera autora del primero artículo sobre la identificación del virus, publicado en la revista Science. Cuando salió el artículo, Robert Gallo consideró que eso no era justo con él…

Sí, sintió que los “bypassaron”.
Yo no sé si lo “bypassaron”. Gallo consideraba que no era justo porque realmente contribuyó mucho al aislamiento del virus. Pero no logró aislarlo primero. Ambos grupos, el francés y el estadounidense, contribuyeron igualmente.

El trabajo debería haber sido firmado por ambos, a decir verdad.
Por supuesto. El gran error de Gallo fue haber negado esa posibilidad. Él debería haber aceptado. Las cosas suceden así. Si usted diera una ojeada acá, a un trabajo que hice para la Academia de Medicina [El origen del HTLV-I en Salvador, Bahía: la posible introducción postcolombina], sobre otro retrovirus, podrá ver que desde 1908 había estudios sobre retrovirus, pero sin saberse que eran retrovirus. Peyton Rous, por ejemplo, demostró en 1911 que los sarcomas aviares eran producto de la acción de retrovirus, cosa que dos investigadores japoneses confirmaron tres años después. Pero la importancia del descubrimiento de Peyton Rous recién fue reconocida 55 años después, cuando fue galardonado con el Premio Nobel de Medicina, en 1966.

Usted entonces quiere decir que hasta el momento del aislamiento y la identificación del virus de Sida, Gallo contribuyó en mucho para que eso fuera posible.
Lo que yo quiero decir es que el caso de los retrovirus constituye una demostración de cómo la investigación básica contribuye poco a poco para hacer un descubrimiento importante, aunque sin ninguna visibilidad ante el gran público. La visibilidad se da cuando surge un problema del tipo del Sida, que llama la atención. En la historia de los retrovirus hay varios investigadores que ganaron el Premio Nobel. En 1970 por ejemplo, Howard Temin y David Baltimore detectaron la enzima transcriptasa reversa en neoplasias causadas por retrovirus, que es lo que caracteriza al retrovirus, y ganaron por eso el Nobel de Medicina en 1975. Gallo contribuyó en muchas cosas, pero no fue el primero en aislar el HIV. Su grupo aisló un virus en 1980, que era un HTLV, pariente cercano del VIH, pero con diversas características disímiles. Ambos se transmiten entre seres humanos de la misma manera, pero en intensidades diferentes. Mientras que el VIH causa una enfermedad devastadora, el HTLV, o al menos eso es lo que se sabe hasta ahora, solamente provoca el desarrollo de una enfermedad en el 5% de los individuos infectados. El VIH es una pandemia, aparece en todo el mundo, mientras que el HTLV surge sólo en determinadas regiones geográficas y, con excepción de Japón, sólo en los países pobres. [lea en Pesquisa FAPESP, edición 114, de agosto de 2005]. Es curioso; en la década de 1970 hubo muchos trabajos sobre retrovirus, y fue cuando Gallo hizo muchas contribuciones. En 1980 se dio una cierta quietud, hasta que surgió el VIH. El grupo de Luc Montagnier identificó el virus en 1983, y en abril de 1984 Gallo también lo identificó. Allí fue que se dio aquella gran disputa sobre quién efectivamente había identificado primero al virus.

¿Y cuando lo aislaron ustedes acá?
Mucho antes, antes de 1985, dos investigadores reputadísimos en el mundo de la virología, una pareja fantástica – ella inglesa, llamada Margueritte Pereira, Peggy, y él, Hélio Pereira, un brasileño naturalizado inglés -, se interesaron en el trabajo con el Sida que hacíamos acá. Ella fue directora del laboratorio de salud pública de Londres, y él fue jefe de departamento en universidades inglesas. Venían mucho acá a Brasil. Nos hicimos muy amigos, merced a su interés en nuestro trabajo. Ellos sabían la dimensión que todo eso iba a tener. Entonces, en abril de 1985, ellos entran en el laboratorio y van a mi encuentro con dos botellas de cultivo, que eran las células infectadas con el VIH, que Gallo les había dado a ellos para que pudieran traerlas a Brasil. Y a partir de ese momento, todo cambió. Nuestro trabajo se mudó de escalón, cambió de objetivo, porque empezamos con el intento de implementar una técnica de diagnóstico serológico que hiciera posible hacer trabajos de epidemiología, y saber qué grupos eran afectados, etc. Y empezar a crear los kits para el diagnóstico. En aquella época, teníamos de todo, estábamos en un centro de referencia que tenía todos los equipos, las tecnologías más modernas, porque se destinaron suculentos recursos para estudiar inmunología parasitaria. Quedaba demostrado así, una vez más que, cuando se invierte en ciencia básica, tarde o temprano se puede obtener alguna respuesta. Pudimos hacer lo que hicimos porque teníamos el dominio de aquella metodología, de la técnica.

Y cuando llegaron los frasquitos de Hélio Pereira?
¡Y de Peggy, eh! No podemos olvidarnos de ella. Entonces empezamos a expandirla, a hacer cultivos. Podíamos hacer cultivos de células.

Y ustedes aislaron el virus también acá.
Ese mismo año. En 1985 centramos nuestra atención en cosas más prioritarias, más urgentes, como por ejemplo sentar las bases de la clasificación en los bancos de sangre. Con eso en mente, intentamos luego desarrollar una metodología que permitiera detectar a los donadores que eran portadores del VIH. ¿Por qué? Porque el VIH causa una infección crónica. Los individuos son sanos, sin el test no se ve que están infectados, hasta que hace eclosión el Sida, un síndrome fácil de diagnosticar. Era como si fuera un iceberg cuya punta eran los individuos con Sida y la gran masa de hielo sumergida eran los individuos infectados, que desafortunadamente no lo sabían y donaban su sangre, cosa que muchos hacen para ayudar al prójimo. Y así diseminaban el virus. Ése era el gran problema en aquella época: sin clasificación de la sangre, esa infección iba a propagarse rápidamente. Intentamos entonces desarrollar una metodología a decir verdad nada original, pues los test ya existían, debíamos únicamente adaptar para el VIH una metodología que ya dominábamos para Chagas y leishmania. A partir del cultivo del virus preparábamos los antígenos virales, y adaptábamos las técnicas. Y así empezamos luego a hacer el test Elisa, que es más difícil. Brasil tenía mucha experiencia en una técnica llamada inmunofluorescencia, sumamente trabajosa y subjetiva. Pero era lo que teníamos en ese momento; todos los bancos de sangre estaban equipados para hacer fluorescencia, porque lo hacían para el mal de Chagas y otros agentes infecciosos. Así fue como surgió la gran idea de que nos sería más fácil producir kits de inmunofluorescencia. El problema es que empezamos a hacer eso en escala de producción y transformamos el laboratorio de investigación en una fábrica. Una fábrica muy casera, con un grupo de trabajo muy joven, trabajando en turnos de dos horas. En ese momento, mi oficina estaba en el pasillo.

Con esas técnicas, ¿el resultado falso positivo no era un gran problema?
Sí que lo era, pues uno de los principios del diagnóstico serológico es que, una vez que se ha hecho primera reacción mediante algún método, el resultado tiene que confirmarse mediante métodos de principio y/ o antígeno diferente. En rigor, esa cuestión revestía dos problemas: uno era la clasificación del banco de sangre al nivel de la salud pública, donde se buscaba proteger a una comunidad contra la infección. Y que cualquier señal de un resultado positivo debía tenerse en cuenta. Pero otro problema que se presentaba, más individual, pero que no dejaba de ser un problema también nuestro, era que se hacía necesario avisar a alguien si el primer resultado era positivo, había que confirmarlo, pues no se le iba a decir a alguien que estaba infectado con el VIH cuando no se estaba seguro. No se puede destruir la vida del otro. Por eso debíamos contar con test confirmatorios. Entonces la Organización Mundial de la Salud [OMS] hizo una presión muy fuerte y logró incluso importar test Elisa a Brasil. La técnica de fluorescencia resolvía un poco el problema brasileño, pero era muy trabajosa. ¿Usted se imagina? Eran miles de bolsas de sangre testeadas de manera muy artesanal, muy subjetiva. El problema del Elisa era su costo prohibitivo, pero entonces la Organización Mundial de la Salud logró comprar grandes cantidades del test a un precio mucho menor y distribuirlas, claro que con aportes de varios países. A partir de ese momento, dichos tests se destinaron a los bancos de sangre. Pero el test confirmatorio más ampliamente utilizado en el mundo, el Westernblot, seguía teniendo el mismo problema: era carísimo para importarlo. Por eso Brasil y el estado de California, que tenían experiencia en el uso de la imunofluorescencia para el mismo fin, empezaron a utilizarla, lo que fue muy combatido en los grandes foros internacionales, en la Organización Mundial de la Salud, etc. Sin embargo, aun hoy en día Brasil la sigue utilizando. En un determinado momento la producción creció tanto que hubo una decisión de trasladarla al Bio-Manguinhos, que se abocaría a llevar adelante tal actividad en escala industrial. Y Bio-Manguinhos sigue distribuyendo la inmunofluorescencia para los bancos de sangre de la red pública. Firmamos un término de que no podíamos en ningún momento emplear aquel material con fines de lucro. Sólo podíamos utilizarlo en el área de la salud pública. El hecho es que creo que el Sida trajo cosas horrendas, terribles, devastadoras, pero al mismo tiempo forzó a la sociedad a organizarse para combatirlo. Junto con el Sida, se empezaron a controlar mejor otros problemas, pues las vías de transmisión son las mismas. A partir del Sida, una ley reglamentó toda esa cuestión de las transfusiones, donaciones, vino el control de la hepatitis, etc. Creo que eso es sumamente interesante, una movilización de toda la sociedad como nunca antes sucediera. Hoy en día se dice que Brasil tiene un programa ejemplar de control y tratamiento del Sida.

Sin, pero yo tengo mis dudas acerca de si será posible mantenerlo a largo plazo, debido a su elevado costo.
Por no producir acá determinados insumos, por ejemplo, no sé si será posible mantener la distribución gratuita a largo plazo. Pero fue un acontecimiento significativo la movilización en torno al Sida, y no fue el gobierno quien se anticipó, sino los ciudadanos, que exigieron sus derechos, mostrando así la fuerza que tiene esto cuando la sociedad se organiza. ¿Por qué otras enfermedades graves no tuvieron una repercusión tan grande? Mi interpretación indica que lo que sucedió es que en Occidente los grupos afectados por el Sida ya estaban muy bien organizados por otras razones.

Usted se refiere a los homosexuales principalmente.
Sí, eles ya tenían una práctica de organización, principalmente en Estados Unidos, y en este caso se juntaron para exigir sus derechos.

Pero la calidad del programa en Brasil tiene que ver también con su conducción, con la buena visión de la salud pública de los investigadores implicados – y en eso me refiero también a la Fiocruz, a su grupo, del Laboratorio de Inmunología.
Sin duda, pero los investigadores son parte de la sociedad. Y cuando digo que la sociedad se organizó con relación al problema del Sida cabe recordar también que el síndrome afectó en el comienzo de la epidemia principalmente a personas de clase media alta, intelectuales, artistas, formadores de opinión y grupos sumamente organizados, con poder de movilización. Simultáneamente aparece una cuestión sumamente importante: el papel de la Fiocruz, su misión mayor, que consiste en resolver problemas de salud pública. No importa lo que uno haga dentro de la Fiocruz, es siempre para responder a cuestiones de salud pública. Por eso el hecho de contar con investigadores motivados por ese compromiso social ayuda. Pero había también todo un ambiente internacional favorable, porque el Sida se planteó enseguida como un problema mundial muy serio, y hubo recursos en aquel momento provenientes de instituciones externas, como el Banco Mundial. Esto hizo posible la implantación del programa con gente capacitada en varios niveles, no sólo de investigadores del área básica, sino epidemiólogos y otros expertos. Quiero recordar acá que la persona que realmente empezó y redactó todo ese proyecto brasileño para el Banco Mundial fue Lair Guerra de Macedo, una nordestina, del estado de Piauí, que permaneció durante seis o siete años en el CDC y que, de regreso a Brasil, en 1985, llegó muy bien capacitada como para afrontar esas grandes batallas epidemiológicas, con la misión de estructurar el programa. Y fue ella en realidad quien organizó todo esto. Y lo logró. Desafortunadamente también hubo pérdidas, y muchas, durante este proceso. Hélio y Peggy Pereira, por ejemplo, tuvieron un accidente automovilístico. Ella falleció en 1987 y él después. Lair tuvo un accidente en coche también, y quedó en una situación bastante difícil para volver a trabajar. Trabajamos mucho juntos. Participé en la primera comisión de Sida del Ministerio de la Salud, juntamente con Hebert de Souza, Betinho. Esa comisión era sumamente activa y diversificada. Los investigadores, los “científicos” normalmente encerrados en sus torres de marfil, con un conocimiento y un razonamiento extremadamente sofisticado, refinado, de pronto empezábamos a convivir con segmentos a los que no estábamos habituados. Fue sumamente interesante. A Luís Roberto Castelo Branco le gustaba recordar que una vez, yo estaba volviendo de la reunión de la comisión en Brasilia, y mi compañera de viaje era la representante de las prostitutas de Río de Janeiro. Volvíamos juntos en el avión, conversando muy animadamente. Ella era ya una señora, jubilada. Fue muy interesante esa convivencia, uno veía a los grupos afectados implicándose en las políticas, poniéndose en el lugar de blancos; ellos mismos eran partícipes de la elaboración, de la implantación de esas políticas. Uno de los grandes problemas que aún entonces se presentaba era el de la autonomía nacional para el desarrollo de test. A partir de 1983 y hasta 1985 todos los países desarrollados habían aislado sus virus. Recibimos muchas propuestas de colaboración, que a decir verdad eran unilaterales. A nosotros nos interesa la colaboración internacional, pero no del tipo planteado, donde un grupo de afuera vendría, extraería muestras de sangre en el país, aislaría el virus y nosotros seguiríamos sin capacidad para hacerlo. De esa manera podríamos haber aislado el virus mucho antes, pero tomamos otro camino.

¿Cuál?
Tomamos la decisión de que era mejor esperar para adquirir autonomía nacional. El gran problema de aislar el virus no era la falta de capacidad o de conocimiento. Cualquier laboratorio de virología con cultivo de células podía aislarlo. El problema era identificar el virus; había que hacer detección por transcriptasa reversa. Entonces fue que, junto con un grupo de jóvenes, resolvimos aislar el virus.

En realidad era usted encabezando, con un grupo de jóvenes. Es sólo por modestia que usted lo dice de otra manera.
No, no es tan así. Creo que era todo el grupo, puedo haber sido el líder más viejo… Teníamos todo para aislarlo, y lo logramos. Eso tuvo una repercusión enorme, el laboratorio se transformó totalmente. Los medios de comunicación nos consultaban diariamente, pero debíamos seguir en nuestro quehacer.

Y usted aparecía en televisión casi todos los días.
Eso era un problema gravísimo para nosotros, pues no nos conformábamos con las noticias truncadas. Pero fue un momento muy interesante en la Fiocruz, porque como los periodistas nos consultaban mucho, nos peleábamos mucho también, pero al mismo tiempo nos queríamos mucho. Y terminó surgiendo una idea de hacer cursos. Los investigadores se movilizaron para organizar cursos de biología molecular para los periodistas, y de todo eso quedaron muchas y excelentes relaciones.

¿Eso fue en 1986, 1987?
Me parece que en 1987. Creo que algo quedó de ese proceso. Hoy en día salen mucho más noticias del área en la prensa.

¿Cuál es la fecha de aislamiento del virus?
Puedo darle la fecha de la publicación del artículo: mayo de 1987. Era un aislamiento solamente, pero tuvo una repercusión impresionante. Recuerdo que hice una conferencia de prensa; yo era joven en aquella época, no estaba acostumbrado, me ponía sumamente tenso, pero me las ingeniaba. Y era muy cómico, porque [Sérgio] Arouca estaba con nosotros y decía “¡cuánta paciencia!” Porque en un determinado momento, una de aquellas reporteras de la televisión me preguntó: “¿Usted puede agarrar al virus con la pinza?” y después nos empezaron a reconocer en la calle… eso fue difícil.

Ustedes se convirtieron en estrellas.
Yo me acuerdo que una vez estaba con mi mujer en la cola del cine y vino una persona a pedirme un autógrafo. Aquello para mí fue… me puso mal, quedé mortificado. Me dije: pero, yo no soy un artista, ¿cómo voy a hacer eso? Fue un momento difícil, pero muy rico.

Ustedes aprendieron a tratar con diversos públicos.
Sí… me acuerdo que en 1987, con todo eso, la Fundación Banco do Brasil nos consultó para redactar un proyecto. Lo hicimos, y el Banco do Brasil, creo que para aprobarlo rápidamente, constituyó un comité. En ese comité había un médico que votó en contra del proyecto. Estábamos planteando aislar más virus, porque ciertos virus varían de región en región, y necesitábamos hacer una caracterización, pensando incluso en una vacuna futura específica para Brasil. Eso era importantísimo en aquella época. La propia fundación no aceptó la negativa del médico y exigió que yo fuera a conversar con él. Nos la pasamos una tarde entera en su consultorio, discutiendo acerca de la importancia del proyecto. Él argumentaba que eso ya se había hecho en Estados Unidos, y que no era importante. Era a decir verdad puro prejuicio.

¡Que espantoso!
Sí, era un espanto. Y por eso, aun reconociendo que el proyecto era importante, le asignó baja prioridad. El proyecto permaneció cajoneado en el Banco do Brasil. ¿Y sabe quién finalmente lo sacó del cajón?

¿Quién?
Monseñor Eugênio Sales. Existía un programa del Banco Previsional en la región de Mangue [una zona tradicional de prostitución muy cercana al centro de Río de Janeiro] para prostitutas, travestis y linyeras. Dos médicos que trabajaban en el programa me contactaron y empezamos a trabajar juntos. De allí surgió un estudio de prevalencia de VIH, sífilis y hepatitis en mendigos donadores de sangre. En aquella época la donación se pagaba en determinados bancos de sangre privados, y los mendigos la donaban para tener alguna plata para comer. Bueno, Don Eugênio sabía de nuestra existencia, por eso me invitó y me fui a encontrarme con él. Pasamos una tarde entera conversando; le hablé del veto al proyecto en el Banco do Brasil y él le telefoneó al presidente del banco, Camilo Calazans.

Es el poder de la Iglesia, llevando al encuentro de ciencia y religión.
Él preguntó por qué el proyecto había sido archivado, sostuvo que era sumamente importante y todo eso, y el proyecto salió a la luz nuevamente.

Vamos ahora a un retrotraernos un poco. Toda esa historia suya en la Fiocruz empezó con usted, un joven investigador, estructurando el Departamento de Inmunología de la institución, con fondos disponibles que ascendían nada menos que a un millón de dólares, un monto que a la época valía mucho más que el millón de hoy en día. Hablemos de eso.
Fue una experiencia instigadora, y muy enriquecedora. Sucedió que ese grant del programa de Investigaciones en Enfermedades Tropicales de la OMS permitió que erigiéramos una infraestructura y, con esa estructura montada, el Departamento de Inmunología se convirtió en un polo de atracción para jóvenes, noveles doctores que estaban regresando al país. En un discurso proferido con motivo de la celebración por los 25 años del departamento, donde me homenajearon, Claudio Ribeiro dijo lo siguiente: “Cuando usted recibió esa dotación de la OMS, un colega de la comunidad brasileña de inmunólogos hizo un comentario que a usted no le agradó (por cierto, a nosotros tampoco): ‘Usted deberá rendirle cuentas a la sociedad por ese dinero, Galvão’. Estamos acá celebrando 25 años del departamento que usted creó, y homenajeándolo. Creo que éste es un informe de rendición de cuentas que habla por sí solo”. Lógico que no fui yo quien lo creó, fue un grupo. Lo que yo quería decir es que fue una cosa muy instigadora, pero que me ha permitido tener algún éxito, a lo mejor. Mi mujer define bien eso: es que yo soy un animador, me gusta tener gente cerca de mí. Me gusta una frase de Norberto Odebrecht, que dice que el verdadero líder debe anularse en pro de su emprendimiento. Es cierto que a veces hay conflictos, uno suelta ideas y la gente se apropia de ellas, hay celos, cuando uno tiene que reconocer que aquella idea que inicialmente fue suya no lo es más… Pero, por otro lado, eso es algo muy saludable. Para mí es muy importante que el otro crezca, porque yo creo en la difusión del conocimiento y en la sedimentación de los grupos y de individuos trabajando.

¿A cuántos discípulos usted ayudó a transformar en científicos?
Yo no tengo discípulos, tengo colegas que trabajaron o trabajan conmigo. En el Departamento de Inmunología fueron unas 20 personas. He dirigido tesis de maestría, de doctorado… y una de las cosas que me ha dejado muy feliz es que, cuando resolví regresar a Salvador, vi que el departamento tenía mucha gente brillante para trabajar.

Y usted regresó a Salvador en 1987, en el auge de su trabajo en la Fiocruz de Río.
Sí, yo tenía en aquel momento una infraestructura muy buena, pero volvimos para afrontar un nuevo reto. Considerábamos en ese entonces que Salvador, debido a las características sociodemográficas muy similares que tiene con respecto a las ciudades africanas, con un 80% más o menos de afrodescendientes en su población, tendría un patrón de diseminación de la enfermedad semejante al de África, donde ha quedado demostrado que la infección con el VIH había comenzado hace muchos años. También en aquel momento Arouca, que era presidente de la Fiocruz, tenía un gran interés en descentralizar las acciones de la fundación y quería reforzar el centro en Bahía. Pero la progresión de la enfermedad no se dio como pensábamos.

Y entonces su desafío dejó de existir.
Sí, pero nos deparamos con la sorpresa de verificar que Salvador es la ciudad brasileña que tiene la mayor prevalencia de HTLV de Brasil. Por eso es que actualmente tenemos muchos trabajos con ese virus, que afecta a gente de escasos recursos, de baja escolaridad, tiene una transmisión predominantemente heterosexual y afecta más a las mujeres. Antiguamente, dos enfermedades estaban asociadas al HTLV: la leucemia y una enfermedad neurológica que incapacita a las personas para caminar y termina dejándolas en sillas de ruedas. Hoy en día sabemos que la infección por el HTLV es sistémica y afecta a muchos otros órganos, como los pulmones, la vista, las articulaciones, etc. Actualmente tenemos un Centro en la Escuela Bahiana de Medicina y Salud Pública de la Fundación para el Desarrollo de la Ciencia, producto de un convenio con la Fiocruz, que atiende a los individuos infectados de manera integrada en sus aspectos biopsicosociales.

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