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Economía

No es un cuento chino

El país asiático puede ocupar el lugar que Brasil anhelaba para él en el mundo globalizado

El llamado “tren de la historia” rumbo al siglo XXI salió de China hace tiempo, y hizo escala en la India. Y ahora viaja a gran velocidad. Brasil, por lo que parece, puede perderlo si no corre hacia alguna estación. Con estas palabras emite un alerta el ex embajador Amaury Porto de Oliveira, miembro del Grupo de Análisis de la Coyuntura Internacional (Gacint) de la Universidad de São Paulo (USP) y considerado una de las mayores autoridades sobre China en el país. Conferenciante y autor de decenas de artículos sobre el tema, Oliveira cree que el extraordinario crecimiento de la economía del gigante durante los últimos 25 años, a un promedio de entre el 9% y el 10% anual, no es un fenómeno pasajero y debe ser una preocupación tanto para las potencias como Estados Unidos y la Unión Europea como para los emergentes, como Brasil y Latinoamérica.

Parece fundamental en su opinión el poner de relieve esta cuestión e intentar comprenderla inmediatamente para que Brasil no se aleje del proceso. De acuerdo con el embajador, el mundo vive hoy un problema de civilización, un momento sumamente relevante de transformación tanto económica como  geopolítica. Si bien es cierto que en el siglo pasado, mientras que Occidente -Estados Unidos y Europa- progresó y dominó la economía mundial, países como China y la India quedaron atrás, con una masa rural miserable, ahora comienzan a exigir su parte del pastel. Así, lo que el mundo vive hoy va a orientar toda la economía durante los próximos cien años.

Oliveira apuesta que tres países únicamente van a sobresalirse en la segunda mitad del siglo: Estados Unidos, China y la India. Y será una realidad muy diferente de aquélla del siglo XX. Principalmente para las potencias occidentales. “La cuestión es que debe haber un equilibrio planetario, no pueden todos llegar al nivel de consumo de Estados Unidos, a no ser que colonicemos lo más pronto posible Marte y Júpiter”, dice. Como esto no es posible, alguien va a tener de ceder y pagar parte de la cuenta. “De nada sirve orquestar embargos contra los asiáticos, pues ellos van a hacer contrabando”, subraya Oliveira.

El revuelo que los emergentes asiáticos han causado entre los analistas y economistas internacionales y la postura de Brasil en el contexto de la economía internacional son temas que empiezan a transformarse en una preocupación para los académicos brasileños. El volumen de tesis es aún pequeño, pero el movimiento es significativo.

Una tesis doctoral defendida en la USP, por ejemplo, ha sido editada ahora en libro: China – Infra-estruturas e crescimento econômico (Editora Anita Garibaldi), de Elias Jabbor, docente colaborador del Núcleo de Estudios Asiáticos del Departamento de Geociencias del Centro de Filosofía y Ciencias Humanas de la Universidad Federal de Santa Catarina (CFCH-UFSC). La obra tiene presentación de Armen Mamigonian y prefacio de Luiz Gonzaga de Mello Belluzzo. En 2004, Luciana Acioly da Silva defendió en la Universidad de Campinas su doctorado en economía, intitulado Brasil, China y la India: la inversión externo directa en los años -90, con dirección de tesis de Belluzzo.

Además de varios artículos publicados sobre China, Belluzzo, que es profesor titular jubilado de la Unicamp, dirigió informalmente la tesis de Jabbor, y entiende que China y la India siguen dos estilos diferentes de crecimiento. La primera, con una trayectoria más reciente, se mudó a la economía de mercado con reformas experimentales y originales, pero con una transición sumamente lenta. La India tiene una política más cerrada, con un flujo de inversión internacional en su industria aún muy escaso. Los indios tienen ventajas, tales como contar con una elite científica e intelectual muy sofisticada, erigida a lo largo de décadas.

Mientras que la India concentró su integración con servicios, China se ha convertido en un centro manufacturero global. Los chinos, explica Belluzzo, modernizaron sus empresas estatales por medio de inversiones en infraestructura, lo que les da mejoras relativas en las áreas de energía y transportes -sus carreteras y sus vías férreas son bastante modernas. Al mismo tiempo, usufructúan las ventajas de la mano de obra barata, la gestión de la balanza de pagos es muy estricta y el control de la entrada y salida de capitales también. Su gestión macroeconómica también se destaca, toda vez que es ejecutada por la burocracia del partido comunista. “Esta extraña combinación deja a los economistas perplejos.”

Un aspecto que apunta el economista con relación a ese éxito fue que los chinos fueron implacables en la acumulación de reserva de capitales -se aproxima al billón de dólares-, lo que les da más flexibilidad y espacio para hacer ajustes, aun en caso de una desaceleración de la economía estadounidense. Ayudaría en ese aspecto la integración que China desarrolle con otros países asiáticos -hacia  donde los estadounidenses transfirieron buena parte de su producción manufacturera-, región donde su economía puede moverse.

Sentido común – Elias Jabbor saca de China la lección de que existe una necesidad, para cualquier país, de un Estado nacional -y con visión estratégica- fuerte para conducir su destino. Pone de relieve que los chinos no creen en la eficiencia estática del mercado y en la dinámica de la -mano invisible- del mercado. Al contrario. Afrontan los desafíos de la globalización con concepciones, métodos y objetivos que desmienten el sentido común del final del ciclo del Estado-nación y de las políticas inductoras del desarrollo. “Por cierto, éste es el principal factor de revuelo de los economistas y -expertos- en China, pues la mayoría ha sido educada para descalificar y desmoralizar cualquier experiencia de poder centrada en la presencia de un Estado nacional planificador y que tenga consigo los elementos cruciales del proceso de acumulación.”

El investigador concluye aún que, a partir de datos comparativos, es posible demostrar el desastre que fue el Consenso de Washington para países como Brasil: entre 1998 y 2005, China invirtió 800 mil millones de dólares en infraestructura. El mayor país de Latinoamérica, con cuellos de botella en el sector datados de comienzos de la década de 1980, no pasó en igual período de los 18 mil millones de dólares, el 2,2% del monto chino. “Y eso sin hablar de que, para el caso brasileño, las condiciones para encarar el nudo infraestructural ya estaban dadas al final de la década de 1970, con la implantación en el gobierno Geisel de una industria mecánica pesada.”

Tal enfrentamiento fue inviable, de acuerdo con él, debido a las sucesivas políticas de “estabilización” económica de los últimos gobiernos, de “combate contra la inflación” por la vía de la compresión de la demanda, por la apertura comercial y por el aborto de un capitalismo financiero brasileño. “China hizo exactamente lo contrario, y las cifras están a disposición para comprobar y confundir aún más a los economistas y ‘expertos'”, afirma.

El investigador es optimista con relación nuevo ordenamiento económico mundial encabezado por China, que va a orientar no solamente a las fuerzas económicas, sino también las políticas. La rapidez con que China se industrializa puede beneficiar a toda la economía mundial, principalmente la de los países periféricos. Por una parte, el crecimiento chino crea demanda efectiva para ellos. Por otra, sirve de amortiguador en el ámbito de cada nación, de políticas y de ideas del tipo neoliberal. “Al fin y al cabo, el formato chino es un contrapunto concreto a este modelo importado del centro a la periferia. Este movimiento ya está registrándose en el África Subsahariana, en Latinoamérica (vea los ejemplos de Cuba, Bolivia y Venezuela) y en Asia.”
Con este razonamiento, Jabbor argumenta que China planifica su comercio exterior de manera tal que mantiene déficits comerciales con toda la periferia del sistema y superávits con el centro. Tan es así que, el año pasado, bajó a cero las alícuotas de importación de los 35 países más pobres del mundo. “Es un movimiento puramente político que va a alterar sustancialmente la correlación de fuerzas en el ámbito mundial en el futuro.”

Al entrelazar política, economía, filosofía, historia y geografía, “la ascensión china es algo natural, pues durante siglos fue el país más desarrollado del mundo, posee una civilización milenaria, tiene un territorio de más de 9 millones de kilómetros cuadrados, un poder estatal consolidado y una sociedad mediada por filosofías (taoísmo y confucionismo) de cuño civilizatorio y tolerante para con los otros pueblos”.

Brasil – En ese escenario, resta a Brasil trabajar duro para no quedarse atrás. Por ahora, dice Amaury Oliveira, así como Australia y África, Latinoamérica ha sido importante para paliar el hambre de materia prima de la industria china. Principalmente minerales (mineral de hierro) y vegetales (soja). “La idea de que Brasil podría mejorar su presencia en el mercado externo con productos de mayor valor agregado desafortunadamente no está concretándose”, lamenta. “Estamos fuera del mundo, parados, mientras que todo cambia a una velocidad sorprendente.”

Para Belluzzo, el país desde la década de 1980 ha impulsado un ajuste inadecuado de su economía a los cambios internacionales. Como resultado de ello, ha tenido un desempeño “desastroso” desde el punto de vista de la manufactura. El cuadro, afirma, es de estancamiento y casi de regresión, pues Brasil no creció en tecnología y las inversiones en la industria fueron magras. “No hay proyecto para ese segmento, y tanto los años1990 como ahora seguimos sin comprender que la sustentación del tipo de dólar competitivo es fundamental. A decir verdad tuvimos dos devaluaciones catastróficas, el tipo de cambio valorado desalienta las exportaciones y a los que compiten internamente con lo que viene de afuera”. Así, aun con un cuadro de recuperación, el país ha de sentir durante mucho tiempo tales consecuencias.

Elias Jabbor acota que es común echarle la culpa del fracaso brasileño a los chinos, con asertivas de “mano de obra esclava” y otras. Nada más superficial, en su opinión. La primera cuestión que debe pensarse es histórica. Hace más de tres mil años, China asentó en su territorio las llamadas bases para una división social del trabajo. Esto hizo del comercio algo normal para los chinos desde hace milenios. “Debemos tener la claridad de que no estamos lidiando con ‘aprendizes de hechiceros’, como se dice, y, sí con personas calificadas, de altísimo nivel y que aprendieran con Sun Tzu que una guerra puede ganarse sin necesidad dar un solo tiro. O comprendemos la historia milenaria china, o no logramos salir a flote.”

Al mismo tempo, es preciso reflexionar acerca de si es posible comerciar con una nación milenaria con base en opciones internas brasileñas, tales como libertad, flujo de capitales, cambio flotante y otras aberraciones. Jabbor cuestiona si será posible sostener una sociedad estratégica con un país agresivo comercialmente como China, sin que Brasil tenga una mínima capacidad de planificar su comercio exterior y de financiar las exportaciones o exportar capitales. “Conviene que se diga que existe un verdadero descompás entre la política externa brasileña y la política económica implementada, y el superávit comercial chino con relación a Brasil verificado durante el primer trimestre de este año -90 millones de dólares de déficit con China- es la expresión de ello.”

Idealismo – En su opinión, es idealismo creer que Brasil pueda tener una política externa soberana e independiente sin que el Estado reúna las condiciones de transformar dicha política en acciones concretas, efectivas. Entre tales medidas, destaca la planificación del comercio exterior, el financiamiento de las exportaciones, la planificación de los déficits comerciales con los países vecinos, las exportaciones de capitales, un cambio que inhiba las importaciones predatorias y optimice las exportaciones, etc. “Por ende, el error central radica en la opción en materia de política económica que se nos impuso en la década de 1990, que llevó a que una nación como la nuestra, que construyó el metro más moderno del mundo [el de São Paulo] con equipos fabricados en Brasil, a importar rieles, vagones y locomotoras de China, Corea y España.”

El investigador sugiere que una sociedad estratégica con China debe ser un verdadero casamiento de proyectos nacionales y que, al margen del comercio, puede dar grandes contribuciones en el equilibrio de fuerzas en el mundo. “Desafortunadamente, Brasil -con todos los avances verificados en el actual gobierno- no se ha mostrado a la altura del desafío que el mundo le impone.” Para que una idea se transforme en fuerza material, añade, se hace necesario que tal idea sea totalmente absorbida por el conjunto de la población brasileña. Mientras tanto, el tiempo urge.

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